29 julio, 2020

La profe de latín


Hay muchas palabras largas que las hemos acortado a la mitad. La televisión acabó siendo la tele, del hipermercado se nos ha caído el sustantivo y el insti está lleno de profes. De ellos se habla mucho ahora y de la manera que tendrán que afrontar la vuelta al cole en septiembre, buscando la cuadratura de un círculo consistente en aumentar las distancias en las mismas aulas en las que se apiñaban infantes y adolescentes.

El recogimiento casero nos ha permitido a muchos ser testigos directos del esfuerzo del profesorado por sacar adelante el curso y también, que todo hay que decirlo para no caer en el maldito corporativismo, la poca dedicación de unos cuantos. Se atribuye a Max Aub la frase de que uno es de allí de donde hace el Bachillerato y no sé si estaba en lo cierto, tal vez me inclino a pensar que son las personas, y no los espacios, los que acaban por ser más influyentes e incluso determinantes.

Todos tenemos un maestro al que admiramos y en mi caso estoy siempre nombrando a la profe de latín. Se llamaba Isabel y también le tenían acortado el apellido tetrasílabo, de manera que coincidía con el adverbio que los romanos usaban para decir bien. No dejaba indiferente a nadie y eran muchas las compañeras que sentían cierto temor al nivel de exigencia y exactitud que nos demandaba. Nos obligaba a razonar todo, nos encadenaba preguntas para hacernos descubrir nuestros errores, nos impedía utilizar muletillas o palabras imprecisas y nos desveló una cultura milenaria que sentimos cada vez que leemos o admiramos cualquier obra de arte en buena parte del mundo.

Se ha vuelto a hablar una vez más de la desaparición de las lenguas clásicas de nuestros institutos. Ni es la primera vez que ocurre, ni será la última: llevamos toda la vida dejando que se desperdicie la masa madre de nuestras culturas y civilizaciones, apostando por saberes con los que hacer caja lo más rápidamente posible. Pero creo que hay esperanza: un periódico gallego titulaba que la chica con la máxima puntuación en la EBAU había elegido una carrera humanística para la que solo necesitaba un cinco. Esto significa que hay gente que, teniendo capacidad para cualquier cosa, de ha decantado por profundizar en lo que han creado los seres humanos, aunque sea a costa de tener que luchar mucho para obtener empleos que no siempre estarán bien remunerados, pero en los que se puede ser muy feliz.

Este verano he podido hablar con algunas de las que tuvimos a Isabel como profe de latín. El año que viene habría cumplido cien años y, aunque sus catedráticos de instituto coetáneos (y varones) ya tienen una calle que les honra en la ciudad, ella todavía la espera. Nos hizo amar nuestro idioma enseñándonos la lengua madre. A veces nos escenificaba lo que había tenido que oír mil veces, que “el latín no vale para nada”. Nos preguntaba si se podía vivir sin madre y le contestábamos que sí, que no era imposible. Entonces replicaba: ¿puede alguien decir que una madre no vale para nada? Y entonces callábamos, se giraba y ya no había más preguntas.

Publicado en el diario HOY el 29 de julio de 2020 



P.S. Doña Isabel Benedicto Ceinos celebraba el día del libro rifando un ejemplar en  cada grupo a los que daba clase. En 3º de BUP pidió una mano inocente para sacar el nombre de la bolsa y me presté voluntario. Fue la casualidad que saliera mi propio nombre y ahí tengo la Antología de los Poetas del 27.  

Un año despúes, en COU, volvió a pedir una mano inocente para el sorteo pero dijo "no sé si la de Javier es una mano inocente". Buscó otra voluntaria y recuerdo que fue Mª José Ayuso la encargada de sacar el papelito. Y sí, volvió a salir mi nombre. La Metamorfosis de Ovidio en aquellas ediciones verdes de Bruguera.
 



15 julio, 2020

Baño de realidad

El trabajo de traducir de una lengua a otra es una tarea apasionante y complicada, especialmente al tratar de encontrar en tu propia lengua aquella expresión concreta que cada idioma ha solventado de formas dispares. Cuando algo te hace reconocer la verdad sobre una situación, en los países anglófonos utilizan reality check, un concepto que en español hemos resuelto con algo tan refrescante y estival como un baño de realidad.



