14 noviembre, 2018

La montura y los cristales



Hace muchos años me contaron que había una oenegé que recogía gafas usadas para llevarlas a un poblado africano donde carecían de recursos para comprarlas. Las oftalmólogas y ópticos de la organización las clasificaban y las escondían bien para que los habitantes del poblado no les echaran un ojo antes de graduarles la vista, porque muchos se encaprichaban con una montura psicodélica y juraban ver de maravilla aunque hubiera cuatro dioptrías de diferencia.

He recordado esta anécdota la semana en la que el tren vuelve a ser protagonista en la región, con una manifestación convocada para el fin de semana y foros importantes ayer y hoy. Creo que en la última década habré escrito más sobre el ferrocarril que sobre ningún otro asunto, consecuencia de llevar 13 años haciendo 24.000 km anuales en tren dentro de la región, que si los hubiera administrado de otra forma me habrían permitido dar siete vueltas a la tierra y les podría estar contando historias más entretenidas.

Hay quien está preocupado por la falta de unidad a la hora de reivindicar el ferrocarril que la región necesita y otros tenemos una preocupación previa, la de aclararnos qué sistema de ferrocarril es el que necesitamos y el que nos conviene, o si nos ponemos en la cola a reclamar lo mismo que tienen los demás sin pararnos a pensar si eso es lo que nos urge, lo que nos sirve y lo que podremos mantener.

Como en la aldea africana, aquí hay algunos obcecados por tener la montura más cool y más fashion (disculpen los anglicismos) aunque los cristales nos hagan dar palos de ciego. El tren que necesita Extremadura tiene que ser fiable, seguro, electrificado, con doble vía, moderno, rápido sin necesidad de ser supersónico, asequible para la mayoría de la población, con capacidad de llegar a muchas comarcas de la región, que comunique hacia todos los puntos cardinales, y que no solo transporte a personas sino también los bienes que producimos y que tendremos que exportar.

Si no nos hemos puesto de acuerdo en qué necesitamos, corremos el peligro de salir a reclamar una montura llamada AVE que no podremos pagar y cuyos cristales no corrigen los defectos de visión que padecemos. Como decían las oftalmólogas de aquella ONG, los chicos y chicas de aquel poblado necesitaban urgentemente unas gafas como nosotros necesitamos un tren digno, pero convendría también desengañar a quien crea que ese tren digno solventará todos los problemas de desempleo, envejecimiento y abandono del medio rural que padecemos, porque ya hay aves de paso por muchas otras regiones en las que el efecto succión de las grandes ciudades no ha solucionado nada la movilidad o incluso la ha empeorado.

Siempre merece la pena pisar las calles nuevamente para pedir mejoras para la tierra en la que uno vive. Y las mejoras en nuestros trenes comenzarán con números en los presupuestos del 2019 y con ejecución efectiva de lo presupuestado, que esa es otra historia.

Publicado en HOY el 14 de noviembre de 2018.

31 octubre, 2018

Personas como Pepe Álvarez


Mientras en el mundo comienzan a manifestarse sin rubor los que dejarían morirse en el mar a quienes huyen de la muerte, y los que venderían armas a quienes las usarán para matar inocentes, se nos marchaba Pepe Álvarez. A muchas personas no les dirá nada ese nombre pero quienes en Badajoz tuvieron la oportunidad de conocerlo saben que era una persona de una humanidad incomparable, de un enorme sentido de la justicia y de un inquebrantable compromiso con los más débiles.

Algunos lo conocimos hace 25 años, cuando las tiendas de campaña se instalaron en el Paseo de la Castellana de Madrid y en otros lugares de España y de Extremadura. Se pedía algo tan revolucionario como que cada país del mundo desarrollado dedicara un 0’7 de su PIB al desarrollo de los países empobrecidos, aquellos que siguen llamando del tercer mundo. A veces me pregunto por qué casi ningún país llevó a cabo ese pequeño esfuerzo que nos habría evitado infinidad de problemas posteriores. Pero Pepe, además de mirar por los que están muy lejos,  era también una persona entregada a su colegio, al barrio humilde en el que estaba situado y a las familias más necesitadas del entorno.

