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18 abril, 2011

Gente de confianza


Me contaron que el pasado martes visitaban la región jerifaltes de la compañía de ferrocarriles, que trataban de ver las mejoras que se podían hacer en el servicio para beneficiar a los ciudadanos. Con cierta maledicencia me llegaron a afirmar que habían venido en coche, ya que los horarios y la calidad de los trenes que ellos mismos gobiernan les impedía usarlos. La verdad es que no me lo creí, como tampoco me acabé de creer otra historia parecida de un director de instituto público que llevaba a sus hijos a un colegio privado. Sé que muchos me dirán que cada uno hace lo que quiere, pero no me negarán que tiene su pizca de incongruencia. Es como si descubres que tu panadero compra el pan en un supermercado ajeno: es libre y está en su derecho, pero inspira muy poca confianza en su propio trabajo. Algo parecido he pensado del presidente checo, ese que se queda con la estilográfica delante de la prensa y de las cámaras de televisión. A lo mejor es el tipo más honrado del mundo, pero también podíamos hacer otro razonamiento: si es capaz de maquinar todo eso por una simple pluma y ante tantos ojos, qué no hará con el erario público en los ocultos despachos del poder. No sé si es una sensación demasiado subjetiva o es que estamos ante una crisis del concepto de gente de confianza. Ser coherente y consecuente con lo que se es y con lo que se piensa no está de moda, pero tampoco pasa nada porque estamos insensibilizados y acabamos concluyendo que todo el mundo es igual. Y no es verdad: Hay mucha gente fiable por ahí fuera y hay que aprender a distinguirlos. Es más fácil de lo que parece.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA un 18 de abril de 2011.

01 marzo, 2010

Coherencia


Hay mucha gente que cree que la coherencia consiste en cooperar para compartir una herencia. Alguien debería explicarles que no, que se trata de una actitud lógica y consecuente con una posición anterior. Hay varias formas de ser coherente y muchos trucos para parecerlo. Para esto último lo más habitual es cambiar silenciosamente de posición, algo muy fácil en un mundo donde la memoria colectiva es de pez, y hay a quien la permuta de principios no le cuesta nada, como parodiaba Groucho Marx. La cuestión se complica si uno ha sido responsable político de un asunto concreto o se ha erigido en adalid de un precepto y es pillado con las manos en la masa o en paños menores. Entonces ya es más difícil salir airoso. Especialmente si uno se ha dedicado a predicar desde el púlpito una vida puritana los domingos y ofrecer servicios poco decorosos el resto de la semana, si ha estado al mando de la lucha contra la drogadicción y lo pillan esnifando, o si es el encargado de velar por el tráfico y supera la tasa de alcoholemia en una salida nocturna. Está muy bien eso de exigir coherencia a los demás pero me pregunto si estamos cerca de lograr que sea una exigencia social que vaya más allá de los personajes públicos. ¿Es coherente que el neumólogo fume y nos recomiende que no lo hagamos? ¿Puede un profesor transmitir la pasión por aprender si él mismo lleva veinte años sin reciclarse ni adquirir nuevos métodos? ¿Puede criticar el amiguismo y la corrupción quien se jacta en público de tener muy buenos contactos para saltarse una lista de espera? Será más fácil llegar a Marte que implantar la coherencia colectiva.


La viñeta es del genial Manel Fontdevila en Público.


05 enero, 2009

Pañuelos palestinos


Hace poco encontré en un armario mis viejos pañuelos palestinos, aquellos que llevé a modo de bufanda durante los años 80 y 90. Entonces eran un símbolo de solidaridad con un pueblo y una seña de identidad del activismo de izquierda. Llevar el pañuelo te podía costar no entrar en una discoteca o peticiones de identificación por parte de las fuerzas de seguridad. Dejé de usarlos hace un par de años, cuando vi que empezaban a ponerse de moda, que se llevaban de todos los colores y en combinación con ropas de marca. Pensaba sobre este cambio semántico de la prenda cuando, por asociación de ideas, me vino a la memoria aquella tarde del 12 de marzo de 2004, frente a la Delegación de Gobierno en Extremadura, con mi hija de 15 meses en una mochila a mis espaldas y soportando una lluvia incesante junto a miles de personas. Teníamos la obligación moral de estar en la calle tras la muerte de 200 personas en aquellos crueles ataques a la población civil de Madrid. El lunes pasado volví al mismo lugar, de la mano de mi hija de seis años. El motivo era el mismo pero sólo estábamos un centenar de personas. Mientras escuchábamos las palabras de los convocantes pasaban con sus bolsas de regalos muchas personas ataviadas con su kefia de última moda, quizá ignorantes del significado primigenio de lo que llevaban al cuello, asombradas por ver allí a un grupo de manifestantes y, probablemente, sin saber que en Gaza mueren personas tan inocentes como las de aquellos trenes de cercanías. Uno se contentaría con que en este año que empieza consiguiéramos que hechos similares nos produjeran igual repugnancia. Quizá sea mucho pedir.

 

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 5 de enero de 2009 

15 marzo, 2008

Vivir como se piensa

Tuve un amigo que aseguraba ser vegetariano y que apostaba por una alimentación que no se basara en el sacrificio de animales. No tendría nada de particular si no fuera porque le encantaba el jamón, los filetes de ternera y las chuletillas de cordero lechal. En infinidad de ocasiones le intentamos hacer ver su incoherencia, pero se defendía con argumentos de peso y afirmaba ser un teórico del vegetarianismo y, de igual manera que hay católicos no practicantes, él se definía como un vegetariano no practicante. Un problema parecido debía de tener el gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer, que de día era un azote de la prostitución y por la noche se gastaba mil euros por hora. Pero esto de diferir entre predicar y dar trigo es moneda corriente allende los mares y también en tierras cercanas: ecologistas subidos en vehículos todo terreno de los que consumen 20 litros cada 100 kilómetros, personajes que alardean de feminismo sin haber cambiado un pañal ni usado una fregona y preconizadores de la contención salarial de los mileuristas ganando un millón al año. Hace años me encontré con esta frase: quien no vive como piensa, termina pensando como vive. Desde entonces desconfío de quienes aconsejan hacer a los demás lo contrario de lo que hacen en sus vidas. Y es que el tiempo acaba poniendo a cada uno en su lugar: primero cambian las costumbres y, finalmente, se modifican los discursos, siempre en ese orden. Al final, va a ser verdad que es la vida la que modela nuestras ideas y no al revés: parece que vienen malos tiempos para el pensamiento y pésimos para los discursos.

Publicado el lunes 17 de marzo en EL PERIÓDICO EXTREMADURA.

P.S. Acabé de escribir esto y me enteré del asunto del concejal balear. Creo que a lo mejor me he equivocado y que hay gente que piensa "como cree que se debe pensar" y vive "como cree que se debe vivir". Me parece que a los loqueros no les van a faltar clientes.

09 marzo, 2008

Me voy a votar

Il Quarto Stato (Giuseppe Pellizza da Volpedo)
Galleria d'arte moderna di Milano

Me voy a intentar seguir siendo coherente y consecuente con la gente de mi clase. A lo mejor me equivoco, pero soy yo quien lo hace, no me "equivoca" nadie.

16 febrero, 2008

Ejercicio de agudeza visual


Me gustaría que hubiera votantes del PP que me ayudaran a resolver este ejercicio. Confieso que soy incapaz.

En pie de paz

  Un 14 de octubre de hace sesenta y dos años fue noticia, como siempre en estas fechas, el nombre de la persona galardonada con el Premio N...