19 septiembre, 2018

Saber y parecer

Uno de estos días me pareció ver el nombre de Teseo entre las palabras que más se estaban tecleando en las redes sociales y me llevé una enorme alegría. Por un momento pensé que las masas le habían hecho caso a Juan Carlos Iglesias Zoido en su artículo del pasado sábado en este periódico, que los clásicos volvían a las escuelas y que a todo el mundo le había dado por averiguar si Teseo era hijo de Etra y Egeo o del mismísimo Poseidón. 

Todo era un espejismo: la aparición en internet del mítico rey de Atenas se debía a la búsqueda en la base de datos de tesis doctorales que lleva su nombre. Allí estaba todo el mundo, doctores y no doctores, intentando acceder a un tocho de 300 páginas sobre innovaciones de la diplomacia económica española. No pretendo entrar a valorar si es una tesis fetén o si merecía el cum laude, porque para ello habría que ser un experto en la materia y leerse un libro que, a simple vista, no tiene pinta de ser una lectura demasiado atractiva.

En cambio, sí que me sirve todo esto para reflexionar sobre las paradojas de este mundo en el que unos quieren aparentar saber cosas que ignoran y otra gente tiene que hacer todo lo contrario. Es lo que le ocurre a muchas personas jóvenes que han terminado sus grados y posgrados, que tienen pocas esperanzas de encontrar un trabajo en aquello que han estudiado, y que han de ocultar sus títulos en cada currículum que envían a una cadena de supermercados o a una empresa de telefonía. Hay determinadas empresas que no quieren gente con exceso de preparación académica para trabajos en los que no es necesaria, bien sea porque temen que se vayan en cuanto encuentren algo de lo suyo, o bien porque es más fácil domeñar a los que más ignoran.

Mientras algunos políticos emulan al Miles Gloriosus de Plauto y se apuntan victorias en batallas en las que no lucharon, todas estas historias nos debieran hacer pensar sobre el exceso de importancia que le damos a las apariencias y el escaso valor que se le otorga al saber verdadero. La carrera por acumular certificados y diplomas en la mochila lleva a algunos a cursar posgrados en los que pretenden convalidar el 80% de los contenidos, y es entonces cuando uno se pregunta si no les merecería la pena matricularse en uno en el que el 100% de los contenidos fueran novedosos. Pero imagino que habrá quien valore más tres títulos en papel que una destreza bien aprendida. Saber debería ser más importante que parecer que se sabe, aunque buena parte de la sociedad actual no lo crea así.

No sé si algún día nos curaremos de esta epidemia de titulitis, ni si conocerán las generaciones futuras expresiones como cum laude, obras como Miles Gloriosus o historias como las de Ariadna y Teseo tras el destierro de las lenguas clásicas de nuestras aulas.

Publicado en HOY el 19 de septiembre de 2018.

05 septiembre, 2018

Cuidar la tierra

Este verano he podido escuchar en un programa de radio de cobertura nacional una sección dedicada al mundo rural que llevaba por nombre El Terruño. Varios de los episodios tuvieron como protagonistas a localidades extremeñas, desde la Sierra de Gata a Fuente del Arco pasando por La Nava de Santiago o la zona rayana de La Codosera. El espacio te describía una realidad que cada vez es más invisible para los medios de comunicación y para quienes llevamos una vida urbana, con una narración que desprendía optimismo, ilusión, descubrimientos y mucha humanidad.

Se trataba de un esfuerzo encomiable para reivindicar la vida apartada del mundanal ruido viviendo de la agricultura, la artesanía o el turismo rural, pero nos engañaríamos si pensáramos que unas imágenes sonoras tan sugerentes van a provocar que la gente regrese a las casas abandonadas de sus abuelos, las limpie de polvo e intente pasar sus días con las ventajas de la vida bucólica y sin los inconvenientes de vivir alejado de servicios fundamentales de carácter sanitario, social o educativo. Los pueblos más pequeños se siguen abandonando y las cabeceras de comarca van poco a poco absorbiendo a los últimos pobladores de aldeas.