Dos días después de la muerte de Pepe leí un tuit irónico que parecía haber sido escrito en pleno 1933: ¿a mí qué me importa el ascenso de Hitler si yo vivo en Polonia?  Releer esta pregunta con la perspectiva que da la Historia nos haría ver a quien pronunció esas palabras como a un incauto, alguien incapaz de ver lo inútiles que son las fronteras terrestres para impedir la propagación de virus, bacterias, epidemias, ideas malévolas o intenciones totalitarias. En cambio, esas palabras podrían tener toda lógica en un ciudadano de Varsovia que en 1933 vivía ajeno a lo que ocurría en la casa del vecino.

Desde el pasado domingo Trump tiene otro gran aliado en América. El norte y el sur del continente ya tienen a sus gobernantes más poderosos cortados con el mismo patrón, con la diferencia de que en Brasil los contrapoderes posibles están ya en manos de Bolsonaro y que muchas de las bravuconadas de Donald sí que serán puestas en práctica por Jair.

¿Todavía vemos muy lejos el horror del racismo, de la homofobia y de la aporofobia? ¿Aún pensamos como aquel polaco que veía imposible la invasión de 1939? Quizá deberíamos apresurarnos a buscar explicaciones a la ola de ideas intolerantes que ganan terreno en muchos sitios y, sobre todo, a buscar antídotos contra los que creen que la culpa de nuestra pobreza la tienen los paupérrimos que han venido de más lejos.

Instalar la bondad en el sistema operativo de los humanos puede ser una de las mejores opciones porque de maldad vamos sobrados. Algo tan sencillo como enseñar a todos, y desde muy pequeños, que somos iguales, que tenemos los mismos derechos y que hay pan para todos si lo repartimos bien. Eso sabía hacerlo muy bien Pepe.

Publicado en el diario HOY el 31 de octubre de 2018

17 octubre, 2018

Salarios mínimos



Cuando no había internet casi toda la información había que conseguirla leyendo en papel. En una de esas publicaciones leí por primera vez, a principios de los años 90 del siglo pasado, un artículo sobre un concepto que parecía del XIX: la reaparición en el llamado primer mundo de un importante número de personas que no salían de la pobreza a pesar de trabajar.

No me acuerdo del nombre del autor y lamento no poder citarlo como es debido. Sí que recuerdo que en aquel momento, recién puestas en marcha las medidas de flexibilización del trabajo de los gobiernos de Felipe González, se suponía que el fin de la rigidez iba a crear empleo para todo el mundo, sin seguridad ni certidumbres, pero al menos era trabajo. Había que olvidarse del puesto fijo de 40 hora semanales para toda la vida y cambiarlo por contratos de cuatro horas diarias que se alargaban otras cuatro (de manera ilegal) si querías ser renovado a final de año.

Fue pasando el tiempo y el café, que valía 100 pesetas en diciembre de 2001, pasó a costar 1 euro en mayo de 2002. Eso sí: los sueldos se ajustaron a la milésima en aquel proceso de conversión en el que, en teoría, nadie se iba a aprovechar de redondeos. El gobierno de Aznar aprovechó el cambio de moneda para modificar la forma de calcular el IPC y, de la noche a las mañana, quienes tenían una nómina vieron perder su poder adquisitivo.

Si hace 16 años nos subieron a todos los precios, nos dejaron los mismos sueldos y tuvimos que callarnos, ahora se presenta una pequeña posibilidad de resarcirse con la subida del salario mínimo interprofesional (SMI) a 900 euros, la mitad de lo estipulado en algunos países europeos y el más bajo de las que se suponen potencias económicas del continenente. Aumentar el SMI es casi una medida de emergencia social en España, donde los precios de la vivienda, la energía o el transporte provoca que en muchas ciudades ese salario sea de mera subsistencia, no sirva para plantearte un proyecto de vida y convierta en quimera algo tan necesario como el ahorro. Como para pedir, además, que te vayas haciendo un plan de pensiones.

Ayer se hacía público el octavo informe de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y los datos son demoledores: más de 12 millones de personas en riesgo de pobreza o exclusión social. Hay políticos que van intentar impedir que los salarios mínimos suban hasta los 900 € porque eso pondría en peligro la economía (en singular), sin tener que en cuenta que las economías (en plural) de 12 millones de personas llevan ya tiempo sufriendo. Riesgo es la palabra que ha usado uno de los más poderosos bancos para referirse a esa subida del SMI, una palabra que no usaron cuando tuvimos que rescatarlos. Lo que parece que también está bajo mínimos es la catadura moral de quienes se molestan ante cualquier beneficio hacia los más pobres.

