24 febrero, 2021

De humanos y derechos

Muchos martes, justo después de escribir estas 500 palabras, me reúno con amigas y amigos para intentar hacer de este mundo un lugar en el que se respeten los derechos humanos. No es tarea fácil, pero llevo 27 años en ella y ya no pienso claudicar. A veces creo que he aprendido más en todas esas tardes preocupándonos por campesinos de Honduras, disidentes rusas o aquel preso cubano, que en los cientos de asignaturas cursadas en escuelas y universidades.

10 febrero, 2021

Esperanza

Hace muchos años leí un artículo de Punset sobre el experimento que Walter Mischel había hecho con niños de cuatro a seis años. Solos en una habitación, sentados en una silla, con una golosina delante y una campana al lado, a los niños se les ofrecían dos opciones: si eran capaces de estar 15 minutos en la silla sin probar el dulce, recibirían doble ración. Si no podían resistirse, tendrían que tocar la campana y solo podrían comerse una golosina.

Mischel hizo un seguimiento de aquellos niños durante cuarenta años y descubrió que los impacientes acababan teniendo peores resultados académicos y desarrollaban más problemas que quienes se armaban de entereza y no caían en la tentación devoradora. Como no sé nada de psicología, no me atrevo a decir que nuestras sociedades adultas reproducen esos mismos comportamientos y nos dividimos entre los que no pueden aguantar esta situación ni un minuto más, y los que prefieren esperar un poco más y afianzar lo logrado.

Dicen que sufrimos una fatiga colectiva que nos puede llenar de pesimismo. Los optimistas pensamos que todo pasará y todo el mundo recordará estos días, unos con la pena por los seres queridos que se fueron y el resto con sentimientos encontrados. Entenderemos mejor a nuestros padres y abuelas, las que nos contaban historias de guerras y posguerras, y cada uno se convertirá en un relator diferente de sus experiencias con o frente al virus.

Está visto que el mundo abre paréntesis cada 102 años. En 1816 no hubo verano y todo el planeta se cubrió con las cenizas de un volcán indonesio. Dicen que aquellos años de luces tenues inspiraron el Frankenstein de Mary Shelley. 102 años después, tras la primera gran guerra europea, una gripe llamada española dejó cincuenta millones de muertos durante 2 años. Dio paso a unos años 20, que algunos llamaron felices, y en medio de toda la crisis surgieron movimientos tan creativos e interesantes como la Bauhaus o el surrealismo. 102 años después nos ha llegado esta pandemia, en la que todavía nos encontramos sumidos y donde debatimos entre si hay que salir deprisa y arriesgando o con mucha calma y asegurándolo todo.

Me temo que Mischel no descubrió medicamento alguno para armarnos de paciencia y sé que el optimismo no se vende en farmacias. Pero algunos confiamos en que tras este impacto global sabremos reponernos y, como en los siglos pasados, surgirán más escritoras como Mary Shelley, nuevas Bauhaus por el continente, una creatividad que lo inundará todo y, fundamentalmente, una toma de conciencia colectiva de que solo hay un planeta, nos pertenece a todos por igual, y que todo esto lo tendremos que superar juntos.

Cada vez queda menos para que volvamos a salir, a abrazar sin miedo a quienes queremos, a brindar con más ganas que nunca, a visitar pueblos y ciudades, a tomarnos todos los cafés prometidos, a conversar sin las voces apagadas por las mascarillas y sin los sonidos retumbantes de esos sucedáneos de vida que llaman videoconferencias. Ayer llegaba a Marte una sonda espacial llamada Hope, que es como llaman los ingleses a la esperanza. Nos va a hacer falta.

 

Publicado el el diario HOY el 10 de febrero de 2021

 


 

27 enero, 2021

¿No conoces a alguien?

Una de las enseñanzas que más agradezco es aquella que me inculcaron para intentar ser lo más justo y lo más ecuánime posible, algo que no siempre se logra. Tan importante como sumar o escribir es contar con unos valores universales que nos permitan convivir y que extiendan la solidaridad como un bien que hay que proteger, como si se tratara del último lince.

 

La literatura y las películas están llenas de episodios de entrega desinteresada, incluso en los tiempos más difíciles. Todo el mundo tiene en su retina o en su memoria escenas de guerras mundiales, holocaustos, crueles dictaduras, catástrofes o epidemias de peste en las que alguien intentaba socorrer a otras personas antes de entonar a codazos el sálvese quien pueda.

 

Las pocas veces que tuve que acompañar a alguien a urgencias me sobró tiempo para leer todos los carteles. En ellos explicaban que no se atendería en riguroso orden de llegada, sino en función de la gravedad de la dolencia y sus posibles repercusiones. Imagino que ese triaje que hacen cada día en urgencias fue necesario a la hora de establecer los grupos de personas que se empezarían a vacunar frente al coronavirus y que, en un principio, colocaba en los primeros puestos a las personas más vulnerables y, en segundo lugar, a quienes se están arriesgando cada día curando y cuidando a los miles de personas hospitalizadas.

