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22 marzo, 2010

Presunción de veracidad

Uno puede ignorar todo en asuntos jurídicos pero tener cierto concepto de lo que es justo. Cuando la Justicia se escribe con mayúsculas corre el peligro de alejarse de ese concepto para sumergirse en el mar de las leyes donde conviven, en más de una ocasión, la cuadrícula con la insensatez. La caverna rancia aplaude cada vez que hay un proyecto de norma en la que la autoridad es más autoridad, el poder tiene más poder y las libertades pasan a un segundo lugar en favor del orden bienpensante. De poco vale invocar el espíritu de la Ilustración o releer los once primeros artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos porque cualquier reglamento echa por tierra el camino andado. La presunción de veracidad es el argumento que humilla al ciudadano frente al poder cuando nos encontramos en la habitual tesitura del testimonio de uno frente a otro. Si te tocas la oreja y el guardia dice que estabas hablando por el móvil, si te detienen y los policías que te han maltratado afirman que tú les has faltado, entonces estás perdido. De nada vale que la realidad haya sido otra porque unas profesiones son garantía de no mentir y el resto no somos nada. Dicen que sin esa figura tan antidemocrática de la presunción de veracidad no se podría sostener en pie el sistema. Amnistía Internacional lleva años denunciando la cantidad de condenas que se dictan aquí amparándose en este precepto, y hasta Álvaro Gil-Robles, que fue comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa, lo denunció en un informe del año 2005. Pero hasta que no lo sufrimos en nuestras carnes, no nos damos cuenta. Así somos.


La semana pasada me fueron llegando varias historias que han confluido en esta reflexión. Empecé teniendo noticias de un incidente kafkiano con las autoridades de tráfico, luego supe del anteproyecto por el cual se presupone que los directores de centros dirán siempre la verdad en la nueva ley educativa y , finalmente, el encuentro con dos personas que sufrieron hace 10 años la crueldad y la injusticia de la presunción de veracidad. Es tan fácil como ponerse en la piel de quien sufre esa injusticia para que hagamos un intento colectivo para que la presunción de veracidad no exista nunca. Aceptarla es la muerte de la libertad y de la igualdad. (La fraternidad murió hace tiempo). Conocer de primera mano la intrahistoria recogida en los Informes de Amnistía me puso los pelos de punta y me recordó la peor de las pesadillas de novela negra.

10 junio, 2007

Corporativismo

Si hay algo que saque de quicio a quienes creen en la racionalidad es el corporativismo ciego que hace que, por principio, los colegas de profesión nunca se equivoquen. Esta particular manera de ver las cosas provoca que cualquier crítica o denuncia a un compañero de profesión sea interpretado como un ataque a todo el cuerpo. Viene esto a cuento porque el pasado miércoles se manifestaron en Barcelona miles de mossos d’esquadra que pedían la dimisión del consejero catalán de interior y decían hacerlo en defensa de la dignidad de sus compañeros. Si uno no supiera nada de la trastienda del asunto podría pensar que es una reivindicación justa, pero resulta que la indignación de los manifestantes viene originada por la instalación de cámaras en una comisaría que nos han mostrado una paliza a un detenido y una chica rusa abofeteada, esposada y con 38 hematomas. Por fin hay un responsable policial que cumple con una de las recomendaciones que desde hace años reclaman organizaciones como Amnistía Internacional, la de instalar cámaras en las comisarías para garantizar que no existen malos tratos y para defender a los policías de las denuncias falsas que se pudieran producir. Pero cuatro mil policías están molestos porque creen que su jefe ha propiciado el descrédito del cuerpo cuando destapa casos aislados de malos tratos y no se indignan con esa minoría de sus compañeros agresores, que son quienes realmente están desprestigiando a la policía catalana con unos modos que, desgraciadamente, no están desterrados. Por lo que se ve, la enfermedad del corporativismo tiene difícil cura. http://javierfigueiredo.blogspot.com/




Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 11 de junio de 2007

Matonismo

En las escuelas siempre había un matón, alguien que se creía con el poder de amedrentar a quien le diera la gana y que contaba con el apoy...