21 septiembre, 2016

Acostumbrarse al hedor


Cuando asistí a lo que entonces se llamaba curso de aptitud pedagógica, hace casi tres décadas, me apunté a unas cuantas actividades optativas entre las que estaba la de realizar un vídeo didáctico. Como en el grupo había mayoría de gente de ciencias, no me dejaron ni sugerir tema y me tocó redactar y corregir el estilo de la locución de un vídeo sobre el funcionamiento del vertedero municipal de Badajoz, que no llevaba mucho tiempo abierto y que contaba con un sistema para ir acumulando las basuras y cubrirlas con capas de tierra.

Al llegar al vertedero había algunos que nos tapábamos la nariz y hubo quien hizo ademán de marcharse a causa de las náuseas provocadas por los camiones que descargaban porquería, en unos años en los que el reciclaje apenas había hecho acto de aparición. Alguien que ya había estado antes por allí nos dijo que no nos preocupáramos y que en poco tiempo no notaríamos nada de la peste que nos acorralaba. Y así fue: pasados unos minutos ya no éramos conscientes del hedor que nos envolvía e íbamos tomando imágenes y notas para el trabajo final como si tal cosa.

El viernes pasado, cuando supimos que la que fuera alcaldesa de Valencia sería imputada y cuando tuvimos conocimiento de las peticiones del fiscal para dos ex presidentes de la Junta de Andalucía, alguien me advirtió de que no hay escándalo, ni de los ya conocidos ni de los que aún están ocultos, que pueda hacer cambiar el panorama social y político de los últimos meses. En primer lugar porque hay quienes solo detectan las pestilencias ajenas y consideran las propias como si fueran fragancias celestiales. También porque cada vez está más claro que quienes tienen mucho poder acaban saliendo de rositas ya que - y son palabras de un presidente del Supremo - las leyes están más pensadas para los robagallinas que para los ladrones de cuello blanco. Pero lo más grave del asunto, lo que nos está paralizando como sociedad cada día que sabemos de una nueva tropelía o profundizamos en las que ya conocíamos, es que tantos casos y tan sostenidos en el tiempo van acabar por anestesiarnos la pituitaria que nos permite discernir lo que es ético de lo que no.

Hoy nos encontramos como en aquel vertedero y hemos pasado de la náusea a la normalidad en apenas unos minutos. Allí también nos enseñaron que con el tiempo crece el césped en las zonas en las que ya no se podía acumular más basura y así estamos también ahora, contemplando el esplendor en la hierba, tragándonos fantasiosas cifras de creación de empleo que se apuntan como gran logro el aumento de contratos temporales que no sirven ni para salir de la pobreza. Seguimos sin conectar la corrupción, las burbujas financieras e inmobiliarias y los rescates bancarios con nuestros dramas cotidianos. Me temo que nos hemos acostumbrado al hedor, pero no olvidemos que vivimos sobre un vertedero.

Publicado en el diario HOY el día 21 de septiembre de 2016.

07 septiembre, 2016

Rasgarse las investiduras



El viernes pasado me quedé viendo por televisión la segunda votación de la fallida investidura de Mariano Rajoy. La cantinela de nombres me recuerda siempre a aquella sesión de febrero de 1981, que no se retrasmitió en directo aunque miles de personas digan que la vieron en vivo, y con los gritos de guardias civiles que surgieron en la radio tras el voto del diputado Manuel Núñez Encabo. La del viernes fue menos dramática, tuvo hasta momentos de una teatralidad insuperable y se llegó a mencionar incluso la ciudad de Badajoz.