 

¿Quién podía pensar que habría gente que se intentaría colar para recibir la vacuna antes y en una situación así? Pues cualquiera que conociera este país. ¿O no se le han intentado adelantar en el supermercado para ganar treinta segundos? Pues imagínese cuando lo que están en juego no son unos miserables minutos sino la protección para una enfermedad mortal que se extiende con suma facilidad. Lo que no se podía imaginar nadie es que algunos hicieran valer sus galones para pasar por delante de todos los demás.

 

Sí, los políticos sí que nos representan en algunas cosas. Son una imagen de lo que cultivamos en el resto de una sociedad donde tener contactos, padrinos, influencias, enchufes, amiguetes o concuñados ha sido una puerta más segura que la de hacer valer los derechos al pie de la letra. 

 


¿No conoces a alguien? Es una pregunta que en más de una ocasión me han soltado. Una vez fue tras comentar que me habían dado una cita de especialista para dentro de muchos meses. Y mi respuesta siempre ha sido la misma: quiero poder exigir y reivindicar mis derechos sin tener que pedir por favor algo que, quizá, todavía no me corresponde.

 

Cada vez que nos valemos de influencias o de nuestra posición para colarnos, estamos cometiendo una injusticia con aquellos a los que de verdad les corresponde o a los que más lo necesitan. Se avecinan días difíciles y será necesaria la ejemplaridad de quienes nos gobiernan en el cumplimiento de las normas que, con mayor o menor acierto, nos hemos dado.  Para ser justos y ecuánimes no deberíamos necesitar conocer a nadie en los altos puestos de decisión: debería bastar con conocer nuestros derechos y suministrar a toda la población grandes dosis de sentido común. 
 
Publicado en el diario HOY el 27 de enero de 2021
 

 
 

13 enero, 2021

El centro del Universo

Mientras veía a seguidores de Trump entrando en el Capitolio de Washington, me puse a buscar cuántas ciudades de Estados Unidos tienen más habitantes que la propia capital. Encontré nada menos que diecinueve, en Australia hay siete más pobladas que Canberra y tres grandes urbes de Brasil superan en población a Brasilia, una capital construida tierra adentro para intentar equilibrar la descompensación entre la costa y el interior.

 

Con Washington todavía en la retina, Madrid pasó a ocupar todas las noticias y portadas nacionales, como si fuera el centro del Universo. Daba igual que Extremadura tuviera las cifras más espeluznantes de la pandemia, o que la tormenta Filomena hubiera cubierto de blanco 200.000 km2 de la península, porque todo pasó a centrarse en lo que ocurría en la comunidad madrileña, que en apenas 30 años ha pasado de poco más de 4 millones y medio de habitantes a encaminarse hacia el séptimo millón. 

 

Quienes entienden de demografía dicen que Madrid tiene una inmensa capacidad de absorción y que va dejando sin población todo lo que le rodea. Muchos dicen que es imparable su crecimiento y es que tal vez no hemos hecho lo suficiente para equilibrar los territorios y las personas que las habitan, algo importantísimo y que bien conocen quienes se encargan de disponer la carga en un buque de mercancías.

 

Sí, la nieve cayó el viernes en muchos otros lugares, pero nos estamos enterando, fundamentalmente, de lo que pasó en la capital. Todo pasa por el mismo lugar y hasta las comunicaciones habidas y planificadas para el futuro te obligan a pasar siempre por la villa y corte, como consecuencia de una estructura radial pensada desde y para el Paseo de la Castellana. Los últimos años han propiciado que sea la comunidad que más recauda (allí tienen sus sedes la inmensa mayoría de las grandes empresas), y que se pueda permitir bajadas de impuestos que otros territorios no pueden ni plantearse, ya que sería a costa de dejar más desamparadas todavía a las áreas rurales.

 

Y sí, también está haciendo frío, aunque mucho más en la Cañada Real que en los pisos con suelo radiante y ventanas de triple cristal. Cuando escampe, amaine y deje de haber capas de hielo en las aceras, habrá que plantearse si es inevitable tener una capital donde ya no se cabe y unos espacios rurales que necesitan presencia humana. Hace unos días vi un mapa en el que se marcaba dónde se produce la electricidad y dónde se consume. Desde Extremadura procede gran parte de esa luz que consumen en el centro y de la que apenas nos beneficiamos: nos quedamos con los peligros radioactivos y allí que van los megavatios y sus valores añadidos.


