27 noviembre, 2019

Los felices años 20

Este año han llegado a la Universidad los que nacieron en el siglo XXI. Estamos a punto de consumir las dos primeras décadas del milenio y ha sido difícil, por no decir imposible,  encontrar un nombre unánime para mencionarlas. No sé si quienes se sientan hoy en las Facultades nombrarán los tiempos de su adolescencia como los años de la decena o de los años décimos, como la lotería. O quizá escriban sobre su tierna infancia y hablen de los años cero-cero, como algunas cervezas.


Adjetivar estos 20 años del segundo milenio tampoco será coser y cantar. Se pone uno a pensar en los felices años 20 del siglo XX, aquellos del charlestón y las vanguardias artísticas, y uno creería que aquello fue un paraíso. Pero basta repasar los libros de texto para recordar que fueron años en los que surgió el fascismo en Italia, en los que Salazar ya era ministro en Portugal y que acabaron con un crack en octubre de 1929.

La década de los 30 no hizo más que empeorar las cosas y, en 1933, un tal Adolf se hacía con el poder en Alemania. Cuando en septiembre de 1939 comenzaba el mayor genocidio y la mayor guerra de destrucción jamás conocida, muchos comenzaron a preguntarse cómo se había llegado hasta ese punto, por dónde había crecido tanta mala hierba y de qué manera se había alimentado al monstruo devorador.

Dentro de un mes estaremos comprando uvas y escribiendo cartas para recibir regalos, entre los que debería haber un libro de historia escrito con todo el rigor científico. Y es que nos urge releer los años 20 del siglo pasado para establecer algún paralelismo sensato y para reflexionar sobre el resurgir de planteamientos que creíamos desterrados de la faz de la tierra.

En manos de quienes ya nacieron en este siglo (y se están preparando como nunca) reside la esperanza de una década menos ajetreada que las dos primeras, las que empezaron con un ataque a las torres gemelas, siguieron con otra gran guerra criminal en Oriente Medio y culmina con un club de fantoches dirigiendo superpotencias y derribando los derechos luchados por varias generaciones.

Trump, Bolsonaro o Boris Johnson no deberían aparecer en los índices de los libros de historia sino, como mucho, reseñados en los márgenes como meras anécdotas. Conviene, mientras tanto, no vociferar sus ocurrencias ni darles más protagonismo del debido porque es lo que están deseando. Pero sería también un craso error ignorar que están ahí y qué es lo que pretenden. Para que los nuevos años 20 sean felices para todo el mundo habrá que evitar el cambio climático, eliminar la pobreza, acabar con las guerras y las violencias, propiciar amplios entendimientos mundiales y poner a los seres humanos como prioridad. Salir a la calle, como anteayer hicieron las mujeres en defensa de sus vidas, es algo que habrá repetir más a menudo y por motivos muy diferentes.



13 noviembre, 2019

Alforjas y viajes


Antes de comentar nada sobre las elecciones del domingo, se me ocurrió releer lo que había publicado tras las del pasado 28 de abril. Entonces describí una jornada en un colegio electoral y unos resultados en los que había trasiego de votos dentro de los dos partidos de izquierda y muchos más entre los de derecha, pero sin grandes desequilibrios en el cómputo global de los dos grandes ejes. 

Desde ayer a mediodía no hago más que escuchar diversas versiones de un conocido proverbio protagonizado por viajes y alforjas. Parece ser que todo apunta a que el final del proceso de formación de gobierno, aquel que se inició en pleno verano con vetos personales, petición de ministerios y miedos nocturnos, podría acabar sin impedimentos ad hominem, sin reparos en el reparto de carteras y durmiendo a pierna suelta todas las noches.

No sabemos cómo acabará todo esto, así que conviene no alegrarnos de desbloqueos. La cuestión es que si todo esto se hubiera hablado el 23 de julio en un receso, nos habríamos ahorrado cuatro meses de gobierno en funciones y un centenar de millones de euros, que es lo que acaba costando un nuevo proceso electoral que ha dado diferente distribución de colorines pero casi idénticas posibilidades de gobierno que las que existían antes del verano.

