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03 diciembre, 2014

(No) me gusta el fútbol


No debería gustarme el fútbol, pero uno ha de tener alguna contradicción y prefiero que sea por una de estas cosas irrelevantes. Durante los primeros quince años de mi vida el fútbol era muy importante. No había día que no bajara a la calle a jugar en un diminuto triángulo de hierbajos que todavía existe al inicio del Paseo Fluvial de Badajoz. No llegué muy lejos: conseguí jugar unos cuantos partidos oficiales en césped (inmenso logro en aquella época), y luego vi que era muy difícil compaginar los estudios con noches de entrenamiento al lado del cementerio. Pasé mucho tiempo sin acercarme a un estadio, hasta que alguien me invitó a un Badajoz-Valladolid de la temporada 92-93. Allí, en el fondo poniente, escuchando las barbaridades que le gritaban al portero visitante, decidí no volver a un estadio y creo que solo lo he incumplido en un par de ocasiones.

El fútbol tiene un lado siniestro que nos asalta de vez en cuando como el pasado fin de semana o como aquella aciaga tarde en que un niño perdió la vida en Sarriá por una bengala. La violencia está presente en el fútbol, en menor medida que en Argentina o en otros países, es cierto, pero sigue existiendo y es preocupante. Cuando me enteré de lo ocurrido el domingo junto al Calderón, pensé lo mismo que todos ustedes. Fue al caer la noche cuando reflexioné un poco más, guiado por las palabras de alguien muy cercano y que acude muchos fines de semana a nuestros campos de tercera división. Hoy estamos todos indignados por lo ocurrido – decía –  y, sin embargo, consideramos normal que en los estadios de nuestra región el ambiente se caldee con insultos y barbaridades hacia el árbitro, los jueces de línea o los jugadores del equipo contrario. Gritos soeces y violencia verbal delante de niños y con la presencia de autoridades a las que todo esto debe parecerles un elemento más del espectáculo.

Hace un par de meses me acerqué a unas pistas deportivas en las que jugaban al fútbol sala chavales de unos nueve años y estuve un rato viéndolos detrás de la valla. Me tuve que ir porque no podía soportar a algunos padres (no todos) y ciertos entrenadores (no todos) que alentaban a actuar más duramente o amedrentaban a unos jóvenes que solamente pretendían arbitrar un juego de niños. Sería injusto afirmar que es algo generalizado y sé que hay gente en el fútbol que intenta impartir otros valores, pero no pude dejar de recordar la vergüenza ajena que sentí hace veintitantos años en el viejo Vivero: estar como si nada ocurriera ante el infame espectáculo de quienes se desahogan con una violencia verbal desmesurada hacia otros seres humanos. Todo esto no es nada comparado con la muerte del joven gallego, pero si no atajamos radicalmente todo tipo de violencia es posible que un día se nos vaya de las manos.

Publicado en el diario HOY el 3 de diciembre de 2014.

22 abril, 2013

Niños de otro mundo




Imagino que a cualquiera de ustedes les ha emocionado todo aquello que han ido sabiendo de Martin Richard, el niño de ocho años que perdió la vida en Boston la semana pasada. A todos nos estremece ver su fotografía, sus vídeos, su cara angelical, y nos impresiona más porque pensamos que el azar se lo ha llevado como podría haber acabado con la vida de nuestros amigos, de nuestros vecinos o de nosotros mismos. Una semana antes también habían muerto diez niños en un ataque terrorista en otro lugar del mundo, pero no he conseguido saber el nombre de ninguno de ellos, ni con la ayuda de los más potentes buscadores de internet. Mientras intentaba averiguar cómo se llamaban, sí descubrí que no eran los únicos niños olvidados y aniquilados por las mismas manos: doce muchachos perecieron en Salam Bazar en mayo de 2011, seis en Kandahar en noviembre del mismo año, y dos más fueron asesinados hace un mes al ser confundidos con insurgentes.

No intenten explicarse por qué sabemos tanto de Martin y tan poco de todos los demás. Y esta vez no es un problema de distancia, que Kabul no está mucho más lejos que Massachusetts.  En el fondo se trata de cuestiones bastante inconfesables y que tienen que ver con la pertenencia o no a la clase dominante en el planeta. Nos duele más que sea blanco, occidental y cristiano a que sea moreno, oriental y musulmán. A muchos nos duelen por igual y condenamos con la misma fuerza a sus autores, ya sean dos locos de origen checheno o se trate de todo un sangriento ejército de cuatro letras y que no sabe distinguir a un niño cuando no es de su mundo.

Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 22 de abril de 2013.

