El 10 de diciembre de 1948 es una fecha que conmemoramos por haber firmado la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sí, ya sabemos que era un acuerdo de mínimos en un mundo que acababa de sufrir dos guerras mundiales devastadoras, un par de bombas atómicas en Japón y el descubrimiento de campos de concentración y exterminio en Auschwitz, Mauthausen o Treblinka. El mundo parecía haber aprendido una lección de Historia son tener que leerla en ningún libro, sintiéndola en carne propia con millones de muertos y una población famélica repartida por gran parte del planeta.
Europa fue saliendo del agujero y resurgía lentamente de sus cenizas. Cuando nace la Comunidad Económica Europea hubo miles de españoles y portugueses que acabaron recalando en Francia, Alemania, Suiza, Bélgica o Luxemburgo, donde muchos acabaron asentándose a pesar de que no siempre fueron bien vistos por toda la población local. Los sueldos de Düsseldorf o del extrarradio de París servían para que a la península ibérica llegaran marcos y francos que aliviaban la pobreza de los que se quedaron. Pero el mundo seguía resquebrajado, como recordábamos cada mes de octubre sacando a la calle unas huchas con las que pedir una limosna para los niños de África.
Fue en 1970 cuando las Naciones Unidas se plantearon de qué manera se podía reequilibrar el mundo para acabar con las imágenes de hambruna que un año nos llegaban desde Etiopía, al siguiente desde Biafra y finalmente desde Somalia. 0,7% era la cantidad necesaria para intentar arreglarlo, una cifra insignificante para cada país del primer mundo pero que se convertía en una tabla de salvación para un sur que también existía y sigue existiendo a duras penas. Nunca se logró alcanzar esa cifra y solo algún que otro país escandinavo lo cumplió con cierta constancia.
Cuando en los años 90 el Paseo de la Castellana se llenó de tiendas de campaña para reclamar que se hiciera efectivo aquel compromiso firmado 30 años antes, no fue posible avanzar. Siempre había una crisis cíclica que aconsejaba no malgastar en los cimientos del mundo y sí en decoraciones superfluas. El planeta se hacía insostenible, la televisión por satélite mostraba el abismo entre dos mundos y en el sur tocaba huir de la muerte hacia donde fuera, en una patera o desangrándose en vallas llenas de concertinas.
La cooperación al desarrollo nunca fue perfecta, pero servía para equilibrar mínimamente los vaivenes del planeta. Hemos sabido que prioridades más nacionales han cerrado la cooperación extremeña y dejará sin esperanza a los millares de personas que se alimentaban, aprendían o eran asistidas por diferentes oenegés, ya fuera aquí cerca o a miles de kilómetros, porque el concepto de prójimo no se mide con sistemas métricos decimales. Espero que esto sea un breve paréntesis de maldad y locura, que la cordura regresará a su sitio, que será más inteligente escuchar algunas palabras pontificias antes que hacer caso a pie juntillas a quienes solo enseñan el odio y la avaricia. Aprendí de Rafael Barragán y Pepe Álvarez, incansables luchadores por el 0,7% en Extremadura, que la solidaridad nos devuelve siempre mucho más de lo que donamos.
Publicado en HOY el 10 de junio de 2026