Sé que inventos como Brasilia (o la fallida Viedma en Argentina) no son la panacea. Pero ahora que sabemos que hay miles de trabajos que pueden realizarse a distancia, quizá haya llegado el momento de despoblar los hormigueros humanos de las grandes ciudades y de llenar de vida las tierras que necesitan, urgentemente, savia nueva. Seguirían siendo el centro del universo, con más holgura, y llenaríamos de vida los pueblos que se abandonan.

 

Publicado en el diario HOY el 13 de enero de 2021

 


 

30 diciembre, 2020

Cuidar y cuidarse

En la oenegé de Derechos Humanos en la que colaboro desde hace casi treinta años nos seguimos reuniendo casi todas las semanas para intentar mejorar el mundo desde un rincón perdido. Estos meses lo hemos seguido haciendo y algunas personas del grupo intervienen desde una isla del Mediterráneo o desde la capital de Europa, tratando de aplicar ese principio tan olvidado de pensar globalmente y actuar localmente. En cada una de las reuniones dedicamos un tiempo a cuidarnos, a preguntarnos qué tal estamos, a contarnos cómo estamos viviendo estos momentos, a darnos ánimos y a no dejar que la tristeza o el pesimismo nos invadan.

Antes de que llegara 2020 solía despedirme y cerrar los mensajes con la palabra salud. No sé si estaba traduciendo ese “vale” que ponían en latín al terminar las cartas y que se ha quedado como la coletilla más inconsciente y utilizada de nuestro idioma, hasta el punto que en algún programa de humor portugués había un personaje español que solo pronunciaba esa palabra. De un tiempo a esta parte he cambiado algo tan genérico como la salud, por un imperativo suave y más personal.

Cuídate, cuidaos y cuídense han pasado a ser las palabras que cierran mis correos electrónicos, mensajes de whatsapp o conversaciones de viva voz. Mientras las escribía al principio de este párrafo he buscado su origen etimológico y se han confirmado mis intuiciones: cuidar viene de cogitare, del pensar que Descartes convirtió en piedra angular de su filosofía, el cogito, ergo sum.

Las prioridades han cambiado tanto en menos de un año, que he llegado a la conclusión de que quienes anteponen cualquier cosa a los cuidados están, en el fondo, abdicando también de su capacidad de pensar. Si no cuidamos es porque no pensamos. Es urgente cuidar la tierra, el planeta entero, los pueblos perdidos, los barrios olvidados, a la gente mayor que está sola, a los niños que pasan horas en casa mientras sus progenitores se ganan la vida con más precariedad que holguras, a los que vienen en pateras, a quienes no tienen techo o a quienes llevan meses o años sin trabajo.

Para algunos virus ya hemos encontrado vacuna y se va inyectando poco a poco entre la población. Pasado mañana empieza un año que todavía va a ser muy duro, pero se atisba una luz en el fondo que debería ser como una vacuna colectiva que nos hiciera pensar y cuidar por encima de cualquier otra tentación cortoplacista.

Todo pasará. El sol brillará, nos descubriremos las caras, viajaremos a lugares soñados, nos abrazaremos con fuerza, recordaremos a quienes nos han dejado, construiremos espacios donde haya más manos tendidas que codazos, tendremos más en cuenta a las personas que a las cuentas de resultados, desconectaremos las pantallas para mirarnos directamente a los ojos, reiremos sin medir el dichoso metro y medio, brindaremos por la parte alta de las copas, cantaremos a grito canciones eternas, estrecharemos nuestras manos sin guantes ni geles hidroalcohólicos.

Un último esfuerzo y que se nos quede como una costumbre para siempre: la de conjugar el verbo cuidar en todos sus tiempos, modos, voces y personas. Piensen, cuiden y cuídense.

Publicado en el diario HOY el 30 de diciembre de 2020.

 


 

16 diciembre, 2020

Almanaques y calendarios

Al llegar el mes de diciembre hay mucha gente mayor que se acerca a las oficinas bancarias preguntando si tienen almanaques publicitarios con los números bien grandes. Una chica joven que estaba haciendo las prácticas en una de esas oficinas desconocía la palabra almanaque y preguntó a sus compañeras qué es lo que pedían los viejecinos. Sí, tal vez se nos esté perdiendo esa bella palabra de origen árabe y es el calendario el que se quedará reinando en solitario.

Diciembre es el mes con más días de color rojo y a ellos hay que sumar otras celebraciones que se marcan en negro. El jueves fue el día de los derechos humanos y pasado mañana el de las personas migrantes. Emigrar e inmigrar, emigrantes e inmigrantes, palabras que cuesta explicar a los más pequeños y que resumen la historia de la humanidad. Salvo que se sea un memo integral, de esos que se creen nietos directos de Don Pelayo, Indíbil o Mandonio, todos descendemos de alguien que dejó su tierra natal porque no le quedó más remedio para sobrevivir, porque huía del hambre, porque era víctima de persecuciones injustas o, simplemente, porque tenía un futuro prometedor más allá de las fronteras.

