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11 marzo, 2020

El virus más peligroso del mundo


Entre sembrar el pánico por la aparición de una nueva cepa de virus y quitarle toda importancia imagino que hay un término medio, un aconsejable punto de sensatez, imprescindible ante cualquier emergencia, y que consiste en no perder la calma, hacer caso a las indicaciones de las autoridades responsables y no crear más problemas de los ya existentes. Recuerdo que esa era también la primera medida que había que tomar ante cualquier accidente de tráfico: aunque el test te sugiriera respuestas plausibles como sacar a las víctimas de los vehículos o reanimarlas, la contestación correcta siempre era la de señalizar todo para evitar más accidentes y males mayores.



El tiempo dirá si nos estamos protegiendo en exceso o si todas y cada una de las medidas y prohibiciones eran necesarias. Mientras tanto, tenemos a medio mundo hablando de un virus con forma de corona y al otro medio sumido en situaciones ignoradas, como la que ha afectado a los 6000 niños muertos por sarampión en la República Democrática del Congo. Nada es importante salvo que pueda afectar al llamado primer mundo. Quizá por eso los medios llevan semanas convirtiendo cada información en un programa radiofónico de tarde dominical, contando el número de posibles contagios, casos confirmados y víctimas mortales como si fueran el minuto de juego y resultado de una jornada de liga.



No hay tiempo ni sosiego para caer en la cuenta de que en 2019 murieron en España 6.300 personas por la gripe, en tanto que el coronavirus apenas ha pasado de 4000 en todo el mundo y de 35 en España. Podríamos deducir que quizá no estemos ni ante el peor virus ni la peor enfermedad conocida de los últimos años sino ante la que más nos ha ocupado y preocupado, hasta el punto de que hemos vuelto a ver en la vieja Europa a gente acaparando víveres en los supermercados como si la penúltima distopía de Black Mirror estuviera llamando a la puerta.



Mientras se mantienen todas las cautelas ante un virus del que se conoce todavía poco, lo que sí parece claro es que hay virus más peligrosos en la faz de la tierra, que llevan tiempo expandiéndose y que están produciendo tantas víctimas que no sabemos ni contarlas: Grecia lleva semanas gaseando a refugiados sirios con el aplauso de la Unión Europea, que vitorea con orgullo a sus centinelas de las fronteras exteriores; la xenofobia y el racismo alcanzan cotas que este continente no veía desde hace 80 años; las mascarillas desaparecen de los hospitales y el código ético más generalizado se resume en tres palabras que cantaron los de Vetusta Morla: sálvese quien pueda.



Tarde o temprano habrá vacuna para el COVID-19 y en el primer mundo respiraremos más tranquilos. Para el virus más peligroso del planeta, el que propaga desprecio y odio a los que son diferentes y más pobres, no hay multinacional farmacéutica que esté investigando. Es lo que pasa cuando las víctimas no tienen ni un céntimo.  

Publicado en el diario HOY el 11 de marzo de 2020


 

13 junio, 2018

Seres comunes



En este mundo siempre ha sido más fácil impartir justicia a granel que hacerlo de forma selectiva. Todo depende de si perteneces a la aristocracia de los Lores o eres uno más de esos seres comunes que andan por ahí. En eso no nos diferenciamos demasiado de los animales, cuyos tratamientos veterinarios se hacen de forma individual en el caso de valiosas reses y se sacrifica sin distinción a rebaños y piaras menores.



No quisiera entrar en la polémica surgida con motivo de la repetición de unos exámenes en Extremadura y que, como cabía esperar, se ha zanjado con un castigo colectivo a varios miles de inocentes por culpa de un descuido o negligencia del que se habrían podido ver favorecidas algunas personas.



¿Cree alguien que se habría actuado de la misma manera si no fuera porque las personas perjudicadas son jóvenes que apenas han cumplido los 18 años? Mucho me temo que no, que se ha optado por hacer tabula rasa y cortar con sierra mecánica lo que debería haber sido tratado con delicadas técnicas de mínima invasión.



Olvidarse de los seres comunes es lo más sencillo en cuanto se tiene algo de poder. Esos seres comunes de los que hablo pueden ser congéneres que huyen de la muerte en barcazas y que son tratadas como apestados, pero también lo son los neorurales condenados por dar vida a pueblos abandonados de Guadalajara porque no tienen cláusula legal que les ampare. Para eso fue más listo el potentado empresario que se aseguró un pingüe beneficio guardando gas bajo un castor mediterráneo: funcionara el invento o no, él nada perdía. Eso, sí que es jugar con ventaja.



