La lectura del libro de Andrés Neuman titulado “Hasta
que empieza a brillar” me lleva un tiempo entretenido comparando las
definiciones reales y académicas con las que fue recopilando María Moliner en
su diccionario de uso del español. Sin embargo, ha sido la actualidad la que me
ha despertado la curiosidad por saber cómo habían resuelto aquellos y la lexicógrafa
aragonesa una palabra que se ha vuelto a poner de moda: la prioridad.
Los reales académicos de la lengua lo dejaron en “anterioridad de algo respecto de otra cosa, en tiempo o en orden” y luego se enredaron en definiciones
complicadas, de esas que hay releer cuatro veces para entenderlas, y en las que
llega a intervenir hasta la Santísima Trinidad. En cambio, la aragonesa Moliner
nos la relacionaba directamente con la palabra primacía y con la “anterioridad
en consideración y superioridad en importancia”.
Así que quienes teníamos olvidadas ya casi todas las
prioridades, incluso aquellas que nos preguntaban en los exámenes teóricos para
obtener el carnet de conducir, nos hemos vuelto a desayunar con prioridades que
nada tienen de celestiales y que parecen ideadas en el mismísimo infierno. Debates
que considerábamos totalmente superados se vuelven a poner encima de la mesa, mientras los dos primeros artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos son descuartizados
con motosierra ante el regocijo de los más intolerantes y el consentimiento
tristón de quienes son mansamente arrastrados hacia estribor sin calcular sus
consecuencias.
Todos los seres humanos nacen libres e iguales y todas
las personas son iguales con independencia de su raza, color, sexo, idioma,
religión, política o el lugar donde hayan nacido. Quizá deberían ser estas las
primeras frases que nos enseñaran en casa, en la escuela, en los lugares de
trabajo y en las calles. Quienes trabajan en paritorios y en funerarias
coinciden en que al principio y al final de la existencia las fragilidades nos
igualan a todos, pero que hemos ido diseñando recorridos intermedios (a los que
llamamos vida) donde las desigualdades y discriminaciones, aquellas que se
fueron difuminando durante el último siglo gracias a las luchas de hombres y mujeres concienciadas, se encuentran ya al borde del abismo: hoy son los extranjeros
pobres, mañana pueden ser las personas que aman de manera distinta y pasado
mañana quienes hablan un idioma diferente.
Hay quien aplaude hoy las primacías que dictan los dictadores
de turno, valga la redundancia, porque creen que siempre tendrán prioridad, que
es lo que en materia de tráfico ocurre con quienes siempre giran a la derecha.
Complicados tiempos en los que hasta quienes no tenemos fe nos hemos emocionado
al escuchar las palabras del obispo canario José Mazuelos: “A mucha gente habría que
meterla en un cayuco y estar cinco días en el Atlántico sin comer, para que
vean qué hacemos cuando llegan. Pues habrá que acogerlos y habrá que cuidarlos,
si se quiere ser cristiano y ya no solamente cristiano, si se quiere humano”.
En la sala
de espera de las urgencias hospitalarias de la Sanidad Pública la prioridad no
es la del primero que llega, ni del que más dinero tiene, sino la del ser
humano que más lo necesite, sea de donde sea. No es complicado.
Publicado en el diario HOY el 29 de abril de 2026