Publicado en HOY el 17 de octubre de 2017

16 octubre, 2018

No llegaremos lejos si no nos cuidamos

No hay ningua persona apolítica. La vida en la polis nos hace ser políticos y lo podemos hacer conscientemente (apoyando unas ideas y una acción) o de forma inconsciente, pasando, "no metiéndose en política". Ser político por omisión significa ser complaciente con lo que hay. 

Detrás de cada apolítico suele haber alguien a quien le gustaría que todo siguiera igual. Luego está la gente que da un paso y que se implica, sin dejar las luchas sociales imprescindibles, en el complicado mundo de las organizaciones políticas. 

A las organizaciones de izquierdas transformadoras les falta un buen camino por recorrer en cosas tan importantes como los "cuidados". Sí, es un término que venimos escuchando aplicado a muchas áreas. Para cuidar de los demás hay que saber cuidarse. Muchas veces me planteo la capacidad que tenemos para quemar a la gente, para exprimirla al máximo y extenuarla. 

Siempre dije que deberíamos funcionar como un equipo ciclista en la contrarreloj por equipos, relevando continuamente, pasando de la cabeza a la cola para volver a subir cuando haga falta. 

Y en ese proceso ves a compañeras que se ponen en cabeza y a gente que se va a la cola del pelotón. Y es lo natural y lo deseable, porque nadie puede aguantar mucho tiempo en primera línea con el viento en contra y las piernas doloridas del cansancio. La transformación social necesita gente en todos los lugares y todos son importantes. Tan importante es intervenir en un pleno, como preparar la información, como escuchar a las personas afectadas, como visitar los barrios y pueblos, como poner una mesa informativa en una calle. Todo es importante. Todo, y todas, y todos. En el camino nos hemos dejado a mucha gente en la cuneta. A demasiada gente. Cada final de etapa es un sprint en el que a veces damos codazos incluso a los compañeros de equipo por una victoria parcial de etapa que no suma nada para la general. Se puede estar muy comprometido con la causa portando agua a los de delante y poco comprometido en la cabeza. No es cuestión del lugar en el que se está sino de qué se aporta y qué se puede aportar.

Lo dicho. Cuídense porque la tarea va para largo, intenten ver por qué se nos quedó gente muy válida por el camino, traten de que vuelvan, creen un clima propicio para ello, respetemos siempre las normas que nos hemos dado y que todo el tiempo nos lo ocupe idear un mundo mejor, porque nuestro mundo interno, por muy grande que nos parezca, no es más que un mundillo comparado con lo que hay ahí fuera. Un abrazo a los que dejan la primera línea y vuelven a pisar el asfalto. Ánimo a quienes se disponen a encabezar nuevos desafíos. Y un pequeño esfuerzo para recomponernos y sumar, que ya hay demasiados intentando restar. Nos vemos en las calles que son simpre más importantes que los palacios.


03 octubre, 2018

Los nombres de las cosas


Los seres humanos acabamos poniendo nombres a las cosas cuando necesitamos diferenciarlas. En los pueblos en los que solo hay templo, una taberna o un comercio, con un artículo definido se solventa todo y hablamos de la iglesia, el bar o la tienda. Las grandes ciudades, esas que tienen más de un aeropuerto y varias estaciones de ferrocarril, tienen que acabar poniéndoles apellidos, ya sea honrando a Charles de Gaulle o a Kennedy, o bien sirviéndose del nombre del barrio en que se encuentran, como pasa con la estación de Sants en Barcelona o de Chamartín en Madrid. A algunos filólogos les apasiona tanto esto de los nombres que se dedican analizar la onomástica y la toponimia, dos áreas que, en honor a la verdad, están llenas de curiosidades muy entretenidas.



Aquí todavía seguimos discutiendo sobre los nombres de los pueblos, calles o plazas que fueron dedicadas a unos héroes que el paso del tiempo (y el fiel análisis histórico) acabó convirtiendo en villanos. Si la fisonomía de nuestras ciudades hubiera sido trazada con escuadra y cartabón, nos bastaría con numerar calles y avenida con combinaciones de pares e impares para tener un sistema lógico. Habríamos evitado engorros como tener un pueblo entero en Soria dedicado al General Yagüe o algunos núcleos del Plan Badajoz honrando a un caudillo. Pero aquí heredamos intrincados callejones en cascos antiguos, juderías y barrios (hermosa palabra de origen árabe) que durante siglos diferenciamos en función del oficio de sus habitantes y que luego acabaron siendo un tratado de hagiografías.



