30 septiembre, 2026

Matonismo

En las escuelas siempre había un matón, alguien que se creía con el poder de amedrentar a quien le diera la gana y que contaba con el apoyo y el aplauso de un círculo cerrado de seguidores. Unos entusiasmados por pertenecer al bando vencedor y otros que callarían sin convicción, temerosos de acabar siendo el objetivo de los abusos, desprecios o amenazas del cabeza visible del tinglado, que solía tener muy poca materia gris y demasiada fuerza bruta.

 

Con el tiempo aquellos episodios recurrentes acabaron por tener un nombre en inglés y en los centros educativos se tuvieron que establecer protocolos para detectar acosos y humillaciones que no eran ningún juego de niños. Aparecieron casos dramáticos en las noticias como el suicidio de un chico de 14 de años en Hondarribia en 2004, cansado de soportar aislamiento, golpes y humillaciones durante más de un año.  

 

La organización Save the Children recogía datos de la OCDE del informe PISA de 2024 y cifraba en más de un 6% el alumnado que sufría acoso con frecuencia, más de un 15% lo sufría varias veces al mes y que entre el alumnado de origen migrante llegaba al 21%. Los casos de suicidio con nombres y apellidos han logrado que la sociedad esté preocupada por el asunto y me consta que en los centros educativos están muy al tanto de lo que ocurre.

 

Sin embargo, el espíritu de ese matonismo de las escuelas, que ya tiene diagnóstico y tratamientos en escuelas e institutos, se ha extendido sin pudor por el resto de la sociedad. El tono del debate político está lleno de descalificaciones que no aportan nada al debate, el zasca tuitero ha sustituido al argumento razonado y hay periodistas que son agredidos por padres de familia acompañados de sus vástagos porque no les gusta el color del micrófono con el que están trabajando para informar en una manifestación.

 

Aquel matonismo que segó la vida de adolescentes como Kira, Carla o Jokin ha renacido en otros ámbitos y con fuerza: hay pseudoempresas dedicadas a ejercerlo físicamente sin que la autoridad lo impida y luego están los que no tienen ni que mover un dedo para ejercerla, auspiciadas por personas anónimas de las que jamás conoceremos sus nombres y apellidos pero que cada cierto tiempo ven aumentar sus cuentas corrientes gracias a la eficacia de ese matonismo que se llama fondo y que se apellida como un ave de Monfragüe.

 

Nethanyahu, Trump, Putin o Xi Jinping son ejemplos de ese matonismo que nos invade. Para ellos no sirven las normas democráticas, ni el respeto a las vidas, al planeta ni los Derechos Humanos. También tenemos ejemplos más cercanos, los que ya no disimulan para nada el odio a los diferentes, los que se comportan como aves de rapiña frente a las personas más desvalidas e indefensas.  Mientras que el artículo 25 de la Declaración Universal de Derechos Humanos y el 47 de la Constitución no son de aplicación efectiva para quienes más lo necesitan, sí se incumplen sin pudor para beneficiar a quienes han hecho de la especulación, esa que los poderes públicos deben impedir, su fuente de ingresos impunes. El matonismo va ganando.

 

Publicado en el diario HOY el 30 de septiembre de 2026

 


 

16 septiembre, 2026

Fantasmas de Europa

No sé si existe un registro de los fantasmas que han recorrido Europa. El llamado viejo continente, que en el mapamundi nos lo han dibujado con unas proporciones muy superiores a las reales, ha sido cuna de hallazgos científicos, de grandes tendencias artísticas, y de una rica literatura también habitada por fantasmas. Además de esos relatos de terror, en Europa conocemos también la sexta acepción del diccionario para la palabra fantasma, la que los académicos definieron como “amenaza de un riesgo inminente o temor de que sobrevenga”.

 

En 1948 pensamos que no volverían más fantasmas. Europa había encadenado dos guerras mundiales devastadoras en apenas treinta y cuatro años, con casi cuarenta millones de personas muertas durante la primera de las contiendas y cerca de sesenta millones en la segunda guerra mundial. Fue precisamente en 1948 cuando Europa y el mundo tuvieron que renacer de sus cenizas y, mientras se asentaban los treinta pilares para una Declaración Universal de los Derechos Humanos, nuestro continente parecía haber aprendido la lección de aquel periodo de entre guerras que alimentó los peores fantasmas imaginables.