Durante los últimos veranos, tras los graves incendios producidos en la península ibérica, se habló mucho de la importancia de cuidar la tierra, de crear las condiciones idóneas para que a las parejas con criaturas pequeñas les merezca la pena vivir en los pueblos y no les suponga un sacrificio tan enorme que les haga buscar de nuevo el asfalto.

Y es que, como decía el recién dimitido ministro francés de transición ecológica Nicolas Hulot, no se está tomando con la seriedad que lo merece algo tan importante como permitir que el planeta tierra sea un lugar habitable no ya para nuestros nietos sino para nuestros propios hijos. Las leyes del mercado no entienden del medio plazo y el largo plazo ni se lo imaginan. Solo así se explica que a principio de siglo se construyeran en torno a Madrid multitud de autopistas radiales destinadas a que ocho millones de coches circularan por ellas todos los días porque íbamos a superar a Los Ángeles de California.

No sabemos cuándo tendrá que empezar el reequilibrio demográfico, un nuevo éxodo desde las ciudades a los pueblos para conseguir que los cimientos del planeta no acaben por tambalearse. Hemos minusvalorado la importancia del mundo rural y te das cuenta cuando repasas el vocabulario y reparas en el sentido peyorativo que ha acabado impregnando a adjetivos como rústico o pueblerino.

Cuidar la tierra y preocuparse del terruño es una labor de todos. Pensemos que quienes viven en los pueblos nos están dando oxígeno a los de las ciudades y que deberíamos corresponderles. Cada vez que intenten cerrar un consultorio médico rural o una escuela porque no llega a diez niños, deberíamos plantearnos las consecuencias que eso supone para el abandono del territorio. Y no sé si estamos a tiempo o es ya demasiado tarde.

Publicado en el diario HOY el 5 de septiembre de 2018.

22 agosto, 2018

Compromiso


Hace muchos años escuché a un político en el López de Ayala de Badajoz, en una época en la que estaba de moda aquello de “puedo prometer y prometo”, que él no había venido a prometer nada sino a comprometerse. No era más que un juego retórico para dar mayor credibilidad a su discurso, pues el tiempo acabaría demostrando que sus palabras tenían la consistencia de un azucarillo en una taza de café caliente.

Comprometer es poner a alguien en una situación difícil, contraer una obligación y hasta formalizar una relación de tipo amorosa, pero hoy me quiero referir a la última acepción del diccionario, a aquella que habla de “tomar partido por una ideología política y social y actuar en consecuencia”. Las artes y las letras han sabido distinguir al panfletario del comprometido, aunque hay quien se ha valido de esa fina línea de separación para meter todo en el mismo saco y descalificar a priori cualquier obra o escrito que se decantara de manera abierta ante los problemas humanos y terrenales.

Nunca ha sido fácil comprometerse. No lo era cuando había carencia total de libertades y sigue sin serlo en tiempos mejores. La evasión, la búsqueda de escenarios irreales, el escapismo o la propaganda a favor del poderoso han sido y serán siempre un salvoconducto para la tranquilidad y la seguridad. En cambio, quienes se atreven a ir a contracorriente, implicarse con los que le rodean o están a miles de kilómetros, unirse a las causas de los más desfavorecidos y dar la cara por ellos sigue siendo un sinónimo de meterse en líos.

Uno puede comprometerse con los niños del Sahara o hablar de la inseguridad que producen los manteros, uno puede entender a los barcos que rescatan náufragos o alentar a que la gente tenga miedo de las invasiones, uno puede preocuparse por el medio ambiente, por los árboles de su calle, por el estado de su río, por las instalaciones de sus escuelas y hospitales, por la escasez de las becas o enredarse en dimes, diretes y circunloquios para parecer que se está por encima de todo lo humano y divino.

