15 mayo, 2019

Tres urnas más


Dentro de once días volveremos a votar y con una urna más que el pasado 28 de abril. Ignoro si alguien ha hecho cuentas para averiguar qué elecciones son las más importantes y en las que más nos jugamos. Para ser sincero, reconozco que no sé el porcentaje exacto de competencias, normas y presupuestos que nos vienen de Europa, de la administración central, de la regional o de la local, pero lo que sí creo es que no le damos la suficiente importancia a las elecciones del 26 de mayo, que no son segunda vuelta de nada sino la primera y única vuelta en la que nos jugamos cómo queremos vivir.



De Europa nos llega más de lo que creemos y no hablo de olas de frío polar en invierno,  aunque ahora quizá nos venga ese frente helado en otro formato, con un azul oscuro casi tan negro como el de las camisas que añora el ministro italiano Salvini. Las Comunidades Autónomas gestionan pilares fundamentales como la educación o la sanidad, pero lo que más afecta en el día a día es lo que se lleva a cabo en cada uno de los Ayuntamientos, los más de 8000 repartidos por todo el país y los 388 que hay en Extremadura.



Ya sabemos que son los Ayuntamientos, las instituciones con las arcas más depauperadas, las administraciones más cercanas a la ciudadanía para lo malo y para lo bueno, ya sea cuando nos ponen una multa por aparcar en doble fila, o bien cuando se encargan de enviar ayuda a domicilio a las personas que lo necesitan. Nos acordamos de alcaldes y concejales cuando tropezamos en las aceras, cuando los columpios del parque están llenos de herrumbre, cuando no tenemos piscina en el barrio, cuando no hacen nada contra la contaminación acústica, cuando sufrimos la falta de transparencia o cuando se muestran insensibles ante la tala de árboles, el pésimo estado de la perrera municipal o el abandono de las zonas menos glamurosas de la ciudad.



Para vivir a gusto en cualquier localidad no hace falta que nos prometan la luna, teleféricos, cien autovías, fuentes con mil chorros de colores o estadios que casi nunca se llenan. Basta con que se ocupen de que haya empleo y no haya tanta pobreza y marginación, que se preocupen de que las calles estén limpias y en condiciones, que haya más bicicletas y viandantes que vehículos privados, que cuiden del patrimonio que nos dejaron nuestros antepasados y que tomen medidas para que volver a casa tarde no sea una película de terror, ni para las mujeres, ni para nadie.



De lo que digamos en esas tres urnas que encontraremos en los colegios el día 26 de mayo dependerá el futuro de nuestros pueblos, de nuestra tierra y de un continente europeo tan obsesionado por la desmembración británica, que no repara en que hay un virus de intolerancia, racismo y xenofobia incubándose en su interior y que es mucho más peligroso. No se despisten.

Publicado en HOY el 15 de mayo de 2019.


10 mayo, 2019

La navidad que tuvimos dos jamones

Tengo perdido en algún disco duro un cuento a medio hacer que se titulaba La Navidad que tuvimos dos jamones. Probablemente no lo termine, si es que llego a encontrarlo. Surgió en el paso de 2011 a 2012, cuando la crisis apretaba y los recortes no habían alcanzado su momento más trágico.

Hoy, en Castelo Branco, se celebraba el día de Europa en la Eurorregión EUROACE. Una actividad con la que he estado liado desde hace un año y que hoy ha acabado con éxito. Este año hemos trabajado con alumnado de bachillerato artístico y una de las propuestas era traer una prenda que ya no usáramos y que pasaría a formar parte de una obra artística.

Anoche, cuando iba buscando alguna camiseta de esas que están tan usadas que no te pones ni para bajar la basura, me encontré la que me regalaron unos de mis últimos alumnos y alumnas de portugués.  Acabamos como despedida en un restaurante de la Plaza de Portugal de Badajoz y abrí un regalo que me tenían preparado. Durante el curso había seguido mis pautas de siempre: el primer día les decía que era un profesor muy serio y que me tenían que tratar como "senhor professor". Era una manera de habituarles a que no les saliera el tuteo en portugués y que recordaran que las distancias y los usos no son idénticos de un país a otro. Pero al final acababa rompiendo la tensión con un "é brincadeira". También les había contado varias veces, en broma, la pena que me producía que se hubieran perdido costrumbres como la de regalar un jamón al profesor, como se hacía en los pueblos antiguamente. 

