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Patentes y cartas de presentación

He leído la carta de intenciones de quien va a llevar las riendas de la educación y de la cultura en la región de Murcia, una diputada de ultraderecha que acaba de cambiar de chaqueta y que se esfuerza en disimularlo. Un colectivo de docentes se ha molestado en realizar una corrección de los errores cometidos por Mabel Campuzano en apenas dos folios y medio del texto. Sin ser adivino, ya les anuncio que pocas mejoras cabe esperar en el panorama educativo y cultural de aquella región si quien ha de dirigirla se ensaña de tal manera con su propia lengua, la que tanto dicen valorar y defender, y en la que se supone que era su carta de presentación en sociedad.   Releo ese texto que me cuesta comprender y no entiendo ni por qué lo hizo público, ni por qué nadie le advirtió de la pésima redacción. Imagino que, demasiadas veces, cualquiera que llega a un alto puesto tiende a elegir asesores que saben menos y que siempre dicen que sí a todo lo que se les pregunta, justo lo contr

Preocupaciones de gente normal

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La banda británica Pulp compuso a mediados de los 90 una canción titulada Common People , de la que el grupo Manel grabó una versión magistral , y que hablaba de la gente normal y corriente. Reconozco que no sería capaz de dar una definición académica de ese concepto y, como mucho, me atrevería a divagar a ciencia incierta. Cada vez que escucho debates de presunta alta política, me doy cuenta de que hay demasiados próceres que están muy lejos de pisar el mismo suelo que el común de los mortales. Las palabras que enlazan son el producto recién horneado de fábricas de argumentos, discursos escritos en los que se mezclan dimes y diretes, descalificaciones ad hominem , reproches furibundos a la paja en ojo ajeno y un “no sé de qué me habla usted” cuando les mencionan la viga en el propio. La gente corriente y con sentido común no entiende que los parlamentos se parezcan a un corral de gallos de pelea, que los intentos de atajar la corrupción se apaguen con más corrupción y venta

El mercado, la vivienda y el aire

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Tengo dos buenos amigos que dan clases de Derecho Constitucional y echo de menos un café con ellos para que me expliquen cosas que nunca he llegado a comprender. Mis pobres conocimientos de leyes no se llevan bien con mis conceptos de igualdad, justicia y equidad. Quizá es por eso que nunca he entendido lo fácil que tienen algunos para conseguir que los jueces proporcionen seguridad jurídica a los derechos adquiridos de unos cuantos y, en cambio, no encuentren la forma de asegurarlos para otras muchas personas.   Una vez me explicaron que los derechos de los que tienen las espaldas bien cubiertas son mucho son fáciles de proteger que los de aquellos que no tienen ni donde caerse muertos. Y así, cada 6 de diciembre alabamos el texto aprobado en 1978 y durante el resto del año vamos apuntando los detalles de todo lo que ocurre.   El derecho al trabajo que viene en el artículo 35 no se puede reclamar en sede judicial y con el derecho a la vivienda del artículo 47 ocurre otro tanto

8 de marzo de 2021

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Hubo un tiempo en la historia del ser humano en el que el poder estaba directamente ligado a la fuerza física. Una musculatura descomunal o una especial destreza en el manejo de las armas convertía a unos en señores y a otros en siervos y esclavos. Con estas reglas del juego había una mitad del mundo, la que residía en los cuerpos menos fornidos de las mujeres, que se vio obligada a vivir bajo la tiranía de padres y maridos llenos de testosterona. Cuando la racionalidad fue sustituyendo a la fuerza bruta como elemento seleccionador de las llamadas élites, las mujeres se fueron abriendo paso muy lentamente y comenzaron a liberarse de los yugos. Allá donde rige la trilogía de la igualdad, el mérito y la capacidad sí han conseguido ser mayoría entre las nuevas generaciones, ya sea en la medicina o en el ámbito del derecho. Pero en las esferas privadas el abismo sigue existiendo: reciben peores salarios, son pocas las que acceden a los más altos puestos a pesar de estar so

De humanos y derechos

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Muchos martes, justo después de escribir estas 500 palabras, me reúno con amigas y amigos para intentar hacer de este mundo un lugar en el que se respeten los derechos humanos. No es tarea fácil, pero llevo 27 años en ella y ya no pienso claudicar. A veces creo que he aprendido más en todas esas tardes preocupándonos por campesinos de Honduras , disidentes rusas o aquel preso cubano , que en los cientos de asignaturas cursadas en escuelas y universidades.

Esperanza

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Hace muchos años leí un artículo de Punset sobre el experimento que Walter Mischel había hecho con niños de cuatro a seis años. Solos en una habitación, sentados en una silla, con una golosina delante y una campana al lado, a los niños se les ofrecían dos opciones: si eran capaces de estar 15 minutos en la silla sin probar el dulce, recibirían doble ración. Si no podían resistirse, tendrían que tocar la campana y solo podrían comerse una golosina. Mischel hizo un seguimiento de aquellos niños durante cuarenta años y descubrió que los impacientes acababan teniendo peores resultados académicos y desarrollaban más problemas que quienes se armaban de entereza y no caían en la tentación devoradora. Como no sé nada de psicología, no me atrevo a decir que nuestras sociedades adultas reproducen esos mismos comportamientos y nos dividimos entre los que no pueden aguantar esta situación ni un minuto más, y los que prefieren esperar un poco más y afianzar lo logrado. Dicen que sufrimos una

¿No conoces a alguien?

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Una de las enseñanzas que más agradezco es aquella que me inculcaron para intentar ser lo más justo y lo más ecuánime posible, algo que no siempre se logra. Tan importante como sumar o escribir es contar con unos valores universales que nos permitan convivir y que extiendan la solidaridad como un bien que hay que proteger, como si se tratara del último lince.   La literatura y las películas están llenas de episodios de entrega desinteresada, incluso en los tiempos más difíciles. Todo el mundo tiene en su retina o en su memoria escenas de guerras mundiales, holocaustos, crueles dictaduras, catástrofes o epidemias de peste en las que alguien intentaba socorrer a otras personas antes de entonar a codazos el sálvese quien pueda.   Las pocas veces que tuve que acompañar a alguien a urgencias me sobró tiempo para leer todos los carteles. En ellos explicaban que no se atendería en riguroso orden de llegada, sino en función de la gravedad de la dolencia y sus posibles repercusiones. Im