Acabo de leer un magnífico libro de Eduardo Galeano, titulado Espejos, en el que cuenta 600 pequeñas anécdotas sacadas de la Historia con mayúsculas y que nos ayudan a pensar sobre lo que queda oculto al margen de las glorias. Uno de esos pasajes hace referencia a la condesa Dhuoda, que allá por el siglo IX escribió en latín un libro de consejos para la educación de su hijo. Es digno de recordarlo en unos momentos en los que hay demasiada gente abogando por esa concepción rancia de la educación que tiene como pilares la disciplina, la autoridad y el tan manido esfuerzo. La condesa, lejos de apostar por las imposiciones, usaba los verbos aconsejar, mostrar y sugerir como elementos fundamentales de la educación, al tiempo que invitaba a aprender de los ciervos. Estos animales atraviesan los anchos ríos nadando en fila, uno detrás de otro, con la cabeza y el cuello apoyados en el lomo del anterior. De esta manera, unos se sostienen a otros y les permite a todos atravesar el río más fácilmente. Cuando ven que el primero está cansado, lo hacen pasar al último puesto y otro se coloca en primer lugar. Después de leer esto uno no deja de asombrarse con la diferencia entre este pasaje y lo que muchos preconizan para nuestras escuelas, que no es otra cosa que colocar a todos los ciervos en posición de salida, dar el pistoletazo y hacerlos competir hasta ver quién llega el primero y quiénes son los engullidos por la corriente. El Liber Manualis no hablaba de nuevas tecnologías, ni de ordenadores por alumno, pero en algunos momentos superaba en humanidad a quienes añoran la vieja escuela.
Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 25 de agosto de 2008.