27 mayo, 2026

Teoría de conjuntos

 

Mi generación inauguró la EGB, que fue intento de los tecnócratas del tardofranquismo para dar un tímido paso al frente en una escuela que todavía cantaba por las mañanas con el rostro mirando hacia el sol. Nuestros padres y parientes ya no nos podían ayudar con las tareas porque antes de las sumas y restas había que teorizar sobre los conjuntos.

 

No sé si fue ese el momento en el que algunos optamos por juntar letras complicadas en lugar de jugar con los guarismos, pero con el paso del tiempo redescubres que aquellos conjuntos que se unían e interseccionaban nos reaparecerían en la lógica del tercer curso de BUP (otra sigla que habrá que explicar a más de la mitad de la población).

 

Me he acordado de estas cosas leyendo algunas noticias y echando un vistazo a los comentarios que se vierten sobre ellas, ya sea en el propio medio de comunicación o en diferentes redes sociales en los que algunos sueltan un anzuelo para que las pirañas más virulentas hagan click y lo pongan todo perdido.

 

Algunas personas hemos sido siempre partidarias de que la información sobre cualquier hecho noticioso se limite a una narración objetiva y a la identificación de quienes intervienen en ellas cuando se trate de personajes públicos. No sé cuando se dejaron de escribir las iniciales de los presuntos delincuentes, que recuerdo que eran muy habituales hasta bien entrados los años noventa del pasado siglo. Si mal asunto es publicar los nombres y dos apellidos de delincuentes a los que se les debe presumir su inocencia hasta que no se demuestre lo contrario, peor es la dinámica de meter en el mismo saco a todas las personas de un grupo basándose en prejuicios.

 

Los médicos, ferroviarios, conquenses, pelirrojas, registradores de la prioridad, sudamericanos o emigrantes de Senegal no son grupos compactos que conserven sus características y comportamientos de manera uniformada desde el nacimiento hasta la muerte. Tampoco todos los andaluces son graciosos, ni todos los italianos son elegantes, ni todos los escoceses y catalanes padecen de avaricia congénita. La maestra de 1º de EGB nos lo explicaba con ejemplos más simples y que todavía guardo en unas fichas garabateadas con mala letra.

 

Si la reforma de Villar Palasí nos permitió (y en tiempos peores) iniciarnos en estas teorías de conjuntos, me pregunto en qué momento se extendió la epidemia del “son todos iguales”, “todos vienen a robar”, “todos quieren la paguita” o “todos son delincuentes”. Hoy ha triunfado la infame la costumbre de adjudicar a todo un grupo de personas los errores, delitos o crímenes que pudiera cometer uno solo de sus integrantes, y ante cualquier noticia de un suceso grave surge una caterva a la que le preocupa menos la víctima que averiguar datos con los que culpar a todo un conjunto de personas a las que ya se odiaba de antemano.

 

No. No nos hace falta conocer el color de la piel, el lugar de nacimiento o la religión que profesa quien ha cometido un delito execrable: no aportan nada a la noticia y solo sirven para culpabilizar a todo un colectivo de lo que solo es responsabilidad de individuos concretos.

 

Publicado en el diario HOY el 27 de mayo de 2026


13 mayo, 2026

Alterofobias

Una enfermedad recorre el mundo. En un siglo en el que viajar a otra parte del planeta ya se puede realizar en un santiamén, surge desde las entrañas de lo más putrefacto un comportamiento más propio de esos moluscos que se cierran a cal y canto para que nada ajeno se les acerque. Salir de nuestro mundo es el mejor antídoto para no desarrollar patologías graves a causa de excesos de contemplación umbilical, que es la forma pedante de denominar a eso de mirarse el ombligo. Aunque la academia no ha recogido todavía el término “alterofobia”, parece necesario que vayamos haciéndole un hueco porque se está instalando como un troyano en nuestro sistema operativo.


Nos hemos enterado de que hay un programa de lengua y cultura en una localidad del norte de Extremadura y que debe eliminarse para conseguir que Extremadura sea gobernable. Todavía no he leído las razones científicas, educativas, culturales y humanas que vinculan la eliminación de un programa que no cuesta nada al erario público, que favorece la cultura y el conocimiento, que amplía las capacidades comunicativas de personas que se están educando y que no interfiere ni un segundo en el proceso de aprendizaje de quienes no deseen participar en el mismo.