Se están poniendo difíciles las fronteras para quienes nada tienen. En la pared de una oficina de extranjería dejó una pintada alguien que renegaba de los humanos para solicitar pasaporte de pájaro, como el que tienen las grullas que cada invierno vienen a Extremadura y a las que no les pedimos partida de nacimiento. La memoria es frágil y ya no recordamos a nuestros antepasados con la maleta, sin papeles y camino de Alemania, de las Américas o de las zonas más industriales de la península. Cuando no se tiene memoria, se puede caer en la cruel tentación de ver como peligrosos enemigos a los que hacen lo mismito que haríamos nosotros si estuviéramos en su piel.

Antes de que se pusiera de moda la palabra empatía, ya sabíamos lo que era ponerse en el lugar del otro o amar al prójimo como a uno mismo, que es como lo enseñaban en el catecismo. Mientras un virus diezma nuestra población e inunda todos los informativos, nuestros semejantes de otras tierras sufren la incomprensión de quienes colocan el color del pasaporte por encima de cualquier otra condición.

Por si todo esto fuera poco, las organizaciones humanitarias nos avisan del desborde burocrático y asistencial que se padece en muchos países del sur de Europa, donde los papeleos se convierten en interminables y la espada de Damócles de una situación de irregularidad administrativa pende encima de cada una de estas personas, que se han jugado la vida en el mar porque tampoco la tenían más segura quedándose en tierra.

Todavía nos queda medio mes del año más fatídico que recordamos la inmensa mayoría de la gente. Mientras esperamos con impaciencia arrancar esa última hoja de los almanaques y calendarios de 2020, nuestros deseos de felicidad deberían tener presentes también a las personas migrantes. Son el espejo de lo que fuimos y mañana podríamos volver ser una de ellas, tengámoslo muy en cuenta. 

Publicado en el diario HOY el 16 de diciembre de 2020

 


 

02 diciembre, 2020

Locura colectiva

Las costumbres pueden convertir cualquier insensatez en un rito alabado por todos y, a la vez, al más cuerdo de los actos en motivo para la reclusión en un sanatorio mental. Mi primera profesora de inglés, una australiana que llegó a Extremadura a finales de los años 70, pensó que estábamos locos cuando nos veía comiendo pipas y tirando las cáscaras al suelo. Es el mismo choque cultural que vieron mis hijos en Dinamarca, donde las bicicletas no se ataban con candado, nadie te pedía el billete en el transporte público o los abrigos se dejaban en perchas a la entrada de los museos, sin necesidad de un servicio de consigna donde te lo guardaran a buen recaudo.

 

Escuché a un antropólogo en la radio que afirmaba que la locura no dependía tanto de la acción estrambótica y descabellada que se te ocurriera, sino de la capacidad que tuvieras para que mucha gente la considerase normal. Imagino que en aquella aldea zamorana, en la que los quintos lanzaban una cabra desde el campanario, los chicos eran considerados gente sensata hasta que una mayoría fue entendiendo que debía prevalecer la dignidad del animalito por encima de las ganas de reírse de los mozos.

 

Me asustan las locuras colectivas, mucho más que las individuales. A éstas siempre hay posibilidad de tratarlas y de curarlas, pero de los disparates jaleados por las masas sí que hay que preocuparse. Desconfío de quienes idolatran al héroe deportivo aunque sea un maltratador, o de los que aman tanto su bandera que ven antes en el prójimo la condición de patriota que la condición de ser humano.

 

Alguien dijo que cada ciudadano se creía el mejor seleccionador de fútbol del mundo y ahora lo hemos extendido a casi todas las profesiones: viróloga, político, maestra o analista de relaciones internacionales. Mientras la ceguera por unos colores solo te haga subirte a las fuentes o volcar contenedores según tu equipo gane o pierda, lo podremos incluso sobrellevar. Las cosas se complicarán cuando, sin saber diferenciar un virus de una bacteria, creas que tienes conocimiento suficiente para dictaminar cuántos pueden juntarse en cada cena navideña, quién debe vacunarse primero, a qué hora es mejor cerrar el comercio y hasta qué hora podremos bailar tras tomarnos las uvas.

 

El aprendizaje se vuelve maduro cuando no necesitas probar en tus propias carnes aquello que están sufriendo otros. Un gag humorístico presentaba a unos cavernícolas acercándose al fuego. El primero que metió la mano en la hoguera salió dando gritos y el resto siguió imitándolo, porque solamente eran capaces de entender los aullidos del primero sintiendo lo mismo y con los dedos chamuscados. Así que quizá haya llegado el momento de abandonar la locura colectiva, de escuchar a los que ya han sufrido, a los que todavía están padeciendo, a quienes nos dicen que cuando pasas un mes entubado te olvidas de todo en absoluto, a quienes nos aconsejan unas fiestas muy distintas en 2020 para poder verlas, vivirlas y sentirlas en 2021. La sensatez y la cordura colectiva no se inyecta ni se vende en farmacias, pero ahora mismo es la medicina que necesitamos con más urgencia.

