24 marzo, 2021

Preocupaciones de gente normal

La banda británica Pulp compuso a mediados de los 90 una canción titulada Common People, de la que el grupo Manel grabó una versión magistral, y que hablaba de la gente normal y corriente. Reconozco que no sería capaz de dar una definición académica de ese concepto y, como mucho, me atrevería a divagar a ciencia incierta.

Cada vez que escucho debates de presunta alta política, me doy cuenta de que hay demasiados próceres que están muy lejos de pisar el mismo suelo que el común de los mortales. Las palabras que enlazan son el producto recién horneado de fábricas de argumentos, discursos escritos en los que se mezclan dimes y diretes, descalificaciones ad hominem, reproches furibundos a la paja en ojo ajeno y un “no sé de qué me habla usted” cuando les mencionan la viga en el propio.

La gente corriente y con sentido común no entiende que los parlamentos se parezcan a un corral de gallos de pelea, que los intentos de atajar la corrupción se apaguen con más corrupción y venta de cargos, que se ponga todo patas arriba porque el asesor áulico aconseja lanzar al río la caña de las urnas ahora que todo está bien revuelto.

La gente común habita un mundo real sin alfombras mullidas y sus miedos son otros: saber cuánto les quedará para comer una vez que pasen por el banco el recibo de la luz, encontrar a alguien que cuide de sus niños mientras hace horas extraordinarias que no le van a pagar, conseguir un contrato precario que abra un horizonte de emancipación antes de cumplir los treinta.

Si alguna vez van a un parlamento descubrirán que muchos de los comportamientos de los que allí ven y oyen terminarían con un parte disciplinario y una visita a la jefa de estudios si se produjeran en un instituto de secundaria. Por esa razón algunos parlamentos ya no reciben como público a adolescentes, para que el ejemplo de lo que allí pudieran presenciar y escuchar no acabara truncando sus procesos educativos. Dicen que las reanudaciones de plenos tras el almuerzo son los peores momentos, en los que no sabe uno si está en un graderío de la Inglaterra de los años 80 o en un centro de debate y decisión sobre el futuro de la gente. Las propuestas más sensatas quedan sepultadas por alguna frase ingeniosa acompañada de una salva de palmas, en la que los vítores y las descalificaciones sobrevuelan a las taquígrafas en el centro del hemiciclo.

 

Las preocupaciones de la gente normal quizá aparezcan en una comisión a primera hora de la mañana o al caer la tarde, seguro que sí. Pero esas intervenciones no se reproducirán machaconamente en las redes sociales porque quizá no tengan gancho, estén libres de exabruptos y aborden cosas mundanas como el IVA de los pañales o la edad de jubilación de las camareras de piso en los hoteles. La realidad de un país no son solo las preocupaciones de inversores sino los temores de esa gente normal. Y esos temores no pueden ser abordados como en un show televisivo cargado de decibelios y faltas de respeto.

 Publicado en el diario HOY el 24 de marzo de 2021


 

10 marzo, 2021

El mercado, la vivienda y el aire

Tengo dos buenos amigos que dan clases de Derecho Constitucional y echo de menos un café con ellos para que me expliquen cosas que nunca he llegado a comprender. Mis pobres conocimientos de leyes no se llevan bien con mis conceptos de igualdad, justicia y equidad. Quizá es por eso que nunca he entendido lo fácil que tienen algunos para conseguir que los jueces proporcionen seguridad jurídica a los derechos adquiridos de unos cuantos y, en cambio, no encuentren la forma de asegurarlos para otras muchas personas.

 

Una vez me explicaron que los derechos de los que tienen las espaldas bien cubiertas son mucho son fáciles de proteger que los de aquellos que no tienen ni donde caerse muertos. Y así, cada 6 de diciembre alabamos el texto aprobado en 1978 y durante el resto del año vamos apuntando los detalles de todo lo que ocurre.

 

El derecho al trabajo que viene en el artículo 35 no se puede reclamar en sede judicial y con el derecho a la vivienda del artículo 47 ocurre otro tanto de lo mismo. De nada sirve que se apostille que “los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación”. 