Elucubrar por qué ha ocurrido todo esto es una tarea para quienes gustan de intrigas palaciegas. Es probable que alguien le aconsejara a Pedro Sánchez para forzar una repetición de elecciones, con la esperanza de llevarse todo el mercado de la izquierda y dejando a Unidas Podemos con los mismos escaños que la IU de los tiempos de Anguita. Pero el resultado no ha sido el esperado por los estrategas de Moncloa, porque el trasvase de votos de la derecha le ha dejado sin la muleta más centrada, la de Ciudadanos, y ha propiciado que la ultraderecha duplicase sus votos con un discurso ultranacionalista y con tintes de machismo, homofobia, misoginia, y buenas dosis de xenofobia.

No sabemos si el preacuerdo, los abrazos y las firmas de ayer acabarán en una foto plural en las escaleras del Palacio de la Moncloa. Sería extraño que tres meses de enormes dificultades y desencuentros se disolvieran en veinticuatro horas y no re aparecieran antes de la sesión de investidura de diciembre. O quizá la clave de este cambio se deba a que no hay nada como ver las orejas al lobo para que se le quiten a uno los remilgos y las tonterías. La vergüenza de tener que desdecirse del discurso que forzó la repetición electoral es mucho menor que el miedo a un nuevo bloqueo que acabara con los primos de Le Pen, Trump y Orban dictando leyes para salvaguardar la cultura torera, eliminar algunos derechos conseguidos y muchas de las libertades logradas en las últimas décadas.

No, para este viaje no hacían falta alforjas. Pero no busquen culpables y solucionen los problemas de la gente más débil y más necesitada, que para eso hemos votado.

Publicado en HOY el 13 de noviembre de 2019


 
 
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30 octubre, 2019

Desigual


En el verano de 2012 pasé unos días de vacaciones en una gran ciudad de la península y me di cuenta de que había muchas tiendas con el llamativo nombre de desigual. Hasta entonces no sabía de su existencia y me puse pensar en el proceso que llevó a bautizar así a una tienda de ropa que, a simple vista, parecía más colorida y desenfadada de lo habitual.

Desigual es sinónimo de diverso, un adjetivo que nos sugiere imágenes gratificantes de multiculturalidad, de diferencia y de contrastes. En cambio, el sustantivo desigualdad arrastra una enorme carga negativa que se agiganta cuando la escribimos en plural y hablamos de las desigualdades. Se dice que ellas son las causantes de la mayoría de los problemas que acucian a la humanidad, aunque hay quienes prefieren darle la vuelta al razonamiento y afirman que son la consecuencia de sistemas injustos, de mecanismos que hacen que todo se acabe concentrando en unas cuantas manos y que cada vez sea mayor el número de los que no tienen casi nada.

La desigualdad se soporta bien al principio, se entona un “qué le vamos a hacer” o un “así es lo vida” y el tiempo te va poniendo en tu sitio. Acomodarse a lo que hay es una herramienta de supervivencia y se desactiva rápidamente cualquier reclamación de justicia porque eso significaría meterse en problemas. Reivindicar está mal visto y es mejor mendigar, reclamar con sumisión y como favor lo que es de justicia,  antes que poner en tela de juicio el sistema. Siempre será más fácil que los acaparadores desprendan algo de caridad, porque eso de repartir equidad sería poner en riesgo los botines.

Ecuador, Chile o Líbano han sido noticia últimamente, en todos esos lugares hemos visto a fuerzas armadas apalear a sus pueblos y todos tienen en común el hartazgo de quienes ya no pueden más. Cuando se vive en otro mundo, cuando tienes la suerte de no tener que ir contando moneda a moneda lo que te falta para llegar a fin de mes, se corre el peligro de no sentir empatía con aquellos a los que les han subido el precio de un abono de transporte que se les lleva un 15% del salario mínimo.

A la desigualdad económica se unen otras muchas: las que se sufre cuando eres mujer en lugar de varón o negro en lugar de blanco. También cuando el destino te ha hecho nacer en un hospital de Suecia o en un poblado de Haití, en el que las huellas de un terremoto son tapadas por las de un huracán.

Ayer me enteré de que esa ropa desenfadada y colorida, esa que pasea por el mundo el adjetivo desigual, no es precisamente barata. Desconozco si la marca recibe premios por su responsabilidad social corporativa o es otra de esas que confecciona en Bangladesh a 20 céntimos la prenda. Sí me urge saber qué van a hacer quienes nos gobiernen para equilibrar las desigualdades profundas. Todo lo demás me parece infinitamente secundario.

Publicado en el diario HOY el 30 de octubre de 2019

25 octubre, 2019

La libertad guiando al pueblo. Actualización.

