13 junio, 2018

Seres comunes



En este mundo siempre ha sido más fácil impartir justicia a granel que hacerlo de forma selectiva. Todo depende de si perteneces a la aristocracia de los Lores o eres uno más de esos seres comunes que andan por ahí. En eso no nos diferenciamos demasiado de los animales, cuyos tratamientos veterinarios se hacen de forma individual en el caso de valiosas reses y se sacrifica sin distinción a rebaños y piaras menores.



No quisiera entrar en la polémica surgida con motivo de la repetición de unos exámenes en Extremadura y que, como cabía esperar, se ha zanjado con un castigo colectivo a varios miles de inocentes por culpa de un descuido o negligencia del que se habrían podido ver favorecidas algunas personas.



¿Cree alguien que se habría actuado de la misma manera si no fuera porque las personas perjudicadas son jóvenes que apenas han cumplido los 18 años? Mucho me temo que no, que se ha optado por hacer tabula rasa y cortar con sierra mecánica lo que debería haber sido tratado con delicadas técnicas de mínima invasión.



Olvidarse de los seres comunes es lo más sencillo en cuanto se tiene algo de poder. Esos seres comunes de los que hablo pueden ser congéneres que huyen de la muerte en barcazas y que son tratadas como apestados, pero también lo son los neorurales condenados por dar vida a pueblos abandonados de Guadalajara porque no tienen cláusula legal que les ampare. Para eso fue más listo el potentado empresario que se aseguró un pingüe beneficio guardando gas bajo un castor mediterráneo: funcionara el invento o no, él nada perdía. Eso, sí que es jugar con ventaja.



Me temo que el desprecio a los que están más abajo está más extendido de lo que parece: grandes bancos reclaman seguridad jurídica para evitar nuevos impuestos que graven sus beneficios y lo hacen porque saben que pueden cambiar la ley con dos llamadas de teléfono, sin necesidad de bajar a la calle con pancarta, y porque, en el peor de los casos, tienen en su mano pasarle esa pelota a los clientes con menos recursos en forma de comisiones bancarias.



Una sociedad o un colectivo que se precie de valores morales es aquel que se preocupa por sus seres más débiles e indefensos. En los últimos días hemos podido ver gobiernos capaces de dejar morir a centenares de personas con argumentos xenófobos y a poblaciones civiles con agallas para superar esa miseria criminal que se esconde bajo el odio a todo extranjero pobre que huya de la muerte.



Nunca es tarde para ponerse del lado del bien común, para estar junto a esos seres comunes que jamás pisarán una alfombra, que tampoco serán recibidos en palacio y que difícilmente serán escuchados por quienes creen que el estrado institucional en el que están subidos es una garita (o un garito) del que hay que apartar a los que nada tienen. Poco tenemos que recuperar de los errores del pasado y mucho que hacer por el bien común.

Publicado en HOY el 13 de junio de 2018

*La imagen es de José Manuel Puebla y se publicó en ABC el 4 de septiembre de 2015
 

30 mayo, 2018

Salir de aquí



Nada de lo que va ocurrir esta semana era imprevisible. Sabíamos que tarde o temprano comenzarían a dictarse sentencias contra el Partido Popular en todos los casos en los que han estado implicados sus dirigentes, desde ministros hasta concejales de localidades pequeñas. Cada minuto que pasa con el PP al mando de todas las altas instituciones del Estado es un tiempo perdido para una necesaria regeneración de la democracia y una recuperación de las libertades civiles amordazadas.


No todos lo tienen claro y ni en el partido de Pedro Sánchez es unánime el aplauso a la moción presentada. El lunes escuché a un antiguo barón del PSOE que decía estar mucho más preocupado por el independentismo que por lo que habían malversado y robado los gobernantes populares. Sin entrar en comparaciones, a lo mejor el problema está en que no calibramos bien lo que nos ha supuesto esa corrupción que los expertos cifran en más de 90.000 millones de euros. Si uno lleva más de tres décadas en coche oficial y ganando el triple que el ciudadano medio, es probable que los latrocinios de la calle Génova de Madrid no los haya notado jamás en su ritmo de vida.



Pero si hacemos las cuentas de otra manera todo cambia: imaginen por un momento que a cada uno de los miembros de su familia un atracador les levantara 40 euros a punta de navaja el primer día de cada mes y durante todo un año. En enero les parecería una casualidad, en febrero algo intrigante, en marzo clamarían al cielo y en abril estarían pidiendo en la comisaría que detuvieran al ladrón de una vez. Al llegar a fin de año les habrían soplado casi 500 € y uno imagina que las calles estarían llenas de gente protestando por la ola de inseguridad y para que arrebataran al malhechor el arma blanca.



