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13 junio, 2011

Construir y destruir

Levantar un castillo de naipes o de arena requiere buen pulso y ciertas habilidades. Para destruirlo no hace falta saber nada, se puede ser un inútil e incluso la torpeza manifiesta puede servir de ayuda. Es más fácil sacar defectos que aplaudir virtudes, reprochar comportamientos pasados que indicar nuevas pautas de conducta. El pasado es un poderoso imán que condiciona, paraliza y corta de cuajo la imaginación.  Hay quien sólo sabe vivir del pasado, quien sólo piensa en saldar cuentas, en regocijarse con venganzas aunque eso suponga cerrar las puertas del futuro. En Extremadura vivimos el momento político menos aburrido de los últimos 30 años, y en las calles hay gente joven - y menos joven-  hablando y discutiendo, sin interrumpirse ni insultarse. Las redes sociales hierven, aunque cada noticia de las ediciones digitales se llene de cientos de comentarios en los que el anonimato oculta la ruindad absoluta de lo más tradicional de la vieja política. Bajo los toldos de paseos y plazas se escucha el rumor fresco de algo nuevo mientras que en los grandes salones de terciopelo la dialéctica ha desaparecido, si es que algún día estuvo, de los usos y costumbres. Aquello de tesis, antístesis y síntesis es un mero juego de palabras para parvularios. Maquiavelo es sacado a hombros por unos y por otros, diseñando jugadas a siete bandas con carambolas inexplicables. La política del futuro necesita urgentemente algo tan sencillo como acordar qué se quiere hacer para que la mayoría de la sociedad mejore sus condiciones de vida, algo tan simple como conjugar el verbo construir y olvidarse de destruir.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 13 de junio de 2011

19 julio, 2010

Dura vida



Hace unos meses vi un pequeño yate en el puerto deportivo de Lisboa en cuya vela se podía leer la inscripción dura vida. Los que allí estábamos tuvimos una reacción a medio camino entre la risa y la indignación, porque no sabemos si quien escribió las dos palabras estaba siendo irónico o simplemente descriptivo. Quizá los de tierra adentro minusvaloremos los esfuerzos que supone navegar por puro placer. Los políticos también llevan una vida dura y merecen descansar donde quieran, sin dar explicaciones a nadie más. Sus vidas privadas, como las de futbolistas, cantantes o dependientes de supermercado, deberían merecer el respeto y la discreción de todos. Lo único que es exigible a los políticos, por encima del resto de los mortales, es una actitud ejemplarizante. Y eso es precisamente lo que más eché de menos en el debate parlamentario de la semana pasada. En dos días recogí más de veinte ejemplos de lo que un adulto jamás debería hacer. Me refiero a hechos tan sonrojantes como interrumpir la intervención de otra persona, no escuchar a quien está en el uso de la palabra, tener preparada la respuesta antes de conocer el punto de vista del interlocutor, marcharse sin escuchar lo que dicen otras personas, proferir insultos a gritos y no obedecer las peticiones de respeto de quien dirigía el debate. Hubo algún momento en el que la sede parlamentaria parecía un aula de alumnado marginal y conflictivo, pero las ausencias son casi peores que el gamberrismo. No me pidan que confíe en las palabras de algunos, porque sus actos son más que suficientes para conocerlos. Por cierto, no parece que lleven una dura vida.

Publicado el 19 de julio de 2010 en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA.

24 mayo, 2010

Elecciones a mercados financieros

La semana pasada, en un arrebato de impotencia ante las noticias que leía, decidí crear un grupo en una red social con la esperanza de que toda la humanidad me siguiera. Cuando escribo estas líneas el número de adeptos alcanza una cifra que no sabría como calificar pero que no es descomunal. Trece para ser exactos. El grupo se llama “Quiero votar en las elecciones a mercados financieros”. Y es que uno no aguanta más: estoy harto de leerme de cabo a rabo cada programa electoral, sopesar cada propuesta, agruparlas en columnas para ver y comparar lo que más me conviene a mí y la opción que es menos nociva para el planeta. Y al final no vale para nada porque sí, son los mercados financieros los que acaban diciendo a los gobiernos lo que deben hacer y lo que no. Esto ya ha dejado de ser un grave problema económico para convertirse en una herida de muerte en los pilares de la democracia. Si mis gobernantes, a los que elijo para obrar de una manera y no de otra, se dedican a hacer lo contrario de lo prometido para satisfacer lo que dicen unos señores a los que no he votado y de los que no sé nada, entonces quiero que se cambien las reglas del juego. Quiero que esos que llaman mercados financieros se presenten a las elecciones, hagan sus listas electorales, den mitines, participen en los debates televisados y rindan cuentas. Esa y no otra es la única vía que deberíamos aceptar como método de intervenir en la política. Cualquier otra forma de influencia o intervención me recuerdan, en el fondo, a las que describía Roberto Saviano en su libro Gomorra. Y me imagino que por ahí no vamos a pasar. ¿O sí?

