19 abril, 2017

Viaje en diagonal

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Llevo más de cuatro décadas atravesando diagonalmente la península, en un viaje que realizo dos o tres veces al año y que he acabado por aprenderme de memoria. Los 850 km de distancia entre mi tierra natal y la que me acogió han cambiado bastante a lo largo del tiempo y aquellos trayectos de 16 horas, en coches sin aire acondicionado y por carreteras de un solo carril en cada sentido, se hacen ahora en menos de ocho horas por autovías y en vehículos cómodos y seguros.

En ese viaje diacrónico hemos dejado de atravesar las ciudades y ahora las circunvalamos, sin darnos cuenta de que están allí al lado de no ser por los indicadores. El trayecto entre Extremadura y Madrid cruza por encima de la vía de ferrocarril, una vía única sin electrificar por la que solo pasan trenes de los llamados regionales, el más bajo escalafón de los materiales ferroviarios que usa Renfe. En cuanto subes de Madrid hacia el noreste viajas no solo en paralelo a las modernísimas infraestructuras de alta velocidad, sino que también ves las antiguas vías, ya casi abandonadas, por las que solo circula algún convoy de mercancías y un par de trenes con carácter testimonial. Estas vías desechadas del noreste serían un sueño dorado en el suroeste: están totalmente electrificadas y con vía doble. Basta un viaje para diseccionar la historia de este país, donde los más pobres añoran las migajas que dejan caer los más ricos.

Según te vas acercando al centro peninsular las carreteras van ampliando su número de carriles para que Madrid pueda recoger su diáspora de vacaciones o fines de semana. De vez en cuando te invitan a alejarte del atasco por esas autopistas de peaje por las que no pasa nadie y que todo parece indicar que acabaremos pagando. Aquellas famosas radiales se construyeron cuando se pensaba que el crecimiento de nuestras ciudades sería imparable y ahora tienen un agujero que hemos de enjugar entre todos, incluso por los que viven en una aldea extremeña o de Galicia y jamás circularán por allí. Alguien lo resumió muy gráficamente: no ibas por ellas porque tenías que pagar y ahora las vas a pagar por no haberlas utilizado.

Cada viaje en diagonal me recuerda que las diferencias territoriales no nos vienen solo del pasado, de deudas históricas impagadas a las regiones que padecieron el subdesarrollo. También se fraguan en el presente porque permitimos que se nos siga tratando de esta manera: por nuestras venas fluye demasiado conformismo, nos falta conciencia colectiva y nos han hecho creer que a quien protesta y levanta la voz se le acaba castigando. Me niego a pensar que no tenemos remedio, que estamos condenados a sufrir sin rechistar y solo espero que el final de esta historia no necesite llegar a ese extremo que cantaba Vetusta Morla: “Los días están contados, no hay más que temer / tan sólo seremos libres cuando no haya más que perder”. Intentemos ser libres un poco antes.

Publicado en el diario HOY el miércoles 19 de abril de 2017

05 abril, 2017

El sentido práctico de la vida




Cuando uno se acerca al fichero de una biblioteca suele ir buscando un autor, un tema o incluso un título bien conocido. Son pocas las ocasiones en las que uno se deja guiar por un título sugerente, sin saber si ya se ha publicado o todavía anda a la espera de quien lo escriba. Un sinfín de circunstancias me hizo teclear “El sentido práctico de la vida”, con la esperanza de hallar un manual, una obra de autoayuda, una novela aburrida, una tesina de psicología o un poemario de ripios. Lo más parecido que encontré fue la mítica película “El sentido de la vida” de Monty Python y una sesuda obra de Pierre Bordieu que se quedaba en “El sentido práctico”, pero me temo que juntando las dos obras no obtendré lo que voy buscando.