La semana pasada supimos que el hospital de referencia de Extremadura dejaría de llevar el nombre de una infanta y que iba a llamarse como lo que es, algo tan sencillo y descriptivo como el Hospital Universitario de Badajoz. Y algo tan simple como dejar de homenajear a quien nada hizo por la salud ni la medicina extremeña ha acabado en la más estéril de las polémicas.



De todos los problemas que tiene la sanidad pública de la región, el menos importante es el nombre de cada edificio. Los centros de salud siguen el acertado criterio de ser designados como el barrio en el que están para no confundir a la gente con nombres de personajes. Siempre me llamó la atención la plaza de Cervantes en Badajoz, que tiene en el centro una estatua de Zurbarán pero que todo el mundo conoce por el nombre de san Andrés: ni queriendo se puede despistar más al forastero.



Ahora hay quienes quieren dedicar el hospital a la virgen de la Soledad, a pesar de que ya hay un tanatorio con ese nombre en la ciudad y que podría derivar en equívocos de humor negro cada dos por tres. Un poco de sensatez siempre viene bien en estas cosas: no le dediquen ni un minuto más, doten de recursos suficientes a los hospitales para que no haya que esperar demasiado a ser atendidos y toda la gente de a pie lo agradecerá. Seguro.

Publicado en el diario HOY el 3 de octubre de 2018.
Foto de J.V. Arnelas en HOY 
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19 septiembre, 2018

Saber y parecer

Uno de estos días me pareció ver el nombre de Teseo entre las palabras que más se estaban tecleando en las redes sociales y me llevé una enorme alegría. Por un momento pensé que las masas le habían hecho caso a Juan Carlos Iglesias Zoido en su artículo del pasado sábado en este periódico, que los clásicos volvían a las escuelas y que a todo el mundo le había dado por averiguar si Teseo era hijo de Etra y Egeo o del mismísimo Poseidón. 

Todo era un espejismo: la aparición en internet del mítico rey de Atenas se debía a la búsqueda en la base de datos de tesis doctorales que lleva su nombre. Allí estaba todo el mundo, doctores y no doctores, intentando acceder a un tocho de 300 páginas sobre innovaciones de la diplomacia económica española. No pretendo entrar a valorar si es una tesis fetén o si merecía el cum laude, porque para ello habría que ser un experto en la materia y leerse un libro que, a simple vista, no tiene pinta de ser una lectura demasiado atractiva.

En cambio, sí que me sirve todo esto para reflexionar sobre las paradojas de este mundo en el que unos quieren aparentar saber cosas que ignoran y otra gente tiene que hacer todo lo contrario. Es lo que le ocurre a muchas personas jóvenes que han terminado sus grados y posgrados, que tienen pocas esperanzas de encontrar un trabajo en aquello que han estudiado, y que han de ocultar sus títulos en cada currículum que envían a una cadena de supermercados o a una empresa de telefonía. Hay determinadas empresas que no quieren gente con exceso de preparación académica para trabajos en los que no es necesaria, bien sea porque temen que se vayan en cuanto encuentren algo de lo suyo, o bien porque es más fácil domeñar a los que más ignoran.

Mientras algunos políticos emulan al Miles Gloriosus de Plauto y se apuntan victorias en batallas en las que no lucharon, todas estas historias nos debieran hacer pensar sobre el exceso de importancia que le damos a las apariencias y el escaso valor que se le otorga al saber verdadero. La carrera por acumular certificados y diplomas en la mochila lleva a algunos a cursar posgrados en los que pretenden convalidar el 80% de los contenidos, y es entonces cuando uno se pregunta si no les merecería la pena matricularse en uno en el que el 100% de los contenidos fueran novedosos. Pero imagino que habrá quien valore más tres títulos en papel que una destreza bien aprendida. Saber debería ser más importante que parecer que se sabe, aunque buena parte de la sociedad actual no lo crea así.

No sé si algún día nos curaremos de esta epidemia de titulitis, ni si conocerán las generaciones futuras expresiones como cum laude, obras como Miles Gloriosus o historias como las de Ariadna y Teseo tras el destierro de las lenguas clásicas de nuestras aulas.

Publicado en HOY el 19 de septiembre de 2018.