Esta es la estructura profunda de lo que se dilucida en los próximos días. Si somos capaces de apartar del poder a quienes se enriquecieron mediante el empobrecimiento de las arcas públicas y de los bolsillos de los más débiles, o nos ponemos a discutir si hay que desarmarlos desde la izquierda o ayudándonos de una toalla naranja o amarilla. 

Antes de que empiecen a caer otras sentencias, y con la certeza de que la moción de censura no saldrá adelante por culpa de los que anteponen intereses particulares, territoriales o electorales, uno se pregunta si es necesario sacar defectos a las salidas de emergencia en el momento de ser utilizadas. Cuando te acorralan las llamas en un rascacielos o el barco se va a pique en una noche de invierno, uno no puede pararse en detalles sobre a la robustez de la escalera de incendios o sobre si el bote salvavidas aguantará la embestida del temporal. Hay un momento en el que no hay otra opción que no sea escapar: salir de aquí, cuanto antes, que tiempo habrá para desandar pasos y singladuras.

Publicado en el diario HOY el 30 de mayo de 2018 

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16 mayo, 2018

Minutos de silencio


El pasado 18 de agosto, a las doce del mediodía, guardé un minuto de silencio en la puerta de mi lugar de trabajo. La tarde anterior habían muerto varias personas en las Ramblas y durante ese minuto de silencio estuve recordando las veces en las que habíamos sido convocados allí para mostrar la repulsa por unos crímenes masivos: por los 56 muertos de Londres en 2005, por los 130 de París en 2015, por los 35 del aeropuerto de Bruselas, por los 23 del concierto de Mánchester y por los 15 que habían muerto en Barcelona la tarde anterior. 


Al terminar me di cuenta de que estos actos simbólicos no se convocaban siempre y que tampoco dependía tanto del número de víctimas como de la cercanía de las mismas. También reparé en que el impacto y la consternación se hacían más visibles en los medios y más presentes en los actos de repulsa si nos podíamos ver reflejados en las víctimas. Así es: todos podríamos haber sido turistas frente al Big Ben, tener a un hijo adolescente en Bataclan o en Mánchester, a una compañera de trabajo en el aeropuerto de Zaventem o a un primo junto a Canaletas.



Quizá por eso nadie convocó ayer un acto de recuerdo frente a Ayuntamientos o en los lugares de trabajo, porque las 60 personas que ayer perdieron su vida en la franja de Gaza nos son tan lejanas como los habitantes de un barrio de Shanghái. E incluso los seis bebés palestinos se nos parecerán más al olvidado Eylan de aquella playa turca, que la niño australiano fotografiado sobre el suelo de las Ramblas.



Nos urge alcanzar un criterio común a la hora de calibrar el dolor, para que no parezca que nos importan más las vidas de los blancos, occidentales y de buen estatus económico, que las de los seres de tez más oscura y sin suelo en el que caerse muertos. Además de esto, nos hace falta valor para llamar de la misma manera a quienes causan el mismo terror: porque no puede ser que algunas matanzas sean, con toda lógica, tildadas como “actos terroristas”, mientras que a idénticas acciones se las denominen como “enérgicas respuestas armadas en defensa del Estado”.



No confundamos con antisemitismo lo que es una defensa de los Derechos Humanos y una crítica a la violencia de los gobiernos israelíes. De hecho, a muchos nos encanta la cultura hebrea y creemos que el mayor intelectual vivo es un judío estadounidense llamado Noam Chomsky. Pero, lamentablemente, el estado de Israel lleva mucho tiempo cometiendo graves crímenes y la propia ONU acusaba ayer tarde al gobierno de Netanyahu de ordenar “matanzas indiscriminadas”.  



Deseo que no vuelvan convocar minutos de silencio y que esto ocurra no solo por la desaparición de los ataques terroristas, sino porque el pueblo palestino tenga su lugar en el mundo y en el que vivir con paz y dignidad. Hasta entonces no quiero más silencios porque empiezan a parecerme cómplices.

