02 diciembre, 2020

Locura colectiva

Las costumbres pueden convertir cualquier insensatez en un rito alabado por todos y, a la vez, al más cuerdo de los actos en motivo para la reclusión en un sanatorio mental. Mi primera profesora de inglés, una australiana que llegó a Extremadura a finales de los años 70, pensó que estábamos locos cuando nos veía comiendo pipas y tirando las cáscaras al suelo. Es el mismo choque cultural que vieron mis hijos en Dinamarca, donde las bicicletas no se ataban con candado, nadie te pedía el billete en el transporte público o los abrigos se dejaban en perchas a la entrada de los museos, sin necesidad de un servicio de consigna donde te lo guardaran a buen recaudo.

 

Escuché a un antropólogo en la radio que afirmaba que la locura no dependía tanto de la acción estrambótica y descabellada que se te ocurriera, sino de la capacidad que tuvieras para que mucha gente la considerase normal. Imagino que en aquella aldea zamorana, en la que los quintos lanzaban una cabra desde el campanario, los chicos eran considerados gente sensata hasta que una mayoría fue entendiendo que debía prevalecer la dignidad del animalito por encima de las ganas de reírse de los mozos.

 

Me asustan las locuras colectivas, mucho más que las individuales. A éstas siempre hay posibilidad de tratarlas y de curarlas, pero de los disparates jaleados por las masas sí que hay que preocuparse. Desconfío de quienes idolatran al héroe deportivo aunque sea un maltratador, o de los que aman tanto su bandera que ven antes en el prójimo la condición de patriota que la condición de ser humano.

 

Alguien dijo que cada ciudadano se creía el mejor seleccionador de fútbol del mundo y ahora lo hemos extendido a casi todas las profesiones: viróloga, político, maestra o analista de relaciones internacionales. Mientras la ceguera por unos colores solo te haga subirte a las fuentes o volcar contenedores según tu equipo gane o pierda, lo podremos incluso sobrellevar. Las cosas se complicarán cuando, sin saber diferenciar un virus de una bacteria, creas que tienes conocimiento suficiente para dictaminar cuántos pueden juntarse en cada cena navideña, quién debe vacunarse primero, a qué hora es mejor cerrar el comercio y hasta qué hora podremos bailar tras tomarnos las uvas.

 

El aprendizaje se vuelve maduro cuando no necesitas probar en tus propias carnes aquello que están sufriendo otros. Un gag humorístico presentaba a unos cavernícolas acercándose al fuego. El primero que metió la mano en la hoguera salió dando gritos y el resto siguió imitándolo, porque solamente eran capaces de entender los aullidos del primero sintiendo lo mismo y con los dedos chamuscados. Así que quizá haya llegado el momento de abandonar la locura colectiva, de escuchar a los que ya han sufrido, a los que todavía están padeciendo, a quienes nos dicen que cuando pasas un mes entubado te olvidas de todo en absoluto, a quienes nos aconsejan unas fiestas muy distintas en 2020 para poder verlas, vivirlas y sentirlas en 2021. La sensatez y la cordura colectiva no se inyecta ni se vende en farmacias, pero ahora mismo es la medicina que necesitamos con más urgencia.

 

Publicado en el diario HOY el 2 de diciembre de 2020 




18 noviembre, 2020

Controles de calidad


En 1981 se produjo una intoxicación con aceite de colza que se llevó la vida de más de 1000 personas y dejó más de 30.000 enfermos crónicos. A partir de ese trágico suceso se intensificaron los controles de calidad alimentaria y se dejó de vender, a granel y de puerta en puerta, cualquier tipo de alimento perecedero.  También se empezó a vigilar la trazabilidad de cada producto alimenticio y procedimientos similares se extendieron para probar la seguridad de los juguetes infantiles o realizar exhaustivas inspecciones técnicas a los vehículos. Los avances que se hicieron en materia de consumo fueron importantes, hasta el punto de que las ofertas publicitarias en octavillas han llegado a tener valor cuasi contractual para evitar engaños, fraudes y mentiras.

Últimamente son las mentiras las que también se extienden como el virus. Proliferan en forma de miles de noticias falsas que tienen casi tanto alcance como aquellas que sí son contrastadas por varias fuentes y difundidas por medios de comunicación donde trabajan profesionales con la preparación y con la ética periodística imprescindible.

