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23 junio, 2008

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Desde el punto de vista teórico, lo mejor sería que quienes nos representan en el parlamento y elaboran nuestras normas fueran un reflejo de nuestra sociedad, con amas de casa, agricultores, profesoras, autónomos, funcionarias, cajeros de supermercado, electricistas, directoras de banca, un quince por ciento de jubilados y un diez por ciento de desempleados. A nadie se le escapa que los grupos parlamentarios tienen que contar con algunas personas con dedicación exclusiva, porque hay que decir que la actual situación es compleja y que pocas personas pueden representarnos políticamente si son trabajadores de empresas privadas o autónomos. De hecho, nuestros parlamentarios surgen básicamente de tres extracciones sociales: funcionarios, que no tienen problema para hacer valer sus derechos, acaudalados empresarios o políticos a tiempo completo y con sueldo. Si eres reponedor de un supermercado o empleada de una guardería, difícilmente podrás pedir permiso para ir una tarde a un pleno o a una comisión. Quizá la idea de que todos nuestros parlamentarios regionales cobren un sueldo solucione este problema, pero convertir en profesionales a todas las personas que nos representan en un ayuntamiento o en un parlamento puede traer daños colaterales que debieran ser tomados en cuenta. Ese gran peligro, que afecta de forma transversal a todo el arco parlamentario, es que la representación a cargo de quienes sólo viven de la política acabe defendiendo más un status corporativo que a quienes dicen representar. No hay nada como pisar la misma tierra que los ciudadanos para poder ser un fiel portavoz.

Historia de mi colección de "Fuellas"

Las navidades de 1984 las pasé, como era habitual, en Monzón. Y allí pude ver en el informativo regional de RTVE en Aragón una noticia sobre...