20 mayo, 2020

Estimado Fernando


No me suena haberte visto en televisión en aquellos días del ébola, cuando una auxiliar de enfermería se contagió y sufrió un acoso mediático sin precedentes hasta entonces.  Tampoco recuerdo tu imagen de los días previos al estado de alarma,  quizá porque me había acostumbrado tanto a informarme en papel y por radio que a veces no pongo cara a los personajes de actualidad.

La segunda o tercera vez que te vi me llamó la atención que vistieras de manera sencilla e informal, aunque imagino que algunos la tildarían de inapropiada, y enseguida me di cuenta de tu procedencia por el acento y alguna palabra de la tierra que se te escapó.

Cuando llegó el confinamiento más severo tomé la costumbre de verte en la comparecencia diaria. Contigo nos enteramos de la importancia de achatar la curva y de que íbamos a pasar días muy complicados, también supimos que fuiste víctima de la enfermedad, te recuperaste y reapareciste en la escena como si tal cosa.

Lo que no consiguió el virus casi lo logra una almendra. La naturalidad con la que lo contaste ese día, y avisando al día siguiente que ya no habías ingerido ningún fruto seco, me llevó a fijarme más en tu manera de comunicar las cosas que en el contenido. Las cifras ya estaban bajando, todo hacía indicar que íbamos por buen camino y fue entonces cuando abriste los brazos, tras una pregunta que te pedía una explicación del descenso de muertos, y exclamaste aquello de que llevábamos ¡cinco semanas aislados!

Ahora que ya vamos saliendo a la calle, ahora que es posible que volvamos a la normalidad (aunque sea nueva) me he enterado de que hay gente a la que no le hace ninguna gracia ni tu estilo sencillo, ni tus explicaciones sin palabros para que las entendamos los legos en la materia. También sé que te llaman Don Simón y no es por forma de tratamiento ceremoniosa sino para compararte con un vino barato.

Reconozco que voy guardando algunos de tus vídeos por si algún día vuelvo a dar clases de lengua. No es porque tengas una sintaxis brillante o una voz de locutor, sino porque actúas con una naturalidad y una lógica que estaba deseando aplaudir. Llevaba décadas esperando que alguien me dijera desde un estrado público que no sabía la respuesta o que al día siguiente lo estudiaría y podría contestar.  Siempre pensé que la credibilidad docente se afianza más con un no sé, que con una perorata de Cantinflas y una salida por la tangente.

Pero me ganaste para siempre cuando un periodista te planteó que "mucha gente joven y sana se pregunta si no es mejor pasar la enfermedad e inmunizarse que estar esperando a que baje la curva”. Tu respuesta es para manual de ética: "El problema para una persona joven no es tanto pasar la enfermedad sino a quién puede transmitir. De todas formas, eso de que los problemas de los demás no son nuestros problemas no me parece la forma más solidaria ni más prudente de enfrentar esto". Me quito el sombrero, estimado Fernando, no puedo añadir nada más.

Publicado en el diario HOY el 20 de mayo de 2020.

06 mayo, 2020

Cuestiones de espacio


No había buscado la palabra espacio en el diccionario hasta ayer por la tarde, cuando decidí incluirla en el título de este artículo. Hasta catorce acepciones diferentes he encontrado y otras ocho combinaciones que nos llevan al espacio aéreo, al exterior, al vital o hasta a los espacios imaginarios, esos que son irreales y de fantasía.

Antes de que nos pasara todo esto, ya andábamos hablando del espacio, de las enormes dificultades que tenía la gente para quedarse a vivir en los pueblos de la España vaciada y del poder de absorción de las grandes ciudades para acabar tragándoselo todo, como si se tratara de los agujeros negros que hay a miles de años luz.

Llevaban décadas empujándonos para que nos fuéramos todos a vivir a megalópolis cada vez más extensas cuando descubrimos que, salvo algunos focos excepcionales, la enfermedad pandémica se ha cebado en las áreas de altísima densidad de población (Madrid, Cataluña, Lombardía, Bélgica, Nueva York) mientras que las islas remotas y valles recónditos se encuentran libres de todo peligro.

Ayer se preguntaba Antonio Tinoco en esta misma página si estábamos aprendiendo las lecciones de esta crisis y confieso que tengo algunas dudas. Me preocupa que las prisas por salir del túnel, ahora que ya se atisba la luz de la salida, acabe en una avalancha o un derrumbe. Los expertos en catástrofes suelen indicar que mantener la calma e ir despacio y ordenadamente es mil veces más seguro que intentar escapar a toda prisa.

