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05 mayo, 2021

Hoy no hablo de Madrid

De vez en cuando necesitamos desintoxicarnos, dejar de ingerir siempre el mismo alimento y con los mismos condimentos. Es la mejor manera de evitar el hartazgo y otras consecuencias gástricas más desagradables. Mentiría si les dijera que no me importan los resultados de ayer en las elecciones de una comunidad autónoma que, por cierto, ni es las más extensa ni la más poblada. Pero, tras varias semanas escuchando todo lo que ocurre en la villa y corte, creo que ha llegado el momento de dejar de hablar de los madriles.

 

Sí me gustaría, en cambio, recordar todos esos lugares y a todas esas gentes que llevan meses sepultadas por el mismo asunto monotemático. Hace poco naufragaron y murieron un centenar de personas en el Mediterráneo. Sí, me dirán que uno más, pero las personas fallecidas eran únicas y tenían familiares y amigas que las amaban como a nada en el mundo. Contaba la periodista Helena Maleno que si hubiera sido un accidente de avión, habríamos visto a los ejércitos de mar y aire de varios países rastreando para encontrar víctimas, habrían entrevistando a psicólogos atendiendo a las familias y habríamos contemplado funerales de Estado en cada una de las naciones de origen.

 

También me gustaría saber cómo va el proceso electoral de Perú, que se aproxima a una segunda vuelta en la que se enfrentan Keiko Fujimori, la hija de aquel dictador corrupto del que echaba pestes Vargas Llosa, frente a un maestro rural que ha ganado la primera vuelta. Lo único que se oye es que el autor de “Conversación en la Catedral” prefiere a Keiko antes que a Pedro Castillo, que es como se llama este profesor.

 

Poco nos llega de Colombia, donde la reforma tributaria de Iván Duque ha llevado a la gente a las calles y una feroz represión policial ha causado 19 muertos, y hasta hace poco ignorábamos que en la India está muriendo la gente sin hospitales, sin oxígeno y sin vacunas.

 

Se va acercando el verano, anuncian que habrá feria, se venden entradas para los conciertos de rock y se confía en que estando en nuestro primer mundo todos vacunados ya habremos salvado el planeta. No sé si lograremos la inmunidad de rebaño pero nos estaríamos comportando como uno si creyéramos que los males pandémicos se los puede resolver cada país en su parcelita de mundo, como si las líneas de los mapas tuvieran el efecto inmunizador de mil mascarillas y cientos de pantallas de metacrilato

 

Algunas noticias de las que sí nos llegan siguen siendo tristes, como la de los dos periodistas asesinados en África o la cooperante de raíces extremeñas encarcelada por Israel. Ahora nos queda que empecemos a contar las maravillosas historias humanas que se viven en muchos sitios: las de los brazos abiertos que salvan vidas en el mar, las de quienes dedican su tiempo libre a ayudar a los más necesitados de los barrios, las de quienes resisten en los pueblos al éxodo rural. En el mundo, en España, pasan cosas más interesantes que en ese centro de la meseta castellana que algunos creen el centro del  Universo. Por eso, hoy, no hablo de Madrid.

 Publicado en el diario HOY el 5 de mayo de 2021.

 


 


07 julio, 2008

Colombia


Hace diez años conocí a un colombiano llamado Iván y a su familia. Habían llegado a España en un programa de protección para defensores de los derechos humanos cuyas vidas estaban amenazadas. Recorrimos Extremadura dando a conocer la realidad de su país y gracias a él aprendimos lo que jamás cuentan los telediarios: aunque ya sabíamos por aquí que existían las FARC, el ELN y los cárteles de la droga, las siglas AUC no le decían nada a casi nadie, poco se sabía del millón de desplazados internos de principios de los 90, ni de los campesinos desaparecidos, ni de esa democracia sui generis que desde hace décadas turna a liberales y conservadores, ni de cómo había sido aniquilado –literalmente – el intento de romper el bipartidismo a finales de los 80. Las charlas de Iván eran pedagogía pura de la realidad colombiana y sus análisis concluían que el origen de casi todos los problemas de su país nacían de la desigual distribución de la riqueza y de la inmensa pobreza en la que vivía la mayoría de la población. Hoy nos podemos congratular de que Ingrid Betancourt esté libre y de que la guerra más visible de Colombia pueda ver una luz al final del túnel, pero sería indigno que la feliz liberación de Betancourt fuera el final de una tragedia personal que acallara el urgente proceso de paz, libertad y justicia que este país necesita. Hace poco volvía a ver a Iván, que no ha podido volver a su tierra en diez años. Me gustaría que un 1% del tiempo destinado a Ingrid en los medios se pudiera dedicar a los 280 campesinos que fueron asesinados el año pasado a manos de los paramilitares. Quizá sea mucho pedir.
Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 7 de julio de 2008.

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