Me temo que el desprecio a los que están más abajo está más extendido de lo que parece: grandes bancos reclaman seguridad jurídica para evitar nuevos impuestos que graven sus beneficios y lo hacen porque saben que pueden cambiar la ley con dos llamadas de teléfono, sin necesidad de bajar a la calle con pancarta, y porque, en el peor de los casos, tienen en su mano pasarle esa pelota a los clientes con menos recursos en forma de comisiones bancarias.



Una sociedad o un colectivo que se precie de valores morales es aquel que se preocupa por sus seres más débiles e indefensos. En los últimos días hemos podido ver gobiernos capaces de dejar morir a centenares de personas con argumentos xenófobos y a poblaciones civiles con agallas para superar esa miseria criminal que se esconde bajo el odio a todo extranjero pobre que huya de la muerte.



Nunca es tarde para ponerse del lado del bien común, para estar junto a esos seres comunes que jamás pisarán una alfombra, que tampoco serán recibidos en palacio y que difícilmente serán escuchados por quienes creen que el estrado institucional en el que están subidos es una garita (o un garito) del que hay que apartar a los que nada tienen. Poco tenemos que recuperar de los errores del pasado y mucho que hacer por el bien común.

Publicado en HOY el 13 de junio de 2018

*La imagen es de José Manuel Puebla y se publicó en ABC el 4 de septiembre de 2015
 

09 septiembre, 2015

Dramas que existen


Hay quienes necesitan averiguar que las películas tienen final feliz para empezar a verlas. Es una opción respetable porque se trata de ocio y ahí cada uno es muy libre de elegir drama, comedia o cine de autor. Cuando uno lleva este planteamiento a la vida, evitando cualquier contacto con la realidad que pueda provocar tristeza o desazón, la cuestión toma otro cariz, pues ni el mundo es un plató en el que se rueda de manera continua un “Show de Truman”, ni el escapismo parece una postura ética en estos días.

Entre preocuparse por el mundo y regodearse en el dolor siempre hay un término medio, algo que aprendimos en el año 1993 quienes pudimos ver cómo los medios estiraban hasta el infinito la curiosidad morbosa de los horribles asesinatos de unas niñas en Valencia. Para tener conciencia de los problemas que existen no es necesario abrir en canal todos los detalles de los acontecimientos: nos basta con entender lo ocurrido y saber actuar en consecuencia y racionalmente. 

Las noticias de los últimos días me han recordado una tarde, también de 1993, en la que fundamos el primer grupo de Amnistía Internacional en la ciudad de Badajoz. Han pasado 22 años y muchas cosas han cambiado: ya no recibimos un voluminoso sobre con los casos de personas por las que teníamos que ocuparnos sino que nos llega todo al instante por ese mundo mágico llamado internet. Pero la tarea de sensibilizar a la ciudadanía sobre los males que padecen otros seres humanos no ha sido nunca tarea fácil, especialmente si están a miles de kilómetros, no hablan nuestro idioma, no tienen nuestra cultura y practican religiones extrañas. Durante mucho tiempo aprendimos que, desgraciadamente, las imágenes eran lo que mejor espoleaba la solidaridad: una fotografía de las lesiones de un torturado, el vídeo de un lapidamiento o la imagen de una madre y su bebé pidiendo agua tras una alambrada eran siempre más útiles que explicar minuciosamente lo que pasaba en Timor Oriental, Somalia o Ciudad Juárez.

El miércoles pasado un niño llamado Aylan nos heló el alma y parece que todo el mundo se avergüenza de permanecer inmóvil ante la barbarie. Sé que no es lugar ni momento para analizar quién es el culpable de todo esto, si fue Bashar al-Asad o quienes alimentaron a sus opositores sin caer en la cuenta de que el remedio era peor que la enfermedad. La cuestión es que tenemos a millares de personas huyendo de la muerte y metiéndose en cualquier barquito agujereado con tal de salir de allí. Y lo seguirán haciéndolo porque, aunque no lo sepamos, muchos otros niños como Aylan siguen muriendo cada día sin que su imagen salga en los periódicos.


Son los dramas que existen y que no dejarán de acontecer tapándonos los ojos. Ahora lo urgente es salvar a los que mueren en las playas, pero lo más importante es ir preparando un mundo en el que quepamos y convivamos todos. Nada fácil.

Publicado en el diario HOY el 9 de septiembre de 2015.

Equipos y estrellas

  No sé si las celebraciones mundiales se acabarán esta semana o se prolongarán varios meses, otorgando cada región las oportunas medallas i...