Si no hay ninguna razón científica y objetiva para que ese programa deba desaparecer, tendríamos que plantearnos varias cuestiones. ¿Hay un informe técnico profesional que aconseje su eliminación o mañana puede venir otra propuesta que pretenda suprimir el cero de nuestro sistema de numeración por ser un invento que nos trajeron los árabes? ¿Volvemos a los números romanos para evitar esta invasión de guarismos magrebíes en nuestras hojas de cálculo? ¿Habremos de suprimir el resto de programas de lenguas y culturas de otros países que también se desarrollan en Extremadura y son pagados por entidades extranjeras? ¿Afectará también al concierto que Extremadura tiene desde 1996 con el British Council o este lo dejamos pasar porque nos conviene y las profesoras tienen tez blanca y ojos azules?

El pasado domingo se publicaba en este diario un artículo de Adel Najjar con referencias históricas, lingüísticas y culturales que han determinado la influencia árabe en todos los pueblos, reinos y estados que se han ido sucediendo en el territorio peninsular, desde el año 711 hasta nuestros días. La capacidad humana de comunicarse ha tenido miles de expresiones diferentes a lo largo del tiempo y por todos los rincones del planeta. La variedad de códigos puede verse como un impedimento para la comunicación, pero hay quienes lo vemos como una de las maravillas de la diversidad humana. Las distintas maneras de expresarse forman parte de un patrimonio cultural intangible y que debe ser respetado, cuidado y difundido. El mismo esmero con el que restauramos templos o excavamos yacimientos prehistóricos, tartésicos, romanos o almohades es el que deberíamos aplicar para que no se pierdan los patrimonios culturales inmateriales.

Ojalá no llegue al diccionario la palabra “alterofobia”, que sea innecesaria porque deje de existir el odio a lo que es diferente y hayamos aprendido a abrir los brazos y la mente, como cantaba Robe Iniesta. “Ojalá” nos llegó al castellano del “wa šá lláh” del árabe, como el ocho por ciento de nuestro vocabulario.

Publicado en el diario HOY el 13 de mayo de 2026



 

10 mayo, 2026

Historia de mi colección de "Fuellas"

Las navidades de 1984 las pasé, como era habitual, en Monzón. Y allí pude ver en el informativo regional de RTVE en Aragón una noticia sobre la grabación de un disco totalmente en lengua aragonesa. Fendo Camín, de Mario Garcés, era aquel disco que compré en formato cassette en la tienda de discos Nacho que estaba en la calle San Antonio 2, a la vuelta del Ayuntamiento.

Regresé a Badajoz sin entender la letra pero en interior de la carátula ponía que podían pedirse las letras en el trestallo postal 147 de la capital oscense. Y me mandaron las letras, escuché la música hasta el hartazgo y me mandaron junto a las letras un papelito por si quería suscribirme a las Fuellas d'informazión d'o Consello d'a Fabla Aragonesa.

Recuerdo que en uno de los primeros números que recibí había un artículo sobre el habla de Sant Istevan de Litera / Sant Esteve de Llitera / San Esteban de Litera, el pueblo de una de mis bisabuelas. El autor era un profesor de la Facultad en la que había empezado a estudiar Filología hacía pocos meses y a quien acabé conociendo.

Estuve suscrito a las Fuellas y las recibía cada dos meses. Dejé de recibirla durante algún tiempo con motivo de dos cambios de casa y finalmente anulé mi suscripción. Las he tenido guardadas durante mucho tiempo y pensé que podían y debían tener una segunda vida. Así que contacté con la Biblioteca de Monzón para saber si les podía interesar esta colección incompleta (pero bastante completa). Y me dijeron que sí. Así que mi prima Mercedes les acercó los ejemplares, porque los días de Semana Santa no me permitieron entregarlos personalmente y el pasado 29 de abril recibí el mensaje de Lourdes, de la Biblioteca Ramón J. Sender de Monzón. 

Para quien vive desde hace tanto tiempo alejado de la tierra de mis padres y mis antepasados me ha emocionado saber que vuelven a la tierra y para servir a la cultura. Todas estas Fuellas formaron parte de mi vida y de mi formación, ahora tienen una segunda vida.