Hoy se tendría que aprobar una prórroga del estado de alarma y el resultado de la votación puede ser un enigma hasta el último instante. El juego político es un barrizal en un momento en el que se deberían estar usando los mejores modales y todas las capacidades de consenso. En cualquier caso, el mayor desatino al que nos podemos enfrentar es al de intentar quitar los mandos al piloto de un avión en pleno aterrizaje de emergencia. Hay estrategias que debilitan al adversario político pero que se deben usar en su justa medida, porque pueden tener el efecto de un boomerang o acabar en un disparo en el propio pie.

La memoria es muy frágil y la memoria colectiva es una pieza de finísimo cristal. Por mucho que nos recalquen que la normalidad no será la de antes sino una diferente, en la que habrá que guardar las distancias y dejar muchos espacios vacíos, es muy posible que nos olvidemos y nos dejemos llevar por nuestras antiguas costumbres: no es complicado aprender algo novedoso sino desaprender lo que ya tenemos automatizado.

Desde que nos dejan pasear unas horas, he visto diferencia que existe entre los comportamientos de las primeras horas del día y los del final de la tarde, de los espacios holgados que se respetan al amanecer y del agobio que producen ciertas concentraciones humanas después de las ocho de la tarde. En los próximos años tendremos que repensar todos los espacios: los naturales, los urbanos, los rurales, los políticos, los sociales, los culturales, los educativos, los geriátricos, los sanitarios, los laborales, los comerciales y hasta los personales. Mientas tanto, usemos toda la calma y la sensatez que nos quede.

Publicado en el diario HOY el 6 de mayo de 2020

 

22 abril, 2020

Lo mejor y lo peor


Dicen que en las circunstancias extremas es cuando se ve de manera transparente cómo somos, que ante lo adverso se acaba sacando lo mejor de uno mismo. Nadie podía imaginar, cuando veíamos elevarse los cimientos de un hospital en Wuhan, que acabaríamos convirtiendo nuestros recintos feriales en hospitales de campaña. Mañana habremos cumplido una cuarentena literal y en este tiempo hemos admirado el esfuerzo del personal de la salud pública, de los transportistas, de taxistas que llevan gratis a enfermos, de tenderos de barrio que siguen abriendo para que no nos falte de nada, de empleadas de banca y de supermercados, de maestras que se desviven para que sus niños no pierdan el hilo del aprendizaje.



La lista de cosas negativas es muy dura: miles de personas que han fallecido, otras tantas que han estado a punto, los familiares que no han podido despedirse de sus seres queridos y un desbarajuste económico que en Occidente no vivíamos desde las guerras mundiales y la gripe de 1918. Imagino que la Historia contará estos días y analizará los errores cometidos por los gobernantes, por los que no conjugaron verbos como prever, prevenir o anticiparse, por los incívicos que no entienden lo que nos estamos jugando, por los descerebrados que niegan las evidencias científicas o por los que se dedican a apedrear desde los últimos asientos del autobús al conductor del vehículo en el que viajamos todos.



Dicen que la primera víctima de todas las guerras suele ser la verdad y a más de uno nos ha molestado tanta comparación entre la lucha contra la pandemia con un conflicto bélico. Si en la guerra europea de hace 100 años los bulos y la propaganda tardaban días en llegar, las mentiras en torno al covid-19 se propagan con la misma celeridad que el virus. Las mentiras nos hacen daño como sociedad, sin duda, pero la manera de evitar sus efectos no es a base de mordazas sino de formación y sentido crítico de la ciudadanía para destaparlas, y de información veraz y sin sesgos para rebatirlas. Por eso creo que los medios de comunicación serios deberían estar preocupados tanto por las veleidades censoras de algunos, como por las pésimas praxis de algunos medios que desinforman con premeditación y distribuyen falsedades impunemente.



Pero dejen que me quede con lo mejor, que me admire con las redes de voluntariado que se van creando en algunas ciudades, en el huerto urbano de Suerte de Saavedra que reparte verduras entre la gente que más lo necesita, en quienes ensanchan su capacidad de empatía, en quienes cuidan a nuestros mayores y quienes arriesgan su salud para que no nos falte a los demás. Me sobran los lutos oficiales, banderas a media asta y crespones negros que no alivian las penas.



Sí echo en falta que alguien vuelva a contar, en horario de máxima audiencia, aquella fábula de Esopo de un chico que se estaba ahogando y que pidió ayuda a un transeúnte. Mientras éste le recriminaba la temeridad e imprudencia de meterse en el río, el chaval le dijo aquello de sálvame ahora y luego ríñeme todo lo que quieras. Pero me temo que algunos no se darían por aludidos.

