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07 agosto, 2019

El crimen de salvar vidas




Antes de que Hannah Arendt teorizara sobre la banalidad del mal, ya estaba muy claro que el mal existía, era tangible, mensurable y estaba muy bien documentado, tanto en realidades históricas como en ficciones literarias. No es una ensoñación ni una creación mental: el mal está presente y con desigual reparto por todos los lugares del mundo. Si está fuera del alcance de nuestra vista lo sobrellevamos un poco mejor. Incluso agradecemos que los medios no nos hablen de Guatemala o de Yemen, donde cada diez minutos muere un niño de hambre pero, eso sí, rodeado de países donde el lujo del petróleo se despliega en forma de oro por doquier.



El pasado fin de semana el mal se coló hasta el salón de nuestras casas y descubrimos que un joven era capaz de hacer 1000 km, desde Dallas hasta El Paso, para intentar frenar la invasión de personas que vienen del sur hablando castellano. Podemos culpar a la facilidad para la tenencia de armas o enterrarlo todo como si se tratara de un desequilibrado de esos que hay en todos los lados. Y es que a veces se necesita un tercer elemento, que unos verán como la simple chispa que prende el combustible que lanza la metralla, y que otros describimos como el alimento que fortalece lo monstruoso.



Una bestia llamada intolerancia está siendo amamantada desde los púlpitos, desde las emisoras de radio, desde las tertulias de televisión y desde columnas periodísticas.  Breivik en Noruega y Crusius en Texas se habían creído a pies juntillas que el mundo estaba en peligro porque su raza estaba siendo acorralada por pieles más oscuras. La responsabilidad penal es solo de quien aprieta los gatillos, pero la responsabilidad moral hay que hacerla extensiva a quienes difunden bulos y criminalizan a los diferentes.



Los 22 muertos de El Paso o los 77 de Noruega en 2011 no son nada comparado con otras muertes violentas evitables. Hace unos días murieron 150 personas en el Mediterráneo por culpa del bloqueo a los barcos de Open Arms, mientras que los que han propiciado dicho bloqueo, desde diferentes lugares de Europa, han desayunado plácidamente sin que el pulso les temblara un segundo al remover el café.



Ayer era noticia el nuevo decreto de Salvini. Dicen que habrá duras sanciones para quien se atreva a salvar vidas en peligro sin la autorización gubernamental. Me pregunto si ese permiso previo lo necesitará el bombero que se encarama al viaducto para evitar la caída de un suicida o solo se aplicará cuando la vida que se salve sea de alguien con piel oscura y ni un solo céntimo en los bolsillos.



Cerramos la segunda década del siglo, el de los mayores avances tecnológicos inimaginables, y los códigos penales están a punto de introducir en sus páginas el crimen de salvar vidas. Urge decirle a Trump y sus muchos emuladores que la maldad con la que pretenden gobernar el mundo no tiene nada de banal: parece infinita.

Publicado en el diario HOY el 7 de agosto de 2019 


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27 junio, 2018

Lecciones de humanidad




La llegada al poder en los Estados Unidos y en algunos países europeos de políticos y partidos abiertamente xenófobos, racistas y llenos de odio a los pobres no es una novedad en el planeta. Todo el mundo recuerda lo ocurrido en Europa en los años 30 del pasado siglo y sus consecuencias: la Segunda Guerra Mundial, el holocausto, la persecución de judíos y gitanos hasta el exterminio  y millones de víctimas civiles.



El más sangriento y brutal acontecimiento histórico provocado por los humanos del que se tiene conocimiento tuvo sus consecuencias. Una de ellas fue la Declaración Universal de los Derechos Humanos, firmada en 1948, y que nació para evitar lo ocurrido, para sentar las bases de un futuro en el que jamás se pudiera jugar con las vidas humanas como si fueran ratas de laboratorio.



Todo el mundo sabe que la declaración ha sido violada y ninguneada por gobiernos de todos los colores en sus 70 años de vida, pero lo que ahora está en juego es algo todavía más grave porque las barbaridades que se apuntan no proceden de dictaduras aisladas sino de democracias consolidadas. Y es entonces cuando tenemos que preguntarnos, como hacíamos con la gallina y el huevo, si llegaron primero los políticos xenófobos para alentar los bajos instintos de parte de la ciudadanía o ha sido al revés, que Orban, Trump o Salvini son los oportunistas que van a pescar en las enfangadas aguas de la intolerancia porque saben que allí hay un caladero.



Hace unos días supimos que entre quienes aconsejaron a Pedro Sánchez a traer al buque Aquarius a Valencia estaba el mismo que asesoró en Badalona a un político de altura (física) con un lema que alentaba a “limpiar” la ciudad, y no precisamente de papeles en el suelo. La mercadotecnia de la política es un mundo cada vez más inexplicable para algunos o excesivamente sencillo para otros. Tan simple, quizá, como vender crecepelos a los calvos por la mañana y cremas depilatorias por las tardes para quien las necesita. No hay problema ético y todo consiste en saber qué demanda la gente.



La diferencia entre el político responsable y aquel que no lo es radica en ser capaz de convencer del error a quienes le demandan soluciones inhumanas, en lugar de dejarse llevar por los sentimientos más intolerantes y regalar los oídos a los que creen que el mundo sería maravilloso eliminando a los pobres que golpean las vallas de las fronteras. Pero de nada servirán los muros, ni las concertinas, ni la crueldad de separar a los niños y meterlos en jaulas. La gente viene porque huye de la muerte. Y mientras no atajemos las causas que obligan a tantos miles de personas a meterse en pateras o cruzar desiertos nos quedan dos opciones: dejarlos morir o salvarles la vida. Yo quiero ser de estos últimos, cueste lo que cueste, porque la historia nos dice que la primera opción es incompatible con la humanidad. 

Publicado en HOY el 27 de junio de 2018.

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Equipos y estrellas

  No sé si las celebraciones mundiales se acabarán esta semana o se prolongarán varios meses, otorgando cada región las oportunas medallas i...