Atribuyen a Rosa Luxemburgo una frase: quien no se mueve, no siente sus cadenas. Hay quien no ama la libertad porque no sabe usarla. Es como la oveja que cree que el mundo acaba en la valla del redil, que no se siente esclava y que cree estar en la gloria cuando salta sin sobrepasar los límites.

La libertad guiando al pueblo aparecía en el libro de octavo de EGB e ilustraba los sucesos del 14 de julio de 1789. Algunos años después descubrí que pretendía inmortalizar sucesos ocurridos cuatro décadas después.

Nos están constantemente diciendo que hay que actualizarse: las aplicaciones del móvil, las capacidades profesionales, las metodologías didácticas. Todo. 

También hay que poner al día lo que entendemos por libertad, en una época en la que la represión y el palo son más aplaudidos que la discrepancia.

La libertad. O tal vez deberíamos hablar de las libertades, se perderán antes por la desidia de los que no se mueven, que por la represión de quienes imponen mordazas (o de quienes, pudiendo, no quieren quitarlas).


16 octubre, 2019

Sentencias de aquí y de allá


La periodista Ayla Albayrak publicó un artículo en 2015 sobre enfrentamientos armados entre fuerzas turcas y jóvenes afiliadas al PKK del Kurdistán. Su nombre apareció más tarde en los informes de Amnistía Internacional, tras ser juzgada y condenada a dos años y un mes de prisión. Ayla fue acusada de un delito de propaganda terrorista en un país como Turquía, que celebra elecciones y pertenece a la misma organización militar que España, pero que acaba de iniciar, con cierto beneplácito occidental, una ofensiva para aniquilar a las mujeres kurdas que se jugaron la vida frente al Daesh.



Las leyes de Erdoğan son claras y hay que cumplirlas a rajatabla. Si una periodista publica un artículo equidistante hacia unas milicianas kurdas, puede acabar con sus huesos en una prisión turca que, como sabemos por El expreso de Medianoche, son lo más parecido al infierno.



Cuando un mismo hecho es totalmente legal en un sitio y duramente castigado en otro, nos suele dar una pista sobre la falta de libertades en el país que posee el código penal más duro, aunque no siempre sea así. A quienes escribimos nos parece incomprensible que alguien pueda perder su libertad por un artículo, por un hecho que en otro lugar del planeta no supone ningún riesgo para nadie. Hay muchos casos similares en el mundo: desde quienes practican un aborto, consumen drogas o tienen relaciones con personas de su mismo sexo a un lado de la frontera y con todo el amparo de la ley, a quienes corren el peligro de perder la libertad y la vida por hacer lo mismo en otro lado.



Desde el lunes no dejo de pensar en fechas como el 20 de mayo de 1980 y el 30 de octubre de 1995 en Quebec, o el más reciente 18 de septiembre de 2014 en Escocia. Durante esos días no hubo nadie detenido, no hubo actuaciones policiales, no hubo heridos, no se abrieron procesos sumarísimos en tribunales especiales y nadie, absolutamente nadie, tuvo que pasar ni un solo día en la cárcel por intentar dilucidar mediante referéndum si querían seguir siendo canadienses o abandonar el Reino Unido.



Sí, la ley es la ley. Ya lo hemos oído en el Supremo de aquí y en el de Ankara. Si un mismo asunto acaba de buenas maneras en un lugar y de forma trágica en otro, es porque el sentido común se ha quebrado en algún momento. Quien crea que con sentencias ejemplarizantes, desmedidas o vengativas se va a solucionar un problema de siglos, quizá esté ganando réditos cortoplacistas pero se esté equivocando a largo plazo. Se podrá acallar durante un tiempo a Ayla Albayrak pero la realidad seguirá existiendo y Erdoğan, por muchas leyes y elecciones que lo respalden, seguirá sin ser entendido por el mundo que cree en los Derechos Humanos. Nos consuela pensar que aquí es poco probable que nos encarcelen por escribir lo que pensamos y que podemos hablar de todo abiertamente. Espero no estar pecando de iluso. 

Publicado en el diario HOY el 16 de octubre de 2019. 

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02 octubre, 2019

Notre-Dame y el Amazonas



Llevo desde hace dos días intentando averiguar si ese vídeo de Telemadrid, en el que el alcalde Almeida afirma que preferiría donar dinero para reconstruir una catedral gótica antes que el mayor bosque del planeta, es una manipulación burda o no lo es. Cuando me lo contaron el lunes no di crédito y pensé que era una más de esas bromas que se hacen recortando fragmentos de audio y montándolos de manera magistral.