Esto de que mencionen la ciudad en la que vives nunca se sabe si es para bien o para mal. En el acuerdo que habían firmado Rajoy y Rivera se habían olvidado de los trenes a Extremadura. Un olvido que también le ha ocurrido a la propia Renfe, que en un mapa oficial de la red nacional de AVEs y trenes de larga distancia muestra un tremendo hueco en blanco que se corresponde con el territorio de nuestra región, como si fuéramos una especie de desierto inhóspito al que no merece la pena prestar mucha atención. Desgraciadamente no es un error y es que a Extremadura no llega ningún tren de larga distancia a pesar de que los trayectos son los de mayor duración. Quizá en Renfe crean que, por llamarlos de “media distancia”, los viajes nos fueran a parecer más cortos.

Mientras salían los diputados del hemiciclo empezaba a correr como la pólvora la noticia de que José Manuel Soria, el ministro que tenía sociedades en Panamá y que estuvo mintiendo y toreándonos la pasada primavera hasta que la vergüenza y los documentos lo obligaron a dimitir, era premiado con un puesto en el comité ejecutivo del Banco Mundial y con una nómina de 226.000€ libres de impuestos. Aunque parecía que había alguna ligera crítica dentro del PP a este nombramiento, la cuestión parece que se empieza a zanjar con la idea de que se trata de un cargo técnico que ha sido elegido tras un proceso de selección. Para tranquilizar a quienes pudieran pensar que se trata de un caso de amiguismo - entiéndase el tono irónico – nos enteramos de que las cinco personas de la comisión seleccionadora eran altos cargos del gobierno vinculados al mismo partido. En otro país parecería todo un ejercicio de recochineo, pero aquí hay hasta quien afirma que no es para rasgarse las vestiduras. Y ese es quizá nuestro mayor problema, porque cuando Rajoy y Guindos han decidido mandar a Soria al Banco Mundial es porque saben que este escándalo no le restará ni un solo votante en las probables terceras elecciones de diciembre.


Mientras tanto, el gobierno en funciones nos reinstala unas reválidas educativas que ya consideraba obsoletas el propio Villar Palasí en el preámbulo de su Ley General de Educación de 1970. Esto de adelantar por la derecha a los ministros del tardofranquismo sí que es para rasgarse las vestiduras y, si me apuran, hasta las investiduras.

Publicado en el diario HOY el 7 de septiembre de 2016

24 agosto, 2016

Ceder o no ceder


Quienes viven en un isla desierta tienen la suerte de no tener que dar explicaciones a nadie y de hacer lo que les viene en gana en todo momento. Son las ventajas de estar al margen de lo que llamamos sociedades humanas. Sin contar a Robinson Crusoe y a los ermitaños que por ahí queden, el resto de los mortales nos hemos ido acostumbrando a compartir espacios con otros seres y a establecer hasta dónde podemos hacer todo lo que queremos y en qué momento tenemos que ceder ante los demás en algunas de nuestras pretensiones.

En cualquier proceso de negociación existe la tendencia natural a no ceder en casi nada y a intentar que sea el otro el que acabe pasando por el aro. Normalmente hay alguno que puede mantenerse en una posición de fuerza, en una postura más inflexible, especialmente cuando sabe que domina el proceso y que no tiene mucho que perder si las cosas acaban por no fructificar. De las conversaciones que ha habido desde el 20 de diciembre del pasado año para formar gobierno hemos aprendido unas cuantas enseñanzas. La primera de ellas es que, contrariamente a lo que luego nos dicen, los implicados no tienen ninguna prisa y dejan pasar los días y las semanas como si tal cosa: casi dos meses tardó  Sánchez en leer su discurso de investidura desde que se constituyó el Congreso, y pasado mañana se cumplirán dos meses desde las últimas generales.  Como uno no quiere pensar que entre nuestros posibles gobernantes hay vagos y perezosos (aunque es posible), imagino que todos han querido jugar con el factor tiempo a su favor, sabedores de que las prisas y los plazos apretados pueden ser un buen arma para debilitar al que se tiene enfrente.