Así que, de momento, no hay nada publicado para solventarnos muchos de los problemas con los que tenemos que lidiar y que, en más de una ocasión, se resuelven con algo tan simple como no complicar lo fácil. El mundo está lleno de asuntos de muchas aristas, con raíces profundas y con ramificaciones por todos los lados, de ahí que sea imprescindible un aprendizaje colectivo que nos permita ser más eficaces, más prácticos, más directos y menos burocráticos.

Lo que algunos buscamos en el sentido práctico de la vida es que las reuniones no se hagan eternas y vayan al grano, que los discursos no sean palabrería vacua, que no sean necesarias toneladas de papeles para asuntos simples, que no tengamos que poner tantos filtros y tantos controles para evitar corruptelas, porque significará que nos sobra ética a raudales para poner por delante de cualquier tentación.

En esta carrera de complicar lo sencillo podemos acabar siendo víctimas de nuestros propios monstruos: los profesores se quejan de que cada vez tienen que resolver más burocracia en lugar de dedicarse a enseñar, por no hablar de los trabajos en los que contar y reportar lo que se lleva a cabo requiere casi tanto tiempo y tanto esfuerzo como el trabajo en sí mismo.

Pero si hay algo que me demuestre la desmedida que ha alcanzado nuestra falta de sentido práctico de la vida es cuando nos enteramos de que la Audiencia Nacional, un tribunal excepcional que debe protegernos frente a los mayores crímenes y las mayores amenazas de nuestra sociedad, está perdiendo el tiempo analizando si los chistes que alguien ha escrito en los últimos años suponen un enaltecimiento del terrorismo. Alguien me contaba que es como si en el mejor quirófano del más moderno hospital se estuvieran dedicando a quitar el dolor de cabeza causado por la resaca. 

Hubo un tiempo en el que admiraba a quienes sabían resolver las situaciones más enrevesadas. Hoy, en cambio, creo que el mayor de los héroes es aquel que, sin caer en la simpleza, se dedica a no complicar las cosas más de lo que están: el sentido práctico de la vida.

Publicado en el diario HOY el 5 de abril de 2017 


22 marzo, 2017

La prensa amenazada


La primera columna que escribí en este periódico se tituló Ser valiente y pretendía ser una alabanza del periodismo que no tiene miedo, que expone los hechos sin más artificios que la pura descripción de lo ocurrido, sin ocultar datos relevantes y sin magnificar los que no lo son. Ahora que llevamos casi dos décadas navegando por los mares de internet, intentando diferenciar lo que son noticias falsas en medios pretendidamente serios de las páginas de humor que simulan ser periódicos, nos asalta la duda de si los peligros del periodismo proceden más de las nuevas tecnologías o vienen de otros lados muy diferentes.

Hay quien dice que las redes sociales o los comentarios en los medios de comunicación constituyen una amenaza para la profesión: no se puede negar que el anonimato se ha convertido, en muchas ocasiones, en un parapeto para tirar la piedra y esconder la mano. Pero quizá haya llegado el momento de analizar las cosas con la ecuanimidad que merecen y distinguir entre los malos modales y las expresiones desafortunadas de lo que son amenazas reales. Cuando solo existía la prensa en papel y te indignaba una noticia del diario había que mecanografiar 20 líneas, meterlas en un sobre, identificarte con tus datos y número de DNI, y esperar a que el responsable de la sección decidiera seleccionarla como carta al director. Hoy todo es más fácil para hacer llegar un mensaje a cualquier lado, ya sea uno de paz y amor al extremo sur de Nueva Zelanda o para descargar bilis sobre la vecina que escribe en la página siete, así que deberíamos empezar a aprender convivir con ciertas pequeñas miserias, casi inevitables, que nos trae este mundo tan global e inmediato.