Ayer ya me convencieron de que era real, que no había truco alguno y que el alcalde de Madrid había hecho una elección ante esas tesituras a la que te someten los más pequeños, que bien te ponen en la disyuntiva del susto o muerte, o bien te obligan a decantarte entre un pokémon o un power ranger.



Fue Almeida pero podría haber sido cualquier otro, así que no merece la pena hacer leña del árbol caído porque sus palabras le van a perseguir durante un tiempo y es muy probable que se arrepienta de sus afirmaciones en cuanto tenga cinco minutos de tiempo para reflexionar con un poco de profundidad.



No sé si en la próxima reforma educativa se modificará el curriculum de primaria y se incluirá entre las competencias básicas la de saber distinguir entre lo importante y lo imprescindible, unos términos que se parecen porque comienzan por el mismo trío de letras y poco más. La lista de lo importante se puede hacer todo lo larga que se quiera y ahí estaría el patrimonio histórico-artístico, que no siempre ha tenido la consideración que merece. Basta recordar, a modo de ejemplo, que la ciudad en la que habito rompió hace unos años un recinto amurallado y completo de varios siglos de antigüedad para levantar vulgares avenidas. Cuidar, respetar y mantener el legado de nuestros antepasados es una obligación ciudadana y de las instituciones, una tarea que comienza por el conocimiento, porque aquello que se ignora jamás puede ser valorado en su justa medida.



De todo el episodio de Almeida no sé si me preocupa más su elección espontánea o la explicación posterior a las criaturas. Podría haber argumentado que preferí recuperar una obra humana de difícil restitución antes que una floresta que, quizá, la naturaleza haga rebrotar. Sin embargo cometió el error de identificar una catedral gótica medieval como símbolo Europa, como si la Sinagoga de Praga o la Alhambra no fueran también símbolos de este continente, y lo remató con un eurocentrismo de libro, como si fuéramos la estirpe suprema de la humanidad.



Lo que sí nos llena de esperanza es que en este país haya niños de menos de 10 años capaces de poner en ridículo a un alcalde, advirtiéndole de lo imprescindible de la selva amazónica para la preservación del género humano. Les faltó pedagogía a los chavales: si le hubieran dado a elegir entre la medalla de oro heredada de su abuela o un pulmón, habría tenido clara la respuesta y habría distinguido lo importante de lo imprescindible. O tal vez no. 


Publicado en el diario HOY el 2 de octubre de 2019



18 septiembre, 2019

Hablar del tiempo



Resultado de imagen de como está el tiempoHace mucho tiempo, cuando daba clases, les conté a mis alumnos que en los ascensores de Estados Unidos todo el mundo se gira mirando hacia la puerta, evitando que las miradas directas puedan propiciar una conversación. Aquí, en cambio, tendemos a poner nuestras espaldas pegadas a la pared, dejando un pequeño hueco en el centro y recurriendo, en algún caso, a un único tema de conversación.

No les costó nada a mis estudiantes adivinar el asunto de ese intercambio fugaz de opiniones, aunque tardaron un poco más en adivinar la razón de que siempre sea el mismo. Sí, aquí hablamos del tiempo y lo hacemos porque es lo común, lo que nos afecta a todos sin excepción, salvo que vivamos recluidos en una cámara isotérmica.

En una de esas cámaras deben de vivir quienes siguen negando el cambio climático, una patología que debería tratarse como la de los terraplanistas. Cada día que pasa sin que se empiecen a tomar medidas drásticas para detener (si es que todavía es posible) el cambio climático, es un día que perdemos en la tarea de dejar el planeta en el que vivimos un poco mejor que cuando llegamos a él.

En muchos lugares del mundo se celebra durante estos días la semana de la movilidad, aunque en Extremadura haya ciudades que se mantengan totalmente al margen de estas cosas, y en algunos empiezan a tomarse en serio lo de dejar los vehículos privados y comenzar a caminar, pedalear y usar el transporte público. La semana siguiente hay convocada una huelga mundial por el clima y mientras llegan estas fechas la realidad nos ha dado un zarpazo en forma de gota fría. Ya nos habían avisado que la virulencia de estos episodios será cada vez mayor y que las aguas volverán a buscar su cauce natural aunque hayamos urbanizado todo lo habido y por haber.

