10 diciembre, 2016

Ganar una batalla

Hoy era el día de los Derechos Humanos y se ha presentado el nº 254 de la revista Versión Original con la solidaridad como hilo argumental. En este número hemos colaborado tres personas del grupo de Amnistía Internacional. Además de Remedios Tierno y Jesús Álvarez, el número contiene muchas colaboraciones de amigos José Manuel Rodríguez Pizarro, Pilar Sarró, José Mª Núñez o Pablo A Cantero Garlito.

Os dejo mi colaboración sobre mi película favorita: Un lugar en el mundo.


Ganar una batalla

A todos nos han preguntado alguna vez cuál era nuestra película preferida. Algunos lo tienen muy claro y rápidamente citan las obras maestras indiscutibles, aquellas que provocan unanimidades de la crítica, el aplauso del público, récords de recaudación o las tres cosas al mismo tiempo. Otros no reparamos tanto en todos esos parámetros objetivos y nos dejamos llevar por aquella película cuya historia o cuyos mensajes más nos han aportado en nuestras vidas, o por las circunstancias del momento en el que la vimos y que, de una manera u otra, nos dejaron marcados.

Desde que vi Un lugar en el mundo, con la maravillosa música de Emilio Kauderer interpretada por la Camerata Bariloche, se convirtió en mi película favorita y uno no acierta a explicar las razones. Quizá  porque en ella se resumen todos los mensajes de solidaridad que a uno se le ocurren, o tal vez por la fuerza de sus personajes, que son una espuela para seguir luchando por un mundo mejor incluso en esos momentos en los que todo se ve perdido.

La obra maestra de Adolfo Aristarain nos la cuenta Ernesto, el hijo de Mario (Federico Luppi) y Ana (Cecilia Roth), y narra episodios de su infancia-adolescencia en el interior de Argentina, donde ayudan a sacar adelante una cooperativa que lucha contra el poder omnímodo, despótico y cuasi mafioso de un terrateniente llamado Andrada. Entre Mario y Ana sostienen los dos principales pilares fundamentales del lugar, uno es el maestro de una pequeña escuela con niños de todas las edades y ella la doctora que se encarga de cuidar de la salud de la comunidad.

En ese anodino paisaje rural irrumpe Hans (José Sacristán), un geólogo español contratado por el terrateniente para realizar prospecciones, con el que los protagonistas entablan una amistad a pesar de los recelos que les produce el que esté a las órdenes de Andrada. Los tres recuerdan Madrid y aquellos años de exilio huyendo de los militares argentinos. La presencia de Hans, que parece estar de vuelta de todos los sueños de Mario, Ana y la monja Nelda, da lugar a debates amistosos que acaban por resaltar con más fuerza al compromiso ético de quienes creen en los principios, en la capacidad de autogestión de los pequeños trabajadores, en la dignidad de quienes no están dispuestos a agachar la cabeza y pasar por el aro.

Mario es un frontera, como lo define Hans en uno de los momentos culminantes de la película, un ejemplo de vida y una fuente de consejos para quienes quieran hacer de la enseñanza una vía - quizá la única- de transformar la sociedad. Una de las historias paralelas de la película la protagonizan el joven Ernesto y Luciana, la hija del capataz de Andrade, a quien intentará enseñar a leer a pesar de la oposición de un padre que cree que no hay nada mejor que ser esclavo de un buen patrón. Durante los años que me dediqué a la docencia no hubo día que no recordara el único consejo que Mario dio a su hijo Ernesto cuando quiso enseñar a leer a Luciana con un viejo ejemplar de El llamado de la Selva: “lo importante es que no se aburra”. Y tanto me marcó aquel consejo, que durante años acababa mis clases preguntando a los alumnos si se habían aburrido mucho y si habían aprendido algo, subrayando que lo importante era no aburrirse. Pero no es el único momento en el que Aristarain pone en boca de Federico Luppi apuntes sobre una teoría de la educación, como podremos ver en el inicio de esa otra obra maestra titulada Lugares comunes. En esta ocasión Mario aprovecha el último día de clase para repartir los certificados y para resumir en quince palabras su modelo de escuela: “si aprendieron mucho o poco eso no importa, aprendieron a pensar y aprendieron a convivir”, una reflexión con la que está de acuerdo casi toda la gente que cree en el carácter transformador de ese difícil oficio llamado magisterio.