Publicado en el diario HOY el 22 de abril de 2020.

16 abril, 2020

La última de Ken Loach. Sorry we missed you



Acabo de ver la última película de Ken Loach. Dura, como la vida misma. Más dura que I, Daniel Blake, que la he recordado mucho estos días. No sé si Paul Liverty y Ken Loach son el Charles Dickens de estos tiempos o quizá debería encontrar otro paralelismo. Loach nos describió como nadie los dramas humanos que escondían las cifras del thatcherismo. 


Cada mañana en la radio, incluso en las más 'progres', me hablan de la cifras macroeconómicas frías y de cómo reaccionarán los mercados ante tal o cual medida. ¿Qué hemos hecho para dejar que esto ocurra? ¿En qué rueda de ratón enjaulado estamos corriendo como locos en busca de un premio inalcanzable? ¿Cuándo y dónde se nos cayó la conciencia de clase para que admiremos más al dueño de la multinacional de la ropa que a las chicas que cosen sus prendas en Bangladesh? ¿Qué tendrá que pasar para que nos demos cuenta de que esa mierda de caja de cartón con sonrisa enriquece sin medida a un tipo siniestro y desconocido, mientras mata de hambre a la vecina y al vecino que tiene los ojos tristes? 

Necesitamos a Ken Loach. Y para algo tan simple como descubrirnos lo que pasa a nuestro lado y no vemos (o no queremos ver).

08 abril, 2020

Tiempo, vida, gobierno

En el año 2015 leí que el Corpus de Referencia del Español Actual (CREA) había analizado 40.000 documentos de todos los países hispanohablantes. Los periódicos publicaron entonces la lista de las 500 palabras más usadas y que encabezaban todos esos pronombres, conjunciones, y preposiciones que están por todos los lados. Me detuve a buscar los tres primeros vocablos que fueran inequívocamente sustantivos y resultaron ser tiempo en el número 70, vida en el 76 y gobierno en el 86.



Quienes llevamos semanas confinados hemos aprendido que el tiempo se puede hacer eterno o volar, dependiendo de que sepas cómo rellenarlo y en qué ocuparlo. También nos vamos dando cuenta de que, como cantaba Pablo Milanés, la vida no vale nada en los momentos en que te cuentan que una enfermedad se está llevando a mucha gente que no son solo números sino que también tienen nombres, apellidos y familiares a los que conocemos.



Sí me llamó poderosamente la atención que la palabra gobierno estuviera en un lugar tan destacado. Ahora no sé si es el mejor momento para hablar del gobierno (o desgobierno) ante una situación que sobrepasa fronteras y que tiene que tener sus prioridades. Como cada vez que hay un incendio, siempre hay una investigación para saber dónde, cómo, qué o quiénes fueron los causantes, pero a nadie se le ocurre ponerse a indagar cuando las llamas están todavía asolándolo todo. En estos casos, como cuando a uno lo tienen que operar, solo cabe confiar en las profesionales que saben de la materia porque cualquier otra opción es perjudicial para todos.



No sé si el término más utilizado de este periodo histórico que estamos viviendo acabará siendo contacto y todas sus derivaciones. No estaba entre las 500 elegidas pero va ganando enteros en el día a día: tener buenos contactos, pasar el contacto de alguien o el habitual seguimos en contacto que sirve para cerrar las múltiples videoconferencias que hemos aprendido a hacer a la fuerza. No hay semana que no tengamos una con las compañeras con las que teletrabajamos a distancia, con los familiares cercanos y lejanos, con la gente de la oenegé y de la asociación cultural o hasta con la pandilla de la adolescencia de la época en la que se estudiaba BUP.



Tal vez haya un contacto que durante un tiempo tendremos que alejar de nuestras vidas: el propiciado por esa cercanía que en determinadas culturas había entre las personas. Los abrazos, los besos y los apretones de mano quizá sean sustituidos por reverencias distantes como las que veíamos en el cine japonés y que nos provocaban tanta gracia.



O puede que no. Puede que encontremos una vacuna, que nos vayamos de vacaciones a las casas rurales de nuestra tierra para ayudar a que sobrevivan, que volvamos a comprar en la tiendas de al lado en lugar de a un almacén amazónico y que nos acordemos siempre de valorar lo público como se merece. En aquella lista no aparecía la palabra miedo y la cerraba la palabra calidad. A eso habrá que dedicar el tiempo en el futuro, a mejorar la calidad del vida de todos los seres humanos, sin excepciones. Y sin miedo.