Publicado en HOY el 16 de mayo de 2018 
La fotografía es de Mahmud Hams / AFP

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02 mayo, 2018

Texto y contexto


Las posibilidades que nos dan las nuevas tecnologías para estar en contacto mediante mensajes instantáneos son, a priori, un logro de la civilización. Cada grupo de mensajería tiene sus virtudes y sus miserias porque los hay de todos los colores: de familiares cercanos, de la familia ampliada, de grupos de amigos, de compañeras de trabajo, de la asociación cultural, de la pandilla de la adolescencia, de las madres del colegio del niño y hasta de los vecinos del portal. Son muy útiles para transmitir información rápidamente a los destinatarios deseados, pero son absolutamente nocivos si se quieren usar como foro de debate o para conversaciones en las que hay que dilucidar algo importante.



Y es que el texto no lo es todo. Aquellas palabras que nos van apareciendo en la pantalla de nuestros móviles carecen de elementos fundamentales de la comunicación humana. No sabemos si las frases nos las dicen con voz suave o a gritos e ignoramos si los signos de interrogación, en el caso de que se pongan, encierran preguntas sinceras, retóricas o sarcásticas. Tampoco podemos adivinar si hay ironía en las afirmaciones y desconocemos si quien nos interpela tiene una mirada tierna o asesina, porque el lenguaje corporal, que suele ser más sincero que el verbal, está ausente. Una parte importante de los enfados o malentendidos que se producen de unos años a esta parte proceden de interpretaciones erróneas de un texto que hemos leído en la pequeña pantalla de nuestros móviles y del que no tenemos contexto. Si no tenemos en cuenta lo que acompaña o rodea a las palabras textuales podemos encontrarnos con que el mensaje recibido sea muy diferente de lo que el emisor deseaba expresar.



Desde hace casi una semana hemos asistido colectivamente un curso presencial e intensivo sobre las palabras consentimiento, intimidación, estado de shock, abuso, agresión y prevalimiento. A los que no sabemos de leyes nos cuesta entender el retorcido lenguaje de los juristas para explicar cosas relativamente sencillas. Una de ellas es que no es necesario verbalizarlo todo para enviar un mensaje, porque muchas veces una mirada, un gesto o la simple presencia sirven para explicar, atemorizar y quebrar voluntades. Ya sé que entramos en el terreno de lo subjetivo y que quienes tienen que impartir justicia necesitan documentos firmados y constancia de frases pronunciadas, que no les valen los silencios porque el refranero dice que callar otorga y a partir de ahí todo es posible.



No. Las personas normales no necesitan que les digan que no pueden hacer determinadas cosas. Basta con un poco de sentido común para entender los contextos que provocan que el pánico inmovilice cualquier reacción de autodefensa. Habrá que afinar mucho más en los textos de las leyes para que ningún magistrado pueda salir por peteneras, pero a la gente sensata no nos hacen falta 639 artículos para distinguir un abuso de una agresión: nos basta conocer los hechos probados y el contexto en el que se produjeron.

Publicado en el diario HOY el 2 de mayo de 2018 

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18 abril, 2018

Oriente Medio



Me aficioné a estar al tanto de las noticias demasiado pronto. En 1973, con apenas siete años y recién llegado a la ciudad donde vivo, la televisión no paraba de hablar de un conflicto bélico en Oriente Medio en el que estaban implicados Israel, Egipto y Siria. Era tal el miedo con el que se pronunciaba la palabra guerra, quizá porque aún permanecía en la memoria reciente de nuestros mayores, que el temor se contagiaba fácilmente entre quienes no levantábamos dos palmos del suelo.

Han pasado 45 años de todo aquello y escuchar Oriente Medio nos sigue trayendo a la mente, de forma instantánea, una asociación de ideas con bombardeos, matanzas, explosiones, deportaciones, refugiados, ataques, dictaduras, bloqueos, muros, terrorismos, torturas, humillaciones y todo tipo de violencias. A quienes tenemos cierta edad nos siguen sonando los nombres propios de la guerra del Yom Kipur, de los acuerdos de Camp David, del Nobel de la Paz a Anuar el-Sadat y Menahem Begin, de las matanzas de Sabra y Chatila, de los Altos del Golán, de las dos guerras del golfo, de los atentados en Israel, de la Intifada, del incidente de  Ariel Sharon en la explanada de las mezquitas o de las matanzas continuas, bombardeos y asedios hacia la población Palestina.