Si el tiempo nos afecta tanto a todo el mundo como para ser el comodín más fácil de cualquier conversación, nos debería hacer pensar que el cambio climático no se parará en frontera alguna cuando tenga que hacer de las suyas. Desgraciadamente, son muchos y muy poderosos los que esperarán a tener el agua al cuello para empezar a preocuparse, pero será demasiado tarde.

Muchas lenguas latinas tenemos una misma palabra para referirnos al tiempo atmosférico y al que cuentan los relojes, mientras que las germánicas usan raíces diferentes para cada concepto. Ayer tarde, mientras pasaban los minutos que nos acercarán a unas nuevas elecciones, me preguntaba si en los acuerdos de investidura o en los debates previos a ese 10 de noviembre escucharemos algo sobre el tiempo, sobre el que hemos perdido por desidia durante estos meses o sobre el que cambiará de tal manera, que los mares convertirán en cuevas submarinas todas las viviendas de primera línea de playa que construimos durante la última expansión inmobiliaria.

El 27 de septiembre deberíamos dar el primer paso contra el cambio climático y esperemos que sea un paso firme.


Publicado en el diario HOY el 18 de septiembre de 2019

04 septiembre, 2019

Jugando con los tiempos


Erich Scheurmann publicó a principios del siglo XX las supuestas explicaciones que el jefe de una tribu de Samoa dio a sus conciudadanos tras un viaje por Europa, de donde regresó aterrado por la presencia de un dios inventado que nos cambiaba la manera de ver las cosas y que se llamaba tiempo. Los papalagi, nombre que da a nuestros antepasados europeos, habíamos dividido el espacio entre la salida y el ocaso del sol, habíamos inventado aparatos para medirlo, los llevábamos en la muñeca o en el bolsillo, y estábamos obsesionados con la falta de tiempo.



Los escritos de Scheurmann son una delicia llena de humor que te hace reflexionar, especialmente en una semana en la que casi todo el mundo reabre sus agendas y empieza a poner plazos y fechas límite a casi todo, donde la amenaza de timbres o  campanas son una espada de Damocles sobre nuestras cabezas.



Quien anda con mucho apresuramiento, siempre tiene las de perder. Es una de esas frases que nos aconsejan las maestras de la paciencia, las que saben que en la cocina, en el arte, en la literatura o en lo más cotidiano las cosas se rigen por aquello del vísteme despacio que tengo prisa.



Cualquiera que haya vivido un proceso de negociaciones y acuerdos, sabe que jugar con los tiempos es la mejor de las bazas, que dilatar los procesos puede exasperar a quien está enfrente cuando no hay fechas límite. En cambio, cuando hay un día marcado en el calendario en el que se abre otro escenario, quien no aprovecha cada segundo de tiempo es porque ya está pensando en ese otro escenario.



Algo así parece estar ocurriendo con la formación de un nuevo gobierno, para el que quedan menos de 20 días. Se tardó en comenzar a hablar, se vetó al líder del posible socio, éste se quitó de en medio para que no pareciera un escollo y, finalmente, estamos asistiendo a una puesta en escena para que en la campaña del 10 de noviembre se pueda culpar al otro de no haber llegado a ningún acuerdo.



Si las elecciones se repiten, se habrá demostrado que no hemos aprendido nada. Habremos perdido mucho tiempo porque volveremos al 15 de febrero, al día que se convocaron las elecciones del pasado 28 de abril. Y todo por ser incapaces de cumplir con la Constitución y con el sentido común, por no saber imitar la manera de resolver estos enredos en otros países del entorno y desde hace décadas.



Cantaba Manolo García que nunca el tiempo es perdido, pero creo que no se aplica a este caso. De lo que apenas oigo hablar es del dinero perdido, de lo que nos costará repetir innecesariamente unos comicios cuya cifra total, no solo la que sale de los Presupuestos Generales del Estado, no se atreven a calcularla para que no nos escandalicemos. Ya han jugado con los tiempos (unos más que otros) y sería bueno que no jugaran más con nuestro dinero.

