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22 marzo, 2017

La prensa amenazada


La primera columna que escribí en este periódico se tituló Ser valiente y pretendía ser una alabanza del periodismo que no tiene miedo, que expone los hechos sin más artificios que la pura descripción de lo ocurrido, sin ocultar datos relevantes y sin magnificar los que no lo son. Ahora que llevamos casi dos décadas navegando por los mares de internet, intentando diferenciar lo que son noticias falsas en medios pretendidamente serios de las páginas de humor que simulan ser periódicos, nos asalta la duda de si los peligros del periodismo proceden más de las nuevas tecnologías o vienen de otros lados muy diferentes.

Hay quien dice que las redes sociales o los comentarios en los medios de comunicación constituyen una amenaza para la profesión: no se puede negar que el anonimato se ha convertido, en muchas ocasiones, en un parapeto para tirar la piedra y esconder la mano. Pero quizá haya llegado el momento de analizar las cosas con la ecuanimidad que merecen y distinguir entre los malos modales y las expresiones desafortunadas de lo que son amenazas reales. Cuando solo existía la prensa en papel y te indignaba una noticia del diario había que mecanografiar 20 líneas, meterlas en un sobre, identificarte con tus datos y número de DNI, y esperar a que el responsable de la sección decidiera seleccionarla como carta al director. Hoy todo es más fácil para hacer llegar un mensaje a cualquier lado, ya sea uno de paz y amor al extremo sur de Nueva Zelanda o para descargar bilis sobre la vecina que escribe en la página siete, así que deberíamos empezar a aprender convivir con ciertas pequeñas miserias, casi inevitables, que nos trae este mundo tan global e inmediato.

Junto a esas pequeñas miserias que rodean a la prensa, al periodismo y a la comunicación también están las grandes miserias, las que sí que constituyen una auténtica amenaza a la libertad y al derecho a la información. Y no me refiero, obviamente, a desagradables e injustificados rifirrafes entre plumillas y jefes de prensa, sino a las presiones de verdad, a las que no ponen tuits ni comentarios, a las que van al grano y hacen que se descuelguen los teléfonos importantes en cualquier hora y lugar, a las que con solo un par de palabras ponen firmes y acallan al más bregado de los profesionales. Y es contra esas amenazas contra las que el periodismo está cada vez más inerme.


El viernes pasado abandonaba la región un joven periodista de esos que no dejan indiferente a casi nadie, rodeado del cariño y de la admiración de gran parte de la profesión. Se nos iba con el sabor agridulce de ver cómo se nos va marchando lejos la materia gris y la savia joven de nuestra sociedad extremeña. Y tuve que recordar de nuevo aquel deseo de que ser valiente no salga tan caro y que ser cobarde no valga la pena. Espero que sea la última vez.

Publicado en el diario HOY el 22 de marzo de 2017


05 octubre, 2016

Conflictos internos

Allá donde hay poca democracia y libertad puede existir la sensación de que no hay conflictos. Algo así le llevó a Albert Rivera a decir que en las dictaduras había ‘cierta paz y orden’ o que el partido que nos gobierna (en funciones) siga sin condenar un régimen como el franquista. Cuando saltan los problemas internos en los partidos conservadores se aplacan fácilmente, porque surgen de luchas de poder y las diferencias ideológicas son mínimas. Al margen de las posturas de Gallardón y Villalobos sobre la ley del aborto, casi no recordamos ningún congreso popular en el que las discusiones bajaran al terreno de las propuestas programáticas.

Según te vas alejando a la izquierda los conflictos pueden convertirse en algo más profundo porque las diferencias ideológicas pueden llevar a lo que se llama un conflicto de proyecto. Mientras en los de derechas la llamada al orden en defensa de los intereses suele dar buen resultado (con la excepción histórica de la UCD), en los progresistas hay una pasión por exacerbar las diferencias que se explica muy bien en un episodio de La vida de Brian.

Lo que pasó en la calle Ferraz de Madrid el pasado fin de semana es un ejemplo de todas las posibles casuísticas que pueden aparecer en el seno de una formación política: un congreso cerrado en falso en 2014, un candidato votado a regañadientes por amplios sectores territoriales, pésimos resultados electorales, presencia de poderes fácticos en el seno de la organización y, finalmente, una diferencia estratégica que esconde cierta fractura ideológica. Y cuando no se han sabido abordar de manera abierta y constructiva las diferencias suele ser inevitable que el clima deje de estar enrarecido para pasar al de prebélico.

