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27 febrero, 2012

La escuela al revés


He comprado ya varios ejemplares de un libro de Eduardo Galeano que tiene el subtítulo de La escuela del mundo al revés. Es el presente más socorrido para regalárselo a quienes están hartos de las explicaciones oficiales de cómo funciona el mundo. Galeano recoge en forma de manual una especie de tratado sobre valores imperantes como la injusticia, el miedo o las desigualdades. Nos están enseñando todo al revés: la semana pasada supimos que podrán ser sostenidos con fondos públicos los colegios en los que se discrimine. Han empezado con el criterio del sexo, separando a chicos y chicas, como si la escuela fuera el lugar donde solo se instruye, sin enseñar también a convivir. Una vez abierta esta puerta, pocos argumentos habrá cuando se quieran hacer diferencias en función de la religión, la raza o el poder adquisitivo de los padres. Mientras tanto, a los jóvenes en Valencia se les reparte jarabe de palo por meterse en líos y preocuparse por la calidad de la enseñanza que reciben. Pocas veces veremos antidisturbios traídos desde otras ciudades y guiados desde un helicóptero para vigilar a los jóvenes que ingieren alcohol un viernes, pero que no se les ocurra saltar a la calle y llamar la atención de la sociedad por la precariedad de la educación. Todavía tengo en mis ojos la imagen de un chaval de unos 14 años, despistado y aparentemente pacífico, que se encontró con las gafas rotas por el golpe de un policía que no merece seguir siéndolo. Si seguimos así, estos jóvenes acabarán dudando de la legitimidad de esta democracia, que parece que los prefiere sumisos antes que con sentido crítico.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 27 de febrero de 2012.

22 agosto, 2011

El dedo en el ojo




Los que practicamos la no violencia activa sabemos poco de las triquiñuelas y habilidades de los amantes de la bronca. Lo poco que entendemos es porque nos lo ha ido trasmitiendo el lenguaje en forma de expresiones que han perdido su valor semántico literal. Una puñalada trapera por la espalda o un golpe bajo aparecen en nuestros libros y periódicos como metáfora de la actitud ruin y poco caballerosa del que se encuentra en plena lid. Hasta el miércoles pasado pensaba que lo de meter el dedo en el ojo era una expresión casi poética, que definía la acción del que quiere soliviantar a otro y hacerle daño de manera gratuita y sin provocación previa. Ese día descubrí que era una acción que se ponía en práctica de forma literal, como hizo Mourinho con un ex jugador del Badajoz llamado Tito Vilanova y sobre el que el luso hizo chanzas cambiando algún fonema oclusivo. Pero provocar estos conflictos no es patrimonio exclusivo del mundo futbolístico. La vida está llena de personajes que, no sé si por aburrimiento o por alguna patología maltratada, acaban utilizando a la ligera la palabra hostia desprovista del significado litúrgico original. Una periodista se encontró ese mismo miércoles en la Puerta del Sol con uno de esos tipos que, cuando se cansa se pensar, se dedica a meter el dedo en el ojo al ciudadano o a amenazar con un par de hostias. En 2011 te siguen protegiendo más si llevas un pollo en la bandera rojigualda y dices ser de cristo rey, que si te atreves a poner en tela de juicio este eterno comulgar con ruedas de molino que se lleva por estas tierras. Que dios nos coja confesados.

Historia de mi colección de "Fuellas"

Las navidades de 1984 las pasé, como era habitual, en Monzón. Y allí pude ver en el informativo regional de RTVE en Aragón una noticia sobre...