El resultado es que hay muchísimas personas que no reciben información alguna de periódicos, radios o televisiones cabales, sino que se alimentan de “memes” en redes sociales, vídeos de “influencers” descerebrados, mensajes de audio alentando odios o sucedáneos de medios de comunicación nacidos para la divulgación de falacias y conspiraciones paranoicas.

Es entonces cuando surge el debate sobre cómo establecer un mínimo control de calidad de la información, como ya hacemos con los yogures, un sonajero, una caldera de calefacción o los pilares de un nuevo viaducto. Y el problema se agiganta si, intentando evitar un mal que necesita de un tratamiento de mínima invasión, se acaba teniendo la tentación de usar una sierra mecánica y una intervención chapucera.

Este país sabe bien lo que es que coartar la libertad de expresión. Todavía sigue vigente la llamada Ley Mordaza que idearon Rajoy y aquel ministro del Interior llamado Jorge Fernández Díaz, del que estamos sabiendo muchas cosas. La manera en que acallaron cualquier protesta mediante multas administrativas, fue un retroceso de 40 años denunciado por todas las organizaciones internacionales de Defensa de los Derechos Humanos. Como, desgraciadamente, vamos a ir algún tiempo con mascarillas, habría que deshacerse de todas las mordazas habidas y no caer en ninguna tentación censora que solo empeoraría las cosas.

Una vez más, la solución nos la puede dar el ignorado vecino de al lado: en Portugal existe, desde hace 15 años, una Entidad Reguladora de la Comunicación Social, elegida con una mayoría de dos tercios del parlamento y que - no les voy a engañar - quizá no sea la panacea. Tiene, entre sus muchos objetivos velar por la pluralidad de los medios, fiscalizar la publicidad institucional o asegurar que la información proporcionada sigue criterios de exigencia y de rigor periodístico. Creo que los medios que pretenden ser ecuánimes y veraces deberían ser los más interesados en evitar que se difundan impunemente tantos bulos disfrazados de noticias, porque están siendo más dañinos para el periodismo que aquella colza desnaturalizada de los años 80. ¿Habrá que regular algo o dejamos que todo siga igual?

 Publicado en HOY el 18 de noviembre de 2020

 

 

 

04 noviembre, 2020

Esperanzas de noviembre

Tengo la teoría de que llevamos muy mal las cuentas. No me refiero a las monetarias, sino a una tendencia a generalizar y a poner un siempre o nunca al lado de cada reproche, sin pararnos a pensar si estamos ante una excepción o ante una mala conducta que se ha convertido en norma.

Lo más fácil es echarle la culpa de todo a los demás y decir que los jóvenes están echando todo a perder porque jamás respetan nada, como si los de más edad fueran los que llevan todo a rajatabla y cumplen al dedillo todo lo que se les ordena. Quizá nos pesen demasiado los prejuicios y nos parezcan más peligrosos seis chavales en un banco del parque, que seis señores fumando puros en la terraza de un restaurante de postín, como si esto de la pandemia fuera una cosa de otra galaxia.

Mientras unos se enardecían para no tener que preocuparse tanto de la salud de los demás, el fin de semana nos hacía creer en las esperanzas de noviembre. Un joven de 16 años, hijo de una barrendera que sabe lo que es deslomarse limpiando las calles, convocaba a sus amigos de Logroño para recoger los desperfectos causados la noche anterior por descerebrados interesados en arramblar ropa de marca con cocodrilo en la pechera. Y es que siempre ha habido gente joven solidaria, luchadora, responsable, amable y concienciada que apenas sale en las noticias, porque quizá nos entretenga más hacer click en el vídeo del asalto a una tienda de bicicletas, que las historias que no concuerdan con lo que ya pensamos de antemano.

En Portugal han pedido a la ciudadanía que cumpla con el deber cívico de confinarse en casa a quienes habitan en 121 localidades en las que vive el 70% de la población. Antes de crear una ingeniería jurídica compleja para obligar a la gente a permanecer en sus casas y no extender la segunda ola de la pandemia, han optado por hacer una llamada a la conciencia de la gente, a que sean capaces de poner de su parte un esfuerzo en pos del bien común sin que sea necesario articular decretos con sanciones, multas, delitos y faltas.

Alguien me dijo que esto aquí era poco menos que imposible, que en un país donde el refranero nos dice aquello de “hecha la ley, hecha la trampa”, no hay mucho espacio para que la gente no (se) haga trampas sin que exista una norma vigilante y una espada de Damocles encima de cada uno.