29 abril, 2026

Prioridades

 

La lectura del libro de Andrés Neuman titulado “Hasta que empieza a brillar” me lleva un tiempo entretenido comparando las definiciones reales y académicas con las que fue recopilando María Moliner en su diccionario de uso del español. Sin embargo, ha sido la actualidad la que me ha despertado la curiosidad por saber cómo habían resuelto aquellos y la lexicógrafa aragonesa una palabra que se ha vuelto a poner de moda: la prioridad.

 

Los reales académicos de la lengua lo dejaron en “anterioridad de algo respecto de otra cosa, en tiempo o en orden” y luego se enredaron en definiciones complicadas, de esas que hay releer cuatro veces para entenderlas, y en las que llega a intervenir hasta la Santísima Trinidad. En cambio, la aragonesa Moliner nos la relacionaba directamente con la palabra primacía y con la “anterioridad en consideración y superioridad en importancia”.

 

Así que quienes teníamos olvidadas ya casi todas las prioridades, incluso aquellas que nos preguntaban en los exámenes teóricos para obtener el carnet de conducir, nos hemos vuelto a desayunar con prioridades que nada tienen de celestiales y que parecen ideadas en el mismísimo infierno. Debates que considerábamos totalmente superados se vuelven a poner encima de la mesa, mientras los dos primeros artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos son descuartizados con motosierra ante el regocijo de los más intolerantes y el consentimiento tristón de quienes son mansamente arrastrados hacia estribor sin calcular sus consecuencias.

 

Todos los seres humanos nacen libres e iguales y todas las personas son iguales con independencia de su raza, color, sexo, idioma, religión, política o el lugar donde hayan nacido. Quizá deberían ser estas las primeras frases que nos enseñaran en casa, en la escuela, en los lugares de trabajo y en las calles. Quienes trabajan en paritorios y en funerarias coinciden en que al principio y al final de la existencia las fragilidades nos igualan a todos, pero que hemos ido diseñando recorridos intermedios (a los que llamamos vida) donde las desigualdades y discriminaciones, aquellas que se fueron difuminando durante el último siglo gracias a las luchas de hombres y mujeres concienciadas, se encuentran ya al borde del abismo: hoy son los extranjeros pobres, mañana pueden ser las personas que aman de manera distinta y pasado mañana quienes hablan un idioma diferente.

 

Hay quien aplaude hoy las primacías que dictan los dictadores de turno, valga la redundancia, porque creen que siempre tendrán prioridad, que es lo que en materia de tráfico ocurre con quienes siempre giran a la derecha. Complicados tiempos en los que hasta quienes no tenemos fe nos hemos emocionado al escuchar las palabras del obispo canario José Mazuelos: A mucha gente habría que meterla en un cayuco y estar cinco días en el Atlántico sin comer, para que vean qué hacemos cuando llegan. Pues habrá que acogerlos y habrá que cuidarlos, si se quiere ser cristiano y ya no solamente cristiano, si se quiere humano”.

 

En la sala de espera de las urgencias hospitalarias de la Sanidad Pública la prioridad no es la del primero que llega, ni del que más dinero tiene, sino la del ser humano que más lo necesite, sea de donde sea. No es complicado.

Publicado en el diario HOY el 29 de abril de 2026


 

 

15 abril, 2026

Lunáticos

Imagino que en la prehistoria los seres humanos se entretenían cada noche viendo en el cielo un círculo de luz que iba menguando o creciendo cada vez que el sol se escondía. Pasaban veintiocho días, el ciclo volvía a comenzar y aquella extraña bola influía en las vidas de nuestros antepasados tanto como hoy esas pantallas que llevamos en nuestros bolsillos y que creemos que nos traen a la palma de nuestras manos todas las verdades que en el universo existen.

 

Las nuevas imágenes de la luna nos han permitido ver mejor que nunca los detalles de la cara oculta más mencionada en la historia. Una cara oculta que luego hemos utilizado en símiles, metáforas y comparaciones para describir a quienes muestran una apariencia y esconden una naturaleza y características totalmente diferentes a las que aparentan.

 

Hace ya tiempo que nos convencimos de la inexistencia de selenitas: el paseíto de Armstrong y Aldrin en 1969 no les permitió encontrar evidencia alguna de ellos y el pobre de Collins, que quizá fue el primer viajero defraudado con su agencia de viajes, se pasó media vida contando que estuvo allí y poco más, como quien cuenta que ha estado en Frankfurt porque su avión hizo escala en su ruta hacia Japón.

