19 agosto, 2026

Todo excluido

    Mientras esperaba a que abrieran la óptica para graduarme la vista me paré a ver las ofertas de una agencia de viajes que había al lado. En muchas de ellas aparecía una especie de estrella amarilla con la expresión “todo incluido” en rojo y con más signos de exclamación de los necesarios. También había otro cartel con cruceros en los que podías elegir cuarto con terraza, con ventanuco al exterior o simplemente camarote, que es la forma de ocultar en la publicidad lo que podría parecer otra palabra castellana y que comienza por la misma letra: calabozo. En la publicidad de algún crucero también resaltaban de forma llamativa que el todo incluido iba más allá de lo habitual y que también se extendía a todas las bebidas, para que en caso de que el oleaje natural del mar no fuera demasiado fuerte se pudiera llegar al mareo mediante la ingesta de bebedizos.

    Como nunca he utilizado este modelo de viajes quizá no debería uno aventurarse a criticarlos. Jamás me he puesto una pulserita que te hace olvidarte de ir pagando cada cosa que consumes y que te lleva a sentirte por unos días a cuerpo de rey, otra expresión idiomático-monárquica que se nos ha quedado en el lenguaje como sinónimo del poderío ilimitado.

 

    Luego comencé a preguntarme si la omnipresencia publicitaria de esa situación tan confortable y en la que nunca falta nada tendría su contrapunto: ¿existirá un concepto del todo excluido? Pues me temo que sí: que el mundo está lleno de zonas de exclusión absoluta, bien separadas de las zonas vips y de lugares en los que se exige una vestimenta inasequible para el 90% de la población mundial, o de locales de ocio donde los porteros te fulminan con la mirada por no reunir los requisitos establecidos.

 

    Pero no son estas las exclusiones importantes de la vida contemporánea. Las más graves, las que resquebrajan la paz y la supervivencia del planeta son las que nos anuncian que en 2030 habrá 590 millones de personas viviendo en la extrema pobreza, que en España ya hay un 26% de la población que se encuentra en riesgo de exclusión social, que la salud debe ser un derecho y no un privilegio de quien tiene dinero, que sin educación de calidad, sin igualdad de género y sin trabajos decentes no se puede construir un mundo justo. Cuidar el planeta, evitar el desastre climático, conservar la vida de los ecosistemas terrestres o construir una paz, una justicia e instituciones internacionales sólidas son esos denostados objetivos para el desarrollo sostenible que tanto critican quienes no los han leído jamás y quienes no creen en otra ley que no sea la del más fuerte.

 

    Si no reorganizamos el mundo, no podremos evitar que los que viven bajo el régimen del “todo excluido” acaben aporreando la puerta y saltando las vallas de los lugares en los que todo está incluido. Necesitamos saber cómo hemos llegado hasta aquí, ser conscientes de cómo hemos rapiñado las riquezas de los continentes más empobrecidos y entender que esas avalanchas de chavales que huyen de la muerte son la consecuencia de un orden mundial tremendamente injusto, insostenible y profundamente inhumano.
 
 



05 agosto, 2026

Geografía humana

 

A algunos nos hubiera gustado dedicarnos a la geografía. Pocas áreas del saber básico cuentan con tantas ramas y tienen para casi todos los gustos: la geografía física con sus climas, relieves, ríos y mares, o la geografía biológica, que va ubicando animales y plantas por todo el planeta. Pero quizá sea la geografía humana la que más me ha preocupado desde siempre: la económica y la política porque tienen secciones fijas en todos los periódicos y eso ya las hace importantes. Son las que fabrican mapas con líneas marcadas, rellenan de colores los países o nos nutren de gráficos con dientes de sierra y barras de colores para que hasta los más torpes veamos, en un abrir y cerrar de ojos, que el PIB de Alemania se sale del mapa y el nuestro va rezagado y necesita mejorar.

