Rara vez visitamos
otras ciudades sin evitar las comparaciones con la nuestra. En una reciente
visita a la localidad portuguesa de Nazaré volví a usar el teleférico que une
la villa con la parte alta de la localidad y la taquilla lucía con orgullo un
letrero de “servicios municipalizados”. Además, un cartel recordaba que allí
mismo podían pagar el recibo del agua, también municipalizada. Luego vuelves a
tu ciudad de origen y ves que todo va en sentido contrario, que ni el agua, ni
la limpieza, ni la gestión de proyectos las lleva el propio Ayuntamiento. Ya
solo queda que la policía local se externalice con una empresa de seguridad y
que la alcaldía y las concejalías se saquen a concurso a una gestoría.No habían pasado 24 horas desde que se publicara la noticia y ya había comenzado el malestar por el barrio. Los carteles improvisados cubrían los escaparates y mañana a las ocho y media han convocado una concentración en la fuente de Cuatro Caminos. La pregunta va de boca en boca: ¿a quién le pueden molestar unos árboles que plantaron hace 40 años, con todo el cariño del mundo, los niños del colegio que está en la propia avenida?
O comenzamos por tomarnos en serio esta tarea de hacer habitables las ciudades o acabarán convirtiéndose en un infierno, en una sucesión de espacios despersonalizados, incómodos, en los que no apetece estar, donde nos cambian los bancos semicirculares que propiciaban el diálogo por sillas aisladas y viradas para que nadie se tenga que cruzar la mirada. Serán los nuevos paisajes urbanos, salvo que la gente despierte para impedirlos.