Un lugar en el mundo va a cumplir pronto un cuarto de siglo, el más trepidante de la historia universal gracias al desarrollo de tecnologías y comunicaciones, pero volverla a ver por enésima vez se convierte en un agridulce ejercicio para darnos cuenta de cuántas situaciones del mundo siguen siendo las mismas: la tiranía de los mercados cuando se tiene la sartén por el mango, lo difícil que sigue siendo mantener unidos a los que están abajo para buscar salidas colectivas y no individuales, lo injusta que es la vida con quienes reparten bondad, lo fácil que lo tienen los que andan sobrados de malicia, las heridas profundas que quedan en las almas de quienes han sido víctimas de violaciones de Derechos Humanos, la ternura infinita que desprende el primer enamoramiento o la huella imborrable que dejan los personajes que viven en absoluta coherencia con su manera de pensar.

La carrera entre el tren y un carruaje tirado por un caballo llamado Dumas ya sabemos de antemano quién la va a ganar pero, como dice Mario, “si la guerra se ha perdido por lo menos me quedo con el lujo de ganar una batalla". Algo así hace Ernesto cuando corre en paralelo contra la máquina de hierro, la adelanta, cruza la vía y le manda un corte de mangas al maquinista.


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Hay vidas ejemplares que son bien diferentes de las hagiografías, son aquellas en las que vemos unos valores universales que no siempre están de moda y que carecen del glamour del que tanto gustan los medios de comunicación tradicionales. El compromiso de Mario, la dedicación de Ana, la entrega de Nelda, los gestos cariñosos de Ernesto hacen de Un lugar en el mundo una película que llega por igual a la razón y al sentimiento, que nos sirve para armarnos de valor ante las injusticias y para entender las miradas y afectos que se entrecruzan. A veces ganar una batalla consiste en empezar todo de nuevo, con esa falsa sensación de libertad que da el no tener nada que perder. Mientras tanto, mientras cada uno busca su lugar, siempre es aconsejable acercarse a esta obra de Adolfo Aristarain o volverla a ver si ya se les ha olvidado: será como ganar una batalla.


30 noviembre, 2016

Vida, cárceles y muertes

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Hace diez días me enteré de que el premio educativo “Giner de los Ríos” se lo habían dado a un maestro de mi pueblo y sus veintidós alumnos. La noticia se titulaba “Los 22 maestros de Guillén” y contaba la experiencia de un grupo de escolares ante el cáncer que padecía uno de sus compañeros y de cómo se apañaron para conseguir que aquel niño de nueve años no perdiera ni el curso, ni la vida. En la crónica narraban los vídeos que le grababan, los turnos que hacían para explicarle las cosas visitándole cada tarde en su casa, o las clases que le daban al aire libre, cuando sus bajas defensas todavía no le aconsejaban el ambiente cerrado del aula, en un parque que lleva el nombre del primer alcalde democrático de mi pueblo.



Aquel alcalde, de humanidad indescriptible, había estado dieciocho años entre rejas, era uno de los presos que más tiempo había pasado en las cárceles del franquismo y solo era superado por unos cuantos como Marcos Ana, el poeta que estuvo recluido la friolera de veintitrés años y que fallecía el pasado viernes a los 96 años. Dos días antes había muerto la que durante casi un cuarto de siglo había sido alcaldesa de Valencia, con las polémicas sobre si su infarto lo había provocado el acoso mediático o sobre la oportunidad de guardarle un minuto de silencio en una Cámara - de la que jamás había formado parte – y en la que no se había hecho lo mismo por un diputado de Badajoz fallecido en el mes de agosto.