Dentro de la geografía humana tal vez sea la poblacional la que más nos debería importar: la que mide cuántas personas viven en un lugar, cuántas se mueven de un lugar a otro y qué motivos tienen para hacerlo. Imagino que los geógrafos ya tendrán datos de cuántas personas han llegado en el último mes a los aeropuertos españoles y no tardarán en informarnos del grado de ocupación hotelera en las costas españolas, de la saturación turística que se produce en muchos lugares de la península y especialmente en sus islas, donde que te destinen como profesora o enfermero a Ibiza puede significar la ruina económica o la búsqueda acelerada de una infravivienda compartida en la que simular una vida normal.

Desde hace unos días no hacemos más que preocuparnos por la geografía humana de Ceuta. Por más que intentemos informarnos, todavía no está claro qué propició la llegada en masa de gentes que querían atravesar a toda costa la frontera del Tarajal. Tampoco sabemos exactamente cuántas personas lograron cruzarla, cuántas fueron devueltas al otro lado de la valla y poco a poco van saliendo datos contrastados de la peor de las estadísticas que queríamos conocer. Mientras escribo estas líneas se habla ya de un centenar de personas muertas y hasta el sumo pontífice ha intervenido para pedir soluciones de paz, estabilidad y justicia, tres palabras que no he escuchado de los expertos en salvar patrias.

¿Qué situación tendrían que estar padeciendo quienes se sumergen en las turbulentas aguas del estrecho de Gibraltar durante la noche? ¿Qué grado de desesperación deben de haber alcanzado para poner en riesgo sus propias vidas? En el bar de cualquier esquina ya estará vociferando algún ejemplar ibérico con la testosterona subida asegurando que todo lo solucionaba en un santiamén. Quizá tardemos en saber quién movió los hilos para que todo esto ocurriera así: ¿Anda detrás de todo esto algún servicio secreto en complicidad con algún monarca?

Hemos visto mucha gente de piel más oscura que la nuestra huyendo de la muerte hacia el norte, todo parece lejano, como una desgracia que siempre ocurre a otros. Quizá pensarían lo mismo las mujeres rubias con niños pequeños que huían de Ucrania hacia Portugal en el invierno de 2022 y pasaron por Extremadura. Me temo que, además de aprender geografía humana, habría que humanizar la geografía. Es urgente. 
 
Publicado en el diario HOY el 5 de agosto de 2026



22 julio, 2026

Equipos y estrellas

 No sé si las celebraciones mundiales se acabarán esta semana o se prolongarán varios meses, otorgando cada región las oportunas medallas individuales a cada integrante de la selección española de fútbol masculino y siguiendo con los imprescindibles nombramientos como hijos predilectos de cada ciudad, pueblo o aldea natal de los campeones. 

A algunos nos habría gustado que se hubiera escuchado a los analistas balompédicos internacionales, quienes no se cansaron de elogiar el trabajo de equipo por encima del mayor o menor resplandor de las estrellas individuales. El individualismo es, desgraciadamente, casi una doctrina hegemónica: sálvese quien pueda, no te importe dar codazos para llegar el primero, no dejes que nadie te haga sombra y cientos de arengas similares forman parte de una especie de catecismo de quienes consideran que el éxito individual es lo máximo a lo que se puede aspirar. 

Tampoco sé si es una necesidad intrínseca al ser humano o más bien está incentivada por los propios medios de comunicación, que necesitan poner un nombre, dos apellidos y un rostro a cada gesta colectiva de toda índole. Esta tendencia a personalizar en estrellas concretas, a las que se subirá a los altares o condenará a los infiernos si su desempeño ha sido sublime o ha estado plagado de garrafales errores, se nos olvidaría durante cuatro años si no fuera por la traslación de esta manía preponderante de individualizarlo todo.

Quizá fuera este el momento oportuno para aprovechar esa segunda estrella de la camiseta roja y hacer apología del compañerismo, de la colaboración, de la ayuda mutua o de la solidaridad. Cualquiera que tenga la suerte de compartir tareas profesionales, asociativas o solidarias con otros seres humanos saben que se ilumina mucho más gracias a la suma de cada integrante de un equipo, que mediante las luces, a veces cegadoras, de tantas estrellas encumbradas.  