En este verano de piscinas cerradas los baños de realidad se están volviendo de realeza, que no es lo mismo. La literatura universal nos dejó un cuento para explicarnos lo que ocurre cuando todas las voces nos invitan a creer que unos hilos invisibles han tejido el más asombroso traje para el emperador: nadie se atreve decir que no se ve, salvo quienes no creen en supercherías y afirman sin miedo que el monarca va desnudo.



Y una versión de aquel cuento se nos está cumpliendo. Ahora todos dicen que sabían que el anterior jefe del estado llevaba una vida muy alejada de la formalidad que decía representar. Tras la famosa entrevista de Selina Scott en el año 1992, se abrió una rendija por la que salían secretos de alcoba que ya no podían callarse porque eran archiconocidos. Pero los defensores del juancarlismo habían apuntalado previamente su gloria de muñidor de la transición y de su heroica intervención de madrugada en febrero del 81, episodios plagados de lagunas tan oscuras como las que hay en Soria junto a los Picos de Urbión.



Cuando el cargo público más importante de un estado se va pasando de padres a hijos dentro de una misma familia, con mucha endogamia y durante muchos siglos, se corre el peligro de que el siguiente que te toque en suerte vaya empeorando las fechorías de los últimos Alfonsos, de la funesta Isabel II o del felón Fernando VII.  A algunos todavía les convencía el glamour del papel cuché y las coronas doradas para justificar una institución que no atiende a los estrictos principios de igualdad consagrados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero ahora también ellos están recibiendo un baño de realidad, un reality check con doble sentido porque parece ser que los cheques que el emérito recibía y ocultaba al fisco tienen toda la pinta de ser, también, doblemente reales.



Si algún día los historiadores de aquí tienen acceso a los archivos oficiales con la misma facilidad que en otros países, tal vez podamos descubrir si las figuras históricas de finales del siglo XX fueron unos héroes frente al golpismo o unos medias tintas, si fueron unos patriotas que conseguían contratos para grandes empresas españolas o unos pillastres que se llevaban dudosas comisiones millonarias a Suiza y otros paraísos fiscales. 



Pero lo peor de toda esta historia es descubrir que quien te daba un discurso navideño pidiendo ejemplaridad, estaba sacando reintegros de seis cifras de origen espurio para gastos familiares. Y ahora, ¿cómo penalizamos al que defrauda en el IVA o se retrasa en la cuota de autónomos, si el Estado no puede castigar a su jefe emérito por presuntos delitos muchísimo más graves, cuantiosos y sostenidos en el tiempo? 

Publicado en el diario HOY el 15 de julio de 2020 



01 julio, 2020

Forma parte de nuestra cultura



Cuando tuve que estudiar metodologías didácticas para la enseñanza de idiomas me quedé prendado con algunos artículos de una profesora de español de la escuela oficial de idiomas de Barcelona. Lourdes Miquel hablaba de lo importante que es el componente cultural en la clases de lengua, porque muchos de los contenidos necesarios para comprender lo que se dice es entender el contexto y un sinfín de elementos culturales y sociales que tenemos interiorizados. 



Da igual que tengas que aprender checo, swahili o portugués, será imprescindible conocer sus rituales, sus convenciones sociales y las costumbres de la vida diaria. Incluso los gestos que creemos más universales pueden conducirnos al error, porque en Bulgaria asienten o niegan con distintos movimientos de cabeza que nosotros.



Releyendo otras páginas relacionadas con este tema, me encontré con unas cuantas dedicadas al comportamiento proxémico, un palabro que refiere a un asunto que vuelve a estar de actualidad en estos tiempos en los que el espacio vital es un artículo de primera necesidad. Los japoneses ya estaban acostumbrados a saludar inclinando medio cuerpo y a cuatro metros de distancia, pero para los pueblos que se bañan en el Mediterráneo, donde era costumbre hablarse a un palmo de la cara y con muchos decibelios, la nueva normalidad y eso del distanciamiento va a costar un poco más de lo que se pensaba.



