Cuando hace casi veinte años comenzamos a formar grupos de Amnistía Internacional en Extremadura, nos dimos cuenta de que existía un mundo que nunca aparecía en las noticias. Repartíamos cartas entre los voluntarios para enviarlas a las autoridades de países que no salían en los libros de geografía de EGB. Intentábamos que los medios de comunicación regionales se hicieran eco de la situación de un preso en Cuba, de una población exterminada por paramilitares colombianos o de centenares de personas que esperaban su inyección letal en Estados Unidos. Otras veces hacíamos llegar mociones a los Ayuntamientos y a la Asamblea de Extremadura, para que intercedieran pidiendo respeto a los Derechos Humanos en rincones remotos. Había que explicar a muchos de nuestros representantes populares que Myanmar era Birmania, quién era Aung San Suu Kyi, o que en la parte oriental de Timor se masacraba a diario. Incluso algunos se sorprendían si les decías que en Arabia Saudí o Egipto había dictaduras sangrientas que encarcelaban a diestro y siniestro. De repente, uno de esos monstruos olvidados, a los que calificábamos como “el único gobernante fiable de la región”, se nos cuela en las portadas de los telediarios y nos apresuramos a negar tres veces el apoyo implícito otorgado durante décadas de silencio. Muchos se preguntan si podemos hacer algo desde aquí y la respuesta es que sí. Siempre se puede hacer algo a favor de la libertad y la justicia en el mundo. Y se podría empezar por cositas simples para no volver a hacer el ridículo: leer los informes anuales de Amnistía Internacional, por ejemplo. Muchos se sorprenderían.
Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 7 de febrero de 2011.