 

El historiador aragonés Julián Casanova explicó en la radio que estábamos todavía lejos de repetir el pasado, pero que ya habitan entre nosotros unas similitudes entre los tiempos actuales y los que antecedieron al más grave conflicto bélico de todos los tiempos, el que empezó con la invasión de Polonia de las tropas de Hitler y acabó con bombas atómicas sobre Hirosima y Nagasaki. Una de esas similitudes es el surgimiento de fuerzas de extrema derecha, que no sólo ganan terreno electoral a la derecha tradicional, sino que acaban empujando a la derecha democrática hacia postulados e ideas que hace diez años habríamos considerado como extremistas, pero también señala la falta de un proyecto de izquierdas sólido con el que contrarrestar el auge de posiciones que están fuera del marco de Derechos Humanos aprobado en 1948.

 

La semana pasada ocurrió lo que se barruntaba desde hace años: el triunfo de la extrema derecha en uno de los estados federales de Alemania pone en jaque todo el tablero. Aunque se trate de un territorio de apenas dos millones de habitantes en un país de más de ochenta millones, acontece en un momento en el que las extremas derechas no sienten ya rubor alguno por parecer que son abiertamente racistas, profundamente xenófobas y que están perfectamente coordinadas. Los fantasmas que recorren Europa no son los que anunciaban Marx y Engels sino otros bien diferentes, los que amenazan con discriminar a los seres humanos en función del claro-oscuro de sus pieles, de la partida de nacimiento de sus abuelas o de las condiciones de pobreza que estén sufriendo

 

Los fantasmas de la Europa de hoy quizá sean bien diferentes de los del pasado: tal vez no vuelvan a desfilar con fusiles por las avenidas, ni construyan campos de exterminio donde el trabajo no libera a nadie, pero la pasividad ante el genocidio de los más débiles en Gaza o ante la discriminación que sufren las personas racializadas en todo nuestro continente quizá sí sean demasiado parecidas a las que Europa padeció hace 87 años. No lo olvidemos.

Publicado en el diario HOY el 16 de septiembre de 2026


 

02 septiembre, 2026

Crisis humanitarias y de humanidad

Desde hace más de 30 años colaboro con varias organizaciones que se dedican a ayudar a seres humanos. Con algunas de ellas mi contribución se reduce a aportar una cuota de socio que permite a las oenegés construir pozos y escuelas enaldeas africanas, llevar personal y material sanitario a zonas de conflicto o recoger náufragos de ese inmenso cementerio oculto en el que se ha convertido el Mediterráneo al que cantó Joan Manuel Serrat.

A otra de las organizaciones de las que soy socio le dedico algo de tiempo. Tras décadas reuniéndome semanalmente con mis compañeras y compañeros conseguimos aprender más geografía que en nuestros años escolares y nos acabamos enterando de que la antigua Birmania pasó a llamarse Myamnar, que Ceilán se convirtió en Sri Lanka y tenía problemas con unos tigres tamiles, o que Sudán acabó partiéndose en dos porque no tenían manera de entenderse.

Las organizaciones no gubernamentales para el desarrollo, esas a las que en algunas comunidades autónomas se les ha dejado de financiar por oscuras razones, no han dejado jamás de informarnos de las graves crisis humanitarias que van recorriendo el planeta: algunas de ellas tenían causas naturales como aquel tsunami de 2004 en Indonesia, terremotos en Centroamérica, inundaciones en unos sitios y pertinaces sequías en otros.

No siempre esas crisis humanitarias eran producidas por volcanes que surgían del centro de la tierra o por huracanes que asolaban el Caribe y sumergían zonas del primer mundo, como hizo el Katrina en Estados Unidos a finales de agosto de 2005. Pero junto a todas esas catástrofes inevitables e imparables seguimos conviviendo con otras que sí que podrían impedirse en un mundo en el que unos tiran alimentos para evitar que bajen demasiado los precios y otros nos aportan imágenes de criaturas desnutridas que desactivaremos haciendo zapping con el mando a distancia.

Las crisis humanitarias no llevan camino de erradicarse y todos aquellos intentos de Naciones Unidas han ido cayendo en saco roto por intereses que todo el mundo puede imaginarse. Desgraciadamente esas crisis humanitarias están viniendo acompañadas de algo peor que el infortunio o la inevitable fuerza de la naturaleza sísmica o volcánica: se trata de las crisis de humanidad, las que se producen cuando se acaba desarrollando un odio y un rechazo visceral hacia quien es diferente, hacia quien no tiene más posesión que lo que yo lleva puesto y, como dice el dicho castellano, no tiene ni dónde caerse muerto.

