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13 julio, 2022

Buen periodismo


Una de las cosas que más tengo que desmentir es mi profesión. La gente que sabe que escribo aquí en miércoles alternos cree que soy periodista. Por más que intento aclararles que no todo el que tiene un pincel es pintor, tampoco quien escribe en un periódico se dedica a ese noble y difícil arte de la obtención, tratamiento, interpretación y difusión de informaciones a través de cualquier medio escrito, oral, visual o gráfico.


Lo de opinar es sencillo. Basta con saber de qué quieres hablar, informarte sobre el asunto e intentar plasmarlo de manera que quien te lea tenga curiosidad por avanzar más allá del segundo párrafo. Lo complicado es buscar la noticia, averiguar qué ha ocurrido y quiénes han intervenido, contrastar que los datos que nos han suministrado son fiables y poner todo en orden para que los que abrimos estas páginas podamos leer hoy qué pasó ayer en las Hurdes o en la Carrera de San Jerónimo.

 

No son estos los mejores tiempos para el periodismo. Se trata de una profesión en la que la precariedad laboral avanza y eso puede acabar resintiéndose, en este y en cualquier otro sector, en la calidad del producto. Pero miremos, antes de lamentarlo todo, qué parte de culpa tenemos los que hace 20 años nos gastábamos un euro al día para estar bien informados y ahora nos parece un dispendio pagar 5 euros al mes por una suscripción, ya que nos hemos acostumbrado a que todo tiene que ser gratis y a pensar que la información de calidad no cuesta nada.

 

El otro gran problema del periodismo de estos días es la proliferación de medios y de personajes que no obtienen, verifican y contrastan hechos antes de hacerlos públicos, sino que fabrican “hechos alternativos”, que es como aquella asesora de Trump denominó a las mentiras. Esta semana hemos ido descubriendo lo que muchos ya intuíamos: cada día van saliendo a la luz las conversaciones que un comisario corrupto y lenguaraz grababa con todo tipo de interlocutores, desde charlas con una Ministra de Defensa hasta tertulias en las que se deja entrever cómo se fabricaban bulos y cómo se extendían a bombo y platillo en diferentes medios.

 

Quizá ha llegado el momento de que la profesión periodística diga basta a muchas cosas. Si no se logra parar la complicidad cuasi mafiosa entre algunos policías corruptos, algunos políticos escasos de vergüenza y periodistas sin un gramo de valores éticos, estaremos poniendo en peligro la democracia, las libertades, el periodismo y hasta la posibilidad de que conozcamos la verdad de lo que ocurre.

 

No tengo soluciones y solo me atrevo a formular deseos: que se valore el buen periodismo y a quienes lo ponen en práctica día a día; que se abandone el estúpido corporativismo y se quite la careta a quienes mienten o manipulan a sabiendas; que cada vez que leamos un periódico, escuchemos la radio o veamos un telediario tengamos la seguridad de que los periodistas saben separar los hechos de sus opiniones, sus odios o sus pasiones. Quizá no haya que gritar tanto eso de “más periodismo”, como apostillaba siempre Ferreras: nos sobraría, simplemente, con buen periodismo.

Publicado en el diario HOY el 13 de julio de 2022



09 agosto, 2017

Prementiras y posverdades



Hace años que le escuché a un periodista apellidado Morales que la opinión no creaba opinión, que lo único que ayudaba a que la gente pudiera tener sus propios puntos de vista era proporcionar la mejor información posible, la más contrastada y la que no estuviera manipulada de forma interesada por las partes interesadas en la cuestión.

No andaba desacertado aquel periodista porque, salvo excepciones, la gente va buscando en cada columna de opinión o en cada editorial la munición para poder afianzar sus posiciones iniciales y casi siempre se pasa de largo de aquellos autores que presuponemos que van a decir lo contrario de lo que pensamos. Como parece que esta es una costumbre demasiado arraigada en nuestros comportamientos y no estamos dispuestos a escuchar las razones del contrario, al menos deberíamos esforzarnos en conseguir una información de calidad que nos permita ser muy libres a la hora de decantarnos por aquello que más nos guste o que esté más cercano a nuestros principios.

El escenario ha cambiado mucho: ahora sería casi imposible que nos timaran como con la imagen de aquel cormorán impregnado de petróleo, que creíamos que era una víctima de los vertidos de Saddam Hussein al golfo Pérsico en 1991, pero que finalmente resultó ser un vídeo de la catástrofe del Exxon Valdez en 1989.  Que cada ser humano lleve una cámara en el bolsillo y esté dispuesto a grabar todo aquello que le parezca curioso es un arma de doble filo, ya que nos trasporta la realidad cruda al instante de punta a punta del globo terrestre, pero nos convierte en blanco de un gran hermano incontrolado e incontrolable.

Por eso es cada vez más necesario que haya medios de información con criterio e imparcialidad suficiente como para no entrar en la cadena de montaje de posverdades que parece haberse iniciado con la era Trump. Y uno de los primeros pasos para ello consiste en llamar de la misma manera a todo aquello que es igual o casi idéntico. Si alguien pone una bomba al paso de unos policías no podemos hablar de manera impersonal de una explosión de violencia sino de un atentado, porque cuando definimos las cosas de manera diferente en función del sujeto o el objeto directo de la frase estamos adulterando los ingredientes que cada uno debe usar para elaborar sus propias posiciones.

Hay quien dice que la posverdades podían haberse llamado prementiras. Puestos a elegir casi me gusta más aquello de hechos alternativos que es el nombre que les dio Kellyanne Conway, la consejera del presidente norteamericano. Más que nada por el enorme juego literario que nos dan si los contraponemos a los “hechos reales”, que es lo que nos están hurtando en ese cambiazo. Si no tenemos armas para defendernos de quienes pretenden hacernos creer falsas realidades, entonces estaremos en manos del primer insensato que tenga un altavoz muy poderoso. Y para eso necesitamos medios muy libres y periodistas más libres todavía. ¿Los tenemos?

Publicado en el diario HOY el 9 de agosto de 2017.

 

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