 

Publicado en el diario HOY el 2 de diciembre de 2020 




18 noviembre, 2020

Controles de calidad


En 1981 se produjo una intoxicación con aceite de colza que se llevó la vida de más de 1000 personas y dejó más de 30.000 enfermos crónicos. A partir de ese trágico suceso se intensificaron los controles de calidad alimentaria y se dejó de vender, a granel y de puerta en puerta, cualquier tipo de alimento perecedero.  También se empezó a vigilar la trazabilidad de cada producto alimenticio y procedimientos similares se extendieron para probar la seguridad de los juguetes infantiles o realizar exhaustivas inspecciones técnicas a los vehículos. Los avances que se hicieron en materia de consumo fueron importantes, hasta el punto de que las ofertas publicitarias en octavillas han llegado a tener valor cuasi contractual para evitar engaños, fraudes y mentiras.

Últimamente son las mentiras las que también se extienden como el virus. Proliferan en forma de miles de noticias falsas que tienen casi tanto alcance como aquellas que sí son contrastadas por varias fuentes y difundidas por medios de comunicación donde trabajan profesionales con la preparación y con la ética periodística imprescindible.

El resultado es que hay muchísimas personas que no reciben información alguna de periódicos, radios o televisiones cabales, sino que se alimentan de “memes” en redes sociales, vídeos de “influencers” descerebrados, mensajes de audio alentando odios o sucedáneos de medios de comunicación nacidos para la divulgación de falacias y conspiraciones paranoicas.

Es entonces cuando surge el debate sobre cómo establecer un mínimo control de calidad de la información, como ya hacemos con los yogures, un sonajero, una caldera de calefacción o los pilares de un nuevo viaducto. Y el problema se agiganta si, intentando evitar un mal que necesita de un tratamiento de mínima invasión, se acaba teniendo la tentación de usar una sierra mecánica y una intervención chapucera.

Este país sabe bien lo que es que coartar la libertad de expresión. Todavía sigue vigente la llamada Ley Mordaza que idearon Rajoy y aquel ministro del Interior llamado Jorge Fernández Díaz, del que estamos sabiendo muchas cosas. La manera en que acallaron cualquier protesta mediante multas administrativas, fue un retroceso de 40 años denunciado por todas las organizaciones internacionales de Defensa de los Derechos Humanos. Como, desgraciadamente, vamos a ir algún tiempo con mascarillas, habría que deshacerse de todas las mordazas habidas y no caer en ninguna tentación censora que solo empeoraría las cosas.

Una vez más, la solución nos la puede dar el ignorado vecino de al lado: en Portugal existe, desde hace 15 años, una Entidad Reguladora de la Comunicación Social, elegida con una mayoría de dos tercios del parlamento y que - no les voy a engañar - quizá no sea la panacea. Tiene, entre sus muchos objetivos velar por la pluralidad de los medios, fiscalizar la publicidad institucional o asegurar que la información proporcionada sigue criterios de exigencia y de rigor periodístico. Creo que los medios que pretenden ser ecuánimes y veraces deberían ser los más interesados en evitar que se difundan impunemente tantos bulos disfrazados de noticias, porque están siendo más dañinos para el periodismo que aquella colza desnaturalizada de los años 80. ¿Habrá que regular algo o dejamos que todo siga igual?

 Publicado en HOY el 18 de noviembre de 2020

 

 

 

04 noviembre, 2020

Esperanzas de noviembre

Tengo la teoría de que llevamos muy mal las cuentas. No me refiero a las monetarias, sino a una tendencia a generalizar y a poner un siempre o nunca al lado de cada reproche, sin pararnos a pensar si estamos ante una excepción o ante una mala conducta que se ha convertido en norma.

Lo más fácil es echarle la culpa de todo a los demás y decir que los jóvenes están echando todo a perder porque jamás respetan nada, como si los de más edad fueran los que llevan todo a rajatabla y cumplen al dedillo todo lo que se les ordena. Quizá nos pesen demasiado los prejuicios y nos parezcan más peligrosos seis chavales en un banco del parque, que seis señores fumando puros en la terraza de un restaurante de postín, como si esto de la pandemia fuera una cosa de otra galaxia.