Me gustaría que dejaran de existir organizaciones humanitarias, de ayuda al desarrollo o de defensa de los Derechos Humanos. Desearía que se aburrieran, que dejaran de tener preocupaciones y que no nos pudieran descubrir más regiones asoladas por desgracias fortuitas o provocadas. Todo el mundo sabe que las crisis humanitarias no se resuelven solo con voluntad, pero las crisis de humanidad sí que están en nuestra mano: no tener un ápice de humanidad hacia quienes huyen de la muerte es una de esas señales que deberían hacer saltar todas las alarmas. ¿Podría estar pasándonos?

Publicado en el diario HOY el 2 de septiembre de 2026




19 agosto, 2026

Todo excluido

    Mientras esperaba a que abrieran la óptica para graduarme la vista me paré a ver las ofertas de una agencia de viajes que había al lado. En muchas de ellas aparecía una especie de estrella amarilla con la expresión “todo incluido” en rojo y con más signos de exclamación de los necesarios. También había otro cartel con cruceros en los que podías elegir cuarto con terraza, con ventanuco al exterior o simplemente camarote, que es la forma de ocultar en la publicidad lo que podría parecer otra palabra castellana y que comienza por la misma letra: calabozo. En la publicidad de algún crucero también resaltaban de forma llamativa que el todo incluido iba más allá de lo habitual y que también se extendía a todas las bebidas, para que en caso de que el oleaje natural del mar no fuera demasiado fuerte se pudiera llegar al mareo mediante la ingesta de bebedizos.

    Como nunca he utilizado este modelo de viajes quizá no debería uno aventurarse a criticarlos. Jamás me he puesto una pulserita que te hace olvidarte de ir pagando cada cosa que consumes y que te lleva a sentirte por unos días a cuerpo de rey, otra expresión idiomático-monárquica que se nos ha quedado en el lenguaje como sinónimo del poderío ilimitado.

 

    Luego comencé a preguntarme si la omnipresencia publicitaria de esa situación tan confortable y en la que nunca falta nada tendría su contrapunto: ¿existirá un concepto del todo excluido? Pues me temo que sí: que el mundo está lleno de zonas de exclusión absoluta, bien separadas de las zonas vips y de lugares en los que se exige una vestimenta inasequible para el 90% de la población mundial, o de locales de ocio donde los porteros te fulminan con la mirada por no reunir los requisitos establecidos.

 

    Pero no son estas las exclusiones importantes de la vida contemporánea. Las más graves, las que resquebrajan la paz y la supervivencia del planeta son las que nos anuncian que en 2030 habrá 590 millones de personas viviendo en la extrema pobreza, que en España ya hay un 26% de la población que se encuentra en riesgo de exclusión social, que la salud debe ser un derecho y no un privilegio de quien tiene dinero, que sin educación de calidad, sin igualdad de género y sin trabajos decentes no se puede construir un mundo justo. Cuidar el planeta, evitar el desastre climático, conservar la vida de los ecosistemas terrestres o construir una paz, una justicia e instituciones internacionales sólidas son esos denostados objetivos para el desarrollo sostenible que tanto critican quienes no los han leído jamás y quienes no creen en otra ley que no sea la del más fuerte.

 

    Si no reorganizamos el mundo, no podremos evitar que los que viven bajo el régimen del “todo excluido” acaben aporreando la puerta y saltando las vallas de los lugares en los que todo está incluido. Necesitamos saber cómo hemos llegado hasta aquí, ser conscientes de cómo hemos rapiñado las riquezas de los continentes más empobrecidos y entender que esas avalanchas de chavales que huyen de la muerte son la consecuencia de un orden mundial tremendamente injusto, insostenible y profundamente inhumano.
 
 



05 agosto, 2026

Geografía humana

 

A algunos nos hubiera gustado dedicarnos a la geografía. Pocas áreas del saber básico cuentan con tantas ramas y tienen para casi todos los gustos: la geografía física con sus climas, relieves, ríos y mares, o la geografía biológica, que va ubicando animales y plantas por todo el planeta. Pero quizá sea la geografía humana la que más me ha preocupado desde siempre: la económica y la política porque tienen secciones fijas en todos los periódicos y eso ya las hace importantes. Son las que fabrican mapas con líneas marcadas, rellenan de colores los países o nos nutren de gráficos con dientes de sierra y barras de colores para que hasta los más torpes veamos, en un abrir y cerrar de ojos, que el PIB de Alemania se sale del mapa y el nuestro va rezagado y necesita mejorar.