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21 agosto, 2019

Malvivir y morir bien


Casi todo el mundo sabe que con el adverbio mal y el verbo vivir podemos componer un una nueva palabra con un significado transparente. En cambio, poca gente sabe que bienvivir está en el diccionario más académico y que no se usa tanto como la anterior. Si juntáramos a un estadístico con una filóloga llegarían a la conclusión de que el primero de los verbos ha cuajado más que el segundo porque la cruda realidad nos ha llevado a un mundo en el que son mayoría los que malviven frente a los que bienviven.
El verano nos ha traído muchas reflexiones sobre la vida, sobre el valor de la misma en un lugar u otro, sobre lo que un ser humano es capaz de hacer para salvar la propia y,  desgraciadamente, sobre lo poco que le importa a personas desprovistas de humanidad que haya gente que muera pudiendo evitarlo con relativa facilidad.
Con el verbo morir, que muchos se niegan a pronunciar como si eso fuera un salvoconducto para no tener que conjugarlo jamás, ocurren cosas curiosas: mientras la expresión “de mala muerte” se puede aplicar a la habitación de un hotel desastroso o a las precarias condiciones de un trabajo, pocos habrán escuchado “de buena muerte”.
Y mientras andábamos entre tantas cavilaciones sobre oxímoron y paradojas, el pasado 13 de agosto leí en la sección de cartas a la directora de este periódico una columna entera y firmada por Ana Muñoz Tirado. Manejando las palabras con maestría, Ana nos volvía a sacar a la palestra una de esas situaciones que suscitan controversia cuando se ven en la distancia y con las ideas encorsetadas por las creencias, y que cambian a medida que la realidad te las acerca y te las hace protagonizar en primera o segunda persona.
La carta reclamaba el derecho a tener una muerte digna y a que exista una legislación y regulación que permita, a quien así lo desee y lo manifieste en pleno uso de su facultades, poner fin a la vida propia cuando ya no hay salida y solo quedan sufrimientos y padecimientos. La clase política ha sido incapaz de dar solución a un asunto que no puede estar legislado con renglones confesionalmente marcados. Es urgente cambiar las normas para que morir bien sea posible, sea legal, tenga todas las garantías y se respete la voluntad de cada persona.
Pero hay políticos y gentes que no quieren, que dicen anteponer la vida a todo lo demás, aunque todo depende del sujeto de esa vida y del complemento circunstancial de lugar de nacimiento. Porque los mismos que impiden la regulación de la muerte digna son, en muchísimas ocasiones, los mismos que están impidiendo salvar vidas en el Mediterráneo y que se niegan a llevarlas a un puerto seguro. Así es: no quieren salvar a quienes desean y pueden vivir, ni dejan descansar en paz a quienes solo ansían dejar de padecer y acortar la agonía. El mundo al revés.

Publicado en el diario HOY el 21 de agosto de 2019.

P.S.
Me impresionó la carta de Ana y más impresionado me quedé el día 14 cuando me enteré del fallecimiento de su madre, una profesora, compañera y persona ejemplar. Y prometí que escribiría sobre esto porque es muy triste tener que estar así todavía, sin marco normativo para que se respete el derecho a morir con dignidad, a morir bien, a que no nos den un final de mala muerte porque legalmente no queda más remedio. 

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07 agosto, 2019

El crimen de salvar vidas




Antes de que Hannah Arendt teorizara sobre la banalidad del mal, ya estaba muy claro que el mal existía, era tangible, mensurable y estaba muy bien documentado, tanto en realidades históricas como en ficciones literarias. No es una ensoñación ni una creación mental: el mal está presente y con desigual reparto por todos los lugares del mundo. Si está fuera del alcance de nuestra vista lo sobrellevamos un poco mejor. Incluso agradecemos que los medios no nos hablen de Guatemala o de Yemen, donde cada diez minutos muere un niño de hambre pero, eso sí, rodeado de países donde el lujo del petróleo se despliega en forma de oro por doquier.



El pasado fin de semana el mal se coló hasta el salón de nuestras casas y descubrimos que un joven era capaz de hacer 1000 km, desde Dallas hasta El Paso, para intentar frenar la invasión de personas que vienen del sur hablando castellano. Podemos culpar a la facilidad para la tenencia de armas o enterrarlo todo como si se tratara de un desequilibrado de esos que hay en todos los lados. Y es que a veces se necesita un tercer elemento, que unos verán como la simple chispa que prende el combustible que lanza la metralla, y que otros describimos como el alimento que fortalece lo monstruoso.