Mientras unos se enardecían para no tener que preocuparse tanto de la salud de los demás, el fin de semana nos hacía creer en las esperanzas de noviembre. Un joven de 16 años, hijo de una barrendera que sabe lo que es deslomarse limpiando las calles, convocaba a sus amigos de Logroño para recoger los desperfectos causados la noche anterior por descerebrados interesados en arramblar ropa de marca con cocodrilo en la pechera. Y es que siempre ha habido gente joven solidaria, luchadora, responsable, amable y concienciada que apenas sale en las noticias, porque quizá nos entretenga más hacer click en el vídeo del asalto a una tienda de bicicletas, que las historias que no concuerdan con lo que ya pensamos de antemano.

En Portugal han pedido a la ciudadanía que cumpla con el deber cívico de confinarse en casa a quienes habitan en 121 localidades en las que vive el 70% de la población. Antes de crear una ingeniería jurídica compleja para obligar a la gente a permanecer en sus casas y no extender la segunda ola de la pandemia, han optado por hacer una llamada a la conciencia de la gente, a que sean capaces de poner de su parte un esfuerzo en pos del bien común sin que sea necesario articular decretos con sanciones, multas, delitos y faltas.

Alguien me dijo que esto aquí era poco menos que imposible, que en un país donde el refranero nos dice aquello de “hecha la ley, hecha la trampa”, no hay mucho espacio para que la gente no (se) haga trampas sin que exista una norma vigilante y una espada de Damocles encima de cada uno.

A pesar de todo este panorama, me niego a perder las esperanzas en este mes de noviembre que acabamos de estrenar. Quizá a lo largo del día nos lleguen buenas noticias desde los Estados Unidos y Trump no tenga una segunda ola devastadora que contagie a quienes en Europa y en otros continentes quieren emularlo. Pero, en el peor de los casos, siempre nos quedará el ejemplo de Pablo, el chaval de Logroño que sí sabía en qué consistía el deber cívico. Solo así nos libraremos de segundas olas mortíferas y aprenderemos a contabilizar bien las lecciones que nos da la gente más joven.  

 

Publicado en el diario HOY el 4 de noviembre de 2020

 


 

21 octubre, 2020

Actuar en consecuencia


Anteayer escuché en la radio la descripción de un tuit que dibujaba con tres imágenes lo que muchas veces pasa en este país: un letrero prohibiendo alimentar a los patos, un señor dándoles bolsas de pan y ese mismo señor quejándose de lo gordos que están los animalitos.

Poco después, el boletín horario informaba de tres nuevas muertes por la pandemia en Extremadura y una de ellas era una mujer de 48 años y sin patologías previas que la hicieran especialmente vulnerable. También vi en el telediario un reportaje grabado en una UCI y he de reconocer que me estremeció. Uno de los profesionales sanitarios lamentaba pasar horas allí intentando salvar vidas, poniendo en peligro su vida y la de su familia, y encontrar terrazas abarrotadas y botellones a la salida de su turno. Todo el mundo debería ver ese reportaje porque nos aleja de los habituales gráficos de frías cifras y nos acerca a un drama humano que vemos siempre lejos hasta que un día le toca a alguien conocido.

Ayer por la tarde anunciaban cinco muertes más en la región, 223 casos nuevos y aislamientos perimetrales en diversas localidades. Ya han llegado las lluvias de otoño y estamos muy lejos de estabilizar la situación pandémica. Si bien es cierto que la mayoría cumple las normas, también hay que reconocer que un importante número de personas las burlan y sobrepasan sin rubor. La sensatez colectiva debería llevarnos a ser más estrictos, a no llegar a los límites que nos permiten las normas sino a ser capaces de autoimponernos, de manera voluntaria, unos usos y costumbres que ayuden a que la segunda ola de la pandemia no acabe con tantos muertos como la primera.

No quisiera estar en la piel de quien tiene que tomar decisiones en un año como este. Me recuerda a aquellos juegos de dilemas inventados en los que te ponían una tesitura y tenías que decir a quién salvarías y por qué. Espero que esto no acabe en un “sálvese quien pueda” sino un “salvémonos todos”. Y para ello habrá que parar y dar pequeños pasos hacia atrás antes de caer de nuevo en un precipicio.

Sí. Hemos querido dar zancadas largas hacia la normalidad y es el momento de establecer prioridades, de proteger a las personas más vulnerables, de reducir los traslados y movimientos a los estrictamente necesarios, de continuar con el teletrabajo allí donde pueda realizarse con un 100% de efectividad, de compaginar presencialidad y videoconferencias en las enseñanzas donde sea posible, y de aparcar durante un tiempo nuestros fervientes deseos de socialización tumultuosa y bulliciosa del sur de Europa.

Me gustaría que las tres imágenes del tuit que comentaba al principio de este artículo desaparecieran: que no fuera necesario prohibir con carteles o decretos lo que es de sentido común y que nadie incumpliera las normas que nos hemos dado entre todos para poder convivir. Pero la más preocupante de todas es la tercera imagen, la del que vocifera y se queja de las consecuencias de sus propios actos, sin caer en la cuenta de que es su ignorancia y su falta de conciencia ciudadana la causante de sus posteriores lamentos.