05 septiembre, 2018

Cuidar la tierra

Este verano he podido escuchar en un programa de radio de cobertura nacional una sección dedicada al mundo rural que llevaba por nombre El Terruño. Varios de los episodios tuvieron como protagonistas a localidades extremeñas, desde la Sierra de Gata a Fuente del Arco pasando por La Nava de Santiago o la zona rayana de La Codosera. El espacio te describía una realidad que cada vez es más invisible para los medios de comunicación y para quienes llevamos una vida urbana, con una narración que desprendía optimismo, ilusión, descubrimientos y mucha humanidad.

Se trataba de un esfuerzo encomiable para reivindicar la vida apartada del mundanal ruido viviendo de la agricultura, la artesanía o el turismo rural, pero nos engañaríamos si pensáramos que unas imágenes sonoras tan sugerentes van a provocar que la gente regrese a las casas abandonadas de sus abuelos, las limpie de polvo e intente pasar sus días con las ventajas de la vida bucólica y sin los inconvenientes de vivir alejado de servicios fundamentales de carácter sanitario, social o educativo. Los pueblos más pequeños se siguen abandonando y las cabeceras de comarca van poco a poco absorbiendo a los últimos pobladores de aldeas.

Durante los últimos veranos, tras los graves incendios producidos en la península ibérica, se habló mucho de la importancia de cuidar la tierra, de crear las condiciones idóneas para que a las parejas con criaturas pequeñas les merezca la pena vivir en los pueblos y no les suponga un sacrificio tan enorme que les haga buscar de nuevo el asfalto.

Y es que, como decía el recién dimitido ministro francés de transición ecológica Nicolas Hulot, no se está tomando con la seriedad que lo merece algo tan importante como permitir que el planeta tierra sea un lugar habitable no ya para nuestros nietos sino para nuestros propios hijos. Las leyes del mercado no entienden del medio plazo y el largo plazo ni se lo imaginan. Solo así se explica que a principio de siglo se construyeran en torno a Madrid multitud de autopistas radiales destinadas a que ocho millones de coches circularan por ellas todos los días porque íbamos a superar a Los Ángeles de California.

No sabemos cuándo tendrá que empezar el reequilibrio demográfico, un nuevo éxodo desde las ciudades a los pueblos para conseguir que los cimientos del planeta no acaben por tambalearse. Hemos minusvalorado la importancia del mundo rural y te das cuenta cuando repasas el vocabulario y reparas en el sentido peyorativo que ha acabado impregnando a adjetivos como rústico o pueblerino.

Cuidar la tierra y preocuparse del terruño es una labor de todos. Pensemos que quienes viven en los pueblos nos están dando oxígeno a los de las ciudades y que deberíamos corresponderles. Cada vez que intenten cerrar un consultorio médico rural o una escuela porque no llega a diez niños, deberíamos plantearnos las consecuencias que eso supone para el abandono del territorio. Y no sé si estamos a tiempo o es ya demasiado tarde.

Publicado en el diario HOY el 5 de septiembre de 2018.

22 agosto, 2018

Compromiso



Hace muchos años escuché a un político en el López de Ayala de Badajoz, en una época en la que estaba de moda aquello de “puedo prometer y prometo”, que él no había venido a prometer nada sino a comprometerse. No era más que un juego retórico para dar mayor credibilidad a su discurso, pues el tiempo acabaría demostrando que sus palabras tenían la consistencia de un azucarillo en una taza de café caliente.



Comprometer es poner a alguien en una situación difícil, contraer una obligación y hasta formalizar una relación de tipo amorosa, pero hoy me quiero referir a la última acepción del diccionario, a aquella que habla de “tomar partido por una ideología política y social y actuar en consecuencia”. Las artes y las letras han sabido distinguir al panfletario del comprometido, aunque hay quien se ha valido de esa fina línea de separación para meter todo en el mismo saco y descalificar a priori cualquier obra o escrito que se decantara de manera abierta ante los problemas humanos y terrenales.



Nunca ha sido fácil comprometerse. No lo era cuando había carencia total de libertades y sigue sin serlo en tiempos mejores. La evasión, la búsqueda de escenarios irreales, el escapismo o la propaganda a favor del poderoso han sido y serán siempre un salvoconducto para la tranquilidad y la seguridad. En cambio, quienes se atreven a ir a contracorriente, implicarse con los que le rodean o están a miles de kilómetros, unirse a las causas de los más desfavorecidos y dar la cara por ellos sigue siendo un sinónimo de meterse en líos.