Una bestia llamada intolerancia está siendo amamantada desde los púlpitos, desde las emisoras de radio, desde las tertulias de televisión y desde columnas periodísticas.  Breivik en Noruega y Crusius en Texas se habían creído a pies juntillas que el mundo estaba en peligro porque su raza estaba siendo acorralada por pieles más oscuras. La responsabilidad penal es solo de quien aprieta los gatillos, pero la responsabilidad moral hay que hacerla extensiva a quienes difunden bulos y criminalizan a los diferentes.



Los 22 muertos de El Paso o los 77 de Noruega en 2011 no son nada comparado con otras muertes violentas evitables. Hace unos días murieron 150 personas en el Mediterráneo por culpa del bloqueo a los barcos de Open Arms, mientras que los que han propiciado dicho bloqueo, desde diferentes lugares de Europa, han desayunado plácidamente sin que el pulso les temblara un segundo al remover el café.



Ayer era noticia el nuevo decreto de Salvini. Dicen que habrá duras sanciones para quien se atreva a salvar vidas en peligro sin la autorización gubernamental. Me pregunto si ese permiso previo lo necesitará el bombero que se encarama al viaducto para evitar la caída de un suicida o solo se aplicará cuando la vida que se salve sea de alguien con piel oscura y ni un solo céntimo en los bolsillos.



Cerramos la segunda década del siglo, el de los mayores avances tecnológicos inimaginables, y los códigos penales están a punto de introducir en sus páginas el crimen de salvar vidas. Urge decirle a Trump y sus muchos emuladores que la maldad con la que pretenden gobernar el mundo no tiene nada de banal: parece infinita.

Publicado en el diario HOY el 7 de agosto de 2019 


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24 julio, 2019

Mañana veremos

A veces el resultado de una votación, del enésimo partido del siglo o del examen al que se ha dedicado esfuerzo no es lo más importante en la vida. Lo saben bien quienes han salido contentos de cualquiera de estas situaciones y no les ha servido ni para gobernar, ni para ganar la liga, ni para obtener la plaza deseada a pesar de una calificación muy buena.

No tengo la certeza de quién nos gobernará en los próximos años. La letanía de propuestas escuchadas puede ser interesante, a priori, en muchos aspectos. A nadie sensato se le escapa que este país necesita reformas para que el trabajo deje de ser tan precario, para que las pensiones sirvan para sobrevivir, para que los jóvenes se formen y encuentren empleos que les permitan emanciparse, para que se apoye a la economía social, para que se racionalicen los horarios, para que se afronte la transición ecológica, para que la revolución tecnológica no nos pille pensando analógicamente, para que se cuide la cultura y a quienes la crean, para que las mujeres dejen de ser discriminadas y asesinadas, para que la vivienda sea un derecho real y, en definitiva, para que la justicia social tenga tantos vigilantes, fiscales, jueces y abogados como tiene la justicia de las audiencias, supremos, togas y puñetas.

Ayer todos estos cambios ( y muchos más) se quedaron en el aire durante 48 horas por culpa de las malditas teorías de juegos. Cada vez es más preocupante la incapacidad de llegar a acuerdos constructivos entre los que están más cerca y que se opte por suplicar a los más lejanos una abstención caritativa. Ahora se culpa de todo al artículo 99 de la Constitución, quizá el menos urgente de todos los que requieren un cambio en la Carta Magna. Entre otras cosas porque tal vez no haya que cambiar el artículo por el nuevo panorama de fuerzas parlamentarias, sino que son estas las que tienen que actuar de una forma diferente, ya que no corren los tiempos en los que el que ganaba sin mayoría lo hacía con al menos 156 escaños y solo necesitaba una veintena para cimentar un gobierno sólido.

La foto de ayer, con Sánchez recogiendo un solo voto afirmativo en casi tres meses desde aquel lejano 28 de abril, es un retrato lleno de preocupaciones y donde no se puede culpar a todos los demás de la situación. En 24 horas no se soluciona lo que no se ha hecho en 86 días. Nos lo decían las profesoras del instituto cada vez que queríamos apurar repasando apuntes antes del examen. A lo mejor no es todo tan complicado y solo basta con olvidarse de movimientos de ajedrez y luchas de protagonismo para centrarse en cómo poner en práctica cada uno de los desafíos citados en el segundo párrafo de este artículo, sin hacer cábalas de gurú sobre el beneficio partidario de una repetición de elecciones. Como escribí aquí hace dos semanas, ese negocio nunca le ha salido bien a Redondo. Mañana veremos.