Una vez terminado el mundial de fútbol masculino  y cuando todo ser vivo racional comience a estar harto de tanta sobredosis informativa monotemática, cabe preguntarse si este tipo de acontecimientos nos pueden aportar algunas luces para la vida corriente y para el mundo en general. ¿Nos fiamos más de las individualidades que de los equipos? ¿Enseñamos en nuestras escuelas, institutos y universidades a trabajar en equipo?

Así que no olvidemos en el futuro lo aprendido durante este verano de 2026 y reconduzcamos todas nuestras idolatrías estelares futbolísticas. Por cierto: conviene recordar que España también es la vigente campeona mundial de fútbol femenino y que su triunfo en 2023 se vio empañado por un machismo que no tenemos manera de eliminar del ADN del macho hispánico. El año que viene se disputará en Brasil el mundial en el que las mujeres futbolistas podrán colocar también su segunda estrella en la camiseta. ¿Tendremos tanta información como acabamos de tener o habrá que buscarla con lupas y telescopios?

Publicado en el diario HOY el 22 de julio de 2026




08 julio, 2026

"Send them back"

Hace unos días se hizo viral la imagen de unos cuantos europarlamentarios en Estrasburgo coreando con gritos y palmas las tres palabras inglesas que he usado para titular este texto. No sé si traducirlas al pie de la letra, con un literal “enviadlos de vuelta” o intentar sumar a las palabras todos esos gestos y matices de quienes, en el fondo, estaban gritando tirarlos al mar o expresiones malsonantes que no conviene repetir.

Coincide este episodio de racismo y xenofobia institucionalizada con la celebración en Norteamérica de un mundial de fútbol en el que casi todas las selecciones europeas difieren bastante de las que pudimos ver hace 50 años. Del mundial de 1974 recuerdo la goleada por nueve a cero de Yugoslavia a Zaire, y también un 7-1 de Italia al combinado de Haití. Entonces no había mestizaje alguno salvo en Brasil, en las selecciones europeas todos eran blancos y en las de Zaire y Haití todos tenían la piel bien oscura.

Hace poco escuché a una antropóloga una afirmación que debería hacernos reflexionar: todos nuestros antepasados fueron negros y africanos: por mucho cabello rubio que luzcas y ojos azules que te sirvan para ver, tus raíces están en África. También las de los jóvenes haitianos, que habían sido llevados a una isla llamada La Española y no por voluntad propia, sino por la de traficantes de esclavos que trataron como mulos a otros seres humanos, que acabaron amasando fortunas incalculables, construyendo palacetes y siendo reconocidos como personajes ilustres en sus localidades natales.

El lunes nos informaba este periódico del desalojo policial a un joven que dormía en las escalinatas de la catedral de Badajoz. Descalzo y con el rostro apoyado sobre el suelo, no sabemos todavía si al final pudo tener cobijo en alguna institución o darse una ducha reparadora, como las que pudieron darse en los Salesianos otro grupo de personas procedentes de Mali

En 1998 la selección francesa fue campeona del mundo con un combinado en el que brillaba un Zidane bereber, Thierry Henry con orígenes antillanos, Djorkaeff de raíces armenias, Vieira de Senegal o Karembeu de Nueva Caledonia. Sí, también le rechinaba ese combinado multicolor a Jean-Marie Le Pen, y también se leen comentarios desagradables para los jóvenes extremos de la selección española, que no pueden disimular sus orígenes africanos y que son el ejemplo de una Europa que solo sobrevivirá aprendiendo a conjugar todos los tiempos y modos del verbo acoger.

Por nuestras calles pasean jóvenes que ya nacieron aquí y cuyas raíces, más o menos profundas, son las mismas que las del resto de la humanidad. También encontramos otras personas que acaban de llegar y que buscan un lugar en el mundo en el que sobrevivir. Ponerse a corear la devolución de personas a sus países de orígenes, como si fueran esas cajas de cartón compradas de forma impulsiva y a golpe de click, no deja en buen lugar a ese coro de eurodiputados, a los que se les supone un conocimiento avanzado en Derechos Humanos y una visión del mundo mucho más abierta que las alineaciones del mundial de Alemania de 1974.