A pesar de todo este panorama, me niego a perder las esperanzas en este mes de noviembre que acabamos de estrenar. Quizá a lo largo del día nos lleguen buenas noticias desde los Estados Unidos y Trump no tenga una segunda ola devastadora que contagie a quienes en Europa y en otros continentes quieren emularlo. Pero, en el peor de los casos, siempre nos quedará el ejemplo de Pablo, el chaval de Logroño que sí sabía en qué consistía el deber cívico. Solo así nos libraremos de segundas olas mortíferas y aprenderemos a contabilizar bien las lecciones que nos da la gente más joven.  

 

Publicado en el diario HOY el 4 de noviembre de 2020

 


 

21 octubre, 2020

Actuar en consecuencia


Anteayer escuché en la radio la descripción de un tuit que dibujaba con tres imágenes lo que muchas veces pasa en este país: un letrero prohibiendo alimentar a los patos, un señor dándoles bolsas de pan y ese mismo señor quejándose de lo gordos que están los animalitos.

Poco después, el boletín horario informaba de tres nuevas muertes por la pandemia en Extremadura y una de ellas era una mujer de 48 años y sin patologías previas que la hicieran especialmente vulnerable. También vi en el telediario un reportaje grabado en una UCI y he de reconocer que me estremeció. Uno de los profesionales sanitarios lamentaba pasar horas allí intentando salvar vidas, poniendo en peligro su vida y la de su familia, y encontrar terrazas abarrotadas y botellones a la salida de su turno. Todo el mundo debería ver ese reportaje porque nos aleja de los habituales gráficos de frías cifras y nos acerca a un drama humano que vemos siempre lejos hasta que un día le toca a alguien conocido.

Ayer por la tarde anunciaban cinco muertes más en la región, 223 casos nuevos y aislamientos perimetrales en diversas localidades. Ya han llegado las lluvias de otoño y estamos muy lejos de estabilizar la situación pandémica. Si bien es cierto que la mayoría cumple las normas, también hay que reconocer que un importante número de personas las burlan y sobrepasan sin rubor. La sensatez colectiva debería llevarnos a ser más estrictos, a no llegar a los límites que nos permiten las normas sino a ser capaces de autoimponernos, de manera voluntaria, unos usos y costumbres que ayuden a que la segunda ola de la pandemia no acabe con tantos muertos como la primera.

No quisiera estar en la piel de quien tiene que tomar decisiones en un año como este. Me recuerda a aquellos juegos de dilemas inventados en los que te ponían una tesitura y tenías que decir a quién salvarías y por qué. Espero que esto no acabe en un “sálvese quien pueda” sino un “salvémonos todos”. Y para ello habrá que parar y dar pequeños pasos hacia atrás antes de caer de nuevo en un precipicio.

Sí. Hemos querido dar zancadas largas hacia la normalidad y es el momento de establecer prioridades, de proteger a las personas más vulnerables, de reducir los traslados y movimientos a los estrictamente necesarios, de continuar con el teletrabajo allí donde pueda realizarse con un 100% de efectividad, de compaginar presencialidad y videoconferencias en las enseñanzas donde sea posible, y de aparcar durante un tiempo nuestros fervientes deseos de socialización tumultuosa y bulliciosa del sur de Europa.

Me gustaría que las tres imágenes del tuit que comentaba al principio de este artículo desaparecieran: que no fuera necesario prohibir con carteles o decretos lo que es de sentido común y que nadie incumpliera las normas que nos hemos dado entre todos para poder convivir. Pero la más preocupante de todas es la tercera imagen, la del que vocifera y se queja de las consecuencias de sus propios actos, sin caer en la cuenta de que es su ignorancia y su falta de conciencia ciudadana la causante de sus posteriores lamentos.

 

Publicado en HOY el  21 de octubre de 2020

 


 

07 octubre, 2020

Hermanos todos

Un viejo amigo y profesor de historia me dijo que cuando leía cualquier texto quería saber las condiciones y condicionantes de quien lo había escrito. La opinión de un varón blanco, de un país occidental, sin problemas económicos y con todas sus necesidades cubiertas, puede ser bien diferente de la de una mujer africana, migrante, con cargas familiares y sin trabajo ni ingresos de ningún tipo. A pesar de que las circunstancias explican muchas cosas en esta vida, mi tendencia ha sido la de pararme a juzgar solo los contenidos expresados y no el perfil biográfico del sujeto, aunque solo sea por dar la razón a Juan de Mairena con su teoría de la verdad, Agamenón y su porquero.