Pero si hay algo que llame la atención de una manera especial en ambos procesos ha sido el intento de culpabilizar a un tercero, que ni está en la mesa ni va a ser invitado a participar en las negociaciones, del fracaso de las mismas. Ya ocurrió cuando Sánchez y Rivera llegaron a un acuerdo y los socialistas exigieron a Pablo Iglesias que se abstuviera ciegamente. Ahora es precisamente Sánchez el que está sufriendo en sus carnes la misma estratagema y quieren colgarle el sambenito de ser el responsable de unas terceras elecciones generales.


Ahora mismo el más interesado en unas terceras elecciones quizá sea el PP, que tiene una engrasada maquinaria mediática para culpabilizar a otros de la repetición de comicios. Por si fuera poco, está jugando incluso con una posible fecha - la del 25 de diciembre - que el propio PP ha provocando dilatando los plazos al máximo. Rajoy debiera ser consciente de no tiene mayoría para gobernar y de que tendrá que conseguirla cediendo en sus posturas maximalistas, pero su trayectoria política sabemos que es un ejemplo de terquedad, inmovilismo y no ceder ante nadie. En junio le salió bien pero el dontancredismo, a veces, sale mal.

Publicado en el diario HOY el 24 de agosto de 2016.




10 agosto, 2016

Una tragedia llamada Trump



Supe de la existencia de Barack Obama a través del que era entonces corresponsal de la cadena Ser en Washington, cuando Javier del Pino le contaba a Gemma Nierga que había salido de Chicago un abogado negro con muy buen manejo de la palabra y que podría convertirse en el primer afroamericano que ocupara la presidencia. También escuché por aquellos días a quienes vaticinaban que un negro sería presidente antes que una mujer, porque el país era bastante racista pero mucho más machista si cabe. A los emocionantes discursos de Obama aquel frío martes de noviembre le siguieron ocho años de decepciones dosificadas: ni se cambió radicalmente la política exterior, ni se cerró Guantánamo, ni se logró mejorar significativamente la fractura social en la que vive una buena parte de la población norteamericana.

Desde enero son más de 130 los jóvenes de raza negra que han muerto por los disparos de policías estadounidenses. Recientemente he podido ver dos vídeos especialmente impactantes sobre este asunto. El primero es el de un joven autista blanco que se había escapado de su centro asistencial, cuyo monitor salió a buscarlo y lo encontró en medio de la calle, rodeado de policías que temían que el camión de juguete que llevaba en la mano pudiera ser un arma. De nada sirvieron los gritos del monitor, de raza negra, que intentaba apaciguar al chico desde el suelo y mostrando sus manos inermes, porque cuando uno de los policías decidió disparar lo hizo a aquel sobre el que tenía más prejuicios. El segundo es el de la profesora y activista Jane Elliot, que se dirige a un salón de actos lleno de gente y a quienes pregunta si les gustaría ser tratados como la sociedad americana lo hace con los negros en los Estados Unidos. Nadie se levantó y la profesora les preguntó por qué no impedían que se hiciera con los demás algo que no querían sufrir en su propia piel.

Se pueden imaginar que el panorama que se avecina en Estados Unidos, con un recrudecimiento de la violencia policial hacia los jóvenes negros y un candidato racista y descerebrado con grandes posibilidades de ganar las elecciones. El temor del mundo civilizado (e incluso de los halcones republicanos) a que Donald Trump pueda vencer en noviembre debiera ser una preocupación que traspasara más allá de las fronteras del Río Bravo. También nos pareció una broma que Trump pudiera convertirse en el candidato republicano y a principios de siglo sufrimos la inocentada de aguantar a George W. Bush durante ocho años, sembrando el mundo de inestabilidad y alimentando monstruos que se nos acaban volviendo como un bumerán.

Obama se despide siendo el más popular de los presidentes americanos de la historia reciente, pero si él no ha conseguido solventar el problema racial de los Estados Unidos, no quiero ni pensar en lo que podría pasar si Trump se hiciera con el poder. Y, desgraciadamente, no es imposible.

Publicado en el diario HOY el 10 de agosto de 2016.