Junto a esas pequeñas miserias que rodean a la prensa, al periodismo y a la comunicación también están las grandes miserias, las que sí que constituyen una auténtica amenaza a la libertad y al derecho a la información. Y no me refiero, obviamente, a desagradables e injustificados rifirrafes entre plumillas y jefes de prensa, sino a las presiones de verdad, a las que no ponen tuits ni comentarios, a las que van al grano y hacen que se descuelguen los teléfonos importantes en cualquier hora y lugar, a las que con solo un par de palabras ponen firmes y acallan al más bregado de los profesionales. Y es contra esas amenazas contra las que el periodismo está cada vez más inerme.


El viernes pasado abandonaba la región un joven periodista de esos que no dejan indiferente a casi nadie, rodeado del cariño y de la admiración de gran parte de la profesión. Se nos iba con el sabor agridulce de ver cómo se nos va marchando lejos la materia gris y la savia joven de nuestra sociedad extremeña. Y tuve que recordar de nuevo aquel deseo de que ser valiente no salga tan caro y que ser cobarde no valga la pena. Espero que sea la última vez.

Publicado en el diario HOY el 22 de marzo de 2017


08 marzo, 2017

Evaluando errores

No me gustan demasiado las cifras y evito hacer valoraciones numéricas siempre que me permitan expresarla de forma más extensa y razonada que con unos guarismos escritos en rojo. Sin embargo, de vez en cuando hay algunos números que se te cuelan en la vida y te tienes que parar a pensar un rato en ellos.  

Algo así me ocurrió hace unas semanas, cuando andaba navegando por la red y tuve que buscar algo relacionado con ordenadores y Extremadura. Entre los resultados de la pesquisa me encontré con algunas noticias de 2003 en varios periódicos y que se referían a la instalación en todas las aulas de secundaria de la región de 45.000 ordenadores por valor de 61 millones de euros. Reconozco que ya me había olvidado por completo de aquella historia, que tuvo su hueco hasta en el Washington Post, y que me parecía casi del pleistoceno. No pude dejar de preguntarme qué habría sido de todos aquellos ordenadores, si mereció la pena el gasto, si se les sacó el mejor de los provechos, si estarán todavía en uso o forman parte de las toneladas de basura cibernética que amenaza con extenderse como el camalote en el Guadiana.

Mientras buscaba un documento con una exhaustiva evaluación de aquella idea del ordenador por cada dos alumnos, que cambió la fisonomía de las aulas y que nos iba a convertir en los líderes mundiales de la cuarta revolución industrial, encontré una tabla estadística con el número de víctimas de la violencia de género desde ese fatídico año 2003. Son ya 761 mujeres las que han sido asesinadas por sus parejas y me temo que las cifras han dejado de impresionarnos, que solo conseguimos hacernos una idea de la magnitud de este drama mediante comparaciones que siempre son odiosas: en apenas 14 años el machismo ha causado tantas muertes como ETA desde la aprobación de la Constitución, hace 38 años.  

Observo unos instantes la tabla y me doy cuenta de que tras la aprobación de la ley contra la violencia de género en el año 2008, en el que murieron 76 mujeres, se produjo al año siguiente un ligero descenso en el número de víctimas que con el tiempo se ha ido desbaratando. En lo que llevamos de año son ya 17 las víctimas y, si seguimos con este macabro ritmo, al final de año podríamos superar todos los récords desde que se empezaron a contabilizar a la víctimas de violencia de género, que fue muchos años después de que ellas fueran actrices secundarias de los llamados crímenes pasionales narrados por un periódico llamado ‘El Caso’.

Hoy es 8 de marzo, un día en el que se hablará de las mujeres y en el que quizá deberíamos plantearnos si estamos valorando las políticas como es debido, si hacemos un seguimiento de los resultados obtenidos, si estamos al tanto para rectificar desaguisados y si asumimos responsabilidades cuando las cosas se hacen rematadamente mal. Porque no evaluar errores nos está costando demasiadas vidas.