 

Así que puede ocurrir que alguien se declare ateo, poco amigo de la beatería y el agua bendita, y sienta como suyas muchas de las palabras de Jorge Mario Bergoglio en su última encíclica. No hace falta creer en lo divino ni en el más allá para temer a los nacionalismos ciegos que todo lo solucionan a base de banderas, para propugnar que las fronteras no excluyan a nadie, para entender que los migrantes no están siendo tratados humanamente, para que no se califique de justa ninguna guerra o para hacer una llamada a la fraternidad universal.

 

Me temo que las palabras del papa Francisco en su último escrito a quienes sí pueden descolocar es, precisamente, a los que llevan ya tiempo queriendo parecer más papistas que el papa, a los que se han quedado con el discurso ultraconservador de Wojtyła o Ratzinger y se suman hoy a planteamientos sectarios – ¡y tan poco cristianos! – como los de Orbán, Salvini, Le Pen, Trump o Steve Bannon.

 

Quizá lo más novedoso de Fratelli tutti, que es como ha titulado Francisco su tercera encíclica, no sean algunos de los postulados mencionados que ya se vislumbraban en sus discursos e intervenciones, sino la claridad y el ímpetu con que defiende opiniones que, a buen seguro, levantarán sarpullidos en las misas de 12 de los barrios más acomodados. Su denuncia de la globalización económica, del neocolonialismo, de los partidos políticos racistas y xenófobos, de la extensión de las desigualdades o de la necesidad de reformar las Naciones Unidas, hacen de este texto uno de los de mayor contenido político que se recuerda en Roma.

 

Pero es que, además, en la encíclica se atreve a poner en tela de juicio posiciones que muchos políticos de misa diaria tomaban por axiomas: el mercado no lo resuelve todo y el consumismo no nos hace más humanos. Si su segunda encíclica puso encima de la mesa la ecología y la urgencia de un desarrollo sostenible, esta es una clara apuesta para que el mundo se guíe por preceptos como la igualdad, la fraternidad, la justicia y la defensa de los más desprotegidos.

 

Habrá que leer en profundidad el texto de esta encíclica y esperar que la próxima lleve por título Sorelle tutte, para que la institución que dirige no deje olvidada, una vez más, a la mitad de la población. Mientras tanto, bienvenidas sean estas palabras porque siempre nos debe importar más el mensaje que el mensajero.

 

Publicado en el diario HOY el 7 de octubre de 2020

 


 

23 septiembre, 2020

Esencial y presencial

Volveremos a estar presentes. No sé cuánto tardaremos y si deberemos hacer caso de ese dicho africano que sugiere ir muy despacio a todo el que quiera llegar muy lejos. ¿Hemos ido demasiado deprisa? ¿Hemos salido en estampida a finales de junio creyéndonos a salvo de todo? Pues tampoco tengo esa respuesta y la única certeza es que en muchos lugares tenemos que ir dando pasos atrás para evitar unos males mayores que ya no nos pueden pillar por sorpresa.

 

Pero volveremos a estar presentes y a hacer acto de presencia, porque en eso consiste la humanidad: en estar cerca, en mirarse a los ojos sin pantallas protectoras y sin esa nebulosa que vierten las cámaras en cada videoconferencia. Y mientras que no sea posible, quizá tengamos que aprender a lidiar con esos sucedáneos de realidad palpable en el que convertimos casi todo anteponiendo el prefijo tele-.

 

Ayer aprobaba el gobierno una normativa para regular el trabajo desde casa, un invento que en el norte de Europa y en algunas actividades concretas ya estaba instalado desde hace tiempo y que aquí hemos tenido que poner en marcha deprisa y corriendo, como quien convierte un baúl en un bote salvavidas cuando el agua ya va subiendo las escaleras. 

 

No cabe duda de que hay muchas tareas que creíamos que sólo se podían llevar a cabo de manera presencial y que ahora sabemos que se pueden desarrollar sin traslados ni viajes, porque lo esencial y lo imprescindible se podía resolver con todos los distanciamientos que requerían (y siguen requiriendo) las circunstancias especiales de este año 2020.