27 julio, 2016

Lógica de pactos


Hay enfermedades que se transmiten por contacto físico y en política hay contactos que contaminan, pero a unos más que a otros. Vivimos el primer semestre del año escuchando que con los partidos independentistas no se podía ni hablar, como si fueran apestados. Y hubo quien, temeroso del chaparrón que le podía caer si osaba dar la mano a uno de esos partidos, no se atrevió ni a explorar una forma distinta de gobernar el país. Pero llegó el verano y los mismos que amenazaban a los demás con el infierno absoluto si colaboraban con aquellos herejes y enemigos de la unidad de la patria, van y se marcan una jugada de esas que dejan a los demás con la boca abierta durante más de diez segundos, tiempo suficiente para que a uno se le quede cara de tonto.

Pues sí. La Convergència que antes estuvo con Unió y que ahora no sabemos cómo se llama, la que fundara Jordi Pujol, la que parece ser que amasó cantidades que salían de un 3% de cada obra pública y que acabaron en Andorra y paraísos más cálidos, la que gobierna en Cataluña con el apoyo de los perroflautas más rojos y más separatistas del mundo, ha acabado permitiendo que Ana Pastor presida el Congreso. Mientras algunos se rasgan las vestiduras por lo sucedido, a mí me parece de lo más normal y creo que todo es muy coherente, porque en la Carrera de San Jerónimo nada hay más parecido a la bancada del Partido Popular que los siete diputados que acompañan a Francesc Homs: tienen una visión parecida de la economía, (presuntos) métodos similares de financiación partidaria, un pasado histórico de apoyos mutuos en diferentes gobiernos y quizá la única diferencia radique en el número de franjas de la bandera que defienden con ahínco, porque hasta los colores (y el origen) son los mismos.


Quienes intentan ocupar el centro del espacio político suelen erigirse en jueces para dictaminar quién puede pactar con quién y qué pactos son contra natura. Y quizá deberíamos ponernos de acuerdo en que una cosa es que se junten para gobernar formaciones con programas antagónicos y otra cosa es que el sentido del voto en cuestiones puntuales pueda ser el mismo de una punta a otra del hemiciclo. De lo ocurrido la semana pasada hemos aprendido un par de cosas. La primera es que España no se partía en mil pedazos por votar junto a quienes quieren independizarse, un hecho que habrá que recordar cuando sean otros los que repitan la jugada en un futuro. La segunda es que la derecha conservadora tiene menos miedos y menos complejos que la izquierda a la hora llevar el ascua a su sardina. Sánchez reiteraba la pasada primavera que los números no daban porque no quería ni sentarse a hablar con nacionalistas sobre una posible abstención a un gobierno de izquierdas. La derecha parece que no se anda con tantos remilgos, aunque en este culebrón cada episodio parece más imprevisible.

Publicado en el diario HOY el 27 de julio de 2016.

13 julio, 2016

Entre Dinamarca y Portugal

A finales de junio de 1992 puede ver la final de la Eurocopa en un restaurante de la localidad portuguesa de Nazaré que regentaba un alemán. Entre los asistentes asiduos al restaurante se encontraba una familia de daneses, que disfrutaron de aquella victoria frente a unos alemanes muy crecidos tras su reciente mundial de 1990. Pero desde entonces el palmarés del torneo fue girando poco a poco del norte hacia el sur: en 2004 ganó Grecia, las dos veces siguientes España y el pasado domingo Portugal

El destino ha querido que 24 años más tarde me encontrara precisamente en Dinamarca cuando supe que nuestros vecinos habían derrotado a los franceses. En Portugal llevan dos días sin parar de celebrarlo, como ya ocurriera en España o en Grecia, en uno de esos triunfos colectivos que nos impulsan a los del sur a salir a la calle por cosas poco importantes o absolutamente prescindibles. El domingo los franceses apenas perdieron nada en el estadio, un simple trofeo y poco más, porque donde están perdiendo muchísimo es por una reforma laboral, bastante más suave que las que nos han obligado a hacer en el sur de Europa,  pero que han propiciado semanas de huelgas y protestas en las calles. 