Es tiempo de comprometerse y no hacerlo es consentir con lo que está llamando a la puerta. A nadie se le esconde que Europa y otros lugares del mundo está siendo recorridos por un fantasma que nos retrotrae a la tercera década del siglo XX. Cada vez hay más gente convencida de que África entera va a desembarcar y de que nos tenemos que atrincherar en nuestra fortaleza y defenderla. Cada día se extiende como un virus la creencia de que el enemigo de los pobres de aquí son los paupérrimos de allá, sin pararnos a pensar en que el problema no es de víveres sino de la manera que hemos establecido para repartirlos.

De la definición de compromiso me quedo con sus tres últimas palabras: no solo basta tomar partido sino que hay que “actuar en consecuencia”. Y eso significa que escribir no es suficiente.


Publicado en el diario HOY el 22 de agosto de 2018

08 agosto, 2018

Paisajes urbanos




Rara vez visitamos otras ciudades sin evitar las comparaciones con la nuestra. En una reciente visita a la localidad portuguesa de Nazaré volví a usar el teleférico que une la villa con la parte alta de la localidad y la taquilla lucía con orgullo un letrero de “servicios municipalizados”. Además, un cartel recordaba que allí mismo podían pagar el recibo del agua, también municipalizada. Luego vuelves a tu ciudad de origen y ves que todo va en sentido contrario, que ni el agua, ni la limpieza, ni la gestión de proyectos las lleva el propio Ayuntamiento. Ya solo queda que la policía local se externalice con una empresa de seguridad y que la alcaldía y las concejalías se saquen a concurso a una gestoría.
En estos días de calor agobiante no podemos dejar de pensar en cómo estamos transformando nuestras ciudades. Hace poco me contaba un amigo que en Jaén habían decidido destrozar una plaza como la de Deán Mazas para sustituir las baldosas históricas por el duro hormigón y quitar árboles, bancos y fuentes. La tendencia imperante es  suprimir todo aquello que requiera mucho mantenimiento para ir cambiándolo por espacios despejados y olvidarse de beneficiar a la gente que luego tiene que usar las calles y plazas.
Me parecía que ya habíamos aprendido de errores ajenos, como cuando en los años 90 dejaron el paseo de la margen izquierda del Guadiana en Badajoz con cuatro árboles que acabaron muriendo y con cemento por doquier, y este mismo diario anunciaba que en la Avenida Carolina Coronado se iban a talar los olmos y rellenar el espacio con rosales. Uno no acaba de comprender ese odio hacia los árboles que solo tiene parangón en George W. Bush, que proponía talar los bosques para evitarlos incendios forestales.
Ignorar el cambio climático, pasar por alto la necesidad de dotar de zonas verdes a las ciudades y creer que todo se resuelve sin tener en cuenta la sostenibilidad de la tierra en la que habitamos son algunos de los síntomas que delatan a los políticos más preocupados de cortar las cintas de inauguración que de facilitar la vida a sus convecinos.

No habían pasado 24 horas desde que se publicara la noticia y ya había comenzado el malestar por el barrio. Los carteles improvisados cubrían los escaparates y mañana a las ocho y media han convocado una concentración en la fuente de Cuatro Caminos. La pregunta va de boca en boca: ¿a quién le pueden molestar unos árboles que plantaron hace 40 años, con todo el cariño del mundo, los niños del colegio que está en la propia avenida?

O comenzamos por tomarnos en serio esta tarea de hacer habitables las ciudades o acabarán convirtiéndose en un infierno, en una sucesión de espacios despersonalizados, incómodos, en los que no apetece estar, donde nos cambian los bancos semicirculares que propiciaban el diálogo por sillas aisladas y viradas para que nadie se tenga que cruzar la mirada. Serán los nuevos paisajes urbanos, salvo que la gente despierte para impedirlos.

Publicado en el diario HOY el 8 de agosto de 2018 

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25 julio, 2018

Tras las batallas internas


Durante décadas habían sido los partidos de izquierda los que habían sido campos de batallas internas y que, con gran acierto, los Monthy Python parodiaron en La vida de Brian con la discusión entre el Frente Popular de Judea y el Frente Judaico Popular.