Publicado en el diario HOY el 24 de julio de 2019

13 julio, 2019

e agora

Hace tiempo que no escribo en este blog. Me refiero a escribir algo más allá de las columna en el diario HOY o mis colaboraciones en Politocracia. Pero una trágica noticia me ha recordado una imagen, una de las fotos que le pedimos para poder usar como recursos de Portugal y que sirvió para la portada de una Breve Historia de Portugal.

Tenía mil fotos mejores de Lisboa, pero es esta a la que tengo un aprecio especial. Y desde entonces, siempre que atravieso a Ponte 25 de Abril me acuerdo de esta foto, y de la pasión e interés que mostraba en las clases, y de las llamadas al trabajo para consultar cualquier cosa transfronteriza o de un poco más allá de A Raia.

Me acabo de enterar de que nos ha dejado una persona entrañable y de una bondad infinita, una sonrisa de luz detrás de cada click de su cámara.


Vou ter imensas saudades.
 

 La imagen puede contener: exterior

10 julio, 2019

Cogobernar



El 5 de junio de 2011 el partido de color naranja en Portugal, el PSD de Passos Coelho, ganó las elecciones con un 38 % de los votos y 108 escaños de un parlamento de 230. No tenía peligro de perder el gobierno porque las izquierdas no llegaban ni a 100 diputados y el tercer partido, el de color azul, era el conservador CDS-PP de Paulo Portas con 24 escaños y un 11% de votos.



El gobierno formado con esos resultados podría haber sido absolutamente monocolor pero no lo fue. Aunque la derecha portuguesa tenía un socio mayoritario con el 82 % de las acciones y uno minoritario del 18 %, el gobierno que se formó contó con 4 ministerios del CDS-PP de un total de 16 y con carteras como exteriores, economía, agricultura o empleo y seguridad social.



En Alemania los gobiernos formados por uno de los grandes partidos junto a otro de los pequeños han sido tan habituales, o más, que las últimas grandes coaliciones. Los liberales consiguieron que su líder, Hans-Dietrich Genscher, fuera vicecanciller y ministro de Exteriores desde 1974 a 1992, primero con los socialdemócratas Brandt y Schmidt y desde 1982, cuando abandonó al SPD y pasó a apoyar a la CDU de Helmut Kohl. También Alemania vivió otros gobiernos plurales entre SPD y Verdes desde 1998 a la llegada de Merkel en 2005.



He traído dos ejemplos de países europeos, grandes y pequeños, lejanos y cercanos, para mostrar que lo habitual en Europa ha sido construir gobiernos de más de un color, tanto en la derecha como en la izquierda, con el objeto de darles más consistencia y llenarlos de contenidos programáticos consensuados por cada uno de los integrantes y en función de la relación de fuerzas que les hubiera otorgado el apoyo popular. Por eso me pregunto cuándo fue que empezamos a complicar lo que era sencillo. No recuerdo en la noche de del 28 de abril que nadie hablara de las dificultades de Sánchez para conseguir ser investido, pues el único retraso que cabía esperar venía de las elecciones locales, regionales y europeas del 26 de mayo, que pospondrían cualquier tipo de pacto.



Han pasado 73 días y estamos como al principio. No sabemos si “con Rivera no” o si "al final sí". La consistencia de un gobierno se fabrica ahora con cooperación y se desechan las coaliciones. Ahora se cree que es mejor tener al aliado fuera del Consejo en lugar de implicarle y hacerle copartícipe y corresponsable de todas y cada una de las medidas, desde las más halagadoras a las que soliviantarán a los votantes ajenos e incluso a los propios. Todo parecía destinado a usar el prefijo co- cuando se quiere cogobernar, colaborar, cooperar, coparticipar y corresponsabilizarse. Pero también surge la tentación de librarse de ataduras y de intentar mandar a rienda suelta haciendo votar a la gente por cuarta vez en menos de cuatro años. Cuidado, que el negocio no siempre sale tan redondo como lo pintan los gurús.

Publicado en HOY el 10 de julio de 2019

P.S.
Pregunten a su alrededor cuantos gobiernos son monocolores y cuántos están formados por diferentes partidos. Pudiera parecer que lo segundo es algo extraño y poco habitual. El número de la 2ª columna indica el nº de partidos que lo forman. ¿Y si nos estuvieran haciendo pasar como normal lo que, en realidad, es atípico?