 

Es importante que el trabajo no invada la vida, algo que le pasa a muchas personas y a las que enseguida se les nota, bien porque son incapaces de desconectar de él o porque está presente en todas y cada una de sus conversaciones. Si, además, el trabajo se realiza en el mismo espacio acotado - y a veces escaso - en el que convives, comes, duermes y te entretienes, corres el peligro de que esa pequeña invasión se convierta en una especie de toma de posesión con todas las de la ley.

 

Hay cosas que tendremos que empezar a valorar más por su esencia que por su presencia: lo más importante no son las ocho horas que uno pase sentado en una silla, sino la eficiencia en llevar a buen puerto cada una de las tareas encomendadas. Pero que nadie aproveche esta ocasión para que acabemos más aislados que nunca. Una cosa es que tengamos que volver a distanciarnos para salvar vidas, y otra bien diferente es que instauremos para siempre un sistema de relaciones sociales como los hikikomori, esos jóvenes japoneses que pasan años sin pisar la calle desde sus vidas virtuales.

 

Sí, tendremos que volver a estar presentes, a sentirnos al lado de los demás, a poder captar toda esa comunicación no verbal que es inapreciable por muchos megas que tenga la fibra óptica recién instalada. Bienvenido sea un teletrabajo bien regulado, pero no caigamos en la trampa de olvidarnos de que la presencia de otros seres humanos y nuestro contacto con los demás forma parte de nuestra esencia.

 

Publicado en el diario HOY el 23 de septiembre de 2020 



09 septiembre, 2020

Contar y nombrar

Un buen amigo me lo comentó a primeros de junio. Él había visto una foto de Pau Donés, en la que vestía una camiseta con nuestro año de nacimiento, y me dijo algo en lo que ya había reparado: se está yendo gente de nuestra edad. Y eché la vista atrás y me di cuenta de que en poco más de un año había visto marcharse a una ex compañera de trabajo con cuarenta y pocos años; a Teresa, una de las mejores fotógrafas pacenses; a Julián, el escritor y editor cacereño que más hizo por la cultura; a la entrañable profesora de francés y la desgarradora carta de su hija Ana en este periódico; a Julia, la profesora de latín que siempre repartía alegría en cada encuentro; al marido de una periodista maravillosa, al de una amiga de la pandilla de quinceañeros y a una lista que, desgraciadamente, también pueden hacer todos ustedes.

Las cifras de las personas que han fallecido acaban por no significar nada. Hace unos días escuchaba en un podcast de radio nacional un excelente reportaje sobre la llamada gripe española y los millones que personas que murieron en apenas dos años. Si se hacía una comparación entre los 50 millones de muertos de 1918, en un planeta de apenas 1200 millones de habitantes, podríamos pensar que lo que estamos viviendo no es nada del otro mundo. La diferencia está cuando pasamos de contar a nombrar, cuando dejamos de sumar en una hoja de cálculo y comenzamos a recordar con nombres y apellidos a personas con las que hemos convivido y que nos han dejado.

El relato de este tiempo tendrá cicatrices muy difíciles de curar y quizá una de ellas sea la dureza del duelo y de las despedidas, sobre todo en unos momentos en los que era imposible reconfortar con abrazos y afecto a las familias. Morir en soledad y saber que alguien querido se debate entre la vida y la muerte, sin siquiera poder tenderle una mano, es una de las imágenes mentales más dramáticas de toda esta tragedia.

Por todo eso creo que no podemos permitirnos que la relajación de las costumbres, que las desbocadas ganas de salir de tantos meses de encierro, acaben convirtiéndose en nuevos brotes, nuevas hospitalizaciones y nuevos fallecimientos. Tanto esfuerzo colectivo no se nos puede venir abajo por las malditas prisas de volver a unas costumbres, las de antes, que deberíamos pensar en posponer. Siempre está en nuestra mano ser un poco más autoexigentes de lo que nos indican en los decretos. Y la mejor forma para convencernos es dejar de calcular tantas cifras y empezar a pensar en los nombres y apellidos de personas a las que queremos proteger para que sigan con nosotros. En ellas debemos pensar cada vez que nos quitamos la mascarilla o cuando nos juntamos por veintenas y sin respetar las distancias.