El regalo era una camiseta que he usado muy a menudo estos años y que desde hace dos o tres era "de andar por casa", había perdido color y las letras blancas se iban despegando. Cuando lo abrí les di las gracias, les dije que no hacía falta (y era verdad) y que no se tenían que haber molestado. En ese instante sentí como una pezuña se clavaba en mi espalda, me giré, y me encontré con una paletilla ibérica. Pensé que era una broma y que se la habían pedido al dueño del restaurante para hacerme la gracia. Cenamos y, al acabar, me pedían a gritos que me llevara el regalo cárnico, pero seguía incrédulo y estaba convencido de que era una inocentada bien orquestada. El dueño del restaurante me perjuró que no era suya y acabé llevándomela a casa.

Esa camiseta está ahora en un mural que adorna la (todavía no inaugurada) Fábrica da Criatividade de Castelo Branco. Me parece que el mejor final para ese regalo es formar parte de una creación artística transfronteriza en Portugal. Desde anoche quiero recordar a todo el alumnado de ese curso, pero mezclo nombres y cursos. No sé si estaban Alejandro y Juani, o si era al que iban Agustín, Marisa y Mª José. O aquel al que iba Hugo, Carolina, Toni y Salor.

Me acabaré acordando.  O eso espero. Hoy he sentido saudades de aquellas aulas y de aquellas personas. La navidad de los dos jamones pasó volando y hoy me queda el recuerdo de unos días felices en un aula, intentando transmitir pasión por un país, una lengua, una cultura.  No sé si alguna vez lo conseguí. De lo que no tengo duda es de la suerte que supone trabajar en algo que te apasiona. Gracias.

01 mayo, 2019

Paisajes electorales

Paisajes electoralesPasar un día entero en un colegio electoral es una experiencia que recomiendo a todo el mundo una vez en la vida. Más no, porque cansa infinitamente y tampoco pretendo engañar. Pero se aprende como en ningún lado: vas viendo desfilar a la sociedad del barrio con sus esplendores y sus miserias, te das cuenta de lo poco que sabemos de nuestras normas democráticas, de lo antiguo y tedioso del sistema, y de esa tortura impropia del siglo XXI que es realizar el escrutinio del Senado.

El día te da para conocer a mucha gente: un presidente de mesa de Valladolid y cargado de sentido común, un entrañable portugués que te cuenta mil historias interesantes, conversaciones entretenidas para salvar la hora de la siesta, momentos de humor y camaradería al caer la tarde, e incluso alguna ligera tensión cuando pasan por allí los nuevos aires marciales.

Luego, de regreso a casa, hay tiempo para contemplar los paisajes que dejan los datos, los semicírculos de colores, los vaticinios de posibles alianzas y esa incertidumbre que se crea en el ambiente cuando no sabes si tu voto lo van a utilizar para firmar un pacto indeseable. Imagino que es lo que pueden pensar muchos votantes de Cs que abandonaron el PP para desalojar a Sánchez y ahora pueden acabar juntos en el mismo carro. Por no hablar de los propios votantes socialistas, que a grito vivo pedían en Ferraz dar calabazas a Rivera y cuyo líder fue incapaz de regalarles los oídos y tranquilizarles claramente en ese sentido.

Los paisajes poselectorales no cambian tanto como parece: los dos grandes contenedores de izquierda y derecha no se mueven demasiado pero sí las cajas que hay dentro de ellos, especialmente en la derecha, que ha pasado de tener un solo espacio en 2011 a tener que repartir entre tres el pasado domingo. Ahora habrá que esperar hasta la celebración de municipales, europeas y autonómicas del 26 de mayo para empezar a hablar de la composición de gobierno, porque la partida de póker en la que se ha convertido la política parece no tener fin.