De la muerte no nos gusta hablar. Hay quien rehúye las conversaciones, quien considera, como el Vaticano, que las cenizas no pueden ni guardarse ni lanzarse al viento, y quienes hemos acabado por desmitificar un trance tan cotidiano y tan irremediable. El periodista Jon Sistiaga ha realizado para televisión una serie documental titulada “Tabú”, que ya ha recibido el Premio Ondas de este año, en la que profundiza sobre asuntos que no por mucho ocultarlos dejan de existir: los suicidios, la eutanasia o la muerte digna. Y mientras veía uno de los últimos capítulos de la serie reparaba en la gran dificultad que existe en nuestra sociedad, y probablemente en casi todas, para hablar de algo que pasa todos los días, en todos los lugares del mundo y que afecta a todos sin excepción.



Ya pensaba que no eran posibles más encadenamientos de noticias, sucesos, coincidencias o casualidades con alcaldes, presos, comunistas, ancianos, fallecidos…y en eso se fue Fidel. Y, al contrario de lo que ocurre en la famosa canción de Carlos Puebla, su muerte ha servido para que la diversión comenzara en Miami y para que casi todo el mundo tuviera una opinión sobre el personaje y su revolución. No sé si la historia lo acabará absolviéndolo de sus muchos pecados, o si la balanza de sus logros serán valorados con la perspectiva del tiempo y del contexto. Veremos.

Publicado en HOY el 30 de noviembre de 2016.

 

16 noviembre, 2016

Intentar ser libres

Amanecía el viernes y me enteraba de la muerte de Leonard Cohen. No pude reprimir las lágrimas porque sentí que se iba uno de los autores de la banda sonora de mi vida y, en un instante, fui recordando el día que supe de su existencia, cuando empecé a escucharlo de forma obsesiva, las tardes en que escogía su canción en la máquina de discos del bar Amador de Cáceres, el concierto fallido en Badajoz o aquel día de julio en que lo vi junto la desembocadura del Tajo, con una luna casi tan grande como la de anteayer.

Una de las más conocidas canciones de Cohen termina en un verso en el que dice que ha intentado, a su manera, ser libre. Y Leonard se nos va en la misma semana en la que las libertades se ven ensombrecidas por un eclipse llamado Trump, que no sabemos si será fugaz o traerá una época oscura, si desenfundará a la primera de cambio o se olvidará de hacer un muro que conjugue todos los males de los de Berlín, Jerusalén y Melilla.

Llevamos una semana leyendo todo tipo de explicaciones y de comparaciones para el triunfo del magnate estadounidense. Algunas de ellas pecan de una simplicidad preocupante y otras aprovechan interesadamente el menor resquicio para equiparar a los enemigos más cercanos con el peor de los demonios, sin importarles lo más mínimo que no haya nada que sostenga la argumentación. Lo que sí nos debiera hacer reflexionar es el desapego de grandes sectores de la población por las libertades individuales en aras de una seguridad que, dicho sea de paso, tampoco está garantizada. Como en los albores del XIX, cada vez hay más partidarios del “vivan las caenas”, gentes que temen aquello que desconocen y que tampoco quieren conocerlo para liberarse de sus miedos, capas de población que buscan soluciones simples y expeditivas a problemas complejos, ya sea expulsar a millones de inmigrantes o devolver a millares de refugiados.

Pero además de las grandes libertades perdidas o en peligro, deberíamos pararnos un minuto en aquellas que, aunque parezcan pequeñas, son tremendamente significativas: el pasado 25 de octubre se juntaron en una plaza extremeña un centenar de estudiantes y varios profesores de filosofía, formando un círculo como si fuera el ágora de la antigua Grecia, y acabaron siendo hostigados por las autoridades. Ni interrumpían el tráfico, ni provocaban más decibelios que las motos y coches que pasaban por allí. Muchos de los estudiantes eran incluso menores de edad y no acertaban a entender por qué una conversación colectiva tras una lección de filosofía pudiera acabar con agentes del orden tomando datos de sus documentos de identidad, como en otras épocas. Si todavía no se ha entendido en qué consiste la libertad de expresión es porque quizá tengamos inoculado ese virus totalitario que nos va rodeando. El esfuerzo de intentar ser libres, como un pájaro sobre el alambre, se está complicando por momentos. Habrá que reconquistar Manhattan.