Publicado en el diario HOY un 8 de abril de 2020

25 marzo, 2020

Lo común, lo de todos los días

La música, la radio, la lectura, el cine y la inabarcable producción mundial de series van haciendo pasar los días confinados de una manera medio saludable para nuestras mentes. Desde que nos tocó encerrarnos en casa para intentar salvar nuestras vidas, las de nuestros mayores y las de todos los seres humanos del planeta, nos vienen a la cabeza versos sueltos que no sabemos quién escribió y estrofas de canciones que teníamos olvidadas.



Ayer, tras once días de confinamiento, se me anidó una canción de Silvio Rodríguez que habla de lo común, de lo de todos los días. Lo cotidiano se puede convertir en una pesada losa salvo que sepas sacarle jugo a los libros que pueblan los estantes, a esa serie danesa que te recomendaron, a ordenar las fotografías de los últimos tres años o a reciclar todo aquello que no volveremos a usar.



No sé si todo esto nos servirá para darnos cuenta de en qué consiste lo común. Creíamos que el mundo estaba bien organizado, sobre todo si teníamos una buena parcela que disfrutar, con cancela automática, vallado en todo el recinto, cámaras de control de intrusos y protección durante las 24 horas desde una de esas empresas de seguridad que llenan de publicidad las radios y que juegan con el miedo, la palabra abstracta más difícil de definir.



La parcela nos alejaba de la miseria, de lo que no queríamos ver, de los sufrimientos que siempre eran ajenos porque nos había tocado en suerte la cara A de la opulencia. Y un día nos llega por el aire un virus que no distingue, en principio, los pulmones de La Moraleja o de Usera, de Pedralbes o de La Mina, de Las Vaguadas o de Aldea Moret. Es entonces cuando nos damos cuenta de que lo común era importante y que aquí no valen cotos privados, zonas vips o clases preferentes para estar a salvo, aunque el confinamiento es bien diferente si tienes un empleo estable y que te permite teletrabajar, o si te toca cargar con incertidumbres laborales y económicas para añadir a las que ya tenemos.



Quizá estemos haciendo demasiados planes para cuando pase la tormenta, pero también es la mejor terapia para no caer en el pesimismo, en la ansiedad, en el insomnio o la depresión. No me cabe duda de que tendremos que repensar muchas cosas cuando salgamos de esta y que otros retos, como la eliminación de la pobreza o la preservación del planeta ante el cambio climático, los tendremos que universalizar sin excepciones, sin fronteras geográficas y sin clasismos excluyentes.



Así que nadie no nos va a quitar la ilusión de luchar por lo común, por lo de todos los días, por descalzarse en la puerta, por la mano amiga, por la sorpresa casi cotidiana del atardecer, por el mantel de la mesa, por el café de ayer, por los pequeños terribles encantos que tiene el hogar. No he sido nada original, todo este párrafo ya nos lo cantó Silvio hace 42 años.

Publicado en el diario HOY el 25 de marzo de 2020

11 marzo, 2020

El virus más peligroso del mundo


Entre sembrar el pánico por la aparición de una nueva cepa de virus y quitarle toda importancia imagino que hay un término medio, un aconsejable punto de sensatez, imprescindible ante cualquier emergencia, y que consiste en no perder la calma, hacer caso a las indicaciones de las autoridades responsables y no crear más problemas de los ya existentes. Recuerdo que esa era también la primera medida que había que tomar ante cualquier accidente de tráfico: aunque el test te sugiriera respuestas plausibles como sacar a las víctimas de los vehículos o reanimarlas, la contestación correcta siempre era la de señalizar todo para evitar más accidentes y males mayores.



El tiempo dirá si nos estamos protegiendo en exceso o si todas y cada una de las medidas y prohibiciones eran necesarias. Mientras tanto, tenemos a medio mundo hablando de un virus con forma de corona y al otro medio sumido en situaciones ignoradas, como la que ha afectado a los 6000 niños muertos por sarampión en la República Democrática del Congo. Nada es importante salvo que pueda afectar al llamado primer mundo. Quizá por eso los medios llevan semanas convirtiendo cada información en un programa radiofónico de tarde dominical, contando el número de posibles contagios, casos confirmados y víctimas mortales como si fueran el minuto de juego y resultado de una jornada de liga.