Poco o nada se consiguió en aquella conferencia de Madrid de 1991: el magnicidio de Isaac Rabin y la desaparición de Arafat acabaron por volver a truncar un proceso que apenas había dado sus primeros pasos. Cambian los actores protagonistas pero el problema sigue siendo el mismo. Ya no es Irak, ahora es Siria, ya no hay Saddam Hussein y ahora es el hijo de Háfez al-Ásad. La posible utilización de armas químicas ha desatado el ataque de Trump, May y Macron, saltándose la legalidad internacional de las Naciones Unidas y sin esperar verificaciones de ningún tipo. A quienes hemos seguido lo ocurrido en Siria nos escandalizan muchas cosas y la primera es la falta de respeto a los Derechos Humanos de todos los gobernantes de la zona, sin excepción. Tampoco se acaba de comprender la apresurada reacción de EE.UU. Gran Bretaña y Francia ante unas imágenes de víctimas de armas químicas, mientras que las del niño Aylan en una playa turca apenas les hizo inmutarse. Todo lo contrario: vallas más altas, apresamiento de los buques que rescatan a quienes buscan refugio huyendo de la muerte y lanzamiento de 100 misiles para que parezca que se hace algo. 

Hay quienes creen que cualquier líquido ayuda a apagar un incendio, sin pararse a pensar si es agua o gasolina. Lo último que necesitamos en este momento es solventar con hachazos lo que requiere de una sofisticada microcirugía. Con Putin y Trump al mando, con tanta testosterona y tan poca materia gris, podemos esperarnos lo peor. Seguiremos oyendo hablar de Oriente Medio, pero ni los refugiados, ni las víctimas del gobierno sirio, ni las niñas palestinas encarceladas verán mejorar sus maltrechas vidas. A veces, uno preferiría no estar al tanto de noticias como estas.

Publicado en el diario HOY el 18 de abril de 2018.

04 abril, 2018

Hagan juego



Al principio de la crisis, cuando en todas las ciudades comenzaban a cerrarse negocios y no había calle sin media docena de locales vacíos, reparé en que solo se abrían tres tipos de negocios: los que compraban oro, los que quitaban pelos y los que te esculpían las uñas para dejarlas como una acuarela japonesa. Ha pasado ya un tiempo y no sé si esos negocios siguen en la cresta de la ola o han sido sustituidos por otros, pero un domingo por la tarde me di cuenta de que toda la publicidad que me rodeaba era de apuestas. Al poco tiempo me sorprendió una conversación en el tren que me dejó perplejo: unos jóvenes, que no tenían ni 20 años, se pasaron una hora hablando sobre lo que habían ganado y perdido en el arte de jugar. Uno de ellos contó que estuvo a punto de llevarse miles de euros en una complicada apuesta múltiple y que falló por el resultado del Bristol frente al Norwich, que ya hay que tener vicio y ganas para seguir al dedillo los resultados de la segunda división inglesa.

Lo anecdótico se tornó en tragedia cuando un programa de radio me puso en la pista del nuevo perfil de ludópata al que tienen que atender los especialistas, y que ya no es el señor de las tragaperras del bar de la esquina, ni la señora que se sienta en un bingo desde las cuatro hasta la medianoche. Hoy los ludópatas no salen de casa o, como mucho, se acercan a esos locales de apuestas que están proliferando en los barrios más humildes.

Algunos tenemos dudas sobre si la mejor manera de acabar con el desempleo y con la falta de tejido productivo sea jugárselo todo a cartas que te prometen una recompensa rápida y golosa. Me cuesta creer que alguien vaya a invertir 1.000 millones, a crear 2.000 puestosde trabajo y construir 3.000 plazas hoteleras en un territorio que está lejos de los grandes núcleos de población, con un aeropuerto de dos vuelos diarios y sin un kilómetro de tren electrificado. Me pregunto de dónde van a salir los clientes de esos parques de ocio familiares y qué les haría preferir nuestra región. También creo hay un par de precedentes, el de Eurovegas en Madrid y el de Gran Scala en Aragón, que deberían servir para intensificar la prudencia antes de volcarse en fabricar leyes a la medida del primero que pase por aquí.

A algunos puede parecernos más sensato creer en la economía verde circular, apoyar sin remilgos a quienes investigan en estos campos y calcular de manera innovadora e inteligente cuál es el modelo productivo que más le conviene a nuestra tierra en un mundo como el que se avecina. Si la gran apuesta es conseguir una gran inversión que rebaje de golpe las cifras de desempleo, me temo que estamos ante una jugada muy arriesgada. Habrá que pensársela muy bien y no dejarse tentar por lo de “hagan juego, señores”.