Será complicado que Cs, que aspira a liderar toda la derecha, acabe invistiendo a un Sánchez al que Rivera acosó sin piedad en el debate del 23 de abril. También será difícil que Sánchez acepte el programa y los votos de quien gobierna en Andalucía con el apoyo implícito de la extrema derecha. A veces echo de menos una casilla de segunda opción en la papeleta, algo que ya se usa en Alemania aunque con otra finalidad. Una cruz para poder indicar con quién quiero que pacte mi primera opción en caso de necesidad, de manera que cada partido pudiera saber qué tipo de pacto prefiere su electorado. Sé que esto complicaría el escrutinio si, como ocurre en España, se siguen usando toneladas de papel en lugar de medios electrónicos, pero permitiría aclarar a los políticos qué desean sus votantes (que no siempre es lo mismo que lo que quieren sus militantes).

Publicado en HOY el 1 de mayo de 2019

17 abril, 2019

Luego no te quejes

Desde la más tierna infancia hemos escuchado advertencias, generalmente de personas más experimentadas, y que pretendían avisarnos de las consecuencias de nuestras decisiones o de nuestra dejadez para tomarlas. “Ya lo verás”, “ya te enterarás” o “después no vengas con que no te lo advertí”, son algunas de esas expresiones que no soportamos que nos mencionen cuando somos demasiado jóvenes y que un día nos sorprendemos cantándoselas a los demás, en ese momento en el que el reposado bagaje de lo vivido pesa más que el ímpetu de adolescencias prolongadas en el tiempo.

He vuelto a escuchar esas frases e imagino que volveré a oírlas durante los once días que restan hasta las próximas elecciones generales. Reconozco que alguna vez las pronuncio pero que hago un esfuerzo deliberado por no sermonear, porque las personas adultas tienen derecho a equivocarse, a estar hartas y a mostrar su frustración o indignación en forma de papeletas o de abstención, una forma tan legítima de actuación política ciudadana y que en ningún caso inhabilita para reclamar derechos posteriores.

En infinidad de ocasiones he escrito sobre situaciones paradójicas como que un folleto publicitario de una carnicería o de una agencia de viajes tenga valor contractual y que, en cambio, un programa electoral no lo tenga. Si me reparten un papel en la calle con una oferta de viaje a Menorca por 300 euros o dos kilos de chuletas por 9 euros, puedo ir a la oficina de consumo y me acabarán dando la razón. En cambio, si un partido me promete una tarifa plana para autónomos o un aumento del SMI a 1000 euros no puedo ni acercarme a un juzgado en caso de incumplimiento porque en esa publicidad sí está permitido engañar.

Así que, mientras se legisla para que los partidos políticos no puedan mentir impunemente, es recomendable estudiar por encima las medidas que vamos a votar para que no nos cojan desprevenidos. Si crees que los sueldos están demasiado altos, vota a quien prometa bajarlos; si piensas que hay demasiados impuestos, confía en quien quiera quitarlos; si no te llega ni para pagar impuestos, a lo mejor no te interesa tanto que quiten tributos y que te hagan pagar la próxima vez que vayas al médico; si quieres que estudiar en la Universidad sea casi gratis como en Alemania o te endeude para media vida como en Estados Unidos, seguro que tienes opciones en las papeletas para optar por un modelo u otro.

Aún así, también nos pueden acabar defraudando incluso aquellos con los que estamos plenamente de acuerdo. De esa no nos va salvar nadie. Pero dejarse llevar por la ira o el hartazgo a la hora de depositar un voto puede tener contraindicaciones que no caben en el mayor de los prospecto. Que no te cieguen el color de las banderas porque esto no es una final de fútbol, y mira bien si aquello que apoyas es lo más justo y lo que más te beneficia. Y en ese orden.

Publicado en HOY el 17 de abril de 2019

03 abril, 2019

Lo que importa de verdad


Por razones que no vienen al caso, en los últimos tiempos he llegado a familiarizarme con las tablas de datos que organismos como el Centro de Investigaciones Sociológicas o el Instituto Nacional de Estadística publican sobre las opiniones de la ciudadanía, los índices de precios al consumo y cosas más prosaicas.