Uno puede comprometerse con los niños del Sahara o hablar de la inseguridad que producen los manteros, uno puede entender a los barcos que rescatan náufragos o alentar a que la gente tenga miedo de las invasiones, uno puede preocuparse por el medio ambiente, por los árboles de su calle, por el estado de su río, por las instalaciones de sus escuelas y hospitales, por la escasez de las becas o enredarse en dimes, diretes y circunloquios para parecer que se está por encima de todo lo humano y divino.



Es tiempo de comprometerse y no hacerlo es consentir con lo que está llamando a la puerta. A nadie se le esconde que Europa y otros lugares del mundo está siendo recorridos por un fantasma que nos retrotrae a la tercera década del siglo XX. Cada vez hay más gente convencida de que África entera va a desembarcar y de que nos tenemos que atrincherar en nuestra fortaleza y defenderla. Cada día se extiende como un virus la creencia de que el enemigo de los pobres de aquí son los paupérrimos de allá, sin pararnos a pensar en que el problema no es de víveres sino de la manera que hemos establecido para repartirlos.



De la definición de compromiso me quedo con sus tres últimas palabras: no solo basta tomar partido sino que hay que “actuar en consecuencia”. Y eso significa que escribir no es suficiente.

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Publicado en el diario HOY el 22 de agosto de 2018
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08 agosto, 2018

Paisajes urbanos




Rara vez visitamos otras ciudades sin evitar las comparaciones con la nuestra. En una reciente visita a la localidad portuguesa de Nazaré volví a usar el teleférico que une la villa con la parte alta de la localidad y la taquilla lucía con orgullo un letrero de “servicios municipalizados”. Además, un cartel recordaba que allí mismo podían pagar el recibo del agua, también municipalizada. Luego vuelves a tu ciudad de origen y ves que todo va en sentido contrario, que ni el agua, ni la limpieza, ni la gestión de proyectos las lleva el propio Ayuntamiento. Ya solo queda que la policía local se externalice con una empresa de seguridad y que la alcaldía y las concejalías se saquen a concurso a una gestoría.
En estos días de calor agobiante no podemos dejar de pensar en cómo estamos transformando nuestras ciudades. Hace poco me contaba un amigo que en Jaén habían decidido destrozar una plaza como la de Deán Mazas para sustituir las baldosas históricas por el duro hormigón y quitar árboles, bancos y fuentes. La tendencia imperante es  suprimir todo aquello que requiera mucho mantenimiento para ir cambiándolo por espacios despejados y olvidarse de beneficiar a la gente que luego tiene que usar las calles y plazas.
Me parecía que ya habíamos aprendido de errores ajenos, como cuando en los años 90 dejaron el paseo de la margen izquierda del Guadiana en Badajoz con cuatro árboles que acabaron muriendo y con cemento por doquier, y este mismo diario anunciaba que en la Avenida Carolina Coronado se iban a talar los olmos y rellenar el espacio con rosales. Uno no acaba de comprender ese odio hacia los árboles que solo tiene parangón en George W. Bush, que proponía talar los bosques para evitarlos incendios forestales.
Ignorar el cambio climático, pasar por alto la necesidad de dotar de zonas verdes a las ciudades y creer que todo se resuelve sin tener en cuenta la sostenibilidad de la tierra en la que habitamos son algunos de los síntomas que delatan a los políticos más preocupados de cortar las cintas de inauguración que de facilitar la vida a sus convecinos.

No habían pasado 24 horas desde que se publicara la noticia y ya había comenzado el malestar por el barrio. Los carteles improvisados cubrían los escaparates y mañana a las ocho y media han convocado una concentración en la fuente de Cuatro Caminos. La pregunta va de boca en boca: ¿a quién le pueden molestar unos árboles que plantaron hace 40 años, con todo el cariño del mundo, los niños del colegio que está en la propia avenida?

O comenzamos por tomarnos en serio esta tarea de hacer habitables las ciudades o acabarán convirtiéndose en un infierno, en una sucesión de espacios despersonalizados, incómodos, en los que no apetece estar, donde nos cambian los bancos semicirculares que propiciaban el diálogo por sillas aisladas y viradas para que nadie se tenga que cruzar la mirada. Serán los nuevos paisajes urbanos, salvo que la gente despierte para impedirlos.