Establecer qué cultura o qué modo de vida es mejor o peor es un ejercicio que no va a ninguna parte. Lo importante no está en escudriñar si es preferible la hospitalidad de los árabes o el respeto al medio ambiente de los nórdicos o ese hablar silencioso que tienen los vecinos portugueses. Lo que nos enriquece es mantener los ojos abiertos y las orejas desplegadas para apreciar y deleitarnos con las diferencias de los demás, las de quienes regalan flores en número impar cuando pretenden enamorar o en número par cuando dan el pésame, las de quienes se dan dos besos en cada presentación o las de quienes se dan la mano y poco más.




Pero estos tiempos nuevos también nos deberían servir para desterrar algunos usos y costumbres que no habría que dejar pasar con el salvoconducto de que forman parte de nuestra cultura. Ayer me enviaba una amiga unas fotos de la ciudad en la que vivo con restos de comportamientos incívicos, por no hablar de las mascarillas que uno se va encontrando tiradas por las calles en cualquier paseo. Eso no forma parte ni de nuestra cultura ni de nuestra manera de ser sino que son un lastre que tenemos que soportar desde hace tiempo. Quien no cuida lo que es común y de todos con más cariño y esmero que si fuera propio, es porque carece del mínimo de civismo necesario.



No sé si el optimismo es también un componente más propio de unas culturas que de otras. Algunos tenemos la esperanza de que lo vivido y lo sufrido nos haga ser más cuidadosos con todo y con todos los que nos rodean Y me encantaría que lo asumiéramos de tal manera, que pasase a formar parte de nuestra cultura. No pido demasiado.

Publicado en HOY el 1 de julio de 2020 



17 junio, 2020

Tentaciones censoras y estatuas


Poco antes de que le dieran el premio Nobel, un importantísimo escritor visitó la vieja Facultad de Letras de Cáceres. Como no cabíamos en ningún aula ni salón de actos, el gallego contestó desde un balcón a las preguntas que le fueron formulando, ya que dijo que no iba a dar conferencia alguna. Tras la intervención de algún profesor que rompió el hielo, uno de los alumnos mayores se atrevió a plantearle si era grata la tarea de censor. Me quedé con las palabras textuales de la respuesta de Don Camilo: “demuestra usted tener muy mala leche con su pregunta pero muy poco talento”. El marqués salió del desfiladero argumentando que él únicamente se encargaba de estampar el nihil obstat a la revista del colegio de farmacéuticos y a la de huérfanos de ferroviarios, a las que jamás censuró nada. Allí se acabó la historia y Cela siguió varios días por Cáceres en una carroza y a cuerpo de rey.



Suelo acordarme del autor de La Colmena cada vez que salen a la palestra discusiones sobre la censura de libros, películas, cuadros o viñetas. Imagino que tuvo que ser difícil para los creadores de otras épocas esconder sus mensajes del censor, aunque también un estímulo imaginativo para burlar al funcionario con manguitos y lápiz rojo en la oreja. La semana pasada fue polémica la retirada de series y películas con contenido racista, machista o degradante hacia personas con discapacidad y considero que no se debe caer en la tentación censora. Lo que se escribió o filmó en otra época ya está hecho y se hizo con unos parámetros y unos valores diferentes de los actuales. Incluso creo que, antes que censurar, puede ser interesante volver a ver Lo que el viento se llevó para indignarnos con más fuerza por todo lo que ocurre en Estados Unidos y otros muchos lugares del mundo.



Otro asunto más delicado es el la glorificación de personajes históricos, que en muchas ocasiones están sobre un pedestal en plazas públicas o dan nombre a las avenidas por las que pasamos a diario. Ya no estamos hablando de obras que fueron creadas en otros tiempos sino de lugares que ensalzan hoy y rinden honores a tipos que fueron poderosos en un época y cuyo poder se basaba en la más absoluta falta de criterios éticos y morales. Recuerdo que la calle San Juan de Badajoz estaba dedicada a una división de soldados de color azul que ayudaban a Hitler, y que el carnicero de Badajoz, un tal Yagüe, era honrado en varias ciudades de la región en este mismísimo siglo XXI.



