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09 julio, 2025

Seres humanos e Inteligencias artificiales

Cada vez que me cuentan una de las nuevas posibilidades prácticas de la inteligencia artificial siento asombro, curiosidad y también algunas inquietudes. Hay que reconocer que con ellas se puede ganar muchísimo tiempo en realizar tareas tediosas y repetitivas, pero no sé si nos permitirán nuestros jefes que el tiempo libre que nos ahorremos lo podamos disfrutar en ocio y cultura o lo aprovecharán ellos para realizar uno de esos ajustes de viabilidad en los que las máquinas son más valiosas que las personas. A veces pasan estas cosas e imagino que tendrán muchos ejemplos cercanos, tanto en el espacio como en el tiempo.

Con la llegada del verano le propuse a una de esas herramientas de inteligencia artificial que escribiera 530 palabras para rellenar este espacio de los miércoles y el resultado me pareció descorazonador, porque ni el tema escogido, ni la manera de abordarlo, ni el estilo de la redacción tenían nada que ver con mis criterios de selección, mis puntos de vista o mi manera de escribir: no lo volveré hacer más.

Otros ámbitos de la computación y de las ciencias seguro que ganarán mucho tiempo e infinitos beneficios gracias a la denominada inteligencia artificial. No entenderlo sería un error, como el que a principios del XIX cometieron aquellos luditas que destrozaban las máquinas que permitirían fabricar mayores cantidades y en menos tiempo. Mas me parece que tampoco hemos cambiado tanto en dos siglos, porque el reparto de ganancias de los nuevos inventos no repercutía en el bienestar de quienes trabajaban a pie de obra, sino que acabaron en la calle y los beneficios fueron a parar a las mismas manos de siempre, las que no estaban precisamente en los telares, en las fábricas o picando carbón en el fondo las minas.

Admito que hay ámbitos en los que no puede haber vuelta de hoja y que haya inteligencias artificiales capaces de dar con la tecla a la primera. Rechazarlas sin distinciones sería un error tan imperdonable como el de quienes piensan que los humanos debemos entregar a los algoritmos todas nuestras decisiones y todos nuestros gustos. Imagino que no soy el único que piensa que la información verdadera y contrastada lleva camino de convertirse en un bien de primera necesidad tan valioso como el agua potable. Si las redes están llenas de tantos bulos, falsedades, montajes, tergiversaciones y ciberanzuelos, quizá sea porque esa inteligencia artificial y esos algoritmos son más valorados que las personas con formación, conocimientos y sentimientos humanos, un elemento que está a punto de ser considerado un defecto y no una virtud en los departamentos de selección de personal.

A menudo me pregunto si de la proliferación de tanta basura informativa – y de sus nefastas consecuencias – son culpables quienes creen que no merece la pena pagar por recibir una información veraz y contrastada, quienes se han acostumbrado a recibir en su teléfono móvil todo gratis, quienes no saben que todo aquello que te parecen regalar en forma de reel, story o meme puede resultar muy gracioso en apariencia y no tener ninguna gracia en el fondo. Ganar la batalla de la verdad se está complicando demasiado.
 
Publicado en el diario HOY el 9 de julio de 2025 



04 mayo, 2022

Una de espías

Si nos guiáramos por los instintos más básicos, nuestros sistemas políticos tendrían una sola ley con un único artículo: el poder reside en aquel que sea más fuerte. Es lo que ocurre en el reino animal, donde el pez grande se come al chico y donde los depredadores más rápidos y robustos se convierten en reyes de selvas, mares o praderas.

La cuestión es que algunos bípedos empezaron a evolucionar, a usar herramientas y a desarrollar el pensamiento hasta cotas insospechadas, pues hubo quienes llegaron a creer que todas las personas eran iguales en derechos y que el poder debería residir en los pueblos y en sus voluntades expresadas de manera democrática.

Pero las democracias también han sufrido vaivenes en su breve singladura histórica. A nadie se le oculta que los días que vivimos son uno de esos momentos en los que hay muchas incertidumbres, porque no solo vemos dificultades en hacer llegar la democracia y los derechos humanos a lugares donde jamás los han disfrutado, sino porque también sentimos tambalearse sus cimientos en países en los que, con enormes defectos y grandes cortapisas, se podía afirmar que había democracias y libertades consolidadas.

Hasta hace tres días había comentaristas con pedigrí de demócratas quitándole importancia a las escuchas ilegales denunciadas por The New Yorker y sufridas por políticos y algunos abogados. De nada servía que la Constitución, esa que tanto dicen defender, tuviera un artículo para garantizar como derecho fundamental el «secreto de las comunicaciones y, en especial, de las postales, telegráficas y telefónicas, salvo resolución judicial».  Al releerlo me he dado cuenta de lo desfasado que ha quedado este texto, donde alguno de los ejemplos de comunicaciones puede ser hasta desconocido para la mitad de la población. Pero lo cierto es que las comunicaciones hoy tienen mil formatos, se han convertido en imprescindibles en nuestro quehacer cotidiano y estamos descubriendo que quienes deberían velar para que fueran secretas para todo el mundo no siempre logran esa privacidad absoluta ni para ellos mismos.

No sabemos cómo acabará esta historia de espionaje de altos vuelos. Sería nefasto que tuviera su origen en la injerencia de un país extranjero, pero aún habría alguna opción más estremecedora: que entre esos servicios que llaman de inteligencia y que han de velar por la seguridad y los derechos de todas las personas, hubiera grupúsculos con tanto exceso de poder y tan escasa formación cívica como para poner en jaque no solo al gobierno de turno, sino a los principios básicos que emanan de la Declaración Universal firmada en 1948.

Si no fortalecemos la democracia y garantizamos los derechos y libertades por encima de cualquier coyuntura, estaremos dando carta blanca a los más fuertes, que no siempre coinciden con los más razonables. Habremos desandado los avances históricos y estaremos poniéndonos en manos de quienes pueden acabar sabiendo todo de nosotros, de los que llevan las riendas de ese caballo alado que da nombre a un software que funciona como suero de la verdad. La próxima vez que restemos importancia cuando se espía sin garantías a alguien que nos cae mal, pensemos que mañana nos puede tocar a nosotros. Y entonces será tarde.

Publicado en el diario HOY el 4 de mayo de 2022




Historia de mi colección de "Fuellas"

Las navidades de 1984 las pasé, como era habitual, en Monzón. Y allí pude ver en el informativo regional de RTVE en Aragón una noticia sobre...