Al tiempo que Hollande implanta una reforma propia de Marine Le Pen, las diferencias entre el norte y el sur de Europa se agrandan: mientras unos países mantienen unos sistemas de protección envidiable, en el sur se retroceden décadas sin que la gente sienta la necesidad de salir a gritarlo como cuando gana su selección. Imagino que los antropólogos o las sociólogas nos explicarán un día ciertos comportamientos humanos que uno no acaba de entender. Recuerdo a un periodista, de los que consideraba necesarias las reformas laborales de 2010 y 2012, que poco después se vio afectado por la misma norma que había alabado. Todavía me emocionaría leer de nuevo sus palabras de aquellos días, las de un desempleado de más de cincuenta años y con pocas esperanzas, si no fuera porque su miedo escénico a parecer un partidario de la lucha de clases, que es en el fondo de lo que se trata el asunto, le devolvió a la senda de lo políticamente correcto en cuanto le clareó el panorama. A veces, desgraciadamente, la conciencia social dura solo el instante en que nos vemos desfavorecidos (y no siempre).

El multimillonario Warren Buffet fue preguntado sobre la existencia de esa lucha de clases en los años más duros de esta crisis económica. Su respuesta, quizá con otras palabras textuales, fue que por supuesto que existía y que los suyos, los ricos, estaban ganado por goleada. Sí, me temo que ese partido tardaremos mucho en ganarlo desde este sur que se ha convertido en pasivo para muchas cosas. Nos hace falta que el espíritu de salir a bañarse en las fuentes enarbolando banderas lo tengamos para defender nuestros derechos, nuestras libertades, nuestro futuro y el bienestar de nuestros hijos y de nuestros mayores. Eso sí sería un triunfo.

Publicado en el diario HOY el 13 de julio de 2016.


29 junio, 2016

Peaje electoral



El viernes pasado pude leer un tuit de un político que lamentaba el resultado del referéndum británico. Afirmaba que estas cosas pasan con las consultas, que trasladan a la ciudadanía los problemas que deben ser resueltos por los políticos. Una argumentación un tanto peligrosa puesto que parece dudar de la capacidad de la población para decidir sobre un asunto concreto y delimitado, cuando mucho más complejo es discernir sobre los programas y actitudes de los políticos en unos comicios con múltiples opciones. También me llamaba la atención que ese desprecio a la capacidad del electorado se hiciera dos días antes de someterse, él mismo, al examen de sus electores. Creer en la democracia consiste en aceptar que es el colectivo quien tomas las decisiones y que sus razones tendrá. Entrar a valorar si la población tiene los datos y la formación para dirimir determinados asuntos es meterse en un terreno muy peliagudo y yo prefiero, a sabiendas que no siempre será así, creer en la “presunción de conocimiento” por parte de la persona que se acerca a una urna. 

En las últimas horas he escuchado muchos intentos de explicar por qué la gente se quedó en casa el domingo, por qué cambiaron otros el sentido de su voto y si fue el miedo infundido o la incertidumbre lo que acabó por modificar las encuestas. Los que no somos expertos en el análisis preferimos hacernos preguntas más sencillas. Una de las que no dejo de hacerme es a cuánto está el peaje electoral.  ¿En qué momento considera un elector que quienes defienden sus ideas han tenido un comportamiento reprobable y debe retirarles su confianza? ¿Se castiga de igual manera en un lado del espectro político o en el otro? ¿Nos comportamos todos como esos futboleros, tan fieles a los colores, que son incapaces de reconocer las marrullerías de los suyos? 