Hay quien dice, entre bromas, que todo esto es consecuencia de pensar demasiado las cosas, que la izquierda tiene una sobredosis de darle mil vueltas a cada asunto. Sin embargo, me atrevo a decir que el problema no está en reflexionar demasiado sino en no haber aprendido a usar las herramientas que requiere este nuevo panorama, en el que los de abajo quieren ser quienes más ordenan, como cantaban en Grândola, Vila Morena, mientras subsisten unos liderazgos que prefieren la camarilla, las intrigas de pasillo y la creación de aparatos tradicionales para controlarlo todo.


Si uno no es partidario de la militancia a golpe de silbato y voz de mando, tiene que saber que las decisiones debatidas y participadas le van a costar un poco más de tiempo y quebraderos de cabeza. Además, tendrá que aprender unas cuantas reglas para no salir ardiendo cuando los primeros roces produzcan las primeras chispas: conviene tener siempre espíritu constructivo, confiar en las intenciones de quienes van en tu mismo barco, escuchar con atención a quien propone algo opuesto a tus planteamientos, evitar la descalificación de argumentos en función de quien haya sido el proponente y, sobre todo, no volver a servirse de la vieja costumbre de resolver en petit comité lo que compete a todos.

Publicado en el diario HOY el 5 de octubre de 2016

04 octubre, 2016

Hora de pensar (I). Ser y/o parecer



Los resultados de Podemos en las elecciones europeas de mayo de 2014 abrieron la necesidad de construir rápidamente una formación política que había logrado cinco escaños en Estrasburgo y 1.245.000 votos. El verano de 2014 fue un apresurado proceso para construir desde la nada absoluta, sin techo bajo el que reunirse y con el acoso policial cada vez que medio centenar de personas hacían un corro en algún parque o plaza para hablar de futuro. Todo era organizarse y nada era pensar en qué planteábamos. Sabíamos contra lo que luchábamos pero no teníamos del todo claro qué pretendíamos. Siempre había que posponerlo todo: tras el verano de 2014 llegó la preparación de la asamblea de Vistalegre; al final del otoño las elecciones a Consejos Ciudadanos Municipales; en enero de 2015 la marcha del cambio en la Puerta del Sol de Madrid; en febrero las elecciones a Consejos Ciudadanos Autonómicos; en la primavera de ese año la frenética y tortuosa singladura para poder presentarse a las elecciones municipales de mayo de 2015.

Junio de 2015 tampoco fue más tranquilo: había que decidir qué se votaba en las investiduras de presidentes autonómicos y configurar gobiernos de cambio en algunas ciudades. Y cuando parecía que todo estaba en calma, a finales de junio, nos toca lidiar con unas primarias para las generales que a algunos nos parecieron un auténtico despropósito. El otoño de 2015, tras las elecciones catalanas de septiembre, fue otra locura para preparar las elecciones del 20D. Y luego otra vez, para las del 26 de junio. Acaban de volver a votar en Galicia y Euskadi pero esto parece que todavía no ha acabado del todo. Alguien dijo aquello de “que no se podía correr y atarse las zapatillas al mismo tiempo” y tenía toda la razón. Lo malo es que hemos corrido, y mucho, pero ha habido momentos en los que lo hacíamos como pollo sin cabeza, sin rumbo, espoleados por la necesidad imperiosa de correr pero sin tener clara la ruta.

“Compañeros, compañeras, hasta aquí hemos llegado”. Así empezaba una canción del admirado Labordeta. Ya ha llegado el momento de pensar qué queremos y hacia dónde queremos dirigirnos. Luego quedarán matices de si hay que hacerlo en un solo viaje, con escalas, solos, con compañeros de viaje y a quién encargaremos que nos guíe (permitidme que evite la expresión gran timonel). Lo que no se puede hacer en el seno de Podemos - y yo extendería a toda la izquierda- es debatir con 140 caracteres. Una cosa es simplificar y otro cosa es ser simples. Entre una discusión terminológica sobre núcleos irradiadores que dejen fuera de juego al 99% de las bases y un intercambio de tuits imagino que hay un término medio. De ahí que algunos nos espantáramos cuando la palestra se reducía a si es mejor no dar miedo y mostrar una cara más amable y seductora, o bien hay que añadir contundencia a los posicionamientos.