Dentro de la geografía humana tal vez sea la poblacional la que más nos debería importar: la que mide cuántas personas viven en un lugar, cuántas se mueven de un lugar a otro y qué motivos tienen para hacerlo. Imagino que los geógrafos ya tendrán datos de cuántas personas han llegado en el último mes a los aeropuertos españoles y no tardarán en informarnos del grado de ocupación hotelera en las costas españolas, de la saturación turística que se produce en muchos lugares de la península y especialmente en sus islas, donde que te destinen como profesora o enfermero a Ibiza puede significar la ruina económica o la búsqueda acelerada de una infravivienda compartida en la que simular una vida normal.

Desde hace unos días no hacemos más que preocuparnos por la geografía humana de Ceuta. Por más que intentemos informarnos, todavía no está claro qué propició la llegada en masa de gentes que querían atravesar a toda costa la frontera del Tarajal. Tampoco sabemos exactamente cuántas personas lograron cruzarla, cuántas fueron devueltas al otro lado de la valla y poco a poco van saliendo datos contrastados de la peor de las estadísticas que queríamos conocer. Mientras escribo estas líneas se habla ya de un centenar de personas muertas y hasta el sumo pontífice ha intervenido para pedir soluciones de paz, estabilidad y justicia, tres palabras que no he escuchado de los expertos en salvar patrias.

¿Qué situación tendrían que estar padeciendo quienes se sumergen en las turbulentas aguas del estrecho de Gibraltar durante la noche? ¿Qué grado de desesperación deben de haber alcanzado para poner en riesgo sus propias vidas? En el bar de cualquier esquina ya estará vociferando algún ejemplar ibérico con la testosterona subida asegurando que todo lo solucionaba en un santiamén. Quizá tardemos en saber quién movió los hilos para que todo esto ocurriera así: ¿Anda detrás de todo esto algún servicio secreto en complicidad con algún monarca?

Hemos visto mucha gente de piel más oscura que la nuestra huyendo de la muerte hacia el norte, todo parece lejano, como una desgracia que siempre ocurre a otros. Quizá pensarían lo mismo las mujeres rubias con niños pequeños que huían de Ucrania hacia Portugal en el invierno de 2022 y pasaron por Extremadura. Me temo que, además de aprender geografía humana, habría que humanizar la geografía. Es urgente. 
 
Publicado en el diario HOY el 5 de agosto de 2026



22 julio, 2026

Equipos y estrellas

 No sé si las celebraciones mundiales se acabarán esta semana o se prolongarán varios meses, otorgando cada región las oportunas medallas individuales a cada integrante de la selección española de fútbol masculino y siguiendo con los imprescindibles nombramientos como hijos predilectos de cada ciudad, pueblo o aldea natal de los campeones. 

A algunos nos habría gustado que se hubiera escuchado a los analistas balompédicos internacionales, quienes no se cansaron de elogiar el trabajo de equipo por encima del mayor o menor resplandor de las estrellas individuales. El individualismo es, desgraciadamente, casi una doctrina hegemónica: sálvese quien pueda, no te importe dar codazos para llegar el primero, no dejes que nadie te haga sombra y cientos de arengas similares forman parte de una especie de catecismo de quienes consideran que el éxito individual es lo máximo a lo que se puede aspirar. 

Tampoco sé si es una necesidad intrínseca al ser humano o más bien está incentivada por los propios medios de comunicación, que necesitan poner un nombre, dos apellidos y un rostro a cada gesta colectiva de toda índole. Esta tendencia a personalizar en estrellas concretas, a las que se subirá a los altares o condenará a los infiernos si su desempeño ha sido sublime o ha estado plagado de garrafales errores, se nos olvidaría durante cuatro años si no fuera por la traslación de esta manía preponderante de individualizarlo todo.

Quizá fuera este el momento oportuno para aprovechar esa segunda estrella de la camiseta roja y hacer apología del compañerismo, de la colaboración, de la ayuda mutua o de la solidaridad. Cualquiera que tenga la suerte de compartir tareas profesionales, asociativas o solidarias con otros seres humanos saben que se ilumina mucho más gracias a la suma de cada integrante de un equipo, que mediante las luces, a veces cegadoras, de tantas estrellas encumbradas.  