 

Mientras varios países y ciudades ya se han puesto en marcha para regularizar los precios de la vivienda, y a pesar de que había un compromiso de gobierno para poner freno a la escalada de los alquileres, la semana pasada nos enteramos de que para el ministro Ábalos la vivienda no es solo un derecho sino un bien de mercado. 

 

Vivimos en un mundo en el que casi todo se compra y se vende. Lo malo es cuando un bien de primerísima necesidad – y garantizado constitucionalmente – se rige por un mercantilismo que lo convierte en inaccesible para cada vez más personas. Ayer supimos que la mitad de las adquisiciones de vivienda en Madrid durante el último año no las hacían particulares para su uso y disfrute, sino empresas y fondos buitre para enriquecerse con un bien preciado y que se revaloriza cada día.

 

Un año después de aquellas decisiones dramáticas en los hospitales, donde había que decidir a quién se ponía el respirador y a quién se le negaba, se nos vienen imágenes como las que aparecen en tantas series distópicas de la televisión. No quiero imaginar cómo sería el mundo si el aire que respiramos se pudiera privatizar y vender. ¿Qué estaríamos dispuestos a dar por un soplo de oxígeno? ¿Nos parecería una crueldad infinita que un bien imprescindible para sobrevivir estuviera en unas pocas manos y pudieran poner el precio que les diera la gana? Pues preguntémonos si no estamos haciendo algo parecido con la vivienda. Hay ciudades donde el precio del alquiler es inaccesible para los sueldos precarios y alquilar cuartos en pisos compartidos es la única manera de tener un techo.

 

Mientras espero esa charla con esos amigos que saben tanto de constituciones, voy apuntando preguntas: ¿Es más constitucional regular los precios del alquiler que dejarlo en manos del mercado?

 

Publicado en el diario HOY el 10 de marzo de 2021

 


 

08 marzo, 2021

8 de marzo de 2021

Hubo un tiempo en la historia del ser humano en el que el poder estaba directamente ligado a la fuerza física. Una musculatura descomunal o una especial destreza en el manejo de las armas convertía a unos en señores y a otros en siervos y esclavos. Con estas reglas del juego había una mitad del mundo, la que residía en los cuerpos menos fornidos de las mujeres, que se vio obligada a vivir bajo la tiranía de padres y maridos llenos de testosterona. Cuando la racionalidad fue sustituyendo a la fuerza bruta como elemento seleccionador de las llamadas élites, las mujeres se fueron abriendo paso muy lentamente y comenzaron a liberarse de los yugos. Allá donde rige la trilogía de la igualdad, el mérito y la capacidad sí han conseguido ser mayoría entre las nuevas generaciones, ya sea en la medicina o en el ámbito del derecho. Pero en las esferas privadas el abismo sigue existiendo: reciben peores salarios, son pocas las que acceden a los más altos puestos a pesar de estar sobradamente preparadas, e incluso en el interior de los hogares se mantienen y perpetúan roles decimonónicos. No cabe duda de que hemos avanzado bastante desde Clara Campoamor y Victoria Kent hasta nuestros días, pero cada 8 de marzo deberíamos reflexionar por qué la mitad del mundo sigue teniéndolo mucho más difícil que la otra mitad. Uno intenta buscar explicaciones y solo acierta a concluir que tal vez la fuerza, que suele ser siempre muy bruta, sigue teniendo demasiada vigencia. Aquel Fukuyama que predijo el fin de la historia no tuvo en cuenta de que, al menos para la mitad del mundo, esto acaba de empezar hace muy poco.

Un 8 de marzo de hace once años publiqué el texto anterior. No importa tanto la manera que tenegamos que utilizar hoy para recordar este día como la necesidad de seguir actuando en favor de la igualdad. Las manifestaciones de hace tres años nos parecía indicar que no había vuelta atrás, pero hoy conviven a cara descubierta discursos que pretenden ridiculizar, minimizar o negar la existencia del machismo y todas sus expresiones y consecuencias.

Seguimos en la lucha




Exilio entre comillas

Un sábado por la tarde de hace muchos años, justo después de los dibujos animados japoneses, emitieron una película basa...