Publicado en el diario HOY el 16 de noviembre de 2016.

02 noviembre, 2016

Proteger a nuestros representantes

El pasado sábado un millar de policías vigilaban los alrededores del Congreso de los Diputados mientras se investía como presidente a Mariano Rajoy. Los gobernantes han ido endureciendo cada vez más el derecho de manifestación y entienden que el pueblo llano no puede expresar su opinión en las cercanías del templo de la democracia, del lugar sagrado en el que trabajan, debate, dirimen y aprueban las normas por las que nos hemos de regir.

Las razones esgrimidas para coartar ese derecho constitucional es la de proteger a nuestros representantes de las presiones y evitar que sean coaccionados a la hora de emitir su voto. Pero, visto lo ocurrido, uno tiene la sensación de que nadie de los que estaban en la Carrera del San Jerónimo cambió el sentido de su voto por los gritos y pancartas que se estuvieran dando y exhibiendo en la Puerta del Sol o en las calles adyacentes.

Sí que hubo, sin embargo, unas cuantas diputadas que antepusieron la coletilla “por imperativo” antes de emitir su voto y pronunciar la palabra “abstención”, produciéndose la paradoja de que, mientras que la Constitución impide un mandato imperativo a diputadas y senadores, los reglamentos de los grupos parlamentarios establecen multas y sanciones a quienes se saltan la llamada disciplina de voto, un ejemplo más de ordenanzas chusqueras que acaban por dejar en papel mojado las leyes y los derechos más grandilocuentes. 

Por si no estuviera el asunto lo suficientemente enrevesado, el domingo tenemos a Pedro Sánchez en el programa de Jordi Évole, haciendo unas declaraciones en las que afirma que los poderes fácticos le impidieron formar un gobierno que desalojara de los ministerios al partido que está siendo juzgado por varios escándalos de corrupción. Y es entonces cuando uno empieza pensar que quizá el ministro Fernández Díaz se equivocó poniendo ese millar de antidisturbios junto al Congreso, porque si había que proteger a nuestros representantes de posibles chantajes, presiones y coacciones los debería haber mandado a importantes despachos enmoquetados de la zona alta del Paseo de la Castellana.

Hace unos días, en una discusión en redes sociales sobre la utilidad de manifestarse por reivindicaciones justas como la de un ferrocarril digno para Extremadura, hubo quien se atrevía a despreciar a los que salen a la calle y afirmaba que “el tren no se negocia en la calle clamando bajo el cielo, se negocia en los despachos oficiales”. Y no le falta parte de razón a quien escribía esto, porque en España conocer a alguien en un buen despacho es la vía más rápida para conseguir cualquier cosa, incluso la más injusta. Ahora que Pedro Sánchez nos ha contado cómo se las gastan los poderosos para retorcer el brazo de nuestros representantes me empiezo a convencer de que quienes protestan pacíficamente y a cara descubierta son infinitamente más demócratas y de fiar que los que urden golpes de mano e imponen un poder que, dicho sea de paso, no parece que emane del pueblo.

Publicado en HOY el 2 de noviembre de 2016.

19 octubre, 2016

El tren de la apatía



Se dice que Extremadura es una tierra un tanto apática, que desde la histórica manifestación de 1979 contra la central nuclear de Valdecaballeros no ha sido capaz de salir a la calle, de manera unánime, con el objetivo de reclamar algo para la región, ante quien sea y del color que sea. Será porque el ritmo indolente de nuestros trenes se ha acabado contagiando y ya forma parte de nuestro carácter, o bien porque los que nos han gobernado, unos y otros, han intentado desactivar toda iniciativa que partiera desde abajo, como todavía podemos ver hoy en día.