 

Selenitas parece que no hay, pero nos sobran lunáticos. Los académicos de la lengua definen a estos últimos como a esos seres que padecen locura pero no de manera continuada sino por intervalos. Antes de que las reformas laborales se inventaran a los trabajadores fijos discontinuos, ya habían afinado bien los lexicógrafos endilgando la raíz de nuestro único satélite a todos estos que no pueden ser diagnosticados de ninguna dolencia mental por falta de constancia, pero que de vez en cuando se suben por las paredes.

 

Las decisiones descabelladas no son producto de la postmodernidad ni de los tiempos contemporáneos, porque ya tuvimos a uno que nombró senador a su caballo y más recientemente a senadores que votaban con los pies por el compañero ausente. De nuestros monarcas pasados tenemos diversos ejemplos con escasas luces y otros a los que alguna luz les encaminó a tierras lejanas con las sacas bien repletas, ya fuera de joyas en el XIX o de divisas en el XXI.

 

Si repasamos los últimos cien años recordaremos que el mundo jamás se libró de tener lunáticos al frente de gobiernos y naciones: Hitler, Mussolini o Stalin son de los que ya nos aparecían en los libros de texto, pero hubo un Bokassa en el centro de África que se construyó un trono de oro, Idi Amin en Uganda con costumbres caníbales, otro en Camboya que se cargaba a los de gafas por tener un aire intelectual y un paraguayo con apellido sospechosamente alemán que protegía a nazis y masacraba a mansalva.

 

¿Tenemos hoy lunáticos como los mencionados al mando de países, ejércitos, bancos, multinacionales, instituciones y hasta medios de comunicación? ¿Los tenemos solo en lejanos países o están ya más cerca de lo que creemos? En un mundo en el que para entrar a trabajar te piden una analítica, quizá no sería mala idea que, además de votos, quien nos vaya a regir esté en sus cabales.

Publicado en el diario HOY el 15 de abril de 2026






01 abril, 2026

Trazas de racismo y odio

    Dicen que es necesario leer los prospectos de todo lo que ingerimos. Las normativas han llevado a los fabricantes de alimentos a indicar si cada producto envasado pudiera contener alguna pequeña cantidad de frutos secos u otros derivados lácteos capaces de provocar una reacción de efectos nocivos. En las cartas de los restaurantes también nos colocan iconos para advertirnos de si un plato suculento puede jugarnos una mala pasada al contener cereales con gluten, huevo o marisco.

    Trazas: así es como denominan a esas cantidades pequeñas de determinadas sustancias que pueden pasar a convertirse en un problema grave para la salud. Por eso las normativas de seguridad alimentaria han determinado que cada producto las tenga todas bien identificadas, incluso cuando se trate de alergias raras que afectan a muy pocas personas. Del mismo modo que un quirófano o la cocina de un restaurante deben estar en las mejores condiciones higiénicas y de salubridad, también habría que abordar la eliminación de todos los mecanismos y prácticas de las autoridades que pudieran contener trazas de la existencia de sesgos racistas, animadversiones basadas en prejuicios o prohibiciones tan cargadas de estulticia que pretenden eliminar incluso lo que no existe.

     El 21 de marzo se conmemoraba la jornada mundial contra la discriminación racial, recordando aquel día de 1966 en Shaperville (Suráfrica) en el que la policía del régimen de Pretoria acabó a tiros con más de 250 personas que protestaban contra el apartheid. Desde el pasado 21 de marzo hay en marcha una campaña de Amnistía Internacional para intentar acabar con una práctica habitual en nuestras calles como es la del sesgo racial de las identificaciones policiales en España. ¿Cuántas veces le han pedido las fuerzas del orden que se identifique cuando va por la calle? ¿Saben ustedes que la oscuridad de la piel puede ser un rasgo determinante para ser interceptado en redadas que pudieran contener importantes trazas de racismo?

     Mañana se cumplen once años de la publicación de aquella Ley Orgánica de Seguridad Ciudadana, que acabó con el apodo de “mordaza”, y que en su primer año de vigencia llegó a imponer 34.000 sanciones por ejercer los derechos de reunión, expresión o manifestación. Más de cuatrocientas organizaciones y colectivos se están sumando este año a una campaña destinada a que gobiernos e instituciones se dediquen más a parar el racismo en lugar de parar por la calle a personas que por su aspecto pudieran, simplemente, proceder de otras latitudes.