No hay tiempo ni sosiego para caer en la cuenta de que en 2019 murieron en España 6.300 personas por la gripe, en tanto que el coronavirus apenas ha pasado de 4000 en todo el mundo y de 35 en España. Podríamos deducir que quizá no estemos ni ante el peor virus ni la peor enfermedad conocida de los últimos años sino ante la que más nos ha ocupado y preocupado, hasta el punto de que hemos vuelto a ver en la vieja Europa a gente acaparando víveres en los supermercados como si la penúltima distopía de Black Mirror estuviera llamando a la puerta.



Mientras se mantienen todas las cautelas ante un virus del que se conoce todavía poco, lo que sí parece claro es que hay virus más peligrosos en la faz de la tierra, que llevan tiempo expandiéndose y que están produciendo tantas víctimas que no sabemos ni contarlas: Grecia lleva semanas gaseando a refugiados sirios con el aplauso de la Unión Europea, que vitorea con orgullo a sus centinelas de las fronteras exteriores; la xenofobia y el racismo alcanzan cotas que este continente no veía desde hace 80 años; las mascarillas desaparecen de los hospitales y el código ético más generalizado se resume en tres palabras que cantaron los de Vetusta Morla: sálvese quien pueda.



Tarde o temprano habrá vacuna para el COVID-19 y en el primer mundo respiraremos más tranquilos. Para el virus más peligroso del planeta, el que propaga desprecio y odio a los que son diferentes y más pobres, no hay multinacional farmacéutica que esté investigando. Es lo que pasa cuando las víctimas no tienen ni un céntimo.  

Publicado en el diario HOY el 11 de marzo de 2020


 

26 febrero, 2020

Currículum oculto

La palabra currículum, que se recomienda escribir con tilde si va sola y quitársela si va acompañada de vitae, es la relación de los títulos, honores, cargos, trabajos realizados, y datos biográficos que califican a una persona. En cambio, se conoce por currículo a la regulación de los elementos que determinan los procesos de enseñanza y aprendizaje para cada una de las enseñanzas y etapas educativas.

Quienes están al margen de lo que ocurre en colegios e institutos solo conocerán la primera acepción, la de ese escrito en el que se cuenta qué has estudiado y dónde has trabajado. Les sonará a chino lo de extracurricular, adaptación curricular y hasta el currículo oculto, que es como llaman ahora a todas esas cosas que se enseñan y se aprenden en las aulas pero que no se recogen de manera explícita en la voluminosa documentación que tienen que manejar los enseñantes de hoy en día.

Pero no voy a hablarles de ese currículo oculto, que merecería un capítulo aparte, sino del curriculum vitae de una ministra, que ha sido acusada por algún medio de no haber mencionado en él sus tareas como empleada de una tienda de electrodomésticos. Cuando me enteré de la polémica esbocé una sonrisa por este giro copernicano de la investigación periodística, más ocupada ahora en descubrir lo que ha desaparecido de un CV que de lo que se ha engrandecido en otros muchos, incluyendo másteres no realizados y poderosas proezas, como la de acabar media carrera en un cuatrimestre.

El asunto se quedaría en anécdota si no fuera porque muchos expertos sí recomiendan redactar un currículum específico para cada solicitud, despojando de aquello que sea menos relevante para las características del puesto que se pretende desempeñar. Pero la anécdota se convierte en algo más serio porque nos recuerda lo que miles de jóvenes han tenido que hacer a lo largo de su vida: no mencionar todos los títulos o habilidades para así poder conseguir un trabajo cualquiera.

Que la ministra de Igualdad no haya escrito nada de sus meses como dependienta de una tienda no es ningún delito y quizá haya sido una tontería no ponerlo, porque no es una deshonra (ningún trabajo lo es) y siempre será una experiencia de la que aprender.

Pero el drama del currículum oculto es otro: es el de la licenciada o graduada que no cuenta que ha estudiado Humanidades o Psicología para que le den un contrato de tres meses en una tienda de ropa baratísima, o el del ingeniero que no menciona que lo es para poder seguir montando sencillos cuadros eléctricos aunque sea por el salario mínimo. 

Una experta en recursos humanos me dijo que muchas empresas rehúyen de candidatos con más formación de la necesaria porque creen que acabarán frustrándose y dejando el trabajo a la primera oportunidad. La realidad es que seguimos formando a personas jóvenes que es muy probable que acaben suplicando un trabajo para el que están sobradamente preparadas. ¿Tocará emigrar de nuevo? 

Publicado en el diario HOY el 26 de febrero de 2020

 

05 febrero, 2020

Culpables por defecto


Hace años que leí un libro de Owen Jones en el que contaba la manera en que los medios británicos ridiculizaban a las capas más desfavorecidas de la sociedad y las hacían culpables de sus propios males. No ha sido la presencia del Reino Unido en todos los noticieros recientes lo que me ha traído este libro a la memoria, sino algunas noticias y declaraciones que atribuían la causa de los cortes de luz en los barrios más desfavorecidos de Badajoz al cultivo de ciertas plantas o a los enganches ilegales de algún vecino. 