El sábado tenemos una cita en Badajoz, a las 12 del mediodía. Las organizaciones sociales, políticas y ciudadanas han realizado un llamamiento para manifestar en la calle el derecho de Extremadura a tener un tren digno, que esté electrificado como lo está en el resto del mundo civilizado desde hace décadas, y que alcance unas velocidades decentes para llegar al centro de la península en tres horas (que no es mucho pedir). No sería ni necesario repetir el error cometido en el resto de España y construir AVEs que son insostenibles ecológica y económicamente, sino que bastaría con aprovechar la plataforma ya construida, terminarla hasta Madrid, conectar con lo que Portugal va a empezar a finales de año y mejorar el resto de la red convencional.

Muchos se preguntan cómo hemos llegado hasta aquí, cómo podemos vivir en un país en el que unos recorren 600 km en poco más de dos horas y otros tardamos seis horas en hacer 400 km. Y es que nuestra realidad no ha sido producto de la casualidad o la mala suerte, sino culpa de gobiernos centrales que ignoraron a Extremadura en asuntos ferroviarios, y gobernantes autonómicos que solo alzaban la voz cuando en la capital había un color diferente. También es posible que a nuestros políticos les despreocupara un problema que no sufrían: estoy seguro de que las cosas habrían sido de otra manera si nuestros políticos hubieran ido en tren a Madrid cada vez que tenían que asistir a una reunión, o se hubieran negado a recibir aquí a ningún ministro que no hubiera llegado a la estación de ferrocarril. Pero sé que sería mucho pedir porque, salvo un par de excepciones, nuestros políticos rara vez pisan el tren e incluso los dirigentes de las empresas ferroviarias usan el coche cuando visitan nuestra región.

Ahora ya no hay excusas y ha llegado el momento de dejar de lamentarse en la barra del bar. Ahora es el momento de tomar conciencia de que pocas cosas pueden unir a toda la gente de esta tierra, piensen lo que piensen, como la reivindicación de un sistema de comunicaciones moderno, ecológico, sostenible, eficaz y vertebrador del territorio. Si no somos capaces de ir el sábado a la calle, luego no nos quejemos porque tendremos lo que nos merecemos: ser atropellados por el tren de nuestra propia apatía.

Publicado en el diario HOY el 19 de octubre de 2016



14 octubre, 2016

Debate en compartimentos estancos

No sigo las técnicas de fabricación de automóviles, pero hace unos años aprendí que el alienante trabajo en cadena inventado por los Ford había sido sobrepasado por el toyotismo, que creaba grupos de trabajo que competían entre sí para lograr una mayor y mejor producción. Construir una formación política requiere de menos complicaciones tecnológicas que un automóvil pero tiene otras muchas dificultades, y algunas de ellas recuerdan a los procesos de fabricación de automóviles.

Desde hace unas semanas todos los análisis se están centrando en el desaguisado interno del PSOE y se han olvidado de que Podemos tiene pendiente un debate interno que afecta o todo: a algunas de sus propuestas políticas programáticas, a una buena parte de sus líneas estratégicas y a toda la configuración organizativa. No cabe duda de que en menos dos años y medio la organización ha pasado de caber en un teatro de Madrid a tener más de cinco millones de votantes y gobernar en cuatro de las cinco ciudades más pobladas del Estado, con siete comicios electorales en tan corto periodo de tiempo.

A nadie se le escapa, ni dentro ni fuera, que Podemos necesita parar, respirar, reflexionar y (re)situarse, que necesita adaptar una estructura organizativa hipercentralista en una que confíe en la descentralización, que debe analizar qué alianzas son las que le convienen a medio y largo plazo y, lo que es más importante, definirse un poco más de manera que la ambigüedad se sustituya por consistencia (que no es lo mismo que contundencia).

A veces lo ecléctico pare ser lo menos consistente pero es lo único posible o lo único que verdaderamente es útil. El nuevo Vistalegre tiene su laboratorio en Madrid, Andalucía y Extremadura, además de otras ciudades, donde se van a celebrar unas asambleas ciudadanas que habrá que observar con detenimiento. De momento hemos podido ver el llamamiento de Miguel Urban para que se fusionen propuestas o  las de Moreno Yagüe (alguna muy buena  y otras de difícil aplicación) pidiendo que todas las candidaturas “remezclen y mejoren” las ideas que van surgiendo por separado.