Publicado en HOY el 8 de marzo de 2017

22 febrero, 2017

Grupos humanos

No sé si se han puesto a contar los grupos de mensajería instantánea en los que están. Ayer intervine en más de veinte y menos mal que la edad de mis vástagos, que empiezan a estar creciditos, me ha evitado padecer los engorrosos grupos de whatsapp en los que están todos los padres y madres de la clase, en los que se pregunta cada día qué hay de tarea o dónde se compra la cartulina para el trabajo de plástica. Los hay de familia extensa, de familiares muy allegados, y otros creados para un evento y que, con el paso de los días, van pareciendo un pueblo abandonado. Son una fuente inagotable de utilidades e inutilidades, puesto que sirven para localizarte cuando estás perdido y te pierdes en ellos cuando tienes que hacer otra cosa. Te pueden valer para reavivar una amistad perdida o para enemistarte para siempre con la de todos los días, sobre todo si cometes el error de olvidar quién está por ese grupo aunque lleve siglos sin decir ni mu.

Si usted, además, tiene una vida asociativa de lo más ajetreada, entonces el asunto se le puede disparar: la oenegé, la asociación de vecinos, la plataforma de tal y el colectivo de otra cosa que ya no sabemos ni para qué era. Imagino que las comparsas, cofradías y sociedades gastronómicas ya tendrán su propio grupo con sus particularidades. Si, para más inri, dedica usted algo de su tiempo a la política, imagino que tendrá su grupo local, regional, temático, el de su corriente de opinión y de opiniones corrientes, que aunque parezca lo mismo no lo es.

Pero hay grupos que merecen un tratamiento especial y son los de los reencuentros, los que reúnen a quienes conociste en un momento de tu vida en el que era impensable tener un móvil en el bolsillo porque los teléfonos estaban atados a la pared y se usaban con cuentagotas. Hace unos meses me reencontré con el equipo de futbol con los que fuimos campeones de Extremadura y hace poco me juntado con mi pandilla de la adolescencia y del instituto, que cada mañana me ponen una canción para alegrar el día. Y el día 25 de marzo me reencuentro con el centenar de compañeros de colegio, que andan repartidos por el mundo, desde Boston a Sudán pasando por Valladolid. Algunos son un desastre con las nuevas tecnologías, otros nos escriben una novela en sus ratos de insomnio y alguno que otro te detalla escenas de infancia que tenías profundamente olvidadas. El último grupo al que me han añadido es al de colegas de la Facultad, donde cada foto que se cuelga produce risas, llantos y añoranzas a partes iguales.

Jordi Évole nos contó en su programa del domingo que debíamos mirarnos la adicción a estas cosas y me imagino que esto es como el vino: cuestión de medida. Veámoslo de otra manera: los grupos humanos de los que formamos parte los estamos disfrutando (o padeciendo) al instante.

Publicado en el diario HOY el 22 de febrero de 2017.

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08 febrero, 2017

Mansedumbre, Bulgaria y testosterona


Ayer escribía Antonio Tinoco a la vuelta de esta página sobre lo mansas que son las gentes de esta tierra y cómo existen muchísimas personas que, todavía, consideran extravagante y de mala imagen eso de protestar, reivindicar y reclamar. No hace falta que vengan con estudios sociológicos profundos sobre la cuestión, porque a simple vista nuestros índices de asociacionismo vecinal, sindical o de consumidores serán los más bajos de todo el Estado. Y así nos va: nuestro sino histórico y muchos de nuestros males actuales vienen de esa falta de coraje para unirse a favor del bien común y preferir una salida individual en forma de lotería, favor paternalista o nepotismo descarado. “Mira a ver si conoces a alguien que te lo solucione”, con el complemento indirecto en singular, no vaya a ser que el plural nos convierta a todos en una turba peligrosa.