Cuando se echa la vista atrás habría que recordar que la derecha también escribió en la historia episodios como el Congreso de la UCD en Palma de Mallorca,  una semana después de la dimisión de Adolfo Suárez y dos semanas antes del 23F, y que acabaría saldándose con un partido que pasó de rozar la mayoría absoluta en 1979 a una docena de diputados tres años después.

Alianza Popular ha llegado a ser considerado el más sólido de los partidos. Fundado por siete ministros de Franco y con la voz cantante e indiscutible de Fraga durante los diez primeros años de existencia, solo tuvo un momento de incertidumbre, allá cuando Hernández Mancha consiguiera arrebatar a Herrero y Rodríguez de Miñón el trono dejado vacante por el político gallego, y al que éste hubo de retornar apresuradamente, nombrar a Aznar e iniciar un cuarto de siglo a base de dedazos más propios del PRI mejicano.

Este mes de julio la derecha española ha dado un giro copernicano, se ha atrevido a consultar directamente a la militancia y el sector más conservador ha acabado torciendo el brazo a Soraya, dando la vuelta a un proceso que se presentaba con dos mujeres en discordia y un actor secundario, y que ha acabado ganando el tercer hombre.

Sin entrar a valorar las dificultades que en Francia, Estados Unidos o España han tenido todas las mujeres que han estado a punto de ganar a un varón aunque parecieran favoritas (Segolène frente a Sarkozy, Hillary frente a Trump, Susana Díaz frente a Pedro Sánchez, etc.), que darían para un ensayo, convendría reflexionar sobre los paisajes que se configuran tras las batallas internas de los partidos políticos. Se suele caer en el error de no contar con quienes han perdido y con pasar listas de afectos o desafectos a los vencedores. Es costumbre habitual que esa falta de voluntad de integrar a quien ha sido derrotado en los procesos democráticos internos acabe por partir en dos o más pedazos a las formaciones políticas, aunque hay algo peor y es no reconocer al vencedor, negar la legitimidad democrática del ganador cuando se pierde, atrincherarse y boicotearlo todo.

Alguien dijo que si ganaba Soraya se habría producido una escisión en un partido que quería abarcar, al mismo tiempo, desde el lado más conservador del PSOE hasta los postulados más extremos que van triunfando en muchos lugares de Europa.  Era un abanico demasiado amplio incluso para Soraya. Ahora el peligro para el PP es que lo que se gane por la derecha se pierda por el centro. Un espacio que intentará ocupar C’s en una nueva pirueta estratégica que ya no sorprende a nadie. Las batallas internas producen estos paisajes. 

Publicado en HOY el 25 de julio de 2018

 

11 julio, 2018

Nagore y muchas más


Hay quienes piensan que la redes sociales no aportan nada bueno y quienes creemos que un uso comedido y sensato puede ser una fuente más para el conocimiento y la reflexión. Cristina es una periodista que de vez en cuando cuelga unas palabras en su muro que nos obligan a pensar, a repasar qué hicimos o dejamos de hacer para llegar una determinada situación. El domingo pasado, parafraseando la canción de El Último de la Fila, se preguntaba dónde estaba la prensa hace 10 años, cuando la enfermera de Irún Nagore Laffage fue asesinada en Pamplona por un joven médico psiquiatra.

Nosotros estábamos lejos, los medios generalistas de todo el país ignoraron el asunto y solo la prensa regional, esa que en la capital llaman “de provincias” y que a veces es más útil que la que se imprime en los madriles, se hizo eco del caso.

Durante toda esta semana, coincidiendo con los Sanfermines, se puede ver en abierto un largometraje documental de Helena Taberna que lleva por título Nagore y que la directora ha pedido que se proyecte en casas de la cultura o en asociaciones, que no se vea a solas sino contrastando pareceres e impresiones, creando foros y planteándonos qué ha pasado, cómo lo vemos y qué podemos hacer para remediar situaciones similares.

Cristina se preguntaba en su muro qué razones habían llevado a que el caso de Nagore no hubiera causado una respuesta social tan honda, tan unánime y tan rotunda como el rechazo a la manada. También nos planteaba el dolor que produce que su asesino esté suelto hoy y que Nagore muriera invisible, sin manifestaciones ni lemas. Después de ver la película de Helena Taberna cada uno sacará sus conclusiones y creo que, lamentablemente, muchas respuestas a todas esas preguntas radican en la diferente manera de ver las cosas dependiendo de quién sea la víctima y quién el victimario.