Mañana empieza un curso escolar lleno de incertidumbres. Muchas de ellas las seguiremos teniendo durante un tiempo, pero nos convendría no tener que arriesgar más de lo debido. Porque, como cantaba Pau Donés en su última canción, estar aquí vale la pena. Lo que más.

Publicado en el diario HOY el 9 de septiembre de 2020 


 

26 agosto, 2020

Clases en septiembre


Ayer en la contraportada de este periódico entrevistaban a Javier Mur, un joven maestro de Monzón (Huesca) que recibió hace cuatro años un premio por la manera en que resolvió un problema surgido en su grupo de 4º de primaria. Guillén era un alumno que tenía cáncer, estaba recibiendo tratamiento y no podía ir a clase por tener las defensas muy bajas, pero con la implicación de todos consiguieron que el compañero salvara el curso y la vida.



En septiembre estrenan una película basada en esta historia y también volverán a llenarse las aulas. Al olor a libro estrenado y a goma de borrar recién comprada, se añaden hoy preocupaciones similares a las que Javier Mur tuvo que afrontar en su día: habrá que tener cuidado con todo, no tenemos claro cómo lo vamos a hacer y mil preguntas sin contestar y que, como decía Eduardo Galeano, quizá nos las hayan cambiado tras averiguar las primeras respuestas.



Enseñar y aprender hay que hacerlo mirando a los ojos, sin pantallas físicas ni mentales. Sí, hay herramientas maravillosas que hemos descubierto estos meses y que nos pueden facilitar casi todo, pero es que educar es mucho más que un compendio de conceptos, actitudes y habilidades que se puedan transmitir en un tutorial de youtube. Entiendo perfectamente a quienes quieren que se vuelva a las aulas, pero también es comprensible el temor del profesorado y de las familias. Les engañaría si les dijera que tengo la solución a la vuelta al cole y también les está engañando el que diga que la tiene. Ignoramos cuál es el derrotero de los acontecimientos y no es descartable que este curso empiece como terminó el anterior y con un horizonte menos esperanzador.



Y es que, además de los problemas epidemiológicos, sanitarios y educativos, se nos vienen otros de tipo socio-económico y laboral. No podemos dejar sin cole a niños que no tienen medios tecnológicos para seguir las clases a distancia, y tampoco estamos preparados para poner en cuarentena a todo un grupo cuando aparezca un caso, porque no tenemos a quien cuide a los niños en casa ni podemos contar esta vez con las abuelas. Y si no queda más remedio de que esto ocurra, será a costa de que alguien deje el trabajo y ya verán como esto se lo adjudican a las mujeres, para que la brecha de género se ensanche todavía más.



Parece que septiembre viene complicado y ha dejado de ser ese mes fronterizo entre el jolgorio de agosto y la normalidad del otoño. Yo tengo esperanza en que las cosas salgan bien, como le pasó a Javier Mur y a todas las compañeras y compañeros de Guillén. Entre todos salieron adelante, con mucho esfuerzo, imaginación y ganas. Ya sé que eso no es suficiente y que ha de acompañarnos la ciencia, el sentido común y una planificación meditada, repensada y en la que tendrán mucho que decir las familias y, sobre todo, quienes tienen las manos manchadas de tiza, quienes comparten el aire de las aulas con decenas de alumnos y alumnas y los cuidan mientras el resto de padres y madres trabajan.

Publicado en el diario HOY el 26 de agosto de 2020

12 agosto, 2020

Personas e instituciones ejemplares

En esta vida vamos aprendiendo que existen instituciones que no se merecen a quienes las dirigen. Esa falta de merecimiento se puede producir por diversos motivos, aunque el más común es por la llegada a los puestos de mando de gente sin la capacidad técnica o ética para llevar a cabo las tareas encomendadas. Pero también se puede dar el caso contrario, el de una institución en la que uno no cree demasiado pero donde hay personas íntegras y cabales que te hacen dudar de casi todo.

Supe que existía Pere Casaldáliga a mediados de los años ochenta, cuando ya había dejado de creer en lo divino y comencé a seguir a Terencio en aquello de que nada humano me es ajeno. Al enterarme de la muerte del obispo de São Félix recordé a este hombre comprometido con la tierra a la que fue a parar y la manera en la que extendió la bondad y la solidaridad con los más desfavorecidos. Su ejemplo de persona humilde le salvó la vida, cuando el pistolero que iba a matarlo pensó que el obispo tenía que ser el que iba bien vestido y no el de aquella ropa tan sencilla. Quienes lo conocieron dicen que, más que sus palabras y sus discursos, era su constante coherencia y ejemplaridad la que le hizo ser querido por los más pobres y odiado por los más poderosos, hasta el punto de superar en prestigio a la institución que representaba y a sus cúpulas vaticanas.