Pocas cosas hay peores que la mansedumbre y una de ellas es la fe ciega en los liderazgos, el hacer click siempre en la opción “sí a todo” y convertirse en un brazo de madera de quien manda en cada momento. En castellano hemos acabado por llamar congresos a la búlgara a aquellos en las que las decisiones eran tomadas por disciplinada unanimidad, a veces con más votos que votantes, donde nadie discrepaba, más por miedo o disciplina que por convicción. Uno no quisiera pensar que el congreso de Ciudadanos el pasado fin de semana o el del PP en los próximos días tienen algún parecido con la bulgaridad  - acéptenme el neologismo - de la que hablaba antes, pero no deja de ser curioso el aspecto de balsa de aceite que se produce en los partidos más conservadores, donde no hay fisuras ni propuestas diferentes y donde las discrepancias las dirime un solo hombre en un despacho. Mientras, leo que en Bulgaria la gente ha salido a la calle y ha tumbado al gobierno por el alto coste de la electricidad. Por aquí, en cambio, veo que hemos tenido la suerte de que ha empezado a llover algo: ni nos subirán la luz, ni hará falta salir a protestar.



Y cuando ya pensaba que no había nada peor que la docilidad y el seguidismo ciego, me encuentro con una entrevista a Miguel Urbán en la que pide acabar con “la telenovela de machos alfa” en la que se ha convertido una parte del proceso congresual de Podemos en Vistalegre. Hemos pasado del 15M anónimo y sin portavoces a un personalismo llevado hasta las últimas consecuencias. No es cuestión de comparar entre en lo malo y lo peor, porque ni nuestra mansedumbre, ni los congresos búlgaros ni el exceso de testosterona solucionan los problemas de gente. Para eso solo sirven las ideas, la capacidad para contrastarlas, debatirlas con números y fechas e intentar ponerlas en práctica con el mayor consenso posible. A lo mejor es más fácil de lo que parece y solo hace falta tomarse en serio la política, con mayúsculas.

Publicado en el diario HOY el 8 de febrero de 2017.

 

25 enero, 2017

La ideología machista



El sábado las calles de Estados Unidos y otras ciudades del mundo se vieron abarrotadas por mujeres que querían defender sus derechos. La mayor de las manifestaciones, que superó el medio millón de asistentes, tuvo lugar en Washington, la misma ciudad en la que el día anterior tomaba posesión Donald Trump. No cabe duda de que el machismo del nuevo presidente, del que dan buena cuenta sus innumerables declaraciones, ha servido para poner en guardia a todo el país ante la amenaza de ver retroceder unos derechos que antes era difícil conseguir que se aplicaran y que ahora habrá que intentar que no sean borrados de un plumazo de las leyes.

En Estados Unidos no era difícil manifestarse ante la zafiedad del neomachismo, un término al que le sobra el prefijo porque no tiene nada de novedoso. Pero me preocupa menos lo que allí pueda ocurrir, donde el foco de los retrógrados está claramente identificado y hay una sociedad movilizada, que en otros lugares más cercanos, donde se va extendiendo un negacionismo que no es muy diferente del de aquellos que dicen que jamás hubo holocausto. La realidad es que en nuestras sociedades ha existido y existe discriminación hacia las mujeres en casi todos los ámbitos y que sería más fácil nombrar aquellos en los que la igualdad está casi conseguida. Gracias al feminismo, término que incluso una institución tan misógina como la RAE define como la ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres”, hoy es posible que ellas puedan abrir una cuenta bancaria, tengan pasaporte, puedan dar clase en la Universidad y hasta ser alcaldesas. Y hay que contar estas cosas porque mucha gente joven creerá que esto siempre fue así o que todo cambió porque unos señores se dieron cuenta de que ya estaban siendo demasiado malotes.