 

Publicado en HOY el  21 de octubre de 2020

 


 

07 octubre, 2020

Hermanos todos

Un viejo amigo y profesor de historia me dijo que cuando leía cualquier texto quería saber las condiciones y condicionantes de quien lo había escrito. La opinión de un varón blanco, de un país occidental, sin problemas económicos y con todas sus necesidades cubiertas, puede ser bien diferente de la de una mujer africana, migrante, con cargas familiares y sin trabajo ni ingresos de ningún tipo. A pesar de que las circunstancias explican muchas cosas en esta vida, mi tendencia ha sido la de pararme a juzgar solo los contenidos expresados y no el perfil biográfico del sujeto, aunque solo sea por dar la razón a Juan de Mairena con su teoría de la verdad, Agamenón y su porquero.

 

Así que puede ocurrir que alguien se declare ateo, poco amigo de la beatería y el agua bendita, y sienta como suyas muchas de las palabras de Jorge Mario Bergoglio en su última encíclica. No hace falta creer en lo divino ni en el más allá para temer a los nacionalismos ciegos que todo lo solucionan a base de banderas, para propugnar que las fronteras no excluyan a nadie, para entender que los migrantes no están siendo tratados humanamente, para que no se califique de justa ninguna guerra o para hacer una llamada a la fraternidad universal.

 

Me temo que las palabras del papa Francisco en su último escrito a quienes sí pueden descolocar es, precisamente, a los que llevan ya tiempo queriendo parecer más papistas que el papa, a los que se han quedado con el discurso ultraconservador de Wojtyła o Ratzinger y se suman hoy a planteamientos sectarios – ¡y tan poco cristianos! – como los de Orbán, Salvini, Le Pen, Trump o Steve Bannon.

 

Quizá lo más novedoso de Fratelli tutti, que es como ha titulado Francisco su tercera encíclica, no sean algunos de los postulados mencionados que ya se vislumbraban en sus discursos e intervenciones, sino la claridad y el ímpetu con que defiende opiniones que, a buen seguro, levantarán sarpullidos en las misas de 12 de los barrios más acomodados. Su denuncia de la globalización económica, del neocolonialismo, de los partidos políticos racistas y xenófobos, de la extensión de las desigualdades o de la necesidad de reformar las Naciones Unidas, hacen de este texto uno de los de mayor contenido político que se recuerda en Roma.

 

Pero es que, además, en la encíclica se atreve a poner en tela de juicio posiciones que muchos políticos de misa diaria tomaban por axiomas: el mercado no lo resuelve todo y el consumismo no nos hace más humanos. Si su segunda encíclica puso encima de la mesa la ecología y la urgencia de un desarrollo sostenible, esta es una clara apuesta para que el mundo se guíe por preceptos como la igualdad, la fraternidad, la justicia y la defensa de los más desprotegidos.

 

Habrá que leer en profundidad el texto de esta encíclica y esperar que la próxima lleve por título Sorelle tutte, para que la institución que dirige no deje olvidada, una vez más, a la mitad de la población. Mientras tanto, bienvenidas sean estas palabras porque siempre nos debe importar más el mensaje que el mensajero.

 

Publicado en el diario HOY el 7 de octubre de 2020

 


 

23 septiembre, 2020

Esencial y presencial

Volveremos a estar presentes. No sé cuánto tardaremos y si deberemos hacer caso de ese dicho africano que sugiere ir muy despacio a todo el que quiera llegar muy lejos. ¿Hemos ido demasiado deprisa? ¿Hemos salido en estampida a finales de junio creyéndonos a salvo de todo? Pues tampoco tengo esa respuesta y la única certeza es que en muchos lugares tenemos que ir dando pasos atrás para evitar unos males mayores que ya no nos pueden pillar por sorpresa.

 

Pero volveremos a estar presentes y a hacer acto de presencia, porque en eso consiste la humanidad: en estar cerca, en mirarse a los ojos sin pantallas protectoras y sin esa nebulosa que vierten las cámaras en cada videoconferencia. Y mientras que no sea posible, quizá tengamos que aprender a lidiar con esos sucedáneos de realidad palpable en el que convertimos casi todo anteponiendo el prefijo tele-.

 

Ayer aprobaba el gobierno una normativa para regular el trabajo desde casa, un invento que en el norte de Europa y en algunas actividades concretas ya estaba instalado desde hace tiempo y que aquí hemos tenido que poner en marcha deprisa y corriendo, como quien convierte un baúl en un bote salvavidas cuando el agua ya va subiendo las escaleras. 