Y me hacía estas preguntas tras observar una cifra: 79263. Estas son las personas que en el pasado mes de diciembre no votaron al PP y sí lo han hecho el pasado domingo en la Comunidad Valenciana. Desde enero hemos escuchado de viva voz cómo manejaban con dinero negro en el PP valenciano y eso no solo no ha supuesto una merma de votantes sino todo lo contrario, hay 79263 a las que no les importó en absoluto. Alonso de la Torre contaba la semana pasada en la contraportada de este periódico que alguien le paró por la calle quejándose de que no habían enchufado a su hijo en una oposición, a pesar de habérselo prometido, y le pedía que lo contara. Recordando este episodio, que puede parecer hasta gracioso, me he dado cuenta de que en España se tardará mucho en pagar un peaje electoral por la corrupción, porque parte importante de nuestra sociedad es cómplice, en mayor o menor medida, de otras formas de corrupción que se practican y que todavía no tienen un reproche social unánime. Quizá la educación en valores pueda cambiar esto algún día.

Publicado el diario HOY el 29 de junio de 2016

15 junio, 2016

Inmunes

Durante el debate electoral del lunes, en el que creo que llegué a dormirme, solo se trató durante veintiséis segundos el tema de la violencia de género (y tras tener que recordarlo por dos veces los moderadores). No hablaron del cambio climático y me imagino que no lo harán hasta que el agua del deshielo polar les fuerce a intervenir desde barcazas en lugar de atriles. La cultura tampoco se mencionó pero, desgraciadamente, ya no aparece ni el capítulo de olvidos.

Se echaron en falta otros asuntos y sobraron reproches, pero lo grave es que en pocas ocasiones se fue al meollo, al origen de los problemas que tiene la gente. Los principales son de índole económica y hay quien cree que todo se soluciona obedeciendo los criterios de déficit que marca Juncker desde Luxemburgo, ese paraíso fiscal creado por él mismo.

Para solventar de raíz los problemas e intentar que no se repitan, no queda más remedio que averiguar por qué se llegó a determinadas situaciones. Si nuestro déficit es el que es, habrá que determinar si la culpa la tienen las medicinas de la abuela, esa autopista vacía o aquellas infraestructuras de lujo que no se pueden permitir ni los países más ricos del planeta. Quienes han echado las cuentas de lo que llevamos gastado en rescatar a bancos o aeropuertos sin pasajeros acaban dictaminando que, si no nos hubieran robado tanto, quizá no las tendríamos que haber pasado tan canutas. El día que se audite nuestra deuda y sigamos la pista a cada céntimo, llegaremos a la conclusión de que nuestra pobreza, angustia y desesperanza tienen un origen cierto y unos nombres y apellidos que, en su momento, se beneficiaron de una corrupción que sobrepasa la vergüenza ética y se deja sentir en nuestros bolsillos.

Ayer tuve la oportunidad de conocer a Hervé Falciani, aquel que desveló que en un banco suizo había cientos de miles de cuentas de evasores fiscales. Fue el hombre más buscado de Suiza, país en el que incomodar a la banca te convierte en enemigo público numero uno. En su recorrido por España suele hablar de la necesidad de hacernos inmunes frente a la corrupción, algo que parece no tener vacuna a corto  plazo. En su conferencia de ayer mencionaba la importancia de tejer redes sociales de la ciudadanía para comenzar a frenar de manera radical ese mundo de mordidas, sobres con billetes, amnistías fiscales, facturas e informes falsos, fraude generalizado en algunos sectores y poder omnímodo de los monopolios para que las leyes se escriban según sus deseos.

Si dentro de once días nos hemos olvidado de que el desorbitado sobreprecio de la casa en que vivimos, esa que tendremos que seguir pagando durante décadas, ha sido lo que ha alimentado centenares de cuentas en Suiza, miles de empresas en Panamá y sobres con sobresueldos en sedes de partidos políticos, entonces será porque tenemos lo que nos merecemos. Y tardaremos mucho en ser inmunes.

Publicado en el diario HOY el miércoles 15 de junio de 2016