Una de esas tablas en la que se puede uno entretener un buen rato es esa en la que se pide al encuestado que cite sus tres principales preocupaciones. Cuando ves lo que le intranquilizaba a la gente en 1985 y cómo ha ido cambiando a lo largo del tiempo, acabas descubriendo qué ocurrió cada año para que el terrorismo alcanzara el pódium de las preocupaciones en septiembre de 2001 o marzo de 2004. Pero también te llevas sorpresas mayúsculas cuando reparas en que hubo unos años en los que nadie mencionaba la corrupción y eran, ¡precisamente!, los precisos instantes en los que funcionaban a todo tren las tramas más corruptas que ya han sido juzgadas y condenadas.



No siempre nos damos cuenta de lo que ocurre a nuestro alrededor, ya sea porque preferimos mirar hacia otro lado o porque nos entretienen con señuelos para que evitemos preocuparnos de lo que nos afecta de verdad. Si uno intenta seguir la información política puede llegar a la conclusión de que lo que se traen entre manos y los temas que discuten no son los que quitan el sueño al común de los mortales.



En todos estos años el paro ha estado siempre a la cabeza y, sin embargo, no es un asunto que aparezca de manera continuada en los argumentarios, salvo ese día de cada mes en el que se anuncia la cifra y para la que todo el mundo tiene explicaciones. En cambio, surgen temas de discusión que jamás podríamos ni sospechar. Solo así se entiende que hayamos vuelto a escuchar hablar del peligro de la emigración en un país donde se sabe que necesitamos más gente joven, o que se ponga sobre la mesa un asunto como el de facilitar armas a los “españoles de bien” para protegerse de una inseguridad que, como ya sabemos por el ejemplo norteamericano, acaba en matanzas indiscriminadas en institutos de secundaria o centros comerciales.



En los próximos meses me gustaría que me contaran las ideas que manejan desde la política para que la gente tenga trabajos y sueldos justos, escuelas mejor dotadas, hospitales sin tanta lista de espera, pueblos con niños por las calles, ríos limpios, aires respirables, viviendas asequibles, transportes públicos dignos, juzgados rápidos y eficaces, energías limpias, precios justos para lo que producen nuestras agricultoras, fondos suficientes para seguir investigando, pensiones sostenibles y barcos con los brazos abiertos para salvar en el Mediterráneo a quienes se ahogan.



La politiquilla y el politiqueo, los cálculos y los órdagos, la testosterona y el tacticismo deben dejar paso a los compromisos serios y a las propuestas factibles. En eso consiste ocuparse de lo que importa de verdad.

Publicado en el diario HOY el 3 de abril de 2019.

 
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20 marzo, 2019

Cerca y lejos





Además de la llegada a la luna hay otros hitos históricos que también cumplen medio siglo. La serie que aquí conocimos como Barrio Sésamo, aquella que nos enseñó con muñecos peludos la diferencia entre dentro y fuera o arriba y abajo, también soplará 50 velas en el mes de noviembre. En cuanto te pasabas de la edad adecuada las explicaciones de Grover, al que aquí rebautizaron como Coco, dejaban de parecernos útiles y se convertían en muletillas que repetíamos con más o menos gracia hasta que nos hacíamos adultos.



A veces creemos que nos preocupan más las cosas que ocurren a nuestro alrededor que las que pasan en el quinto pino, pero es un espejismo. Las dificultades y la precariedad de las barriadas de nuestras propias ciudades pueden ser invisibles si vivimos en la parte más cómoda del centro o en una zona residencial. Lo mismo ocurre con las guerras y con las violencias terroristas, que nos afectan más si es en una sala de conciertos de París o de Manchester, y menos si es en Yemen desde una fragata fabricada en España.