Desde hace más de una semana se ha comenzado también el debate en Extremadura y nace con un déficit de intercomunicación entre posiciones que no augura un buen futuro a medio y largo plazo. Aunque todas las ideas que van saliendo en cada encuentro fueran las mejores del mundo, el debate no existe porque se realiza en compartimentos estancos, cada uno con los más afines a priori, sin espacio para una puesta en común. Se trata de un debate que, al final, se saldará con el triunfo en las urnas de un documento político y organizativo que no será fruto del contraste de pareceres de la organización. ¿Quién nos iba a decir que los que veníamos de estar en la calle en el 15M íbamos a echar de menos aquellas comisiones de redacción plurales, que elaboraban un documento marco que se enmendaba y transaccionaba hasta las tantas de la madrugada? Parece que es inevitable el triunfo de una especia de toyotismo político y que quienes abogamos por que los procesos sean más compartidos, más debatidos, más contrastados y menos personalizados estamos en franca minoría absoluta. O quizá no.

Publicado en www.politocracia.es 

05 octubre, 2016

Conflictos internos

Allá donde hay poca democracia y libertad puede existir la sensación de que no hay conflictos. Algo así le llevó a Albert Rivera a decir que en las dictaduras había ‘cierta paz y orden’ o que el partido que nos gobierna (en funciones) siga sin condenar un régimen como el franquista. Cuando saltan los problemas internos en los partidos conservadores se aplacan fácilmente, porque surgen de luchas de poder y las diferencias ideológicas son mínimas. Al margen de las posturas de Gallardón y Villalobos sobre la ley del aborto, casi no recordamos ningún congreso popular en el que las discusiones bajaran al terreno de las propuestas programáticas.

Según te vas alejando a la izquierda los conflictos pueden convertirse en algo más profundo porque las diferencias ideológicas pueden llevar a lo que se llama un conflicto de proyecto. Mientras en los de derechas la llamada al orden en defensa de los intereses suele dar buen resultado (con la excepción histórica de la UCD), en los progresistas hay una pasión por exacerbar las diferencias que se explica muy bien en un episodio de La vida de Brian.

Lo que pasó en la calle Ferraz de Madrid el pasado fin de semana es un ejemplo de todas las posibles casuísticas que pueden aparecer en el seno de una formación política: un congreso cerrado en falso en 2014, un candidato votado a regañadientes por amplios sectores territoriales, pésimos resultados electorales, presencia de poderes fácticos en el seno de la organización y, finalmente, una diferencia estratégica que esconde cierta fractura ideológica. Y cuando no se han sabido abordar de manera abierta y constructiva las diferencias suele ser inevitable que el clima deje de estar enrarecido para pasar al de prebélico.

Hay quien dice, entre bromas, que todo esto es consecuencia de pensar demasiado las cosas, que la izquierda tiene una sobredosis de darle mil vueltas a cada asunto. Sin embargo, me atrevo a decir que el problema no está en reflexionar demasiado sino en no haber aprendido a usar las herramientas que requiere este nuevo panorama, en el que los de abajo quieren ser quienes más ordenan, como cantaban en Grândola, Vila Morena, mientras subsisten unos liderazgos que prefieren la camarilla, las intrigas de pasillo y la creación de aparatos tradicionales para controlarlo todo.


Si uno no es partidario de la militancia a golpe de silbato y voz de mando, tiene que saber que las decisiones debatidas y participadas le van a costar un poco más de tiempo y quebraderos de cabeza. Además, tendrá que aprender unas cuantas reglas para no salir ardiendo cuando los primeros roces produzcan las primeras chispas: conviene tener siempre espíritu constructivo, confiar en las intenciones de quienes van en tu mismo barco, escuchar con atención a quien propone algo opuesto a tus planteamientos, evitar la descalificación de argumentos en función de quien haya sido el proponente y, sobre todo, no volver a servirse de la vieja costumbre de resolver en petit comité lo que compete a todos.

Publicado en el diario HOY el 5 de octubre de 2016