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07 octubre, 2015

Cuadernos portugueses


Uno de los mejores periodistas catalanes que conozco tiene una particular fijación con los cuadernos azules portugueses, aquellos que protagonizan La noche del oráculo de Paul Auster. Tienen el mismo color que la libreta en la que Aznar anotaba los nombres de sus ministros y es una combinación de naranja y azul la que ha logrado el primer lugar en las recientes elecciones lusas.

Llevamos tres domingos seguidos escudriñando resultados electorales, desde Grecia hasta Portugal pasando por Cataluña, pero las de nuestro país vecino no han tenido en la prensa europea la misma repercusión que las dos anteriores. Tampoco ha sido similar la interpretación de las cifras: mientras que en las elecciones de Cataluña los medios se afanaban en contabilizar y sumar los votos de quienes habían quedado en segundo, tercero y quinto lugar, en Portugal todo se saldaba con decir que el gobierno de coalición de la austeridad y la troika había sido el primero. Quienes siete días antes juntaban con ilusión los votos de los perdedores, aquí restaban importancia a que los partidos de izquierda y contrarios a tanto recorte superaran en más de un setecientos mil votos a la coalición de liberales y conservadores.

No nos podemos imaginar la crueldad de los recortes en Portugal durante los últimos años, donde había que pagar 30 € cada vez que ibas a las urgencias hospitalarias y donde un cuarto de la población sobrevive con apenas 500 €. Aún así, el 38% de los que han votado han preferido gritar aquello de “virgencita que me quede como estoy”. Pero la lectura más dramática de los datos electorales no aparecía el lunes en casi ningún periódico: un país que logró la democracia en abril de 1974, que votó por vez primera con una participación del 91%  en 1975, ha visto descender la cifra hasta un 57%. Este es, sin duda, uno de los problemas más graves que deberían preocupar en Europa: que cada vez sea mayor el número de personas que consideran que no sirve de nada votar a unos gobiernos nacionales que están supeditados a entidades que no han sido elegidas por la ciudadanía.

Si preocupante es la abstención en Portugal, más grave aún es el éxodo de la gente joven y bien preparada. Y no solo porque sean ya más de medio millón los que han salido, sino porque más de la mitad de los que se han quedado creen que van a tener que acabar marchándose. Si a esto le unimos un envejecimiento galopante y una tasa de natalidad bajísima, podremos deducir que Portugal se encuentra en una encrucijada de difícil salida.


El paciente ha seguido el tratamiento de la troika y están a punto de darle el alta hospitalaria, pero no sabemos si este paciente, anciano y con su sangre joven corriendo por venas de la Europa del norte, podrá resistir mucho tiempo. Quizá haya que buscar nuevos cuadernos (y de otro color) en los que escribir una historia de Portugal con un final más feliz.

Publicado en HOY el 7 de octubre de 2015

07 diciembre, 2009

Cataluña


Si alguien lee una columna con este título en un periódico publicado en Extremadura, podría encontrar, en ocasiones, palabras gruesas y hasta un tono apocalíptico. Maldecir del rincón peninsular del nordeste ha sido durante mucho tiempo una manera de ganarse el aplauso fácil al final de la barra y palmaditas en la espalda de la gente más carca. La semana pasada nos juntamos unos cuantos políticos, profesores y columnistas de Extremadura para hablar de las relaciones entre esta tierra y la catalana. Faltaban pocos minutos para clausurar el encuentro de Alcántara y por la mesa corría un artículo sobre Cataluña con adjetivos que la calificaban de antigua, elitista, rencorosa, acomplejada, insolidaria, victimista, prepotente y ridícula. Mientras llegábamos a la conclusión de que había que hacer un esfuerzo por conocerse, mientras concordábamos con las palabras de Javier Moreno Romagueras y su llamada a bajar el diapasón, mientras asentíamos a las de EnricJuliana pidiendo que aprendiéramos de los portugueses el concepto de respeto, la realidad nos daba un vuelco y nos devolvía al punto de partida. Son tantas las razones para amar y admirar esa tierra, que uno no está dispuesto a cambiar de opinión por lo que diga un concejal en un blog o por lo que decidan votar libremente sus ciudadanos. Admiro la pluralidad de un parlamento con seis fuerzas políticas, la estética cooperativa que plasman en costumbres como la sardana o los castellers y me parece loable (y no criticable) que doce periódicos escriban un editorial consensuado. Los que crean en el enfrentamiento entre pueblos y territorios que no cuenten conmigo.


P.S. Sé que a alguna persona, habitual lectora de este blog, no le gustará esta declaración de intenciones. A veces hay que decir lo que se piensa y lo que se siente. Ponerse en la piel del otro es la mejor forma de entendimiento que existe, incluso cuando el otro no siempre te corresponde.

Historia de mi colección de "Fuellas"

Las navidades de 1984 las pasé, como era habitual, en Monzón. Y allí pude ver en el informativo regional de RTVE en Aragón una noticia sobre...