El viernes se nos podrían haber roto muchos de los esquemas porque en el lugar civilizado más alejado de nuestros pies, en las antípodas que nos enseñaban en la clase de geografía, un tipo con un arma, en la que estaban grabados nombres como Don Pelayo o el del asesino de Carlos Palomino, descerrajaba a 49 personas en una mezquita neozelandesa durante el viernes de oración. Tres veces más lejos que cualquier día en Iraq pero con mucho más espacio en nuestros periódicos y telediarios.



Los adverbios son mi parte preferida de la oración: invariables, sin género, sin número. Lejos no es plural aunque acabe en ese y cerca no es femenino aunque termine en a. No son los adverbios lo que determinan cuánto nos afecta algo sino nuestra capacidad de vernos en la piel de otra persona. Quizá eso explique que nos preocupe menos una explosión en Basora que un tiroteo en Nueva Zelanda o Arizona.



¿Acaso ahora está todo demasiado cerca? El lector de inglés nos contaba en la clase del lunes el origen de la segunda enmienda de la Constitución americana y nos preguntaba los pros y los contras de la tenencia de armas. Un ejercicio difícil porque hay quienes no vemos ni una sola ventaja en máquinas destinadas a acabar con la vida de otras personas. Quizá por eso, mientras se me ocurría algo que decir,  me vino a la cabeza la letra de Pablo Guerrero en la que nos animaba a tapar a la calle para “que no pase nadie / que vista de negro / que lleve pistola /y beba Coca-Cola.” Así que no tengamos miedo de si están lejos o cerca quienes creen en la supremacía de unos sobre otros y abramos las calles para “que pase la gente / que vista de flores / que beba aguardiente/ que va hablando sola / y no pinta en las paredes”.

Publicado en el diario HOY el 20 de diciembre de 2019
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06 marzo, 2019

Pánico al feminismo



Pasado mañana las calles de todo el mundo volverán a ser escenario de manifestaciones en favor de la igualdad de derechos y de oportunidades entre mujeres y varones. El año pasado el carácter reivindicativo y festivo del movimiento superó todas las previsiones y este año el ambiente viene enrarecido por la presencia constante de mensajes que advierten contra el feminismo, al que desde el pensamiento más cavernario se le tilda con adjetivos y nombres compuestos que no están ni en la definición más académica, ni en la historia del movimiento, ni en la inmensísima mayoría de las personas que lo apoyamos.



La humanidad está llena de situaciones de injusticia que se han ido eliminando poco a poco. La igualdad entre hombres y mujeres ha llegado lejos con respecto a otras desigualdades en el plano teórico y en unos cuantos países, pero dista mucho de ser real en el plano efectivo, que es el que cuenta. De nada vale tener una legislación que garantiza la no discriminación si no existen medios para denunciar y castigar a los que ponen en práctica el machismo de puertas para adentro.



En 2016 participé en un taller en el que fuimos poniendo sobre la mesa las ventajas de las que disfrutan los varones con respecto a las mujeres y las había en todos los ámbitos: desde las costumbres diarias a la sensación de seguridad, pasando por la adjudicación directa de las tareas de cuidados y sin entrar en ese mundo aparte que constituye el acceso al trabajo o las relaciones laborales en el sector privado. La conclusión que sacamos es que los varones, aunque no lo queramos ni lo deseemos, salimos beneficiados del sistema patriarcal.



Hace un par de semanas me contaban que en un instituto de barrio había algunos adolescentes varones temerosos ante el avance de los propuestas de igualdad del feminismo y que estaban abrazando posiciones antediluvianas en esta materia. ¿Debe un varón temer la igualdad y el avance del feminismo?  Pues la respuesta es muy fácil ya que es la misma situación que pudo vivir la nobleza antes de la Revolución Francesa o el dueño de plantaciones de algodón en los Estados Unidos del XIX. Sí, cuando uno disfruta de más derechos de los que en justicia le corresponden, es posible que el avance de quienes reclaman esos derechos les haga sentir que pierden terreno.