Hay quien se escandaliza cuando tiran al mar la estatua de bronce de un noble que se hizo millonario traficando con esclavos y reconozco que no soy dado a aplaudir ningún acto violento, que preferiría fundir el metal de tanto guerrero sangriento como cabalga en nuestras ciudades. Pero también he de decir que me ha hecho pensar una pregunta que leí ayer tarde. “Si alguien secuestrara a tu hija y la vendiera, ¿dónde te gustaría que pusiéramos la estatua de esa persona?” ¿Tienen ustedes respuesta? 
Publicado en el diario HOY el 17 de junio de 2020 


03 junio, 2020

El color de la piel


Nunca habías pasado tres meses escribiendo sobre el mismo asunto. Fue uno de los comentarios que me llegaron tras mi último artículo y que me hicieron reflexionar sobre lo fácil que es seguir la corriente y hablar de lo que nos marcan en la agenda. La prioridad informativa era única hasta que un vídeo nos ha mostrado a un ciudadano de Minneapolis muriendo con el cuello presionado por la rodilla de un agente de la autoridad.

Y es que, mientras tanto, en casi todo el mundo las cosas seguían más o menos de la misma manera. Y habrían continuado igual si las imágenes de George Floyd no se hubieran captado y difundido.  Habrían sido como otras muchas de las que ya no nos acordamos. De la muerte de Breonna Taylor el pasado 13 de febrero ni nos enteramos y del caso de Philando Castile sabemos un poco más porque en 2016 lo mató un policía de Minnesota porque no le funcionaba una de las tres luces de freno. A pesar de las evidencias del vídeo y los testigos, un jurado blanco absolvió al policía.

Parece que hubiera pasado mucho tiempo desde que Kobe Bryant se estrellara en California. El color de su piel no era obstáculo para ser admirado como el más grande después de Michael Jordan, cuya tez oscura tampoco le impidió ser considerado un héroe. El musulmán nos da miedo si nos vende baratijas por la calle y nos rendimos ante él cuando le abren la puerta de la limusina en Marbella. Consideramos normal, en cambio, que otro magrebí duerma en una nave si luego nos recoge los pimientos bajo el plástico de El Ejido por 950 euros.

No voy a aburrirles con datos sobre el más miserable de los pensamientos humanos, aquel que hace creer a unos que su cuna, su estirpe, su formación, las posesiones de sus antepasados, el credo que profesan o el tono de su epidermis les hace ser más que otros. Pero sí que quisiera alertarles de la proliferación de partidos e ideologías que resquebrajan consensos que creíamos perennes. En diciembre de 2013 el mundo lloró a Nelson Mandela y pensábamos que no había vuelta atrás, que no era posible volver a tener sociedades segregadas, en las que te fueran pidiendo el carnet para ver si tu origen te permitía sentarte en el autobús, tener derecho a un ingreso mínimo vital o bañarte en una piscina pública. Hoy empiezan a surgir dudas por doquier.

Ayer me acordé de Ruby Bridges, aquella niña negra de ojos expresivos que con seis años fue a un colegio no segregado de Nueva Orleans, escoltada por policías federales porque los de allí se negaban a hacerlo. El resto de padres blancos retiraron a sus hijos y solo una joven maestra quiso enseñarle. Hoy esta historia de discriminación racista nos parece increíble, aunque me pregunto si persiste con otros formatos. Arrasar supermercados, aquí o allí, no servirá para solucionar ese problema tan extendido del odio y del exceso de violencia policial, pero la equidistancia no valdrá en estos tiempos que vienen: o se es antirracista o se es lo peor de este mundo.

Publicado en el diario hoy el 3 de junio de 2020

 

20 mayo, 2020

Estimado Fernando


No me suena haberte visto en televisión en aquellos días del ébola, cuando una auxiliar de enfermería se contagió y sufrió un acoso mediático sin precedentes hasta entonces.  Tampoco recuerdo tu imagen de los días previos al estado de alarma,  quizá porque me había acostumbrado tanto a informarme en papel y por radio que a veces no pongo cara a los personajes de actualidad.