Tengo la certeza de que si los papeles hubieran estado cambiados, si un enfermero hubiera hecho lo mismo con una médico de buena familia y apellido conocidísimo en una capital de provincias, nos habríamos enterado de todo, el criminal estaría todavía en la cárcel y no se habría extendido esa especie de benevolencia hacia un joven que “cometió un error de juventud, se emborrachó, no sabía lo que hacía y al que no se le puede arruinar la vida”.

Ayer nos enterábamos de que el gobierno quiere modificar el Código Penal para garantizar que los tipos penales no se pongan en riesgo con la interpretación de los jueces. Un cambio que implicará que no decir expresamente que sí significará claramente que no. Todo esto llega tarde para la víctima de la manada y para otras tantas como Nagore. Las leyes podrán proteger un poco más, pero necesitamos que lo de este fin de semana, donde dos de las tres asesinadas ya habían denunciado al agresor, no vuelva a ocurrir. ¿Y si consideráramos ya a la violencia de género como el más extendido de los terrorismos?

Publicado en HOY el 11 de julio de 2018

El largometraje-documental Nagore puede verse en abierto hasta el 17 de julio en https://vimeo.com/191833250 accediendo con la contraseña
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27 junio, 2018

Lecciones de humanidad




La llegada al poder en los Estados Unidos y en algunos países europeos de políticos y partidos abiertamente xenófobos, racistas y llenos de odio a los pobres no es una novedad en el planeta. Todo el mundo recuerda lo ocurrido en Europa en los años 30 del pasado siglo y sus consecuencias: la Segunda Guerra Mundial, el holocausto, la persecución de judíos y gitanos hasta el exterminio  y millones de víctimas civiles.



El más sangriento y brutal acontecimiento histórico provocado por los humanos del que se tiene conocimiento tuvo sus consecuencias. Una de ellas fue la Declaración Universal de los Derechos Humanos, firmada en 1948, y que nació para evitar lo ocurrido, para sentar las bases de un futuro en el que jamás se pudiera jugar con las vidas humanas como si fueran ratas de laboratorio.



Todo el mundo sabe que la declaración ha sido violada y ninguneada por gobiernos de todos los colores en sus 70 años de vida, pero lo que ahora está en juego es algo todavía más grave porque las barbaridades que se apuntan no proceden de dictaduras aisladas sino de democracias consolidadas. Y es entonces cuando tenemos que preguntarnos, como hacíamos con la gallina y el huevo, si llegaron primero los políticos xenófobos para alentar los bajos instintos de parte de la ciudadanía o ha sido al revés, que Orban, Trump o Salvini son los oportunistas que van a pescar en las enfangadas aguas de la intolerancia porque saben que allí hay un caladero.



Hace unos días supimos que entre quienes aconsejaron a Pedro Sánchez a traer al buque Aquarius a Valencia estaba el mismo que asesoró en Badalona a un político de altura (física) con un lema que alentaba a “limpiar” la ciudad, y no precisamente de papeles en el suelo. La mercadotecnia de la política es un mundo cada vez más inexplicable para algunos o excesivamente sencillo para otros. Tan simple, quizá, como vender crecepelos a los calvos por la mañana y cremas depilatorias por las tardes para quien las necesita. No hay problema ético y todo consiste en saber qué demanda la gente.



La diferencia entre el político responsable y aquel que no lo es radica en ser capaz de convencer del error a quienes le demandan soluciones inhumanas, en lugar de dejarse llevar por los sentimientos más intolerantes y regalar los oídos a los que creen que el mundo sería maravilloso eliminando a los pobres que golpean las vallas de las fronteras. Pero de nada servirán los muros, ni las concertinas, ni la crueldad de separar a los niños y meterlos en jaulas. La gente viene porque huye de la muerte. Y mientras no atajemos las causas que obligan a tantos miles de personas a meterse en pateras o cruzar desiertos nos quedan dos opciones: dejarlos morir o salvarles la vida. Yo quiero ser de estos últimos, cueste lo que cueste, porque la historia nos dice que la primera opción es incompatible con la humanidad. 