A los que tienen pánico al feminismo solo me queda aconsejarles que se lo curen y que no hagan como el negrero de Alabama que temía el triunfo de los abolicionistas del norte, ni como el empresario que vaticinaba el fin del mundo ante los huelguistas que reclamaban ocho horas de trabajo diarias. El feminismo no va contra los varones, al igual que la lucha contra la esclavitud o contra el racismo no se dirige contra las personas de raza blanca sino a favor del género humano. Cada vez somos más los varones que no tememos nada al feminismo porque es también nuestra lucha.

Publicado en HOY el 6 de marzo de 2019 

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20 febrero, 2019

Un mundo para Greta Thunberg




Un par de semanas después de que Venezuela abriera todos los informativos, hoy cuesta encontrar una noticia breve sobre aquel país y mucho menos de Haití, que se desangra desde hace décadas y que tiene a toda la población en la calle sin que lo sepamos en el llamado mundo libre. Todo va muy deprisa y sin mesura, sin calibrar qué es importante y qué es urgente, confundiendo lo anecdótico con lo principal, agitando tormentas en vasos de agua, poniendo el grito en el cielo por unas manchas de humedad en el techo cuando por el ventanal se aproxima un tsunami que no queremos ver.



Desde que la Garbo dejara los platós de cine, no había habido en Suecia otra Greta con tanta repercusión mundial como una chica de quince años apellidada Thunberg. Su discurso en la cumbre del clima de Katowice es un pelotazo en toda la cara de nuestros gobernantes mundiales, unos políticos que no vivirán en 2050, que solo están preocupados por éxitos electorales en plazos cuatrienales y a los que la calidad de vida de Greta, sus hijas y sus nietas les importa tres pimientos porque ellos estarán criando malvas.



Ya sabemos que iremos a votar el 28 de abril y el 26 de mayo. No habría habido problema alguno en hacerlo en cinco urnas al mismo tiempo a final de mayo con un inmenso ahorro de papel, vallas publicitarias, especiales informativos, encuestas y  carísimos envíos postales de propaganda electoral que pagamos aunque no los queramos.  Pero lo peor de todo es que se vislumbran unos procesos electorales en los que, una vez más, los contenidos urgentes e importantes sobre los que habría que decidir van a estar sepultados por tacticismos, símbolos, parafernalias, reducciones al absurdo y miserables disputas que no afectan a la vida de la gente corriente.



Sin embargo, las chicas y chicos de los institutos de Bélgica llevan semanas llenando las calles movidos por las palabras de Greta Thunberg. En Alemania y Holanda también han comenzado las manifestaciones y protestas en las que no hay banderas ni himnos, quizá porque el problema al que se tendrán que enfrentar quienes ahora tienen quince años no es ninguna de esas diatribas estúpidas sobre si en una mesa de diálogo debe haber un mediador, un relator o un facilitador.



Quienes pierden la cabeza por las líneas de los mapas es porque desprecian la lucha de Greta y los jóvenes contra un cambio climático que no se parará en las fronteras pintadas por los humanos. Dentro de dos meses habrá debates electorales y tengo la certeza de que no se hablará de calentamiento global, ni de la desigualdad en el mundo, ni de la pobreza, ni del hambre, ni de las guerras, ni del agua potable, ni de la contaminación. Así que en 40 años, Greta, acuérdate de los nombres de los responsables de todo el desastre y también de quienes les apoyaron ciegamente.

Publicado en HOY el 20 de febrero de 2019

 

06 febrero, 2019

A partir de mañana


Poner el respeto a los Derechos Humanos como principio fundamental para cualquier pensamiento o acción política o económica es la mejor manera de comenzar a entenderse. Todo sería más fácil leyendo los 30 artículos de la Declaración Universal, entendiendo su contenido y convenciéndose de que todo lo demás es discutible y matizable menos esos principios.

A todos nos pueden gustar más unos gobiernos que otros y comprometerse con los derechos humanos te lleva a muchas contradicciones que hay que saber resolver. Se puede ser muy de izquierdas y criticar los fusilamientos de Fidel Castro en 1989, y ser un ultraliberal conservador y abominar del bombardeo de Al Ameria en 1991 o del asesinato deliberado de periodistas serbios en abril de 1999.  Esa es la grandeza de espíritu que necesitamos en momentos como estos, la de ser capaces de quitarnos la venda ideológica y partidista y saber poner fin a unos problemas sin crear otros mayores.