Publicado en el diario HOY el 8 de agosto de 2018 

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25 julio, 2018

Tras las batallas internas


Durante décadas habían sido los partidos de izquierda los que habían sido campos de batallas internas y que, con gran acierto, los Monthy Python parodiaron en La vida de Brian con la discusión entre el Frente Popular de Judea y el Frente Judaico Popular.

Cuando se echa la vista atrás habría que recordar que la derecha también escribió en la historia episodios como el Congreso de la UCD en Palma de Mallorca,  una semana después de la dimisión de Adolfo Suárez y dos semanas antes del 23F, y que acabaría saldándose con un partido que pasó de rozar la mayoría absoluta en 1979 a una docena de diputados tres años después.

Alianza Popular ha llegado a ser considerado el más sólido de los partidos. Fundado por siete ministros de Franco y con la voz cantante e indiscutible de Fraga durante los diez primeros años de existencia, solo tuvo un momento de incertidumbre, allá cuando Hernández Mancha consiguiera arrebatar a Herrero y Rodríguez de Miñón el trono dejado vacante por el político gallego, y al que éste hubo de retornar apresuradamente, nombrar a Aznar e iniciar un cuarto de siglo a base de dedazos más propios del PRI mejicano.

Este mes de julio la derecha española ha dado un giro copernicano, se ha atrevido a consultar directamente a la militancia y el sector más conservador ha acabado torciendo el brazo a Soraya, dando la vuelta a un proceso que se presentaba con dos mujeres en discordia y un actor secundario, y que ha acabado ganando el tercer hombre.

Sin entrar a valorar las dificultades que en Francia, Estados Unidos o España han tenido todas las mujeres que han estado a punto de ganar a un varón aunque parecieran favoritas (Segolène frente a Sarkozy, Hillary frente a Trump, Susana Díaz frente a Pedro Sánchez, etc.), que darían para un ensayo, convendría reflexionar sobre los paisajes que se configuran tras las batallas internas de los partidos políticos. Se suele caer en el error de no contar con quienes han perdido y con pasar listas de afectos o desafectos a los vencedores. Es costumbre habitual que esa falta de voluntad de integrar a quien ha sido derrotado en los procesos democráticos internos acabe por partir en dos o más pedazos a las formaciones políticas, aunque hay algo peor y es no reconocer al vencedor, negar la legitimidad democrática del ganador cuando se pierde, atrincherarse y boicotearlo todo.

Alguien dijo que si ganaba Soraya se habría producido una escisión en un partido que quería abarcar, al mismo tiempo, desde el lado más conservador del PSOE hasta los postulados más extremos que van triunfando en muchos lugares de Europa.  Era un abanico demasiado amplio incluso para Soraya. Ahora el peligro para el PP es que lo que se gane por la derecha se pierda por el centro. Un espacio que intentará ocupar C’s en una nueva pirueta estratégica que ya no sorprende a nadie. Las batallas internas producen estos paisajes. 

Publicado en HOY el 25 de julio de 2018

 

11 julio, 2018

Nagore y muchas más


Hay quienes piensan que la redes sociales no aportan nada bueno y quienes creemos que un uso comedido y sensato puede ser una fuente más para el conocimiento y la reflexión. Cristina es una periodista que de vez en cuando cuelga unas palabras en su muro que nos obligan a pensar, a repasar qué hicimos o dejamos de hacer para llegar una determinada situación. El domingo pasado, parafraseando la canción de El Último de la Fila, se preguntaba dónde estaba la prensa hace 10 años, cuando la enfermera de Irún Nagore Laffage fue asesinada en Pamplona por un joven médico psiquiatra.

Nosotros estábamos lejos, los medios generalistas de todo el país ignoraron el asunto y solo la prensa regional, esa que en la capital llaman “de provincias” y que a veces es más útil que la que se imprime en los madriles, se hizo eco del caso.

Durante toda esta semana, coincidiendo con los Sanfermines, se puede ver en abierto un largometraje documental de Helena Taberna que lleva por título Nagore y que la directora ha pedido que se proyecte en casas de la cultura o en asociaciones, que no se vea a solas sino contrastando pareceres e impresiones, creando foros y planteándonos qué ha pasado, cómo lo vemos y qué podemos hacer para remediar situaciones similares.

Cristina se preguntaba en su muro qué razones habían llevado a que el caso de Nagore no hubiera causado una respuesta social tan honda, tan unánime y tan rotunda como el rechazo a la manada. También nos planteaba el dolor que produce que su asesino esté suelto hoy y que Nagore muriera invisible, sin manifestaciones ni lemas. Después de ver la película de Helena Taberna cada uno sacará sus conclusiones y creo que, lamentablemente, muchas respuestas a todas esas preguntas radican en la diferente manera de ver las cosas dependiendo de quién sea la víctima y quién el victimario.