Publicado en HOY el 27 de junio de 2018.

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13 junio, 2018

Seres comunes



En este mundo siempre ha sido más fácil impartir justicia a granel que hacerlo de forma selectiva. Todo depende de si perteneces a la aristocracia de los Lores o eres uno más de esos seres comunes que andan por ahí. En eso no nos diferenciamos demasiado de los animales, cuyos tratamientos veterinarios se hacen de forma individual en el caso de valiosas reses y se sacrifica sin distinción a rebaños y piaras menores.



No quisiera entrar en la polémica surgida con motivo de la repetición de unos exámenes en Extremadura y que, como cabía esperar, se ha zanjado con un castigo colectivo a varios miles de inocentes por culpa de un descuido o negligencia del que se habrían podido ver favorecidas algunas personas.



¿Cree alguien que se habría actuado de la misma manera si no fuera porque las personas perjudicadas son jóvenes que apenas han cumplido los 18 años? Mucho me temo que no, que se ha optado por hacer tabula rasa y cortar con sierra mecánica lo que debería haber sido tratado con delicadas técnicas de mínima invasión.



Olvidarse de los seres comunes es lo más sencillo en cuanto se tiene algo de poder. Esos seres comunes de los que hablo pueden ser congéneres que huyen de la muerte en barcazas y que son tratadas como apestados, pero también lo son los neorurales condenados por dar vida a pueblos abandonados de Guadalajara porque no tienen cláusula legal que les ampare. Para eso fue más listo el potentado empresario que se aseguró un pingüe beneficio guardando gas bajo un castor mediterráneo: funcionara el invento o no, él nada perdía. Eso, sí que es jugar con ventaja.



Me temo que el desprecio a los que están más abajo está más extendido de lo que parece: grandes bancos reclaman seguridad jurídica para evitar nuevos impuestos que graven sus beneficios y lo hacen porque saben que pueden cambiar la ley con dos llamadas de teléfono, sin necesidad de bajar a la calle con pancarta, y porque, en el peor de los casos, tienen en su mano pasarle esa pelota a los clientes con menos recursos en forma de comisiones bancarias.



Una sociedad o un colectivo que se precie de valores morales es aquel que se preocupa por sus seres más débiles e indefensos. En los últimos días hemos podido ver gobiernos capaces de dejar morir a centenares de personas con argumentos xenófobos y a poblaciones civiles con agallas para superar esa miseria criminal que se esconde bajo el odio a todo extranjero pobre que huya de la muerte.



Nunca es tarde para ponerse del lado del bien común, para estar junto a esos seres comunes que jamás pisarán una alfombra, que tampoco serán recibidos en palacio y que difícilmente serán escuchados por quienes creen que el estrado institucional en el que están subidos es una garita (o un garito) del que hay que apartar a los que nada tienen. Poco tenemos que recuperar de los errores del pasado y mucho que hacer por el bien común.

Publicado en HOY el 13 de junio de 2018

*La imagen es de José Manuel Puebla y se publicó en ABC el 4 de septiembre de 2015
 

30 mayo, 2018

Salir de aquí



Nada de lo que va ocurrir esta semana era imprevisible. Sabíamos que tarde o temprano comenzarían a dictarse sentencias contra el Partido Popular en todos los casos en los que han estado implicados sus dirigentes, desde ministros hasta concejales de localidades pequeñas. Cada minuto que pasa con el PP al mando de todas las altas instituciones del Estado es un tiempo perdido para una necesaria regeneración de la democracia y una recuperación de las libertades civiles amordazadas.