Publicado en el diario HOY el 4 de abril de 2018. 



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21 marzo, 2018

Los límites de la segregación

Desde que conocí la historia de Rosa Parks me pregunto por qué esta mujer no tiene una avenida que la recuerde en cada rincón del planeta. Rosa fue aquella mujer negra que en 1955 decidió no levantarse de un asiento del autobús que estaba reservado a personas de piel blanca. Hoy lo cuentas y parece irreal que hubiera mentes tan enfermas como para pensar que los seres humanos no debían compartir determinados espacios con otros en función de ser de una u otra raza.

Todo hace indicar que en los próximos días la palabra segregación volverá a estar por todos los lados si, como indican muchas fuentes, el Tribunal Constitucional acaba por bendecir la Ley Wert en lo que respecta a la legalidad de discriminar en las escuelas sostenidas con fondos públicos. He releído la acepción del verbo discriminar y creo que para este caso son válidas las dos acepciones, tanto la que se ciñe al mero el hecho de “seleccionar excluyendo”, como la que habla de “dar trato desigual a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, de sexo, etc”.

Parece como si volviéramos hacia atrás. No hace ni 40 años que en Badajoz, por poner un ejemplo concreto, se construyeron en los dos barrios más populares unos institutos de enseñanza media a los que apellidaron como mixtos. En ellos iban a compartir pupitre las chicas y los chicos, y aún se tardó un par de años en que esa novedad llegara a los sacrosantos institutos del centro de la ciudad. Cuando les cuentas estas historias a adolescentes de hoy en día no acaban de creérselo del todo, piensan que estás haciendo humor absurdo y con poca gracia. Pero al mismo tiempo que asumíamos con normalidad la coeducación de niñas y niños, ha habido poderes fácticos del catolicismo más conservador que han movido sus hilos para que las leyes permitan que les paguemos sus escuelas segregadas. Quienes defienden la bondad de la segregación por sexos se escudan en la mejora del rendimiento académico que lleva implícito, ignorando que la educación es mucho más que conocimiento y que en las escuelas se aprende también a vivir, a convivir, a compartir y a muchas otras cosas. En agosto de 2014 Beatriz Muñoz González publicó en estas mismas páginas un magnífico artículo titulado “Escuelas segregadas”, en el que echaba por tierra los argumentos segregacionistas y que es de obligada relectura en días como el de hoy.

Pero ahora lo que más me preocupa es cuál será la próxima segregación. ¿Podrá un colegio sostenido con fondos públicos rechazar a gitanos, a inmigrantes, a niños con síndrome de Down o a los hijos de madres pobres que no pueden pagar las “voluntarias” cuotas de actividades extraescolares? ¿Acaso se está haciendo ya y no nos hemos enterado? Si el poder de grupos religiosos infiltrados en las más altas instancias acaba por no poner límites a la segregación, pronto necesitaremos heroicidades como las de Rosa Parks.

Publicado en el diario HOY el 21 de marzo de 2018

07 marzo, 2018

Compañeras

Todavía hay mucha gente, más de la que cabría esperar, que no sabe por qué se celebra el 8 de marzo. Cuando les cuentas que hace 110 años un patrón prendió fuego a la fábrica en la que estaban encerradas 146 trabajadoras reclamando mejoras salariales, se quedan con un gesto de asombro y perplejidad. Mañana, esas mujeres que conforman la mitad del mundo, las que han estado oprimidas por la fuerza bruta durante siglos, han decidido organizarse, decir que ya basta, mostrar su valía y lo imprescindibles que son para que nuestras sociedades sean humanas en el más amplio sentido del término. 

Quienes intentaron desprestigiar la palabra feminismo lo hicieron muy bien para sus intereses. Lograron hacer creer, incluso a muchas mujeres, que era lo contrario que el machismo y que el objetivo del movimiento era el de subyugar al varón, quizá como venganza por lo que habían padecido durante todos los siglos en los que la fuerza daba más poder que cualquier atisbo de inteligencia. Nada de eso está sobre la mesa sino algo más simple: conseguir que todos los seres humanos tengan los mismos derechos, tanto en la letra de lo que dicen las leyes como en la realidad que se aplica en la calle. 