Nada cayó del cielo, cada derecho tuvo que ser luchado y para disfrutar de ellos hubo un movimiento feminista que se dejó la piel y la sangre en el camino. Por eso hay algunos a los que nos produce una enorme tristeza escuchar términos como feminazi o a gente que cree el movimiento feminista está intentando imponer una llamada ideología de género. No se equivoquen: la ideología que todavía sigue impuesta es la del machismo, la que se cobra nuevas víctimas semana tras semana y contra la que hay que actuar en todos los frentes, especialmente el educativo, porque es necesario que todo el mundo, sin excepción, sepa que la igualdad de las mujeres es un derecho humano sobre el que no se debería frivolizar jamás.

Vivimos al borde de un abismo, donde las libertades son vendidas a cambio de seguridad y donde la igualdad es una voz demasiado molesta para quienes se aprovechan de las desigualdades. Del lema de aquella revolución francesa nos queda la fraternidad, a la que le ha salido una hermana que llaman sororidad y que el sábado salió por las calles de medio mundo.  

Publicado en el diario HOY el 25 de enero de 2017

 

11 enero, 2017

Rebajas en los trenes



“En enero y febrero, no te quedes en casa. Empieza el año viajando con nosotros al mejor precio. Renfe te ofrece miles de plazas en trenes AVE y Larga Distancia con hasta un 70% de descuento, para que aproveches las rebajas fuera de tu ciudad. Visita a tu familia, haz turismo, viaja por trabajo o descubre ese lugar que te falta por conocer”.


Con este parrafito me animaba el pasado lunes la principal empresa ferroviaria del país a sumarme a las rebajas. Es la suerte de ser usuario habitual del ferrocarril y de contar con una de esas tarjetas de fidelización que, por culpa de vivir donde aquí, apenas me sirve para nada. Navegué por el enlace que me enviaron y vi en letra negrita otra apelación. “Busca tu oferta con destino a Barcelona, Madrid, Zaragoza, Sevilla, Valencia, Alicante, Bilbao, Gijón, Valencia, Córdoba y muchas otras ciudades”.

Reconozco que sentí una pequeña frustración al no ver ninguna localidad extremeña entre las mencionadas pero, para no pensar mal, confié en que pudiera estar en ese cajón de “otras muchas ciudades”. El listado era enorme: desde Madrid a 17 ciudades, desde Barcelona a 11 capitales diferentes y con unos precios realmente atractivos. Desde el centro de la península se podía llegar a Almería por 14 euros, a Alicante por 19 y a Gijón por apenas 16. ¡Y dos meses para poder disfrutar estas gangas y aprovechar incluso el próximo puente carnavalero!


Pues no. Resulta que todo esto no es para nosotros. Sí, ya sabemos que no tenemos AVE pero, como las distancias en ferrocarril se nos hacen eternas, podíamos pensar que encontraríamos alguno de esos chollos en el apartado de “Larga Distancia”. Y la respuesta es que no, que los trenes que pasan por nuestra región son todos de “Media Distancia” y lo único que tienen larga es la duración. Y esto ocurre en una región en la que la Comunidad Autónoma tiene que dar dinero a la operadora para que no le quiten los escasos trenes que circulan. Así que la última afrenta ferroviaria a Extremadura es que de Madrid a Badajoz los 400 km se hacen en casi 6 horas y por 34 euros, mientras que si fueras a Alicante podrías hacerlo en dos horas y media por menos de 20 euros.


Yo me pregunto qué tiene que pasar en Extremadura para que, ante tales discriminaciones, pueda brotar un ápice de rebeldía entre la población. ¿Hasta dónde seremos capaces de aguantar este tipo desaires, olvidos y desprecios? Solo hay dos provincias peninsulares (las ignoradas Teruel y Soria) afectadas por una discriminación como la que padecemos, con la diferencia que allí sí fueron capaces de salir a la calle para alzar la voz. Imagino que esta anécdota de las rebajas en los trenes no es la peor de las desgracias en una tierra con tantos problemas, pero es significativo que algunos de los que nos representan no fueran capaces ni de reclamar un tren digno, ya, para su tierra. 

Publicado en el diario HOY el 11 de enero de 2017.