Cuando Trump ganó las elecciones a finales de 2016 muchos pensamos que no pasaba nada, que un fantoche de ese calibre no iba a tener seguidores por todo el mundo. Y es que se nos olvidó pensar que el fantoche tiene hilos y que esos hilos son dirigidos por intereses que se pueden contabilizar en dólares, rublos, yuanes, o barriles de crudo. Si alguien ha pensado por un momento que son los derechos humanos y las libertades de los venezolanos lo que preocupan a gran parte de la clase política occidental, que sepa que le están engañando.

¿Se respetan los derechos humanos en Venezuela? Pues no. Las organizaciones internacionales independientes publican desde hace años informes fidedignos y reveladores al respecto. Y no solo de Venezuela sino de muchos lugares: de toda África, de Oriente Medio sin excepción, de muchos países de la propia Europa y de todo el continente americano, desde Alaska hasta el cabo de Hornos.  La cuestión es si torcer la legalidad con una torcedura mayor es el camino para desenredar la situación que se vive en uno de los países con mayores reservas de crudo.

Pero todo se está complicando: China y Rusia, que ocupan el pódium mundial de violaciones de derechos humanos, quizá no estén dispuestas a dejar a caer a Maduro con todas esas reservas de petróleo en manos del nuevo Monroe y su “América para los americanos”. Venezuela requiere diálogo, mediación, cirugía de mínima invasión y no un loco con una sierra eléctrica. Por eso es preocupante que sensatos europeos hayan apostado por Trump y seguido su estela, porque significa que aquel fantoche no está solo, va sumando adeptos y un tal Steve Bannon recorre el mundo asesorando por doquier.

A partir de mañana hay que preguntarse lo mismo que una vez “liberado” Kuwait en 1991 o Iraq en 2003.  ¿Cuando caiga Maduro van a comenzar a asediar a Arabia Saudí hasta que la monarquía abandone el trono y se permita votar a las mujeres en un régimen de libertades? Sí, yo también me sé la respuesta. 

Publicado en HOY el 6 de febrero de 2019

23 enero, 2019

Cuando no se tiene ni nombre


No he seguido el despliegue de medios para intentar hallar al pequeño Julen y, mientras escribo estas palabras, continuamos sin tener noticias de él. La vida está llena de episodios trágicos que hacen dudar de la fe a quienes la tienen y que nos refuerza en la idea de que ningún ser superior todopoderoso y bondadoso puede existir y permanecer como espectador ante desgracias de tal calibre.



UniMilano: Cristina Cattaneo wins the 2017 Adelaide MedalCristina Cattaneo tiene nombre, apellido y profesión. No sabía nada de ella la semana pasada y ahora sé que es médico forense y antropóloga de un laboratorio de Milán.  Tuvo que realizar autopsias a los inmigrantes que naufragaron en abril de 2015 entre Túnez y Sicilia, el mismo mar que surcó Eneas para encontrarse y desencontrarse con Dido, y donde más de mil personas perdieron la vida en aquellos días.



Cristina lleva casi seis años intentando dar una identidad a quienes se han ahogado en estas aguas. No es tarea fácil y cualquier pista sirve, desde números de teléfonos apuntados en un papel a fotos de familiares, como esas que en las películas de guerra muestra el soldado en la trinchera poco antes de ser abatido. La forense encontró entre las ropas de un chico de 14 años un boletín escolar escrito en árabe y francés y con las notas de matemáticas y ciencias físicas.



No cabe duda de que este chico quería llegar a Europa para sobrevivir. Y también era consciente de que cualquier papel que acreditase lo que había estudiado y aprendido le iba a servir para encontrar un trabajo mejor con el que enviar dinero a casa. Todo quedó en papel mojado, en el más amplio sentido del término, y es probable que nunca sepamos si este adolescente se llamaba Moussa o Souleymane. Gente como él tendrá que venir a trabajar para que en el futuro podamos seguir manteniendo la pirámide poblacional que sustente nuestras pensiones y un estado de bienestar cada vez más precario.