Publicado en HOY el 8 de julio de 2026




24 junio, 2026

El oficio de enseñar

Se acerca el final de un curso escolar con el personal docente manifestándose y enfundándose de nuevo sus camisetas verdes en defensa de una escuela pública y de calidad. No piden nada del otro mundo y solo pretenden que los colegios cuenten con las mejores condiciones para desempeñar una de las tareas más importantes que existen sobre la faz de la tierra. Enseñar al que no sabe, además de ser la primera de las obras de misericordia, es también un deber humano del que nadie debiera estar al margen, como bien sabían quienes nos trasmitieron aquel proverbio africano que decía que para educar a una criatura era necesaria la participación de toda la aldea.

 

En pocos días cerrarán las aulas, los más pequeños y más jóvenes dejarán sus obligaciones hasta septiembre y los partidarios del “cuñadismo” sin lustre amenizarán las tertulias nocturnas maldiciendo las largas vacaciones que tienen los profesores y lo poco que trabajan. Cuando escucho esto siempre suelo intervenir para animar al listillo de turno a que obtenga el grado universitario requerido, se prepare pedagógicamente y se esfuerce por conseguir ese puesto de trabajo que, desde lejos, parece ser descansado, bien remunerado, con mucho tiempo de ocio y sin tener que hacer nada más al regresar desde las aulas hasta sus hogares.

 

Este fin de semana han comenzado en Extremadura los procesos selectivos para distintos cuerpos docentes de la región, con temperaturas que alcanzan los cuarenta grados y con la paradoja de que son los centros educativos casi los únicos lugares de trabajo públicos que carecen de la adecuada climatización. Durante esta polémica hubo quien propuso que en la propia Consejería de Educación se apagaran los aires acondicionados en solidaridad con los miles de docentes y alumnos que han estado sudando, literalmente, la gota gorda.  

 

Imagino que pronto se tomarán las medidas necesarias para que las escuelas e institutos tengan las mejores condiciones, se doten de mejores medios técnicos y cuenten con un personal docente - y no docente - a quienes se les valore como realmente se merecen. Si nuestro personal sanitario es crucial para el bienestar físico de la población, los maestros y profesoras son quienes ponen en pie las sociedades en las que vivimos, las que trasmiten los conocimientos y dan las herramientas a niñas y jóvenes para que se conviertan en las dueñas de sus propios destinos.

 

Cuidar a quienes nos curan y a quienes nos enseñan sí que debería ser una de esas prioridades nacionales de las que tanto se cacarea. Cada vez que se menosprecia de forma generalizada a quienes se dedican a la docencia se hace un flaco favor al futuro. Sus horarios no acaban a medio día y en sus carpetas, físicas o electrónicas, se llevan trabajos que corregir, pruebas que evaluar, excursiones que organizar, reuniones que preparar, claustros a los que asistir y un sinfín de detalles más.

 

El oficio de enseñar no se va de vacaciones esta semana, ni la jornada laboral de los buenos docentes acaba cuando suena el timbre. Pocas profesiones hay más vocacionales que esta y pocas son tan incomprendidas por quienes ignoran el valor incalculable de sus frutos.

 

Publicado en el diario HOY el 24 de junio de 2026


 

10 junio, 2026

Cooperar en tiempos de odio


El 10 de diciembre de 1948 es una fecha que conmemoramos por haber firmado la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sí, ya sabemos que era un acuerdo de mínimos en un mundo que acababa de sufrir dos guerras mundiales devastadoras, un par de bombas atómicas en Japón y el descubrimiento de campos de concentración y exterminio en Auschwitz, Mauthausen o Treblinka. El mundo parecía haber aprendido una lección de Historia son tener que leerla en ningún libro, sintiéndola en carne propia con millones de muertos y una población famélica repartida por gran parte del planeta.