No todos lo tienen claro y ni en el partido de Pedro Sánchez es unánime el aplauso a la moción presentada. El lunes escuché a un antiguo barón del PSOE que decía estar mucho más preocupado por el independentismo que por lo que habían malversado y robado los gobernantes populares. Sin entrar en comparaciones, a lo mejor el problema está en que no calibramos bien lo que nos ha supuesto esa corrupción que los expertos cifran en más de 90.000 millones de euros. Si uno lleva más de tres décadas en coche oficial y ganando el triple que el ciudadano medio, es probable que los latrocinios de la calle Génova de Madrid no los haya notado jamás en su ritmo de vida.



Pero si hacemos las cuentas de otra manera todo cambia: imaginen por un momento que a cada uno de los miembros de su familia un atracador les levantara 40 euros a punta de navaja el primer día de cada mes y durante todo un año. En enero les parecería una casualidad, en febrero algo intrigante, en marzo clamarían al cielo y en abril estarían pidiendo en la comisaría que detuvieran al ladrón de una vez. Al llegar a fin de año les habrían soplado casi 500 € y uno imagina que las calles estarían llenas de gente protestando por la ola de inseguridad y para que arrebataran al malhechor el arma blanca.



Esta es la estructura profunda de lo que se dilucida en los próximos días. Si somos capaces de apartar del poder a quienes se enriquecieron mediante el empobrecimiento de las arcas públicas y de los bolsillos de los más débiles, o nos ponemos a discutir si hay que desarmarlos desde la izquierda o ayudándonos de una toalla naranja o amarilla. 

Antes de que empiecen a caer otras sentencias, y con la certeza de que la moción de censura no saldrá adelante por culpa de los que anteponen intereses particulares, territoriales o electorales, uno se pregunta si es necesario sacar defectos a las salidas de emergencia en el momento de ser utilizadas. Cuando te acorralan las llamas en un rascacielos o el barco se va a pique en una noche de invierno, uno no puede pararse en detalles sobre a la robustez de la escalera de incendios o sobre si el bote salvavidas aguantará la embestida del temporal. Hay un momento en el que no hay otra opción que no sea escapar: salir de aquí, cuanto antes, que tiempo habrá para desandar pasos y singladuras.

Publicado en el diario HOY el 30 de mayo de 2018 

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16 mayo, 2018

Minutos de silencio


El pasado 18 de agosto, a las doce del mediodía, guardé un minuto de silencio en la puerta de mi lugar de trabajo. La tarde anterior habían muerto varias personas en las Ramblas y durante ese minuto de silencio estuve recordando las veces en las que habíamos sido convocados allí para mostrar la repulsa por unos crímenes masivos: por los 56 muertos de Londres en 2005, por los 130 de París en 2015, por los 35 del aeropuerto de Bruselas, por los 23 del concierto de Mánchester y por los 15 que habían muerto en Barcelona la tarde anterior. 


Al terminar me di cuenta de que estos actos simbólicos no se convocaban siempre y que tampoco dependía tanto del número de víctimas como de la cercanía de las mismas. También reparé en que el impacto y la consternación se hacían más visibles en los medios y más presentes en los actos de repulsa si nos podíamos ver reflejados en las víctimas. Así es: todos podríamos haber sido turistas frente al Big Ben, tener a un hijo adolescente en Bataclan o en Mánchester, a una compañera de trabajo en el aeropuerto de Zaventem o a un primo junto a Canaletas.



Quizá por eso nadie convocó ayer un acto de recuerdo frente a Ayuntamientos o en los lugares de trabajo, porque las 60 personas que ayer perdieron su vida en la franja de Gaza nos son tan lejanas como los habitantes de un barrio de Shanghái. E incluso los seis bebés palestinos se nos parecerán más al olvidado Eylan de aquella playa turca, que la niño australiano fotografiado sobre el suelo de las Ramblas.



Nos urge alcanzar un criterio común a la hora de calibrar el dolor, para que no parezca que nos importan más las vidas de los blancos, occidentales y de buen estatus económico, que las de los seres de tez más oscura y sin suelo en el que caerse muertos. Además de esto, nos hace falta valor para llamar de la misma manera a quienes causan el mismo terror: porque no puede ser que algunas matanzas sean, con toda lógica, tildadas como “actos terroristas”, mientras que a idénticas acciones se las denominen como “enérgicas respuestas armadas en defensa del Estado”.