     Junto a estas trazas de racismo también tenemos las de odio puro y duro. La semana pasada el Ayuntamiento de Badajoz aprobó una moción para prohibir el menú halal de todos los colegios de la ciudad. La propuesta del grupo de extrema derecha salió adelante con los votos a favor del propio gobierno municipal, sin caer en la cuenta de que en Badajoz no hay ni un solo centro educativo en el que se suministre. ¿Nos molestaría que a una niña le facilitaran un menú escolar sin gluten, sin huevo o sin lactosa? ¿Para qué prohibir algo que no existe? ¿Prohibiríamos a alienígenas verdes residentes en Las Vaguadas asistir a los plenos municipales sabiendo que no existen? ¿O sí?





18 marzo, 2026

Distancias y olvidos

Una vieja canción mexicana nos equiparaba a la distancia con el olvido. Sin embargo, la neurología considera que es el paso del tiempo el factor más determinante para que dejemos de recordar lo que nos pasó. Ignorar los horrores que padecen personas que jamás conocimos, que se encuentran en lugares remotos o que vivieron en tiempos pasados es un brebaje de gran utilidad para que no nos afecten los agobios y las desesperanzas cotidianas.

 

No han pasado ni tres semanas desde el primer ataque coordinado de Trump y Nethanyahu sobre Irán y muchos habrán tenido que buscar dónde diantres está ese lugar tan estrecho al que llaman Ormuz. Habrá quienes tampoco se preocuparon demasiado al conocer la muerte de Alí Jameneí y llegarían incluso a aplaudirla como un paso para liberar del terror a las mujeres de aquel país. Lástima que la liberación de las mujeres iraníes comenzara, paradójicamente, en una escuela llena de niñas a las que aplastó uno de esos “inteligentísimos” misiles Tomahawk, que no fue capaz de identificar que su objetivo llevaba ya tiempo siendo una escuela y no la instalación militar que constaba en mapas descoloridos.

 

La preocupación por lo que ocurre en aquella zona del mundo ha ido aumentando al ver que los iraníes respondían sobre territorios cuyos nombres conocemos por su presencia en las camisetas de algunos equipos de fútbol cercanos, de esos a los que no les importa hacer caja con petrodólares que servirán para fichar a la penúltima estrella del mercado de invierno. Falta poco para que todo el mundo sepa por dónde cae Ormuz. No hará falta buscarlo en Google Maps ni leyendo las noticias, porque será un descubrimiento en diferido, como la mítica indemnización que recibió Bárcenas según el relato de Cospedal. Bastará con acercarnos a los surtidores de combustible para que más de uno se eche las manos a la cabeza e intente preguntarse cuándo empezó todo esto, por qué no nos avisaron de los efectos secundarios, o a quién se le ocurrió tocarle las narices a China sabiendo que por Ormuz pasa la mayor parte que del crudo que necesita el gigante asiático para mantener su poderosa industria.

 

No sé si volverán a resonar cánticos contra las guerras como los que escuchamos hace veintidós años. Entonces nos movilizaron las 191 personas que murieron en los trenes de cercanías de Madrid porque sí vimos la conexión entre la participación activa en un conflicto lejano y sus crueles consecuencias cercanas, que tenían nombres y apellidos fáciles de pronunciar porque coincidían con los nuestros.

 

Hace mucho tiempo que no se habla de construir una cultura para la paz. Quizá sea porque es más rentable hablar de una economía de guerra bien distinta de la que nos contaban nuestras profesoras de Historia: la de los cuantiosos beneficios que se embolsarán quienes lleven la muerte a miles de kilómetros de distancia de sus sofás y que nos recomendarán que olvidemos para siempre las penas y los rostros de tantas víctimas como podríamos dejar enterradas. No sabemos hacia dónde apuntarán los señores de la guerra las próximas semanas: quizá la distancia sea larga, pero que no haya olvido.

 

Publicado en el diario HOY el 18 de marzo de 2026

 


 

Teoría de conjuntos

  Mi generación inauguró la EGB, que fue intento de los tecnócratas del tardofranquismo para dar un tímido paso al frente en una escuela que...