La segunda o tercera vez que te vi me llamó la atención que vistieras de manera sencilla e informal, aunque imagino que algunos la tildarían de inapropiada, y enseguida me di cuenta de tu procedencia por el acento y alguna palabra de la tierra que se te escapó.

Cuando llegó el confinamiento más severo tomé la costumbre de verte en la comparecencia diaria. Contigo nos enteramos de la importancia de achatar la curva y de que íbamos a pasar días muy complicados, también supimos que fuiste víctima de la enfermedad, te recuperaste y reapareciste en la escena como si tal cosa.

Lo que no consiguió el virus casi lo logra una almendra. La naturalidad con la que lo contaste ese día, y avisando al día siguiente que ya no habías ingerido ningún fruto seco, me llevó a fijarme más en tu manera de comunicar las cosas que en el contenido. Las cifras ya estaban bajando, todo hacía indicar que íbamos por buen camino y fue entonces cuando abriste los brazos, tras una pregunta que te pedía una explicación del descenso de muertos, y exclamaste aquello de que llevábamos ¡cinco semanas aislados!

Ahora que ya vamos saliendo a la calle, ahora que es posible que volvamos a la normalidad (aunque sea nueva) me he enterado de que hay gente a la que no le hace ninguna gracia ni tu estilo sencillo, ni tus explicaciones sin palabros para que las entendamos los legos en la materia. También sé que te llaman Don Simón y no es por forma de tratamiento ceremoniosa sino para compararte con un vino barato.

Reconozco que voy guardando algunos de tus vídeos por si algún día vuelvo a dar clases de lengua. No es porque tengas una sintaxis brillante o una voz de locutor, sino porque actúas con una naturalidad y una lógica que estaba deseando aplaudir. Llevaba décadas esperando que alguien me dijera desde un estrado público que no sabía la respuesta o que al día siguiente lo estudiaría y podría contestar.  Siempre pensé que la credibilidad docente se afianza más con un no sé, que con una perorata de Cantinflas y una salida por la tangente.

Pero me ganaste para siempre cuando un periodista te planteó que "mucha gente joven y sana se pregunta si no es mejor pasar la enfermedad e inmunizarse que estar esperando a que baje la curva”. Tu respuesta es para manual de ética: "El problema para una persona joven no es tanto pasar la enfermedad sino a quién puede transmitir. De todas formas, eso de que los problemas de los demás no son nuestros problemas no me parece la forma más solidaria ni más prudente de enfrentar esto". Me quito el sombrero, estimado Fernando, no puedo añadir nada más.

Publicado en el diario HOY el 20 de mayo de 2020.

06 mayo, 2020

Cuestiones de espacio


No había buscado la palabra espacio en el diccionario hasta ayer por la tarde, cuando decidí incluirla en el título de este artículo. Hasta catorce acepciones diferentes he encontrado y otras ocho combinaciones que nos llevan al espacio aéreo, al exterior, al vital o hasta a los espacios imaginarios, esos que son irreales y de fantasía.

Antes de que nos pasara todo esto, ya andábamos hablando del espacio, de las enormes dificultades que tenía la gente para quedarse a vivir en los pueblos de la España vaciada y del poder de absorción de las grandes ciudades para acabar tragándoselo todo, como si se tratara de los agujeros negros que hay a miles de años luz.

Llevaban décadas empujándonos para que nos fuéramos todos a vivir a megalópolis cada vez más extensas cuando descubrimos que, salvo algunos focos excepcionales, la enfermedad pandémica se ha cebado en las áreas de altísima densidad de población (Madrid, Cataluña, Lombardía, Bélgica, Nueva York) mientras que las islas remotas y valles recónditos se encuentran libres de todo peligro.

Ayer se preguntaba Antonio Tinoco en esta misma página si estábamos aprendiendo las lecciones de esta crisis y confieso que tengo algunas dudas. Me preocupa que las prisas por salir del túnel, ahora que ya se atisba la luz de la salida, acabe en una avalancha o un derrumbe. Los expertos en catástrofes suelen indicar que mantener la calma e ir despacio y ordenadamente es mil veces más seguro que intentar escapar a toda prisa.