23 junio, 2008

Tiempo completo


Desde el punto de vista teórico, lo mejor sería que quienes nos representan en el parlamento y elaboran nuestras normas fueran un reflejo de nuestra sociedad, con amas de casa, agricultores, profesoras, autónomos, funcionarias, cajeros de supermercado, electricistas, directoras de banca, un quince por ciento de jubilados y un diez por ciento de desempleados. A nadie se le escapa que los grupos parlamentarios tienen que contar con algunas personas con dedicación exclusiva, porque hay que decir que la actual situación es compleja y que pocas personas pueden representarnos políticamente si son trabajadores de empresas privadas o autónomos. De hecho, nuestros parlamentarios surgen básicamente de tres extracciones sociales: funcionarios, que no tienen problema para hacer valer sus derechos, acaudalados empresarios o políticos a tiempo completo y con sueldo. Si eres reponedor de un supermercado o empleada de una guardería, difícilmente podrás pedir permiso para ir una tarde a un pleno o a una comisión. Quizá la idea de que todos nuestros parlamentarios regionales cobren un sueldo solucione este problema, pero convertir en profesionales a todas las personas que nos representan en un ayuntamiento o en un parlamento puede traer daños colaterales que debieran ser tomados en cuenta. Ese gran peligro, que afecta de forma transversal a todo el arco parlamentario, es que la representación a cargo de quienes sólo viven de la política acabe defendiendo más un status corporativo que a quienes dicen representar. No hay nada como pisar la misma tierra que los ciudadanos para poder ser un fiel portavoz.

30 marzo, 2008

Politizados y apolíticos

Hace unos días, con motivo de la elección de José Antonio Alonso como portavoz socialista en el Congreso, surgió el asunto de su no militancia en el partido del que va a ser voz visible en el parlamento. Para disculpar que lleve 4 años de ministro de un gobierno sin pagar la cuota en el partido que lo sustenta, se aducía la dificultad que tienen los jueces para poder militar en un partido político. Entonces empieza uno a ver cuántas normas estúpidas se pusieron a finales de los 70 y todavía siguen en pie. Un juez no puede afiliarse a un partido para no perder imparcialidad, pero puede ser del opus y empapelar a todas las mujeres que han ido a una clínica en la que se realizan interrupciones voluntarias de embarazo. La militancia político-social sigue siendo un estigma para muchos, cuando debiera ser lo contrario. Yo creo que los jueces son personas con ideas y que realizan un trabajo en el que deben ser escrupulosamente profesionales. Yo puedo ser profesor trotskista y no por ello estoy incapacitado de examinar a un militante del PP o del PCE. La independencia no se pierde, según mi punto de vista, por tener actividades político-sociales, sino por no actuar profesionalmente. Y esto de la falta de profesionalidad se ve en todos los oficios y colores. Este asunto es un filón para muchas otras reflexiones. Por ejemplo, ¿por qué es más sospecho el que milita en un partido o sindicato que el que es apolítico?
Nos han dado tanto la brasa quienes hicieron la transición sobre su ejemplaridad histórica, que es difícil convencer a nadie sobre los estropicios que se hicieron en aquellos días y que, incomprensiblemente, seguimos soportando como si fueran ineludibles. No voy a mencionar la ley electoral, ni el sistema de votación que permite esos dichosos mailings, ni esa distorsión de la representación popular que un tal D’Hont nos plasma en los repartos de escaños. Me refiero a esa norma que impide a militares y jueces la militancia en partidos políticos, como si la privación de ese derecho supusiera automáticamente la imparcialidad absoluta. Curiosamente no se dice nada de otras posibles adscripciones y se puede ser fiscal o profesor de biología y pertenecer a una secta religiosa fundamentalista que niega la evolución de las especies. Pero lo que me parece gracioso, por no decir otra cosa, es que haya quien siga creyendo que un magistrado del Constitucional, que fue juez en los tribunales de orden público del franquismo, tenga garantizada su ecuanimidad por el hecho de no militar en un partido político. Estas normas son rémoras de aquel tiempo oscuro que hacen que hoy el adjetivo politizado siga teniendo para muchos un matiz despectivo, y que el término apolítico siga siendo usado como salvoconducto que todo lo perdona. Cuando la democracia se consolide en el subconsciente colectivo, aprenderemos que la imparcialidad no se debiera perder por pertenecer a un partido, que tampoco se gana por permanecer en la más absoluta de las asepsias y que la militancia político-social es tan digna (o más) que no tomar partido por nada.
Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el día 31 de marzo de 2008.

Historia de mi colección de "Fuellas"

Las navidades de 1984 las pasé, como era habitual, en Monzón. Y allí pude ver en el informativo regional de RTVE en Aragón una noticia sobre...