Europa fue saliendo del agujero y resurgía lentamente de sus cenizas. Cuando nace la Comunidad Económica Europea hubo miles de españoles y portugueses que acabaron recalando en Francia, Alemania, Suiza, Bélgica o Luxemburgo, donde muchos acabaron asentándose a pesar de que no siempre fueron bien vistos por toda la población local. Los sueldos de Düsseldorf o del extrarradio de París servían para que a la península ibérica llegaran marcos y francos que aliviaban la pobreza de los que se quedaron. Pero el mundo seguía resquebrajado, como recordábamos cada mes de octubre sacando a la calle unas huchas con las que pedir una limosna para los niños de África.

 

Fue en 1970 cuando las Naciones Unidas se plantearon de qué manera se podía reequilibrar el mundo para acabar con las imágenes de hambruna que un año nos llegaban desde Etiopía, al siguiente desde Biafra y finalmente desde Somalia. 0,7% era la cantidad necesaria para intentar arreglarlo, una cifra insignificante para cada país del primer mundo pero que se convertía en una tabla de salvación para un sur que también existía y sigue existiendo a duras penas. Nunca se logró alcanzar esa cifra y solo algún que otro país escandinavo lo cumplió con cierta constancia.

 

Cuando en los años 90 el Paseo de la Castellana se llenó de tiendas de campaña para reclamar que se hiciera efectivo aquel compromiso firmado 30 años antes, no fue posible avanzar. Siempre había una crisis cíclica que aconsejaba no malgastar en los cimientos del mundo y sí en decoraciones superfluas. El planeta se hacía insostenible, la televisión por satélite mostraba el abismo entre dos mundos y en el sur tocaba huir de la muerte hacia donde fuera, en una patera o desangrándose en vallas llenas de concertinas.

 

La cooperación al desarrollo nunca fue perfecta, pero servía para equilibrar mínimamente los vaivenes del planeta. Hemos sabido que prioridades más nacionales han cerrado la cooperación extremeña y dejará sin esperanza a los millares de personas que se alimentaban, aprendían o eran asistidas por diferentes oenegés, ya fuera aquí cerca o a miles de kilómetros, porque el concepto de prójimo no se mide con sistemas métricos decimales. Espero que esto sea un breve paréntesis de maldad y locura, que la cordura regresará a su sitio, que será más inteligente escuchar algunas palabras pontificias antes que hacer caso a pie juntillas a quienes solo enseñan el odio y la avaricia. Aprendí de Rafael Barragán y Pepe Álvarez, incansables luchadores por el 0,7% en Extremadura, que la solidaridad nos devuelve siempre mucho más de lo que donamos.  


Publicado en HOY el 10 de junio de 2026










07 junio, 2026

Pequeñas historias de fútbol entre Badajoz y Monzón

 Hoy podía haberse dado una de esas casualidades históricas del fútbol. En 1976 el equipo de mi pueblo, Monzón (Huesca), había quedado subcampeón de la Regional Preferente aragonesa y el CD Badajoz en uno de los últimos puestos del grupo IV de la tercera división, con lo que tenía que jugarse la permanencia. El sorteo quiso que el Atlético de Monzón y el CD Badajoz se lo tuvieran que jugar a doble vuelta.

El partido de ida fue un 20 de junio en Badajoz y el Atlético de Monzón mereció mucho en un primer tiempo pletórico, pero el Badajoz salió mejor en la segunda parte y se llevó una renta de dos goles. En la vuelta el Monzón ganó 1-0 y achuchó al Badajoz hasta el final con algún tiro al poste.

El fotógrafo que acompañaba al Atlético de Monzón, y al que mis padres conocían de toda la vida, me dijo que me pusiera junto al equipo en aquella foto, que durante muchos años saldría de forma recurrente en las páginas especiales que el Heraldo de Aragón dedicaba a Monzón con motivo de las fiestas de San Mateo.

La semana pasada mientras escuchaba el informativo de una radio regional me pareció escuchar que el Badajoz podría enfrentarse al Atlético Monzón por un ascenso de categoría. No ha podido ser: 50 años después no se producirá ese nuevo enfrentamiento deportivo entre el Atlético de Monzón y el Badajoz. 



Todo excluido

     Mientras esperaba a que abrieran la óptica para graduarme la vista me paré a ver las ofertas de una agencia de viajes que había al lado...