Hoy se tendría que aprobar una prórroga del estado de alarma y el resultado de la votación puede ser un enigma hasta el último instante. El juego político es un barrizal en un momento en el que se deberían estar usando los mejores modales y todas las capacidades de consenso. En cualquier caso, el mayor desatino al que nos podemos enfrentar es al de intentar quitar los mandos al piloto de un avión en pleno aterrizaje de emergencia. Hay estrategias que debilitan al adversario político pero que se deben usar en su justa medida, porque pueden tener el efecto de un boomerang o acabar en un disparo en el propio pie.

La memoria es muy frágil y la memoria colectiva es una pieza de finísimo cristal. Por mucho que nos recalquen que la normalidad no será la de antes sino una diferente, en la que habrá que guardar las distancias y dejar muchos espacios vacíos, es muy posible que nos olvidemos y nos dejemos llevar por nuestras antiguas costumbres: no es complicado aprender algo novedoso sino desaprender lo que ya tenemos automatizado.

Desde que nos dejan pasear unas horas, he visto diferencia que existe entre los comportamientos de las primeras horas del día y los del final de la tarde, de los espacios holgados que se respetan al amanecer y del agobio que producen ciertas concentraciones humanas después de las ocho de la tarde. En los próximos años tendremos que repensar todos los espacios: los naturales, los urbanos, los rurales, los políticos, los sociales, los culturales, los educativos, los geriátricos, los sanitarios, los laborales, los comerciales y hasta los personales. Mientas tanto, usemos toda la calma y la sensatez que nos quede.

Publicado en el diario HOY el 6 de mayo de 2020

 

22 abril, 2020

Lo mejor y lo peor


Dicen que en las circunstancias extremas es cuando se ve de manera transparente cómo somos, que ante lo adverso se acaba sacando lo mejor de uno mismo. Nadie podía imaginar, cuando veíamos elevarse los cimientos de un hospital en Wuhan, que acabaríamos convirtiendo nuestros recintos feriales en hospitales de campaña. Mañana habremos cumplido una cuarentena literal y en este tiempo hemos admirado el esfuerzo del personal de la salud pública, de los transportistas, de taxistas que llevan gratis a enfermos, de tenderos de barrio que siguen abriendo para que no nos falte de nada, de empleadas de banca y de supermercados, de maestras que se desviven para que sus niños no pierdan el hilo del aprendizaje.



La lista de cosas negativas es muy dura: miles de personas que han fallecido, otras tantas que han estado a punto, los familiares que no han podido despedirse de sus seres queridos y un desbarajuste económico que en Occidente no vivíamos desde las guerras mundiales y la gripe de 1918. Imagino que la Historia contará estos días y analizará los errores cometidos por los gobernantes, por los que no conjugaron verbos como prever, prevenir o anticiparse, por los incívicos que no entienden lo que nos estamos jugando, por los descerebrados que niegan las evidencias científicas o por los que se dedican a apedrear desde los últimos asientos del autobús al conductor del vehículo en el que viajamos todos.



Dicen que la primera víctima de todas las guerras suele ser la verdad y a más de uno nos ha molestado tanta comparación entre la lucha contra la pandemia con un conflicto bélico. Si en la guerra europea de hace 100 años los bulos y la propaganda tardaban días en llegar, las mentiras en torno al covid-19 se propagan con la misma celeridad que el virus. Las mentiras nos hacen daño como sociedad, sin duda, pero la manera de evitar sus efectos no es a base de mordazas sino de formación y sentido crítico de la ciudadanía para destaparlas, y de información veraz y sin sesgos para rebatirlas. Por eso creo que los medios de comunicación serios deberían estar preocupados tanto por las veleidades censoras de algunos, como por las pésimas praxis de algunos medios que desinforman con premeditación y distribuyen falsedades impunemente.