25 enero, 2010

Nicotina

Prohibido prohibir ha pasado de ser el lema del 68 a convertirse en la página web de los fumadores tolerantes. Parece ser que los hay y de hecho conozco a alguno, no muchos. Hace diez años, en un restaurante del Pirineo, un señor preguntó si me molestaba que se encendiera un puro después de comer. Dudé en la respuesta. En el comedor había ya una decena de personas fumando a las que les importaba tres pimientos que yo estuviera dando una crema de verduras a un bebé de siete meses. Me dio cargo pensar que estaba en mi mano impedírselo al único fumador educado que había en la sala, pero me armé de sinceridad y respondí que le agradecería mucho que no lo hiciera.

El jueves salí del médico con mi asma y fui a buscar a mis hijos a la puerta del colegio. Se abarrotaban centenares de niños de apenas un metro de altura que iban esquivando cigarrillos, tragando el humo bien de cerca, enganchando trozos de ceniza candente en un chubasquero y, de vez en cuando, llevándose alguna quemadura superficial. Se me ocurrió decirle a una señora que se le estaba quemando un cilindro blanco que llevaba en la mano. No captó la ironía y se sintió indignada cuando le expliqué el motivo de mis palabras. La señora tenía un argumento de peso: estaba al aire libre y de nada servía señalarle con el dedo cómo el humo de su cigarro era claramente visible a la altura de las caras de los niños. Hay situaciones tan lógicas que no necesitarían prohibirse, pero la nicotina debe tener tal capacidad destructora del sentido común que, a veces, se hacen imprescindibles normas para que nos dejen respirar. Incluso en la calle.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 25 de enero de 2010.

02 marzo, 2009

El precio de la cultura

Creo que habré visitado el teatro romano de Mérida más de cincuenta veces: de día, de noche, en grupo, para ver obras de teatro o traduciendo las explicaciones de algún experto. Así que, aprovechando que no tienen colegio el martes de carnaval, pensé que sería interesante que mis hijos conocieran un lugar tan importante y tan cercano. Me puse en la cola para sacar las entradas y ya sabía que a los adultos nos iba a costar entrar por ver un monumento que habíamos visto infinidad de veces, pero merecía la pena pagar siete euros cada uno y poder explicarles a los niños un poco de nuestra historia e ir inculcándoles el hábito de visitar museos y monumentos. En la taquilla me dicen que el niño, de nueve años, tiene que pagar de seis euros. Dejé en la ventanilla mis veinte euros y, mientras me picaban la entrada, caí en la cuenta de que es bastante descorazonador que un niño de nueve años, al que quieres empezar a trasmitir el gusto por la arqueología, tenga que pagar mil pesetas por una actividad educativa que no sólo no debería ser costosa sino que debería incentivarse. Lo más sangrante es que los precios también tienen su lado más oscuro y, aunque el artículo 14 de la constitución dice que no puede prevalecer discriminación alguna, los seis euros se convierten en tres dependiendo de si resides en Mérida o en Calamonte. Me parece bien que se pague por la cultura, que nos acostumbremos a rascarnos el bolsillo, de forma simbólica, cada vez que disfrutemos de nuestro patrimonio cultural, pero cobrarle seis euros a un niño de nueve años por entrar al teatro es cualquier cosa menos edificante.

06 noviembre, 2007

El humo a la altura de sus ojos


Puerta del colegio. Un centenar de niñas y niños de entre 3 y 5 años salen por una puerta. Los padres y madres se aglomeran. Van saliendo poco a poco y en la distancia les hacemos una señal para que bajen las escaleras. Tienen que sortear a decenas de adultos que quieren acercarse a la puerta. Algunos adultos, en sus manos, llevan unos cilindros blancos lleno de tabaco y otras sustancias. Se llaman cigarrillos. Además, les han prendido fuego a la punta y están humeando. Lo sostienen con dos dedos a la altura de sus cinturas sin darse cuenta de que los están colocando a la altura de los ojos de todas esas niñas y niños de entre 3 y 5 años. He visto cómo se chamuscaban chubasqueros infantiles, cómo los cigarros se apagaban con el pelo de alguna muchacha o con la cara del algún chavalito. Pero no les pidas que no fumen ante esas aglomeraciones de niños porque te llamarán fundamentalista, inquisidor, "que ya está bien de tocar las narices a los que quieren fumar libremente" y cualquier cosa. Necesitamos ayuda humanitaria. Un cargamento de sentido común para miles de adultos, para que no crucen en rojo los semáforos delante de los niños, para que no tiren al suelo las colillas, para que no sean unos cenutrios,... pero es muy difícil. Cada vez está peor.


Nota: Las fotografías son auténticas (no son actores)

Equipos y estrellas

  No sé si las celebraciones mundiales se acabarán esta semana o se prolongarán varios meses, otorgando cada región las oportunas medallas i...