Una vez terminado el mundial de fútbol masculino  y cuando todo ser vivo racional comience a estar harto de tanta sobredosis informativa monotemática, cabe preguntarse si este tipo de acontecimientos nos pueden aportar algunas luces para la vida corriente y para el mundo en general. ¿Nos fiamos más de las individualidades que de los equipos? ¿Enseñamos en nuestras escuelas, institutos y universidades a trabajar en equipo?

Así que no olvidemos en el futuro lo aprendido durante este verano de 2026 y reconduzcamos todas nuestras idolatrías estelares futbolísticas. Por cierto: conviene recordar que España también es la vigente campeona mundial de fútbol femenino y que su triunfo en 2023 se vio empañado por un machismo que no tenemos manera de eliminar del ADN del macho hispánico. El año que viene se disputará en Brasil el mundial en el que las mujeres futbolistas podrán colocar también su segunda estrella en la camiseta. ¿Tendremos tanta información como acabamos de tener o habrá que buscarla con lupas y telescopios?

Publicado en el diario HOY el 22 de julio de 2026




08 julio, 2026

"Send them back"

Hace unos días se hizo viral la imagen de unos cuantos europarlamentarios en Estrasburgo coreando con gritos y palmas las tres palabras inglesas que he usado para titular este texto. No sé si traducirlas al pie de la letra, con un literal “enviadlos de vuelta” o intentar sumar a las palabras todos esos gestos y matices de quienes, en el fondo, estaban gritando tirarlos al mar o expresiones malsonantes que no conviene repetir.

Coincide este episodio de racismo y xenofobia institucionalizada con la celebración en Norteamérica de un mundial de fútbol en el que casi todas las selecciones europeas difieren bastante de las que pudimos ver hace 50 años. Del mundial de 1974 recuerdo la goleada por nueve a cero de Yugoslavia a Zaire, y también un 7-1 de Italia al combinado de Haití. Entonces no había mestizaje alguno salvo en Brasil, en las selecciones europeas todos eran blancos y en las de Zaire y Haití todos tenían la piel bien oscura.

Hace poco escuché a una antropóloga una afirmación que debería hacernos reflexionar: todos nuestros antepasados fueron negros y africanos: por mucho cabello rubio que luzcas y ojos azules que te sirvan para ver, tus raíces están en África. También las de los jóvenes haitianos, que habían sido llevados a una isla llamada La Española y no por voluntad propia, sino por la de traficantes de esclavos que trataron como mulos a otros seres humanos, que acabaron amasando fortunas incalculables, construyendo palacetes y siendo reconocidos como personajes ilustres en sus localidades natales.

El lunes nos informaba este periódico del desalojo policial a un joven que dormía en las escalinatas de la catedral de Badajoz. Descalzo y con el rostro apoyado sobre el suelo, no sabemos todavía si al final pudo tener cobijo en alguna institución o darse una ducha reparadora, como las que pudieron darse en los Salesianos otro grupo de personas procedentes de Mali

En 1998 la selección francesa fue campeona del mundo con un combinado en el que brillaba un Zidane bereber, Thierry Henry con orígenes antillanos, Djorkaeff de raíces armenias, Vieira de Senegal o Karembeu de Nueva Caledonia. Sí, también le rechinaba ese combinado multicolor a Jean-Marie Le Pen, y también se leen comentarios desagradables para los jóvenes extremos de la selección española, que no pueden disimular sus orígenes africanos y que son el ejemplo de una Europa que solo sobrevivirá aprendiendo a conjugar todos los tiempos y modos del verbo acoger.

Por nuestras calles pasean jóvenes que ya nacieron aquí y cuyas raíces, más o menos profundas, son las mismas que las del resto de la humanidad. También encontramos otras personas que acaban de llegar y que buscan un lugar en el mundo en el que sobrevivir. Ponerse a corear la devolución de personas a sus países de orígenes, como si fueran esas cajas de cartón compradas de forma impulsiva y a golpe de click, no deja en buen lugar a ese coro de eurodiputados, a los que se les supone un conocimiento avanzado en Derechos Humanos y una visión del mundo mucho más abierta que las alineaciones del mundial de Alemania de 1974.

Publicado en HOY el 8 de julio de 2026




Matonismo

En las escuelas siempre había un matón, alguien que se creía con el poder de amedrentar a quien le diera la gana y que contaba con el apoy...