Pero dejen que me quede con lo mejor, que me admire con las redes de voluntariado que se van creando en algunas ciudades, en el huerto urbano de Suerte de Saavedra que reparte verduras entre la gente que más lo necesita, en quienes ensanchan su capacidad de empatía, en quienes cuidan a nuestros mayores y quienes arriesgan su salud para que no nos falte a los demás. Me sobran los lutos oficiales, banderas a media asta y crespones negros que no alivian las penas.



Sí echo en falta que alguien vuelva a contar, en horario de máxima audiencia, aquella fábula de Esopo de un chico que se estaba ahogando y que pidió ayuda a un transeúnte. Mientras éste le recriminaba la temeridad e imprudencia de meterse en el río, el chaval le dijo aquello de sálvame ahora y luego ríñeme todo lo que quieras. Pero me temo que algunos no se darían por aludidos.

Publicado en el diario HOY el 22 de abril de 2020.

16 abril, 2020

La última de Ken Loach. Sorry we missed you



Acabo de ver la última película de Ken Loach. Dura, como la vida misma. Más dura que I, Daniel Blake, que la he recordado mucho estos días. No sé si Paul Liverty y Ken Loach son el Charles Dickens de estos tiempos o quizá debería encontrar otro paralelismo. Loach nos describió como nadie los dramas humanos que escondían las cifras del thatcherismo. 


Cada mañana en la radio, incluso en las más 'progres', me hablan de la cifras macroeconómicas frías y de cómo reaccionarán los mercados ante tal o cual medida. ¿Qué hemos hecho para dejar que esto ocurra? ¿En qué rueda de ratón enjaulado estamos corriendo como locos en busca de un premio inalcanzable? ¿Cuándo y dónde se nos cayó la conciencia de clase para que admiremos más al dueño de la multinacional de la ropa que a las chicas que cosen sus prendas en Bangladesh? ¿Qué tendrá que pasar para que nos demos cuenta de que esa mierda de caja de cartón con sonrisa enriquece sin medida a un tipo siniestro y desconocido, mientras mata de hambre a la vecina y al vecino que tiene los ojos tristes? 

Necesitamos a Ken Loach. Y para algo tan simple como descubrirnos lo que pasa a nuestro lado y no vemos (o no queremos ver).

08 abril, 2020

Tiempo, vida, gobierno

En el año 2015 leí que el Corpus de Referencia del Español Actual (CREA) había analizado 40.000 documentos de todos los países hispanohablantes. Los periódicos publicaron entonces la lista de las 500 palabras más usadas y que encabezaban todos esos pronombres, conjunciones, y preposiciones que están por todos los lados. Me detuve a buscar los tres primeros vocablos que fueran inequívocamente sustantivos y resultaron ser tiempo en el número 70, vida en el 76 y gobierno en el 86.



Quienes llevamos semanas confinados hemos aprendido que el tiempo se puede hacer eterno o volar, dependiendo de que sepas cómo rellenarlo y en qué ocuparlo. También nos vamos dando cuenta de que, como cantaba Pablo Milanés, la vida no vale nada en los momentos en que te cuentan que una enfermedad se está llevando a mucha gente que no son solo números sino que también tienen nombres, apellidos y familiares a los que conocemos.



Sí me llamó poderosamente la atención que la palabra gobierno estuviera en un lugar tan destacado. Ahora no sé si es el mejor momento para hablar del gobierno (o desgobierno) ante una situación que sobrepasa fronteras y que tiene que tener sus prioridades. Como cada vez que hay un incendio, siempre hay una investigación para saber dónde, cómo, qué o quiénes fueron los causantes, pero a nadie se le ocurre ponerse a indagar cuando las llamas están todavía asolándolo todo. En estos casos, como cuando a uno lo tienen que operar, solo cabe confiar en las profesionales que saben de la materia porque cualquier otra opción es perjudicial para todos.



No sé si el término más utilizado de este periodo histórico que estamos viviendo acabará siendo contacto y todas sus derivaciones. No estaba entre las 500 elegidas pero va ganando enteros en el día a día: tener buenos contactos, pasar el contacto de alguien o el habitual seguimos en contacto que sirve para cerrar las múltiples videoconferencias que hemos aprendido a hacer a la fuerza. No hay semana que no tengamos una con las compañeras con las que teletrabajamos a distancia, con los familiares cercanos y lejanos, con la gente de la oenegé y de la asociación cultural o hasta con la pandilla de la adolescencia de la época en la que se estudiaba BUP.



