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27 diciembre, 2017

Pasar página

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Hay un par de poetas catalanes que me encantan y de los que, de vez en cuando, me vienen a la memoria algunos de sus versos sueltos. De Miquel Martí i Pol he aprendido como consejo aquello de pasar la hoja y no empeñarse en leer la misma página. El domingo arrancaremos la última del calendario y tan peligroso será creer que no ha pasado nada antes, como pensar que lo que ya ha ocurrido sigue siendo un presente inalterable. El tiempo existe y parece que es una cuestión unánime para físicos, filósofas y hasta teólogos. Aunque no hagamos nada, el tiempo todo lo cambia. Y quien no crea lo que digo que rebusque en la caja de sus fotografías viejas y se mire luego al espejo para deshacer el equívoco.



El año que viene habrá que desenredar líos, habrá que buscar salidas honrosas, habrá que no volver a caer en errores cometidos y habrá que poner en orden lo que es prioritario en el mundo, en nuestro continente, en nuestros barrios y hasta en nuestras casas. Muchas veces nos pierde lo más inmediato y no reparamos en que lo más importante se puede estar gestando en otro lugar del planeta y que será demasiado tarde cuando intentemos atajar sus consecuencias. La sequía que han sufrido en amplias zonas de África hacen presagiar hambrunas que impulsarán a la población a huir de la muerte hacia el norte, hacia el continente europeo en el que habitamos. Si este año perecieron más de 3000 personas en el Mediterráneo, se calcula que la cifra se podría llegar a duplicar debido a esas sequías y hambrunas generalizadas. Un número que no nos dice nada porque no tenemos referencias para calibrar su medida: quizá les diga más que cada año se nos ahogan en nuestro mar tanta gente inocente como aquel 11 de septiembre en el que se cayeron las torres gemelas.



El año que llega será clave para saber si estamos dispuestos a luchar para que haya más libertades en el mundo. El panorama es desalentador porque Trump tiene sus seguidores y todo aquel que se atreva a discrepar de lo oficial va a ver cómo se escudriñan cada una de las palabras escritas o pronunciadas. Estamos, además, en la antesala de algo que ya creíamos superado: tantos años nos hartamos de decir que todas las ideas eran legítimas siempre que no se utilizara la violencia, y ahora tenemos la duda de si un día acabará siendo delito estar a favor de la república, de la abolición de la tauromaquia o de la ayuda humanitaria a quienes huyen de la muerte en África y llegan a nuestras playas.




Mientras pasamos página me acuerdo de ese otro poeta catalán que despierta mi curiosidad y que se llama Joan Margarit. Escribe cosas como que la libertad es la razón de vivir, un extraño viaje, el alba en un día de huelga general, ir indocumentado o una librería. Esperemos que siga habiendo libertades (y librerías).

Publicado en el diario HOY un 27 de diciembre de 2017.

22 abril, 2015

Los nadie de Eduardo Galeano

Hace unos días leí en este mismo espacio la columna de mi vecino de los martes, en la que se refería a un extremeño como el primer hombre que avistó el Pacífico. La frase me hizo recordar a mi admirado Eduardo Galeano, que en uno de sus libros describía el momento en el que el profesor explicaba dicho episodio en la clase de Historia, y donde un chico preguntaba si los habitantes de lo que hoy es Panamá eran todos ciegos en aquella época. Tras la muerte de Galeano se han ido difundido por las redes sociales frases y fragmentos de su obra, especialmente uno en el que habla de “los nadie”, de aquellos que balen menos que la bala que los mata y que en las últimas horas nos han inundado las pantallas y los periódicos.

No habían pasado ni diez horas desde que el avión de Germanwings se estrellara en los Alpes y ya había un equipo de psicólogos de varios países preparados para auxiliar a los familiares de los accidentados. Ante las desgracias somos capaces de analizar las causas, modificar las normas para intentar que no vuelvan a ocurrir y dar el necesario apoyo a las víctimas que sobreviven. Ahora me pregunto si los psicólogos que reconfortaron a los allegados de ese accidente de avión o los que atendieron a tanta gente tras los atentados del 11M en Madrid estarán ya de camino hacia un puerto italiano. Me temo que no. Y que tampoco irá nadie por diversos países de África recogiendo muestras de ADN para identificar los cadáveres que salgan a flote en el Mediterráneo. Setecientos “nadies” que se sumarán a la lista interminable de un holocausto consentido que Occidente no sabe atajar, porque ha equivocado desde hace décadas las causas del problema y solo piensa en maquillar los síntomas más visibles.

Las primeras reacciones de Merkel al conocer la catástrofe hablaban de luchar contra las mafias y de reforzar las fronteras exteriores de la Unión Europea. Por un momento pensé que volvería escuchar a Mayor Oreja contando aquello del efecto llamada. Todos sabemos que esas mafias no existirían si no hubiera gente tan desesperada como para hacinarse en cualquier cascarón de nuez y emprender una huida desde la muerte hacia cualquier otro lugar (que casi siempre, desgraciadamente, es también la muerte).

Hace veintiún años las calles de las ciudades estaban llenas de tiendas de campaña que reclamaban un compromiso tan simple como solventar el hambre del mundo con cargo al 0,7% del PIB de los países más desarrollados. El compromiso databa de principios de los años 70 y no lo han cumplido más que media docena de países nórdicos. Las vallas y la lucha contra las mafias son tan inútiles como una cortina de papel para protegerse de un tsunami: o afrontamos la manera de construir un planeta en el que todos podamos sobrevivir o no habrá fortaleza europea en la que agazaparnos. No lo dejen para más adelante. 