Desconozco cuál es el exceso de kilovatios que se produce dando luz y calor a hierbas alucinógenas y entiendo que es grave (y también muy peligroso) realizar enganches a la luz de manera ilegal y fraudulenta. Pero me preocupó que la todopoderosa empresa eléctrica y el alcalde accidental apuntaran rápidamente con el dedo a los causantes del desaguisado y no se preocuparan casi nada de las víctimas.



De ellas sí nos habló Natalia Reigadas en las páginas de este periódico y me estremeció el testimonio de esa hija que a las siete de la tarde les preparaba la cena a unos padres muy mayores, que ya no están en condiciones para andar a tientas en la oscuridad cada dos por tres.  Por no hablar del vecino que necesita una máquina para respirar y que llamó a la policía angustiado por tanto corte de luz.



De la pobreza energética no nos hablan casi nunca y no siempre nos cuentan todo. Esa pobreza no solo provoca frío en las noches de invierno sino también muerte y destrucción. En nuestros barrios y pueblos más humildes son inviables e inasequibles métodos más limpios y eficientes de caldear las habitaciones y se siguen utilizando braseros peligrosos  que, a veces, acaban en intoxicaciones e incendios.



La semana pasada visitó la mayor ciudad de Extremadura un relator de Naciones Unidas preocupado por los niveles de pobreza de la ciudad y no sé qué impresión se habrá llevado tras visitar Santa Engracia o Los Colorines. Nada nos sorprenderá lo que escriba un relator australiano porque es muy posible que coincida con el informe Foessa de una institución tan poco sospechosa como Cáritas, que en el pasado mes de octubre apuntaba la escalofriante cifra de un 23 % de la población en riesgo de exclusión.



Mientras se encuentran soluciones a largo plazo para este drama que afecta a casi un cuarto de la población, convendría no generalizar y culpar a la ligera a quienes habitan los barrios más desfavorecidos, porque la inmensa mayoría no son ni traficantes ni ladrones, son gente humilde y que merece un trato digno y una presunción de inocencia. No sé si fue a Owen Jones a quien le escuché hablar de “culpables por defecto”, de gente a la que su origen les tiene colgado un sambenito y que tienen marcada de antemano una casilla fatídica e injusta, la que les hace responsables de todo aquello que sufren. 

Publicado en HOY el 5 de agosto de 2020

22 enero, 2020

Enseñar a quien no sabe



A veces me vienen a la memoria cosas que tuve que aprender en el colegio, como las obras de misericordia del catecismo, aquellas que empezaban con enseñar al que no sabe y dar buen consejo a quien lo necesita. En una semana como esta, en la que todo el mundo se ha doctorado en Pedagogía, tal vez habría que explicar un par de conceptos y dar por zanjados debates estúpidos que solo pretenden que nos olvidemos de lo importante.


Las escuelas infantiles, colegios e institutos son los lugares destinados específicamente para aprender, aunque no sean los únicos. Allí hay que enseñar de todo lo necesario para la vida y eso significa que no solo ha de haber contenidos de todas las materias, sino que también hay que trasmitir muchas cosas más, teóricas y prácticas, sencillas y complejas, fundamentales o lúdicas. Los centros, además de formar académicamente a cada persona, son también responsables de socializar a las personas desde que nacen hasta que alcanzan la mayoría de edad, en un proceso en el que es tan importante saber sumar como conocer la fotosíntesis o aprender otras lenguas. 


Si el aprendizaje se circunscribiera a contenidos cuantificables podríamos sustituir al profesorado por robots que lo sabrían todo, que no se cansarían jamás, que no tendrían reivindicaciones laborales y que calificarían milimétricamente al alumnado. Pero necesitamos un componente humano y empático que enseñe también a atarse los cordones, a escuchar cuando hablan otros, a pedir la palabra, a respetar a quienes no son como nosotros, a sentir empatía por quienes sufren, a mostrar solidaridad, a querer ser libres y a permitir que los demás también lo sean.


Durante algún tiempo acudí a institutos a hablar de Derechos Humanos, a explicar una Declaración Universal que debería ser respetada en todo el mundo y que no se cumple en casi ningún lugar. Lo hice gobernando Felipe González y Aznar, pero se ha seguido haciendo con Zapatero o Rajoy como presidentes. Las actividades, entonces y ahora, habían sido aprobadas en un Consejo Escolar en el que madres y padres tienen representación. 