También hemos encontrado casos opuestos, en los que organizaciones de contrastada eficacia filantrópica tenían que soportar la presencia de dirigentes sin escrúpulos, capaces de lo peor. Hace un par de años supe que la organización de ayuda al desarrollo de la que soy socio había despedido a su director en el Reino Unido tras casos de corrupción y trata en plena tragedia del terremoto de Haití en 2011. Construir una reputación puede costar décadas y echarla por tierra es cuestión de un segundo.

Y el tercer caso que nos ocupa es aquel en el que no hay por donde salvar a nadie, porque ni la institución en sí es coherente con la racionalidad democrática, ni la acción de sus máximos representantes son un dechado de virtudes. La jefatura de un Estado no puede ni estar al margen de los dos primeros artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos, ni estar reservada a una familia y sus sucesores como si esto fuera un latifundio. Tampoco es de recibo que quien ocupa un alto cargo tenga que disfrutar del privilegio de la impunidad cuando, en toda lógica, debería mostrar un plus de integridad sobre el resto de los mortales.

Hasta anteayer no podía comprender el ansia de acaparar dinero de quien tenía la vida resuelta. Pero cuando he sabido que una suite del hotel de Abu Dabi puede llegar a costar 11.000 € al día, la misma cantidad con la que ha de subsistir durante dos años alguien que recibe el ingreso mínimo vital, lo he entendido: ni volverá, ni regularizará nada, ni pagará lo que debe, ni pedirá perdón. ¿Un Borbón más a la misma Historia?


Publicado en el diario HOY el 12 de agosto de 2020 

29 julio, 2020

La profe de latín


Hay muchas palabras largas que las hemos acortado a la mitad. La televisión acabó siendo la tele, del hipermercado se nos ha caído el sustantivo y el insti está lleno de profes. De ellos se habla mucho ahora y de la manera que tendrán que afrontar la vuelta al cole en septiembre, buscando la cuadratura de un círculo consistente en aumentar las distancias en las mismas aulas en las que se apiñaban infantes y adolescentes.

El recogimiento casero nos ha permitido a muchos ser testigos directos del esfuerzo del profesorado por sacar adelante el curso y también, que todo hay que decirlo para no caer en el maldito corporativismo, la poca dedicación de unos cuantos. Se atribuye a Max Aub la frase de que uno es de allí de donde hace el Bachillerato y no sé si estaba en lo cierto, tal vez me inclino a pensar que son las personas, y no los espacios, los que acaban por ser más influyentes e incluso determinantes.

Todos tenemos un maestro al que admiramos y en mi caso estoy siempre nombrando a la profe de latín. Se llamaba Isabel y también le tenían acortado el apellido tetrasílabo, de manera que coincidía con el adverbio que los romanos usaban para decir bien. No dejaba indiferente a nadie y eran muchas las compañeras que sentían cierto temor al nivel de exigencia y exactitud que nos demandaba. Nos obligaba a razonar todo, nos encadenaba preguntas para hacernos descubrir nuestros errores, nos impedía utilizar muletillas o palabras imprecisas y nos desveló una cultura milenaria que sentimos cada vez que leemos o admiramos cualquier obra de arte en buena parte del mundo.

Se ha vuelto a hablar una vez más de la desaparición de las lenguas clásicas de nuestros institutos. Ni es la primera vez que ocurre, ni será la última: llevamos toda la vida dejando que se desperdicie la masa madre de nuestras culturas y civilizaciones, apostando por saberes con los que hacer caja lo más rápidamente posible. Pero creo que hay esperanza: un periódico gallego titulaba que la chica con la máxima puntuación en la EBAU había elegido una carrera humanística para la que solo necesitaba un cinco. Esto significa que hay gente que, teniendo capacidad para cualquier cosa, de ha decantado por profundizar en lo que han creado los seres humanos, aunque sea a costa de tener que luchar mucho para obtener empleos que no siempre estarán bien remunerados, pero en los que se puede ser muy feliz.