Como el debate de ideas será largo, zanjemos primero la cuestión de las formas que se planteó en septiembre, el asunto de si damos miedo o de si hemos de dulcificar las formas,  sobre si es mejor parecer algo diferente a lo que se es o hacernos una cirugía estético-política con la que ganar adeptos en los ambiguos caladeros del centro. Me atrevo a afirmar que es un debate de corto recorrido, porque jamás se debe engañar a la gente (para eso hay viejos partidos que lo hacen mejor y con más experiencia). Pero nunca está de más aplacar los gritos, calmar los discursos y ser más amables en las formas, siempre que no sea a costa de claudicar de los principios y de abandonar el compromiso con las clases más desfavorecidas. El ‘qué’ siempre será más importante que el ‘cómo’, pero siempre se convence mejor con buenas palabras.

05 noviembre, 2014

Pelotazo en toda la cara

La Fura dels Baus es el nombre de un mítico grupo de teatro que cambió muchas cosas en el mundo de la escena. Desde su espectáculo de inauguración en la olimpiada de 1992 cualquier acto de ese tipo dejó de ser un desfile de bailes regionales para convertirse en una narración con parafernalia, actores y cientos de artefactos. Recuerdo una de sus primeras actuaciones en Extremadura, allá por el año 1985, en el recinto de lo que acababa de ser la cárcel y que hoy ocupa el MEIAC, con un espectáculo llamado Accions y que era descrito en los carteles, literalmente, como un pelotazo en toda la cara. Los que alguna vez hemos jugado al fútbol sabemos lo que hay detrás de esa definición: normalmente no es un lance demasiado peligroso pero que te deja aturdido, con necesidad de preguntarse dónde estoy, qué ha pasado y qué tengo que hacer ahora.

Las encuestas que vamos conociendo están siendo para muchos como un pelotazo en toda la cara, y especialmente para los que no veían venir el balón, para quienes creían que el vaivén entre los dos grandes era un sistema perfectamente asentado en un turnismo modernizado. Además, se están dando otras circunstancias que jamás habían ocurrido en nuestra historia reciente, como el surgimiento con fuerza de una opción política que ha partido de cero absoluto y sin estructura, el hundimiento del prestigio de buena parte de la clase política y de casi todos los partidos instalados, la consternación ante casos graves de corrupción y que afectan, precisamente, a esas élites denunciadas constantemente por Podemos con la denominación (quizá desafortunada) de casta. Por si esto fuera poco, se vislumbra la certeza de que la corrupción conocida puede ser solamente una pequeña parte de lo que realmente ha pasado a nuestra alrededor en las últimas décadas.

Incluso ante una situación inédita y con la conmoción a flor de piel, siempre es deseable una dosis de autocrítica para contestar a todas esas preguntas que citaba anteriormente y analizar qué ha ocurrido y qué opciones quedan por delante. Pero me temo que, en muchos casos, la racionalidad necesaria en estas ocasiones está siendo sustituida por ataques de pánico. Y como a algunos no les basta con estar acongojados ante cualquier vuelco histórico, han optado por esparcir su miedo al resto de la población, rememorando aquella histórica viñeta de Chumy Chúmez en la que un político desde su estrado daba a elegir al pueblo entre el caos y la continuidad, al tiempo que las masas, con muy buen criterio, optaban por el caos.

Una canción de Tracy Chapman decía que empezando de cero no hay nada que perder. Así se siente demasiada gente en este país: con la obligación de tener que empezar casi desde la nada y sin miedo a las incertidumbres con las que amenazan quienes ven en peligro sus poltronas. El tiempo nos dirá el final de esta apasionante historia que ahora comienza.

Publicado en el diario HOY el 5 de noviembre de 2014.



Todo excluido

     Mientras esperaba a que abrieran la óptica para graduarme la vista me paré a ver las ofertas de una agencia de viajes que había al lado...