La forense italiana se preguntaba por qué hay centenares de especialistas que acuden a reconocer los cadáveres de víctimas blancas en un accidente aéreo y por qué no se hace lo mismo con los náufragos de piel oscura. Si esas preguntas no tienen una respuesta humanamente decente, qué podríamos decir de las propuestas que abogan por impedir la labor de barcos como los de Open Arms. Estamos atravesando la frontera más bárbara que jamás podíamos haber imaginado y en pocos años hemos conseguido que el delito de negación de auxilio a quien está muriéndose se vuelva como un boomerang. Ahora hay que dar explicaciones de por qué estás salvando la vida de quienes se ahogan en el mar.



El desafío para la nueva década del XXI que asoma a la puerta, y que quizá no podamos llamar de los felices 20, es que todas las personas tengan la dignidad que la Declaración Universal de los DDHH nos garantiza. Pero mal vamos cuando no se tiene ni nombre.

Publicado en el diario HOY el 23 de enero de 2019.


09 enero, 2019

Desandar


El pasado ocho de marzo, mientras regresábamos de la mayor manifestación feminista que se recuerda, escuchaba emocionado la conversación que mantenían mi madre, de 77 años, con mi hija de 15. Yo ya había oído mil veces cada una de las historias: de cuando comenzó a trabajar en las oficinas de una industria química, de cuando tuvo que dejar el trabajo de manera obligatoria al casarse, del banco en el que no le dejaron abrir una cuenta corriente sin autorización del marido, de que todo era pecado, de que las niñas y los niños tenían que ir a colegios diferentes y de mil curiosidades que hoy nos parecerían imposibles.



Ese día pensé que no había vuelta atrás, que las jóvenes que allí estaban no iban a permitir retoceder sobre lo conseguido en una lucha que está lejos de acabar. Sin embargo, faltan dos meses para que las calles vuelvan a teñirse de violeta y los peores presagios se van acercando en diferentes lugares del mundo. Hay gobiernos autonómicos que dependen de la derogación de normas que protegen a las mujeres, ministras que abogan por que los niños vistan de azul y las niñas de rosa, leyes de esclavitud en el corazón de Europa que obligan a realizar hasta 400 horas extraordinarias pagaderas en 3 años, amenazas con suprimir la justicia laboral a causa del “exceso de derechos” o despedir a funcionarios con ideas diferentes a las del partido del gobierno.



Dicen que nos sería difícil volver a vivir como en otros tiempos. Nadie se imagina mecanografiando un trabajo de fin de carrera y corrigiendo con tipp-ex, ni enviando un telegrama, ni lavando a mano la ropa, ni con el practicante poniendo inyecciones por las casas con la misma jeringilla desinfectada en alcohol. Son imágenes de un tiempo que ya pasó, que se superó con la técnica y que todo el mundo, unanimemente, considera un avance.



Lo mismo debiera ocurrir con los logros sociales. Debería ser unánime que se pague a la gente lo justo por su trabajo y que no se puede discriminar por el color de la piel, el sexo o el lugar de nacimiento. La segunda década de este siglo se acerca con nuevas amenazas a las que nos estábamos preparando. Sabemos que el cambio climático es una realidad (aunque algunos no quieran verlo), que los recursos del planeta no son infinitos y habrá que cambiar los modos de consumo, y que la desigualdad en el planeta provocará movimientos migratorios que habrá que solucionar con más igualdad y con menos vallas de concertinas.



Para lo que no sé si estamos preparadas es para desandar lo que ya se ha logrado y disfrutado. No quiero imaginarme el próximo 8 de marzo pensando en que las mujeres podrán estar más desprotegidas, que los derechos laborales y de expresión se van a venir abajo o que el racismo se va a instalar en los despachos. Para impedirlo habrá que lucharlo y la primera gran cita es dentro de dos meses (menos un día, para ser exactos).

Publicado en el diario HOY el 9 de enero de 2019.