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26 mayo, 2014

Toros, fútbol y mesas electorales

La semana pasada me enteré de que uno no puede declararse objetor al sistema de votaciones y debe formar parte de una mesa electoral si así lo decide el sorteo. En cambio, hay alguna junta electoral que ha eximido de la misma obligación a quien tenía unas entradas para una final o a quien alegaba que un hijo comulgaba por vez primera ese día. Todo un prodigio de criterio sensato (entiéndase la ironía), pero el fútbol parece ser algo intocable en este país y que está por encima de cualquier otro precepto.

Tampoco se puede uno meter mucho con la fiesta nacional, y eso que hemos vivido un hito histórico el martes pasado, con ese 2-3 en Las Ventas a favor de los seres inocentes de cuatro patas, esos que llevan siglos recibiendo un 6-0 jornada tras jornada. No es que desee el mal para los autodenominados toreros, pero no me negarán que después de perder tantas batallas merece la pena la alegría de ver que cuatro toros se salvaban de la tortura y la muerte violenta en forma de espectáculo.

Y mientras terminamos de contar votos para ver que somos europeos, se me viene la imagen de las vaquillas maltratadas en los pueblos de España por culpa de la maldita tradición. O incluso sin tradición alguna como en mi pueblo, que el jueves decidieron reponer una práctica que no esconde ni arte, ni costumbres ancestrales ni nada.

Cuando el fútbol y los toros son casi religiones, cuando es más fácil librarse de una mesa electoral con entradas de fútbol que con argumentaciones morales, entonces es que algo grave debe de estar pasándonos como sociedad. Confieso que no lo entiendo.


Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 26 de mayo de 2014.

Espeluznante foto de Jon Amad.

23 septiembre, 2013

Todo (no) es cultura



Una de las acepciones de la palabra culturala definen como el conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico y otra, a renglón seguido, se refiere a la misma como la vida, costumbres y grado de desarrollo artístico-científico en una época, lugar o grupo social. En ocasiones llamamos cultura a ritos ancestrales que por su crueldad son cualquier cosa menos producto de una reflexión juiciosa y crítica, así que parece que entre las dos versiones hay una contradicción difícil de resolver. Luego te encuentras a gente capaz de justificar barbaridades por el mero hecho de ser una tradición arraigada, por no hablar de los que te dicen que si no eres del pueblo, no puedes llegar a entender la “magia” de cachondearse de un animal y hartar de reírse mientras lo matan.

¿Qué quieren que les diga? A mí me parece que no es necesario haber nacido en Tordesillas ni en Lekeitio, para concluir que lo que hacen allí con el toro o con el ganso es cualquier cosa menos cultura. Nunca he entendido a los que disfrutan viendo sufrir a otro y no me sirve que lo engalanen con historia, antigüedad y demás fervores: la cultura no puede acoger en su seno ninguna acción o expresión que provoque rechazo y repugnancia de forma generalizada. La tortura es tortura y no se es un asunto con el que jugar a hacer rimas.


Y hablando de tortura: me entero de que Billy el Niño, el más cruel de la torturadores de la Brigada Político Social, era de Aldea del Cano y todavía no ha pisado una cárcel por todas las perrerías que hizo. Dejar impunes a este tipo de gente debe de formar parte de nuestra cultura.

Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 23 de septiembre de 2013.

23 agosto, 2010

Prohibiciones

Sería firmemente partidario de que no existieran prohibiciones. Así, con carácter general: ninguna limitación a priori, prohibido prohibir. Especialmente si se hubiera conseguido instaurar de forma efectiva el buen senso generalizado, la universalización de la empatía, la extensión del civismo téorico y práctico al último ciudadano, y la asunción por parte de la totalidad de la población de conceptos tan básicos como el de no perjudicar con nuestra libertad al de enfrente. Y ahí es donde se me viene abajo el principio, momentáneamente. Porque todavía hay demasiada gente que conduciría a 200 por hora si no hubiera radares, que no pagaría al fisco si no hubiera inspectores, y que se fumaría un puro en un restaurante de carretera a dos metros de tres niños asmáticos. Sí, a los que nos gustaría que no hubiera nada prohibido nos joroba que tenga que haber leyes urbanísticas que impidan construir industrias químicas en medio de parques naturales, o que se tenga que castigar a quien cuelga los galgos de un árbol. Pero la realidad es que todavía son demasiados los que no entienden que su libertad acaba donde empieza la de los demás, y que en caso de conflicto hay que establecer alguna norma. Que alguien se case con otra persona de su mismo sexo, coma murciélagos, se meta en una sauna a 100 grados, rece mil rosarios o se bañe en salsa de guindillas me trae al fresco. En algún caso me preocupa, no voy a mentir. Que existan prohibiciones de torturar animales, fumar en espacios cerrados, o tirar basuras en el monte no quita libertad a los posibles infractores sino que se la da a otros. Pensemos en eso. 

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 23 de agosto de 2010.

28 diciembre, 2009

Animales

Cuando se quiere ensalzar la bondad de alguien se dice que sería incapaz de matar una mosca. Así que el tamaño del animal se establece como vara de medir y se logra la santidad cuando uno no se atreve ni a eliminar un insecto. Esta lógica se va perdiendo por el camino: si unos cuantos amigos nos hiciéramos de una cabra, le diésemos pases con arte y le clavásemos con gracia y temple una espada, seríamos llevados a la cárcel y considerados unos energúmenos. Pero si hacemos lo mismo con un toro podríamos incluso ser tratados como héroes y ganar dinero. Parece ser que no es cuestión de tamaño sino de tradición. Si nuestros abuelos y tatarabuelos hubieran lidiado cabras u ovejas hoy lo podríamos disfrazar de costumbre ancestral y no nos pasaría nada. Pero las costumbres se crean y se destruyen, como la materia. Hace 10 años que los quintos de un pueblo de Zamora dejaron de tirar cabras desde el campanario sin que el mundo se haya resquebrajado. Por eso no pasará nada si en Cataluña decidieran prohibir eso que llaman corridas de toros. Lo que resulta incomprensible, desde un punto de vista racional, es que hayamos tenido que esperar al siglo XXI para poder empezar a plantear estas cosas. Los animales no son personas, pero sí son seres vivos que no se merecen ni la crueldad ni el capricho de los bípedos. Es fácil obsequiar a un niño con un cachorrito rodeado de espumillones navideños y acabar dejándolo en la cuneta camino del hotel de la playa. Hoy es un buen momento para pensar, antes de hacer un regalo, qué será de esos animales dentro de unos meses. Ellos nunca nos abandonarían y lo mínimo es corresponder.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 28 de diciembre de 2009.

Historia de mi colección de "Fuellas"

Las navidades de 1984 las pasé, como era habitual, en Monzón. Y allí pude ver en el informativo regional de RTVE en Aragón una noticia sobre...