Tengo la certeza de que si los papeles hubieran estado cambiados, si un enfermero hubiera hecho lo mismo con una médico de buena familia y apellido conocidísimo en una capital de provincias, nos habríamos enterado de todo, el criminal estaría todavía en la cárcel y no se habría extendido esa especie de benevolencia hacia un joven que “cometió un error de juventud, se emborrachó, no sabía lo que hacía y al que no se le puede arruinar la vida”.

Ayer nos enterábamos de que el gobierno quiere modificar el Código Penal para garantizar que los tipos penales no se pongan en riesgo con la interpretación de los jueces. Un cambio que implicará que no decir expresamente que sí significará claramente que no. Todo esto llega tarde para la víctima de la manada y para otras tantas como Nagore. Las leyes podrán proteger un poco más, pero necesitamos que lo de este fin de semana, donde dos de las tres asesinadas ya habían denunciado al agresor, no vuelva a ocurrir. ¿Y si consideráramos ya a la violencia de género como el más extendido de los terrorismos?

Publicado en HOY el 11 de julio de 2018

El largometraje-documental Nagore puede verse en abierto hasta el 17 de julio en https://vimeo.com/191833250 accediendo con la contraseña
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27 junio, 2018

Lecciones de humanidad




La llegada al poder en los Estados Unidos y en algunos países europeos de políticos y partidos abiertamente xenófobos, racistas y llenos de odio a los pobres no es una novedad en el planeta. Todo el mundo recuerda lo ocurrido en Europa en los años 30 del pasado siglo y sus consecuencias: la Segunda Guerra Mundial, el holocausto, la persecución de judíos y gitanos hasta el exterminio  y millones de víctimas civiles.



El más sangriento y brutal acontecimiento histórico provocado por los humanos del que se tiene conocimiento tuvo sus consecuencias. Una de ellas fue la Declaración Universal de los Derechos Humanos, firmada en 1948, y que nació para evitar lo ocurrido, para sentar las bases de un futuro en el que jamás se pudiera jugar con las vidas humanas como si fueran ratas de laboratorio.



Todo el mundo sabe que la declaración ha sido violada y ninguneada por gobiernos de todos los colores en sus 70 años de vida, pero lo que ahora está en juego es algo todavía más grave porque las barbaridades que se apuntan no proceden de dictaduras aisladas sino de democracias consolidadas. Y es entonces cuando tenemos que preguntarnos, como hacíamos con la gallina y el huevo, si llegaron primero los políticos xenófobos para alentar los bajos instintos de parte de la ciudadanía o ha sido al revés, que Orban, Trump o Salvini son los oportunistas que van a pescar en las enfangadas aguas de la intolerancia porque saben que allí hay un caladero.



Hace unos días supimos que entre quienes aconsejaron a Pedro Sánchez a traer al buque Aquarius a Valencia estaba el mismo que asesoró en Badalona a un político de altura (física) con un lema que alentaba a “limpiar” la ciudad, y no precisamente de papeles en el suelo. La mercadotecnia de la política es un mundo cada vez más inexplicable para algunos o excesivamente sencillo para otros. Tan simple, quizá, como vender crecepelos a los calvos por la mañana y cremas depilatorias por las tardes para quien las necesita. No hay problema ético y todo consiste en saber qué demanda la gente.



La diferencia entre el político responsable y aquel que no lo es radica en ser capaz de convencer del error a quienes le demandan soluciones inhumanas, en lugar de dejarse llevar por los sentimientos más intolerantes y regalar los oídos a los que creen que el mundo sería maravilloso eliminando a los pobres que golpean las vallas de las fronteras. Pero de nada servirán los muros, ni las concertinas, ni la crueldad de separar a los niños y meterlos en jaulas. La gente viene porque huye de la muerte. Y mientras no atajemos las causas que obligan a tantos miles de personas a meterse en pateras o cruzar desiertos nos quedan dos opciones: dejarlos morir o salvarles la vida. Yo quiero ser de estos últimos, cueste lo que cueste, porque la historia nos dice que la primera opción es incompatible con la humanidad. 

Publicado en HOY el 27 de junio de 2018.

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