¿Pueden unos padres decidir que sus hijos no aprendan algo que ellos no quieren? Pues quizá no, porque hay cosas necesarias para la sociedad que no podemos dejar en manos de los delirios xenófobos, homófobos o terraplanistas de los progenitores. Un chaval puede ignorar las declinaciones latinas pero no puede creer que la violencia de género no existe, que los rumanos y magrebíes son inferiores o que puede acosar y vejar a los adolescentes del pupitre de al lado porque parecen homosexuales. Y sí, yo quiero que todo el mundo se instruya en el respeto hacia los demás, porque las víctimas de la ignorancia podrían ser mis hijos o los tuyos.


Del millón de mejoras que se me ocurren para las escuelas e institutos de este país, lo ultimo que necesitábamos era esta apología de la barbarie disfrazada de moralidad. No hablemos más y enseñemos al que no sabe. Por misericordia.

Publicado en el diario HOY el 22 de enero de 2020



08 enero, 2020

Más difícil todavía


Equilibrista, Dibujo, Mano, Mujer, Balance, Miedo 

Las elecciones son el producto de conjugar el verbo elegir y la vida está llena ellas: nos escogen el nombre, el orden de los apellidos, el color de la ropa, el colegio al que vamos o la religión que profesamos. No siempre podemos optar por aquello que nos gustaría sino por lo que está a nuestro alcance: muchos no han podido irse a vivir a la casa de sus sueños, otros no han podido estudiar su carrera vocacional y algunos tienen ya preseleccionado el menú de cada día, porque el único criterio usado a la hora de hacer la compra es que coincida con lo más barato que haya en el supermercado.

La democracia nos ha permitido votar libremente a quienes nos gobiernen y hemos tenido que hacerlo cuatro veces entre diciembre de 2015 y noviembre de 2019, aunque nos podíamos haber ahorrado la última porque el resultado no modificó casi nada. Ayer fue investido Pedro Sánchez y tiene por delante un desafío complicado y sin precedentes en este periodo democrático: nunca nadie lo logró con tan exigua diferencia y es previsible que la legislatura esté llena de obstáculos que nos impedirán llegar a 2024 con los mismos ministros.

Nada habrían resuelto unas nuevas elecciones porque las dos últimas fotografías nos indican claramente que este país está partido por la mitad. Tendremos que aprender a manejarnos con este escenario, en el que las matemáticas electorales han decantado el fiel de la balanza hacia la izquierda y por muy poco. Lo difícil empieza a partir de mañana, porque el espectáculo de agresividad y mala educación vivido en el Congreso anuncia que no va a haber ni 100 días de tregua. La legislatura de 2004-2008, aquella que empezó con el ocultamiento de los autores de los atentados del 11M,  nos parecerá tranquila comparada con esta.

Ser equilibrista es siempre muy complicado. Y, ¡más difícil todavía!, caminar sobre el más estrecho de los alambres y con medio hemiciclo jugando al pim-pam-pum, es un presagio de caídas y frustraciones. Si este gobierno fuera capaz de revertir las desigualdades que hay en este país, que no dependen tanto de la región en la que vives como del barrio en el que tienes tu casa, quizá conseguiría alejarse de un abismo tenebroso que tiene apellidos lejanos (Trump, Boris Johnson, Bolsonaro, Orban, etc.) y que empieza a tener identificados los nombres de los que ya están por aquí.

A quienes se sienten en el consejo de ministros solo cabe aconsejarles cosas de sentido común, como aquellas que Don Quijote enumeró a Sancho antes de partir hacia su ínsula como gobernador: que cumplan sus compromisos, que no gobiernen contra nadie y que se rodeen de gente sabia y con sentido crítico, porque los aduladores nunca sirven para hacer ver los errores. Pero, sobre todo,  que no se olviden jamás de ponerse en la piel del otro ante cualquier decisión y que, en caso de duda, se decanten por los más indefensos o los más débiles.  

Publicado en HOY el 8 de enero de 2020

02 enero, 2020

15 años en tren


Hoy hace 15 años que comencé a usar a diario el tren en Extremadura. Unos 6720 viajes de ida y vuelta entre Badajoz y Mérida, casi 400.000 km. Podría haber dado 10 vueltas a la Tierra por el Ecuador, pero me han servido para conocer las estaciones de Guadiana, las dos de Montijo, La Garrovilla y Aljucén.