¿Hay razones para organizar esta protesta global? Mucho me temo que sí. No hay dato estadístico que no corrobore científicamente la discriminación que sufren las mujeres en todo el planeta: víctimas de acoso y violencia de género, brechas salariales, exclusiones a la hora de acceder al mercado de trabajo y una retahíla que podría ocupar varias páginas. Solo en un puñado de países se ha conseguido aliviar el dolor de la más transversal y profunda herida que nos hemos dejado en la evolución del género humano. Acabó el siglo XX y pensábamos que no había vuelta de hoja en la historia, que jamás volveríamos a discriminar por razón de raza, color de piel, religión, ideas o condición social. Y nos dejamos la más importante, la más repetida en cada rincón del planeta, en cada casa y en cada familia.

Mañana, compañeras, es un día para hacer historia, un día para poder contarlo a vuestras hijas, sobrinas o nietas, un día que podréis recordar con orgullo porque marcará un antes y un después en las luchas feministas de todos los países. El machismo ya no va a poder esconderse y habrá que decantarse por la igualdad o por dejar que las cosas sigan como están. Y, mientras tanto, los varones tenemos mucho que hacer para que esta lucha llegue a buen puerto: animar a las compañeras a sumarse, compartir una causa que también es nuestra y dejar que sean las protagonistas de su gran salto adelante. Ya han demostrado que son capaces. ¿Es esta una huelga ideológica? Pues sí, como todo en la vida. Y no secundarla ante lo que ocurre en este mundo también es una postura muy ideológica: la más antigua e insolidaria de de todos los tiempos, por cierto. 
Publicado en el diario HOY el 7 de marzo de 2018


21 febrero, 2018

Don de lenguas


Un día dejé de creer en los espíritus y me aficioné de manera obsesiva por las palabras, ya que era la única manera de alcanzar algo parecido al don de lenguas que repartía en exclusiva el espíritu santo. Probablemente fue mi profesora de latín del instituto la que me inculcó esta manía de querer conocer la etimología de cada término y de averiguar cómo se llaman las cosas en otros lugares del mundo. De repente, parece como si esa enfermedad crónica que padezco se hubiera convertido en epidemia y hay especialistas en el lenguaje por doquier, todo el mundo inventa palabras, todo el mundo critica las palabras inventadas por otros y nadie se calla cuando se habla de métodos para enseñar lenguas maternas o idiomas extranjeros.

Reconozco que fui un purista del lenguaje. Me molestaba que se inventaran presidenta o concejala porque no veía que residente o vocal necesitaran una “a” al final para referirse a una mujer. También fui muy partidario de la economía del lenguaje y sé que la palabra portavoz no necesita más fonemas añadidos para referirse a una mujer que habla en nombre de un grupo. Pero cambié de manera de pensar y no lo hice tras leer tratados de lingüística, sino con una anécdota vivida en primera persona y protagonizada por mi hija Nerea cuando no había cumplido ni tres años. Estaba bebiéndose un refresco de cola con cafeína y le dije que los niños no podían tomar eso. Ella me miró, dio otro trago y contestó: “pero las niñas sí pueden”. Me di cuenta entonces de que una niña que estaba empezando a hablar había aprendido a diferenciar el masculino y el femenino, al tiempo que aprovechaba mi masculino no inclusivo para salirse con la suya y no darse por aludida.

La realidad es que hemos heredado una lengua que a veces excluye a la mitad de la población y que las mujeres acaban teniendo que asimilar que nos referimos a ellas aunque no las nombremos. Imagino que nuestra lengua continuará degenerando (no olvidemos que es el resultado de la degradación de un latín llamado vulgar) y que acabará siendo más inclusiva.

Mientras tanto, la inmersión lingüística ha invadido los telediarios y todo el mundo opina sobre modelos educativos, lenguas vehiculares, trilingüismo o secciones bilingües. Bienvenido sea el debate si se hace con el rigor debido, pero me temo que es un mero campo de batalla en el que sacar tajada y meter el dedo en el ojo al de enfrente. Como el espíritu santo no va a repartir el don de lenguas, bueno será que intentemos aprender unas cuantas. Hay quien cree que Babel fue una maldición y otros pensamos que la diversidad de formas de comunicación del género humano deberían protegerse con el mismo esmero que lo hacemos con los linces o las pinturas rupestres. Así que no teman por la discriminación del castellano en Cataluña, que es como pensar que el inglés está en peligro en Puerto Rico.

Publicado en el diario HOY el 21 de febrero de 2018.