Publicado en el diario HOY el 22 de abril de 2015.

16 noviembre, 2009

Muros y vallas

El muro impedía la libertad. Quienes vivían al otro lado no podían atravesarlo y estaban obligados a sufrir una vida triste, sin realización personal. Eran tantas las ansias de superarlo, que doscientas personas dejaron sus vidas en las alambradas, escalando una pared infinita y eterna. Llevamos una semana recordando aquel muro que se cayó y casi todos se alegran de su desaparición, nadie ahorra adjetivos y la inmensa mayoría se felicita por ese mundo de libertad que, parece ser, penetró en cada rincón del planeta según iban desmoronándose los fragmentos de hormigón en Berlín. Y mientras iban a la antigua capital alemana a recoger piedrecitas, los mismos fanfarrones de la libertad se dedicaban a ir trenzando en el sur un muro más alto, más vigilado y más infranqueable. Este nuevo muro ha causado más muerte que aquél, porque no sólo hay que contar a los que dejaron su vida a finales de septiembre de 2005, sino a los miles que se ha tragado el mar y a los cientos que descansan bajo un número en el cementerio de Algeciras. Intento saber qué diferencia al muro de Berlín del que se levanta en Cisjordania o del que los gobiernos españoles construyeron en Ceuta y Melilla, y no dejo de preguntarme por qué Occidente quería que los ciudadanos de la RDA vinieran a vivir al oeste y no queremos que lleguen senegaleses o mauritanos. ¿Será el color de la piel? ¿Será la formación académica de los sujetos en cuestión? Todavía estoy esperando que alguien me dé una explicación razonable, que no provoque sonrojo y que tenga en cuenta aquello de que todos los seres humanos son iguales.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 16 de noviembre de 2009.

Foto: Wikipedia

22 julio, 2007

2500 euros

Llevamos 20 días oyendo hablar de la necesidad de aumentar la población y de que nazcan más niños, así que podríamos dar una vuelta por internet para informarnos y encontraríamos -¡oh sorpresa!- que hay una especie de observatorio sobre el crecimiento de la humanidad que no sólo no está preocupado por la baja natalidad sino por todo lo contrario. ¡Todo el mes de julio discutiendo la cantidad y la retroactividad de los incentivos para traer churumbeles y resulta que en el 2050 no vamos a caber! Hay algo aquí que funciona mal: no puede ser que haya unanimidad en favorecer el incremento de habitantes cuando el problema global es la superpoblación. Vamos adentrándonos en la letra pequeña de la historia y resulta que la cuestión es que necesitamos a las criaturas en el primer mundo y nos sobran en el tercero. Entonces la cuestión es de equilibrio territorial y no de cantidad, con lo que podríamos traer familias del tercer mundo al primero y todo resuelto. Pero esta solución no le gusta a mucha gente de aquí porque los que vienen son pobres, hablan diferente y tienen costumbres raras. Quizá habría una solución mejor: hacer que el tercer mundo se parezca al primero, que acaben por imitarnos, que tengan menos hijos y asunto finiquitado. Pero esta solución tampoco gusta por aquí, así que sólo nos queda aceptar que a mediados de siglo seremos más de nueve mil millones y que tendremos dificultades para hacer el planeta sostenible. Mientras sigamos discutiendo si son 2500 euros por niño y si la retroactividad llega a julio o enero, podemos caer en un debate absurdo por ser incapaces de pensar globalmente y por actuar con una mentalidad demasiado localista. http://javierfigueiredo.blogspot.com

Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 23 de julio de 2006

08 julio, 2007

Tabaco en África


La semana pasada nos enteramos de la historia de dos poderosísimas empresas tabaqueras que se han lanzado a captar adeptos en el más pobre de los continentes una vez que han visto el retroceso de ventas del llamado primer mundo. La estrategia es la misma que utilizan los traficantes para enganchar adeptos: fijar como objetivo niños y adolescentes a los que regalar inicialmente el producto, crearles la adicción y esperar a que luego saquen dinero de debajo de la tierra para seguir manteniendo sus dosis de nicotina, alquitrán y demás sustancias. Tampoco es un asunto como para escandalizarse porque no cabía esperar de esas empresas ni ayuda humanitaria, ni dotaciones y equipamientos para las áreas de neumología de los hospitales nigerianos. Lo que sí que da para reflexionar es el desprecio de la condición humana que se gastan determinadas empresas y lo tranquilos que dormirán los accionistas cuando reciban la transferencia del reparto de dividendos. Mientras los estrategas discurren la manera de seguir vendiendo humo sin importarles la salud ajena, el llamado mundo civilizado se impregna de una moral a la que ya no podemos llamar doble porque es simple y rastrera: el beneficio propio por encima de cualquier cosa. Con esa premisa se esquilman continentes, se explota mano de obra, se utiliza a personas como cobayas, se les trata como carne humana cuando vienen en pateras y algunos pretenden repartir desde aquí lecciones de civilización. Un continente que se muere de hambre, sed y sida acaba por ser para un par de multinacionales una nueva área en la que extender el cáncer de pulmón. http://javierfigueiredo.blogspot.com/



Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 9 de julio de 2007

Historia de mi colección de "Fuellas"

Las navidades de 1984 las pasé, como era habitual, en Monzón. Y allí pude ver en el informativo regional de RTVE en Aragón una noticia sobre...