Tal vez haya un contacto que durante un tiempo tendremos que alejar de nuestras vidas: el propiciado por esa cercanía que en determinadas culturas había entre las personas. Los abrazos, los besos y los apretones de mano quizá sean sustituidos por reverencias distantes como las que veíamos en el cine japonés y que nos provocaban tanta gracia.



O puede que no. Puede que encontremos una vacuna, que nos vayamos de vacaciones a las casas rurales de nuestra tierra para ayudar a que sobrevivan, que volvamos a comprar en la tiendas de al lado en lugar de a un almacén amazónico y que nos acordemos siempre de valorar lo público como se merece. En aquella lista no aparecía la palabra miedo y la cerraba la palabra calidad. A eso habrá que dedicar el tiempo en el futuro, a mejorar la calidad del vida de todos los seres humanos, sin excepciones. Y sin miedo.

Publicado en el diario HOY un 8 de abril de 2020

25 marzo, 2020

Lo común, lo de todos los días

La música, la radio, la lectura, el cine y la inabarcable producción mundial de series van haciendo pasar los días confinados de una manera medio saludable para nuestras mentes. Desde que nos tocó encerrarnos en casa para intentar salvar nuestras vidas, las de nuestros mayores y las de todos los seres humanos del planeta, nos vienen a la cabeza versos sueltos que no sabemos quién escribió y estrofas de canciones que teníamos olvidadas.



Ayer, tras once días de confinamiento, se me anidó una canción de Silvio Rodríguez que habla de lo común, de lo de todos los días. Lo cotidiano se puede convertir en una pesada losa salvo que sepas sacarle jugo a los libros que pueblan los estantes, a esa serie danesa que te recomendaron, a ordenar las fotografías de los últimos tres años o a reciclar todo aquello que no volveremos a usar.



No sé si todo esto nos servirá para darnos cuenta de en qué consiste lo común. Creíamos que el mundo estaba bien organizado, sobre todo si teníamos una buena parcela que disfrutar, con cancela automática, vallado en todo el recinto, cámaras de control de intrusos y protección durante las 24 horas desde una de esas empresas de seguridad que llenan de publicidad las radios y que juegan con el miedo, la palabra abstracta más difícil de definir.



La parcela nos alejaba de la miseria, de lo que no queríamos ver, de los sufrimientos que siempre eran ajenos porque nos había tocado en suerte la cara A de la opulencia. Y un día nos llega por el aire un virus que no distingue, en principio, los pulmones de La Moraleja o de Usera, de Pedralbes o de La Mina, de Las Vaguadas o de Aldea Moret. Es entonces cuando nos damos cuenta de que lo común era importante y que aquí no valen cotos privados, zonas vips o clases preferentes para estar a salvo, aunque el confinamiento es bien diferente si tienes un empleo estable y que te permite teletrabajar, o si te toca cargar con incertidumbres laborales y económicas para añadir a las que ya tenemos.



Quizá estemos haciendo demasiados planes para cuando pase la tormenta, pero también es la mejor terapia para no caer en el pesimismo, en la ansiedad, en el insomnio o la depresión. No me cabe duda de que tendremos que repensar muchas cosas cuando salgamos de esta y que otros retos, como la eliminación de la pobreza o la preservación del planeta ante el cambio climático, los tendremos que universalizar sin excepciones, sin fronteras geográficas y sin clasismos excluyentes.



Así que nadie no nos va a quitar la ilusión de luchar por lo común, por lo de todos los días, por descalzarse en la puerta, por la mano amiga, por la sorpresa casi cotidiana del atardecer, por el mantel de la mesa, por el café de ayer, por los pequeños terribles encantos que tiene el hogar. No he sido nada original, todo este párrafo ya nos lo cantó Silvio hace 42 años.

Publicado en el diario HOY el 25 de marzo de 2020