22 agosto, 2011

El dedo en el ojo




Los que practicamos la no violencia activa sabemos poco de las triquiñuelas y habilidades de los amantes de la bronca. Lo poco que entendemos es porque nos lo ha ido trasmitiendo el lenguaje en forma de expresiones que han perdido su valor semántico literal. Una puñalada trapera por la espalda o un golpe bajo aparecen en nuestros libros y periódicos como metáfora de la actitud ruin y poco caballerosa del que se encuentra en plena lid. Hasta el miércoles pasado pensaba que lo de meter el dedo en el ojo era una expresión casi poética, que definía la acción del que quiere soliviantar a otro y hacerle daño de manera gratuita y sin provocación previa. Ese día descubrí que era una acción que se ponía en práctica de forma literal, como hizo Mourinho con un ex jugador del Badajoz llamado Tito Vilanova y sobre el que el luso hizo chanzas cambiando algún fonema oclusivo. Pero provocar estos conflictos no es patrimonio exclusivo del mundo futbolístico. La vida está llena de personajes que, no sé si por aburrimiento o por alguna patología maltratada, acaban utilizando a la ligera la palabra hostia desprovista del significado litúrgico original. Una periodista se encontró ese mismo miércoles en la Puerta del Sol con uno de esos tipos que, cuando se cansa se pensar, se dedica a meter el dedo en el ojo al ciudadano o a amenazar con un par de hostias. En 2011 te siguen protegiendo más si llevas un pollo en la bandera rojigualda y dices ser de cristo rey, que si te atreves a poner en tela de juicio este eterno comulgar con ruedas de molino que se lleva por estas tierras. Que dios nos coja confesados.

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