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Otoños sin patriarcas

Todos los libros de estilo desaconsejan que las noticias o las columnas de opinión parafraseen los títulos de obras conocidas. Al pobre de García Márquez es al que más hemos maltratado y seguro que en medio mundo ya habrán encabezado textos que hablan de un concejal que no tiene quien que le escriba o de una crónica de una derrota o una dimisión anunciada.   Esta tarde llega el otoño, la que para algunas personas es esa estación preferida en la que no hace demasiado frío, tampoco mucho calor y no se sufren tantas alergias. El festival de tonos ocres y amarillentos, que a otros hace entrar en un proceso de decaimiento y tristeza, hay quienes lo recibimos como el inicio de todo. En nochevieja hay quien se come las uvas pensando un deseo y hay quienes hemos dejado de tomarlas porque disfrutamos más viendo la imagen de quienes se pelean segundo a segundo por llegar a la meta sin atragantarse.     Mientras esperamos el último veranillo del membrillo, me gustaría que este

Hijas de la educación pública

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Escuché hace unos días una entrevista de Mara Torres a Javier Gómez Santander , uno de los guionistas de la serie La Casa de Papel (a la que le sobran disparos y metralla) y en la que se definía como un hijo de los de abajo, un niño de la educación pública con una madre que se dedicaba a coser y un padre taxista. Ayer, cuando entregaban las medallas de Extremadura, recordé esas palabras mientras recibía el premio el instituto público en el que estudié los últimos cursos del bachillerato y que, como casi todo el mundo estará de acuerdo, son los años clave para definir los caminos que una persona va a recorrer, aunque la experiencia nos dice que las bifurcaciones y los giros de guion en la vida pueden ser tan inesperados como los de la serie de moda.   Hasta 1839 en Cáceres y 1845 en Badajoz no hubo una institución pública en Extremadura encargada de la enseñanza secundaria de los jóvenes. Ellas, las jóvenes, tardaron mucho más tiempo en tener acceso a estos niveles educativos y

Una maestra llamada Justa

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Algunas ciudades de Estados Unidos optaron por el sentido práctico y nombraron sus calles y avenidas con números que avanzan o disminuyen según te diriges a cada punto cardinal. En la vieja Europa, donde los enrevesados cascos antiguos son lo menos parecido a una hoja cuadriculada, hemos acabado por honrar a personajes más o menos ilustres que ponen apellido a plazas y paseos.  Una de esas calles dedicadas tenía hasta ayer el nombre de una maestra llamada Justa y fallecida en 1965. Justa Freire había sido una profesora vinculada a la Institución Libre de Enseñanza, fue la primera directora de una escuela pública y una pedagoga que fue divulgando sus innovadoras experiencias en las aulas.   Tras la guerra sufrió represalias, como tantas y tantos docentes, y un Consejo de Guerra la condenó a seis años de cárcel. Fue puesta en libertad tras pasar dos años entre rejas, pero le impidieron regresar a su plaza de maestra durante once años más. No fue hasta 2018 cuando el Ayuntamiento

La urgencia unánime

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Siempre tuve la sana costumbre de acercarme a los kioscos y ver las portadas de los periódicos, pararme a pensar por qué unos habían elegido el asunto del día, por qué obviaban algo importante o qué les llevaba a dar tanto espacio a algo irrelevante. Ayer fue uno de esos días en los que más me han impresionado las portadas de los periódicos de todo el mundo. En primer lugar porque eran unánimes y todas abordaban el mismo asunto. No era la primera vez que esto ocurría y ya recuerdo fechas similares, como cuando cayeron el muro de Berlín o las Torres Gemelas de Nueva York. La diferencia era que, mientras aquellas noticias provocaron giros históricos o guerras localizadas, lo de ayer era una advertencia que afecta a todas las personas y seres vivos del planeta, independientemente del lugar en el que viven y de las cifras que guarden en sus cuentas corrientes.     António Guterres, el portugués que está al frente de las Naciones Unidas, nos alertaba anteayer del con

Presencialidad y esencialidad

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Cuentan que en Asia, cuando terminan las lluvias torrenciales que han causado estragos, se levantan enseguida sin lamentos y se cargan de optimismo pensando en que la pr ó xima cosecha de arroz ser á  abundante. Un a ñ o y medio despu é s de que un virus nos cambiara por completo las partituras en mitad del concierto, no se han concluido los balances y los recuentos de las p é rdidas humanas, materiales, econ ó micas, an í micas, psic ó logicas, sociales y culturales. Las m á s importantes han sido las primeras y todas las dem á s son secundarias, algo que cuesta entender si no se ha vivido en primera persona, porque quien ha visto perder a un ser querido, su empleo o su negocio, sabe bien que el primero es irrecuperable y que de todo lo dem á s se puede uno sobreponer. Ahora que se aproximan d í as de vacaciones quiz á  sea momento de parar y recontar qu é  cosas hemos aprendido en este tiempo. La primera de ellas es que siempre hay que estar preparados por si las cat á strofes se rep

Colchones y ministerios

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Una vez escuché que deberíamos cambiar el colchón cada diez años. Me pareció una exageración y que una recomendación así solo podía venir de la asociación de fabricantes. Luego me explicaron que de todos los muebles y objetos que compramos no hay ninguno que utilicemos todos los días, durante tantas horas y con efectos tan determinantes para la calidad de nuestras vidas.   El pasado fin de semana hubo cambios en los ministerios. Una vez comentados los detalles y caligrafías de las notas de despedida, me puse a pensar qué ministerios son como los colchones, que se nos pasan tan inadvertidos que los situaríamos en la lista de enseres prescindibles. Si una es abogada creerá que la más importante es la cartera de Justicia, si es policía la de Interior, si es maestra la de Educación, si está enfermo la de Sanidad y si trabaja en el campo la de Agricultura. Pero si dejamos a un lado aquellos ministerios que tienen que ver con nuestras ocupaciones, nos encontraremos con los colchones, eso

Asientos contables

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Los que no tenemos demasiadas habilidades para casi nada nos asombramos fácilmente ante cualquier cosa que nos es imposible. No sé leer un pentagrama y me parece magia que alguien pueda tocar un instrumento musical. Tampoco soy capaz de dibujar un objeto y que el resultado se parezca mínimamente a la realidad. Se sobrevive con todas estas carencias, aunque la que más me ha preocupado es la que me convierte en un inútil total para manejar cifras complejas.   Con mucho esfuerzo y sin demasiados éxitos, logré aprobar las matemáticas en el colegio y apasionarme por otros mundos en los que no había demasiadas ecuaciones y en los que las cifras no se mezclaban tanto con las letras, con las que sí he conseguido hasta ganarme la vida. Sobrevivir sin unos conceptos básicos de contabilidad es poco menos que imposible. Alguna vez escuché hablar de asientos contables y pensé que eran sillas en las que se sentaban unos señores con manguitos negros que apuntaban números en las columnas del debe