29 marzo, 2010

Votos

Los años que pasé en un colegio regido por religiosos me permitieron conocer al dedillo cada una de las frases de la misa. Los hermanos -así los llamábamos­ hablaban con frecuencia de aquellos votos de pobreza, castidad y obediencia que habían prometido. La pobreza y la obediencia fueron conceptos inteligibles desde el día de la primera comunión, pero lo de la castidad no lográbamos adivinar qué era. Fuimos creciendo, un repetidor se atrevió a preguntarlo, y nos respondieron que era el compromiso de no casarse para entregar ese esfuerzo a los demás. Algunos de aquellos religiosos que conocí eran unas personas excelentes, pero faltaría a la verdad si ocultase que en aquel colegio de élite de una capital extremeña vi crueldad, clasismo, humillaciones y algún que otro exceso violento. Hoy las sotanas de muchos países están bajo sospecha y algunos periodistas se han extrañado de que los abusos clericales se hayan producido con más frecuencia en Alemania o Estados Unidos que en un país como España, donde la educación estuvo durante muchos años en manos de instituciones religiosas. No nos engañemos: preguntas a tu alrededor y no es fácil encontrar algún caso perdido en la memoria, de esos que ocurrían y siempre se ocultaban. Ratzinger sabe que el celibato sacerdotal no surge de un mandato divino sino de una necesidad económica de la iglesia para que sus ministros no tuvieran descendencia legítima y atomizaran sus imperios. Hoy el pontífice puede optar por hacerse el paranoico y creer que todo es una conjura, o acabar con un voto de castidad que ha servido de refugio para más de un depravado infame. 

22 marzo, 2010

Presunción de veracidad

Uno puede ignorar todo en asuntos jurídicos pero tener cierto concepto de lo que es justo. Cuando la Justicia se escribe con mayúsculas corre el peligro de alejarse de ese concepto para sumergirse en el mar de las leyes donde conviven, en más de una ocasión, la cuadrícula con la insensatez. La caverna rancia aplaude cada vez que hay un proyecto de norma en la que la autoridad es más autoridad, el poder tiene más poder y las libertades pasan a un segundo lugar en favor del orden bienpensante. De poco vale invocar el espíritu de la Ilustración o releer los once primeros artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos porque cualquier reglamento echa por tierra el camino andado. La presunción de veracidad es el argumento que humilla al ciudadano frente al poder cuando nos encontramos en la habitual tesitura del testimonio de uno frente a otro. Si te tocas la oreja y el guardia dice que estabas hablando por el móvil, si te detienen y los policías que te han maltratado afirman que tú les has faltado, entonces estás perdido. De nada vale que la realidad haya sido otra porque unas profesiones son garantía de no mentir y el resto no somos nada. Dicen que sin esa figura tan antidemocrática de la presunción de veracidad no se podría sostener en pie el sistema. Amnistía Internacional lleva años denunciando la cantidad de condenas que se dictan aquí amparándose en este precepto, y hasta Álvaro Gil-Robles, que fue comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa, lo denunció en un informe del año 2005. Pero hasta que no lo sufrimos en nuestras carnes, no nos damos cuenta. Así somos.


La semana pasada me fueron llegando varias historias que han confluido en esta reflexión. Empecé teniendo noticias de un incidente kafkiano con las autoridades de tráfico, luego supe del anteproyecto por el cual se presupone que los directores de centros dirán siempre la verdad en la nueva ley educativa y , finalmente, el encuentro con dos personas que sufrieron hace 10 años la crueldad y la injusticia de la presunción de veracidad. Es tan fácil como ponerse en la piel de quien sufre esa injusticia para que hagamos un intento colectivo para que la presunción de veracidad no exista nunca. Aceptarla es la muerte de la libertad y de la igualdad. (La fraternidad murió hace tiempo). Conocer de primera mano la intrahistoria recogida en los Informes de Amnistía me puso los pelos de punta y me recordó la peor de las pesadillas de novela negra.

21 marzo, 2010

Precipitarse

Hace unos meses hubiéramos linchado a un chico canario acusado de haber matado a su hijastra, la semana pasada un militante de Izquierda Anticapitalista apareció en los teletipos de EFE confundido con un presunto terrorista, y ahora tenemos el caso de los cinco bomberos catalanes. Nos deberían preocupar estos hechos pero hay algo que podría ser más dramático. ¿Cuántos casos como éstos, de personas inocentes, no habrán pasado por calabozos, juzgados y cárceles sin tener la suerte de demostrar su inocencia? ¿Cuántos habrán  sido chivos expiatorios para lograr de cara a la galería una eficacia policial a lo hora de cerrar un caso y aplacar la llamada alarma social? ¿Cuanta gente no habrá sufrido lo inimaginable cuando su declaración de inocencia chocaba (y perdía) frente a la simple acusación de culpabilidad por parte de unas autoridades que no tienen que probar nada porque se presume que siempre dicen la verdad?

Juzgar precipitadamente es cualquier cosa menos justicia.