Desde 2007 he seguido el día a día de las obras de mejora del ferrocarril, aunque en todo este tiempo de la única de la que me he beneficiado es la de los trenes 598 y 599. Hemos pasado de 65 € a 104 €. Un incremento del 60% que, como pueden imaginar, no se ha producido ni en los sueldos de quienes los usamos, ni en el de los trabajadores de Renfe, ni de casi nadie. Tampoco hemos conseguido mejoras sustanciales de tiempo, seguimos sin tener sistemas de billetes digitales, ni tampoco beneficios fiscales para quienes usamos este medio de transporte (el menos contaminante de todos) en un momento crítico.

Pero ha merecido la pena. El tiempo en el tren nunca es perdido, como cantaba Manolo García. En el tren he leído, he escuchado la radio, podcasts, música, etc. También me ha servido para escribir columnas y preparar alguna clase cuando simultaneaba tareas.

Y, lo más importante: me ha servido para conocer a gente en el tren (Julio, Gabriel, Rosa, Edurne, Belén, Candela, Isidro, Carmen, Maite, y un larguísimo etcétera), para reencontrarme con gente que ya conocía (Tino, Jesús,...) para saludar por la calle a todos los interventores de Renfe (que estarán hartos de verme) y a otra mucha gente que no sé cómo se llaman, pero que para mí forman un apartado cómplice de la agenda de contactos que podríamos llamar "habituales del tren".

Me gustaría poder seguir usándo el tren a diario hasta septiembre de 2034 y poder disfrutar de un servicio más rápido, eficaz, multimodal y ecológico que el que tenemos. A pesar de todo, aquí seguimos.



11 diciembre, 2019

Argumento ad puellam


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Cuando estudiábamos filosofía en el instituto nos explicaron los distintos tipos de falacias, argumentos que dan por sentada la falsedad de una afirmación en función de diferentes causas. Una de ellas, la que en latín llamaban ad hominem, es la que se utiliza para echar por tierra una tesis desacreditando al emisor del mensaje.

Siempre ha habido gentes dispuestas a servirse de este tipo de argumentación infame, o de otras similares, y que a lo largo de la historia acabaron con sabios y clarividentes en la hoguera, en la cárcel, en el exilio o en autos de fe. Desde hace unos meses, y con gran intensidad durante la última semana, nos hemos visto rodeados de una variante de aquella falacia, a la que podríamos denominar ad puellam y que tiene como protagonista a una niña sueca de 16 años.

Imagino que ustedes también habrán escuchado todo tipo de lindezas sobre la chica. Se han metido con su mirada y su expresión facial los que ignoran en qué consiste el síndrome de Asperger; se han escandalizado de que esté faltando al colegio quienes ignoran que hay 264 millones de criaturas sin escuela en el mundo; hay quien habla de explotación laboral y manipulación por parte de los padres, justo los mismos que no se preocupan de los 216 millones de menores que cosen una ropa que compramos a precio de ganga.

También están los que creen que los padres están amargándole la infancia a Greta. Imagino que son los mismos que jamás dijeron una palabra de tenistas, gimnastas, nadadoras o virtuosos de la música, que fueron entrenados de manera espartana para conseguir el éxito por encima de cualquier felicidad, como relató Andre Agassi en su biografía.

Muchos habríamos preferido que Greta no hubiera salido de Estocolmo, no hubiera tenido a cientos de periodistas asediándola a su llegada a Lisboa y otros tantos haciéndole preguntas que quizá no pueda responder. Pero es que han pasado 22 años desde Kioto, casi 30 desde que la comunidad científica comenzara a hablar del cambio climático, y aquí solo se piensa en la cuenta de dividendos del año que viene. Nada ha dicho Greta Thunberg que no hubiéramos leído en revistas científicas y que no hubiera sido advertido en Lima, París, Marrakech, Bonn o Katowice.

¿Por qué tanta descalificación hacia esta niña? Pues la primera respuesta es fácil: porque no pueden desautorizar el contenido de lo que dice. La siguiente pregunta que me hago es por qué tanta crueldad, tanta animadversión y tanta bilis contra una joven preocupada por si en 2050 la tierra será un lugar habitable para el género humano. Y entonces ya empiezo a pensar que, junto a esos intereses cortoplacistas de las cuentas de resultados anuales, también debe haber una alta tasa de maldad en muchos corazones del planeta, una tasa muy superior a la del CO2 emitido. Quizá esa maldad sea otro de los grandes problemas del mundo y, de momento, no hay cumbres en marcha para tratar de solucionarlo.

Publicado en HOY el 11 de diciembre de 2019