No confundamos con antisemitismo lo que es una defensa de los Derechos Humanos y una crítica a la violencia de los gobiernos israelíes. De hecho, a muchos nos encanta la cultura hebrea y creemos que el mayor intelectual vivo es un judío estadounidense llamado Noam Chomsky. Pero, lamentablemente, el estado de Israel lleva mucho tiempo cometiendo graves crímenes y la propia ONU acusaba ayer tarde al gobierno de Netanyahu de ordenar “matanzas indiscriminadas”.  



Deseo que no vuelvan convocar minutos de silencio y que esto ocurra no solo por la desaparición de los ataques terroristas, sino porque el pueblo palestino tenga su lugar en el mundo y en el que vivir con paz y dignidad. Hasta entonces no quiero más silencios porque empiezan a parecerme cómplices.

Publicado en HOY el 16 de mayo de 2018 
La fotografía es de Mahmud Hams / AFP

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02 mayo, 2018

Texto y contexto


Las posibilidades que nos dan las nuevas tecnologías para estar en contacto mediante mensajes instantáneos son, a priori, un logro de la civilización. Cada grupo de mensajería tiene sus virtudes y sus miserias porque los hay de todos los colores: de familiares cercanos, de la familia ampliada, de grupos de amigos, de compañeras de trabajo, de la asociación cultural, de la pandilla de la adolescencia, de las madres del colegio del niño y hasta de los vecinos del portal. Son muy útiles para transmitir información rápidamente a los destinatarios deseados, pero son absolutamente nocivos si se quieren usar como foro de debate o para conversaciones en las que hay que dilucidar algo importante.



Y es que el texto no lo es todo. Aquellas palabras que nos van apareciendo en la pantalla de nuestros móviles carecen de elementos fundamentales de la comunicación humana. No sabemos si las frases nos las dicen con voz suave o a gritos e ignoramos si los signos de interrogación, en el caso de que se pongan, encierran preguntas sinceras, retóricas o sarcásticas. Tampoco podemos adivinar si hay ironía en las afirmaciones y desconocemos si quien nos interpela tiene una mirada tierna o asesina, porque el lenguaje corporal, que suele ser más sincero que el verbal, está ausente. Una parte importante de los enfados o malentendidos que se producen de unos años a esta parte proceden de interpretaciones erróneas de un texto que hemos leído en la pequeña pantalla de nuestros móviles y del que no tenemos contexto. Si no tenemos en cuenta lo que acompaña o rodea a las palabras textuales podemos encontrarnos con que el mensaje recibido sea muy diferente de lo que el emisor deseaba expresar.



Desde hace casi una semana hemos asistido colectivamente un curso presencial e intensivo sobre las palabras consentimiento, intimidación, estado de shock, abuso, agresión y prevalimiento. A los que no sabemos de leyes nos cuesta entender el retorcido lenguaje de los juristas para explicar cosas relativamente sencillas. Una de ellas es que no es necesario verbalizarlo todo para enviar un mensaje, porque muchas veces una mirada, un gesto o la simple presencia sirven para explicar, atemorizar y quebrar voluntades. Ya sé que entramos en el terreno de lo subjetivo y que quienes tienen que impartir justicia necesitan documentos firmados y constancia de frases pronunciadas, que no les valen los silencios porque el refranero dice que callar otorga y a partir de ahí todo es posible.



No. Las personas normales no necesitan que les digan que no pueden hacer determinadas cosas. Basta con un poco de sentido común para entender los contextos que provocan que el pánico inmovilice cualquier reacción de autodefensa. Habrá que afinar mucho más en los textos de las leyes para que ningún magistrado pueda salir por peteneras, pero a la gente sensata no nos hacen falta 639 artículos para distinguir un abuso de una agresión: nos basta conocer los hechos probados y el contexto en el que se produjeron.

Publicado en el diario HOY el 2 de mayo de 2018 

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