Este verano he podido hablar con algunas de las que tuvimos a Isabel como profe de latín. El año que viene habría cumplido cien años y, aunque sus catedráticos de instituto coetáneos (y varones) ya tienen una calle que les honra en la ciudad, ella todavía la espera. Nos hizo amar nuestro idioma enseñándonos la lengua madre. A veces nos escenificaba lo que había tenido que oír mil veces, que “el latín no vale para nada”. Nos preguntaba si se podía vivir sin madre y le contestábamos que sí, que no era imposible. Entonces replicaba: ¿puede alguien decir que una madre no vale para nada? Y entonces callábamos, se giraba y ya no había más preguntas.

Publicado en el diario HOY el 29 de julio de 2020 



P.S. Doña Isabel Benedicto Ceinos celebraba el día del libro rifando un ejemplar en  cada grupo a los que daba clase. En 3º de BUP pidió una mano inocente para sacar el nombre de la bolsa y me presté voluntario. Fue la casualidad que saliera mi propio nombre y ahí tengo la Antología de los Poetas del 27.  

Un año despúes, en COU, volvió a pedir una mano inocente para el sorteo pero dijo "no sé si la de Javier es una mano inocente". Buscó otra voluntaria y recuerdo que fue Mª José Ayuso la encargada de sacar el papelito. Y sí, volvió a salir mi nombre. La Metamorfosis de Ovidio en aquellas ediciones verdes de Bruguera.
 



15 julio, 2020

Baño de realidad

El trabajo de traducir de una lengua a otra es una tarea apasionante y complicada, especialmente al tratar de encontrar en tu propia lengua aquella expresión concreta que cada idioma ha solventado de formas dispares. Cuando algo te hace reconocer la verdad sobre una situación, en los países anglófonos utilizan reality check, un concepto que en español hemos resuelto con algo tan refrescante y estival como un baño de realidad.



En este verano de piscinas cerradas los baños de realidad se están volviendo de realeza, que no es lo mismo. La literatura universal nos dejó un cuento para explicarnos lo que ocurre cuando todas las voces nos invitan a creer que unos hilos invisibles han tejido el más asombroso traje para el emperador: nadie se atreve decir que no se ve, salvo quienes no creen en supercherías y afirman sin miedo que el monarca va desnudo.



Y una versión de aquel cuento se nos está cumpliendo. Ahora todos dicen que sabían que el anterior jefe del estado llevaba una vida muy alejada de la formalidad que decía representar. Tras la famosa entrevista de Selina Scott en el año 1992, se abrió una rendija por la que salían secretos de alcoba que ya no podían callarse porque eran archiconocidos. Pero los defensores del juancarlismo habían apuntalado previamente su gloria de muñidor de la transición y de su heroica intervención de madrugada en febrero del 81, episodios plagados de lagunas tan oscuras como las que hay en Soria junto a los Picos de Urbión.



Cuando el cargo público más importante de un estado se va pasando de padres a hijos dentro de una misma familia, con mucha endogamia y durante muchos siglos, se corre el peligro de que el siguiente que te toque en suerte vaya empeorando las fechorías de los últimos Alfonsos, de la funesta Isabel II o del felón Fernando VII.  A algunos todavía les convencía el glamour del papel cuché y las coronas doradas para justificar una institución que no atiende a los estrictos principios de igualdad consagrados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero ahora también ellos están recibiendo un baño de realidad, un reality check con doble sentido porque parece ser que los cheques que el emérito recibía y ocultaba al fisco tienen toda la pinta de ser, también, doblemente reales.



Si algún día los historiadores de aquí tienen acceso a los archivos oficiales con la misma facilidad que en otros países, tal vez podamos descubrir si las figuras históricas de finales del siglo XX fueron unos héroes frente al golpismo o unos medias tintas, si fueron unos patriotas que conseguían contratos para grandes empresas españolas o unos pillastres que se llevaban dudosas comisiones millonarias a Suiza y otros paraísos fiscales. 



Pero lo peor de toda esta historia es descubrir que quien te daba un discurso navideño pidiendo ejemplaridad, estaba sacando reintegros de seis cifras de origen espurio para gastos familiares. Y ahora, ¿cómo penalizamos al que defrauda en el IVA o se retrasa en la cuota de autónomos, si el Estado no puede castigar a su jefe emérito por presuntos delitos muchísimo más graves, cuantiosos y sostenidos en el tiempo? 

Publicado en el diario HOY el 15 de julio de 2020