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19 agosto, 2013

Criterio



Casi todas las lenguas modernas han tomado del griego un término que conviene analizar con detenimiento. Unos definen criterio como una norma para conocer la verdad y otros asemejan el concepto a la capacidad de discernimiento, pero casi todos estamos de acuerdo en que pocos halagos superan al de “es una persona de criterio”.  Aunque la diversidad es digna de admiración en casi todas las facetas de la vida, la disparidad de criterios no suele ser una buena compañera de viaje hacia la racionalidad y, en ámbitos como el de las relaciones internacionales, los criterios hay que saber mantenerlos frente a las circunstancias coyunturales o los intereses ocasionales.  

Así, habíamos llegado al consenso tácito de que había que respetar más los resultados de las urnas que los golpes de Estado propiciados desde los cuarteles, pero los criterios se disuelven y desaparecen cuando anteponemos los tanques a las papeletas de voto. Luego llega el día en que nuestros apadrinados se salen del tiesto y no sabemos dónde meternos: ya ocurrió hace 30 años con el apoyo de occidente al ejército talibán en Afganistán y parece que vuelve a ocurrir, salvando muchísimas distancias, en Egipto. Son demasiados los ejemplos del pasado y del presente para que, de una vez por todas, occidente anteponga el respeto a los Derechos Humanos  por encima de cualquier otra estrategia o interés geopolítico cortoplacista.

Hoy me pregunto si esta crisis de los criterios se aplica también a asuntos más cercanos. ¿Estamos usando los mismos criterios que los británicos en Gibraltar para defender la españolidad de ciudades en el norte de África o en la raya hispano-lusa? Tengo mis dudas, lo confieso.

Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 19 de agosto de 1013.

16 noviembre, 2009

Muros y vallas

El muro impedía la libertad. Quienes vivían al otro lado no podían atravesarlo y estaban obligados a sufrir una vida triste, sin realización personal. Eran tantas las ansias de superarlo, que doscientas personas dejaron sus vidas en las alambradas, escalando una pared infinita y eterna. Llevamos una semana recordando aquel muro que se cayó y casi todos se alegran de su desaparición, nadie ahorra adjetivos y la inmensa mayoría se felicita por ese mundo de libertad que, parece ser, penetró en cada rincón del planeta según iban desmoronándose los fragmentos de hormigón en Berlín. Y mientras iban a la antigua capital alemana a recoger piedrecitas, los mismos fanfarrones de la libertad se dedicaban a ir trenzando en el sur un muro más alto, más vigilado y más infranqueable. Este nuevo muro ha causado más muerte que aquél, porque no sólo hay que contar a los que dejaron su vida a finales de septiembre de 2005, sino a los miles que se ha tragado el mar y a los cientos que descansan bajo un número en el cementerio de Algeciras. Intento saber qué diferencia al muro de Berlín del que se levanta en Cisjordania o del que los gobiernos españoles construyeron en Ceuta y Melilla, y no dejo de preguntarme por qué Occidente quería que los ciudadanos de la RDA vinieran a vivir al oeste y no queremos que lleguen senegaleses o mauritanos. ¿Será el color de la piel? ¿Será la formación académica de los sujetos en cuestión? Todavía estoy esperando que alguien me dé una explicación razonable, que no provoque sonrojo y que tenga en cuenta aquello de que todos los seres humanos son iguales.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 16 de noviembre de 2009.

Foto: Wikipedia

Historia de mi colección de "Fuellas"

Las navidades de 1984 las pasé, como era habitual, en Monzón. Y allí pude ver en el informativo regional de RTVE en Aragón una noticia sobre...