15 marzo, 2010

Sin papeles



Mucha gente llama sin papeles a las personas que han nacido en una parte del planeta y se atreven a estar en otro sitio sin el visto bueno de la autoridad. Como creo que los seres humanos no tienen que dar explicaciones a nadie cuando están pacíficamente en cualquier lugar del mundo, yo llamo sin papeles a otro tipo de personas, a una especie en vías de extinción y cuyo hábitat se reduce cada vez más. Se trata de quienes son capaces de dar un discurso sin leerlo de corrido como si estuviéramos en un ejercicio escolar. La pasada semana, mientras se inauguraba en el MEIAC una magnífica exposición sobre las relaciones literarias y artísticas entre España y Portugal, pude escuchar unas cuantas alocuciones con la mirada puesta en el público y no escondida tras los folios. Y harto como está uno de aguantar rollos interminables y  premeditados, se complace ante una presentación escueta y clara como la del director del museo, con las sabias palabras de un intelectual superlativo como Eduardo Lourenço e incluso con las de un político como el Presidente de la Junta, con el que se podrá discrepar en muchos asuntos pero que, por lo menos, nos habla en vez de leernos la cartilla. Pero si hay alguien por aquí que posea una maestría oratoria digna de mención es el presidente de los escritores extremeñosAntonio Sáez Delgado es de los que se acerca al micrófono y va dejando caer sus oraciones perfectamente organizadas, con conexiones precisas, modulando la voz, poniendo las inflexiones necesarias para atraer la atención y explicando con sencillez lo que quiere comunicar. Es un lujo escucharlo. Y sin papeles.


Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 15 de marzo de 2010.


13 marzo, 2010

Origen de las lenguas

Uno sigue sin entender por qué el patrimonio artístico o natural es más protegido que las diferentes variedades de la mayor invención humana.

Enseñar idiomas I



Cuando damos clase de idiomas siempre tenemos la sensación de estar enseñando estupideces.

08 marzo, 2010

La mitad del mundo



Hubo un tiempo en la historia del ser humano en el que el poder estaba directamente ligado a la fuerza física. Una musculatura descomunal o una especial destreza en el manejo de las armas convertía a unos en señores y a otros en siervos y esclavos. Con estas reglas del juego había una mitad del mundo, la que residía en los cuerpos menos fornidos de las mujeres, que se vio obligada a vivir bajo la tiranía de padres y maridos llenos de testosterona. Cuando la racionalidad fue sustituyendo a la fuerza bruta como elemento seleccionador de las llamadas élites, las mujeres se fueron abriendo paso muy lentamente y comenzaron a liberarse de los yugos. Allá donde rige la trilogía de la igualdad, el mérito y la capacidad sí han conseguido ser mayoría entre las nuevas generaciones de la medicina o la judicatura. Pero en el ámbito privado el abismo sigue existiendo: reciben peores salarios, son pocas las que acceden a los más altos puestos a pesar de estar sobradamente preparadas, e incluso en el interior de los hogares se mantienen y perpetúan roles decimonónicos. No cabe duda de que hemos avanzado bastante desde Clara Campoamor y Victoria Kent hasta nuestros días, pero cada 8 de marzo deberíamos reflexionar por qué la mitad del mundo sigue teniéndolo mucho más difícil que la otra mitad. Uno intenta buscar explicaciones y solo acierta a concluir que tal vez la fuerza, que suele ser siempre muy bruta, sigue teniendo demasiada vigencia. Aquel Fukuyama que predijo el fin de la historia no tuvo en cuenta que, al menos para la mitad del mundo, esto acaba de empezar hace muy poco.


Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 8 de marzo de 2010.


Fotografía; Una sufragista es detenida tras una manifestación en Londres.

01 marzo, 2010

Coherencia


Hay mucha gente que cree que la coherencia consiste en cooperar para compartir una herencia. Alguien debería explicarles que no, que se trata de una actitud lógica y consecuente con una posición anterior. Hay varias formas de ser coherente y muchos trucos para parecerlo. Para esto último lo más habitual es cambiar silenciosamente de posición, algo muy fácil en un mundo donde la memoria colectiva es de pez, y hay a quien la permuta de principios no le cuesta nada, como parodiaba Groucho Marx. La cuestión se complica si uno ha sido responsable político de un asunto concreto o se ha erigido en adalid de un precepto y es pillado con las manos en la masa o en paños menores. Entonces ya es más difícil salir airoso. Especialmente si uno se ha dedicado a predicar desde el púlpito una vida puritana los domingos y ofrecer servicios poco decorosos el resto de la semana, si ha estado al mando de la lucha contra la drogadicción y lo pillan esnifando, o si es el encargado de velar por el tráfico y supera la tasa de alcoholemia en una salida nocturna. Está muy bien eso de exigir coherencia a los demás pero me pregunto si estamos cerca de lograr que sea una exigencia social que vaya más allá de los personajes públicos. ¿Es coherente que el neumólogo fume y nos recomiende que no lo hagamos? ¿Puede un profesor transmitir la pasión por aprender si él mismo lleva veinte años sin reciclarse ni adquirir nuevos métodos? ¿Puede criticar el amiguismo y la corrupción quien se jacta en público de tener muy buenos contactos para saltarse una lista de espera? Será más fácil llegar a Marte que implantar la coherencia colectiva.


La viñeta es del genial Manel Fontdevila en Público.


El artículo 40

Algunos de los que más énfasis ponen en llamarse a sí mismos constitucionalistas, suelen padecer olvidos selectivos del texto. Les encantan ...