 

No cabe duda de que hay muchas tareas que creíamos que sólo se podían llevar a cabo de manera presencial y que ahora sabemos que se pueden desarrollar sin traslados ni viajes, porque lo esencial y lo imprescindible se podía resolver con todos los distanciamientos que requerían (y siguen requiriendo) las circunstancias especiales de este año 2020.

 

Es importante que el trabajo no invada la vida, algo que le pasa a muchas personas y a las que enseguida se les nota, bien porque son incapaces de desconectar de él o porque está presente en todas y cada una de sus conversaciones. Si, además, el trabajo se realiza en el mismo espacio acotado - y a veces escaso - en el que convives, comes, duermes y te entretienes, corres el peligro de que esa pequeña invasión se convierta en una especie de toma de posesión con todas las de la ley.

 

Hay cosas que tendremos que empezar a valorar más por su esencia que por su presencia: lo más importante no son las ocho horas que uno pase sentado en una silla, sino la eficiencia en llevar a buen puerto cada una de las tareas encomendadas. Pero que nadie aproveche esta ocasión para que acabemos más aislados que nunca. Una cosa es que tengamos que volver a distanciarnos para salvar vidas, y otra bien diferente es que instauremos para siempre un sistema de relaciones sociales como los hikikomori, esos jóvenes japoneses que pasan años sin pisar la calle desde sus vidas virtuales.

 

Sí, tendremos que volver a estar presentes, a sentirnos al lado de los demás, a poder captar toda esa comunicación no verbal que es inapreciable por muchos megas que tenga la fibra óptica recién instalada. Bienvenido sea un teletrabajo bien regulado, pero no caigamos en la trampa de olvidarnos de que la presencia de otros seres humanos y nuestro contacto con los demás forma parte de nuestra esencia.

 

Publicado en el diario HOY el 23 de septiembre de 2020 



09 septiembre, 2020

Contar y nombrar

Un buen amigo me lo comentó a primeros de junio. Él había visto una foto de Pau Donés, en la que vestía una camiseta con nuestro año de nacimiento, y me dijo algo en lo que ya había reparado: se está yendo gente de nuestra edad. Y eché la vista atrás y me di cuenta de que en poco más de un año había visto marcharse a una ex compañera de trabajo con cuarenta y pocos años; a Teresa, una de las mejores fotógrafas pacenses; a Julián, el escritor y editor cacereño que más hizo por la cultura; a la entrañable profesora de francés y la desgarradora carta de su hija Ana en este periódico; a Julia, la profesora de latín que siempre repartía alegría en cada encuentro; al marido de una periodista maravillosa, al de una amiga de la pandilla de quinceañeros y a una lista que, desgraciadamente, también pueden hacer todos ustedes.

Las cifras de las personas que han fallecido acaban por no significar nada. Hace unos días escuchaba en un podcast de radio nacional un excelente reportaje sobre la llamada gripe española y los millones que personas que murieron en apenas dos años. Si se hacía una comparación entre los 50 millones de muertos de 1918, en un planeta de apenas 1200 millones de habitantes, podríamos pensar que lo que estamos viviendo no es nada del otro mundo. La diferencia está cuando pasamos de contar a nombrar, cuando dejamos de sumar en una hoja de cálculo y comenzamos a recordar con nombres y apellidos a personas con las que hemos convivido y que nos han dejado.

El relato de este tiempo tendrá cicatrices muy difíciles de curar y quizá una de ellas sea la dureza del duelo y de las despedidas, sobre todo en unos momentos en los que era imposible reconfortar con abrazos y afecto a las familias. Morir en soledad y saber que alguien querido se debate entre la vida y la muerte, sin siquiera poder tenderle una mano, es una de las imágenes mentales más dramáticas de toda esta tragedia.

Por todo eso creo que no podemos permitirnos que la relajación de las costumbres, que las desbocadas ganas de salir de tantos meses de encierro, acaben convirtiéndose en nuevos brotes, nuevas hospitalizaciones y nuevos fallecimientos. Tanto esfuerzo colectivo no se nos puede venir abajo por las malditas prisas de volver a unas costumbres, las de antes, que deberíamos pensar en posponer. Siempre está en nuestra mano ser un poco más autoexigentes de lo que nos indican en los decretos. Y la mejor forma para convencernos es dejar de calcular tantas cifras y empezar a pensar en los nombres y apellidos de personas a las que queremos proteger para que sigan con nosotros. En ellas debemos pensar cada vez que nos quitamos la mascarilla o cuando nos juntamos por veintenas y sin respetar las distancias.

Mañana empieza un curso escolar lleno de incertidumbres. Muchas de ellas las seguiremos teniendo durante un tiempo, pero nos convendría no tener que arriesgar más de lo debido. Porque, como cantaba Pau Donés en su última canción, estar aquí vale la pena. Lo que más.

Publicado en el diario HOY el 9 de septiembre de 2020