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28 diciembre, 2009

Animales

Cuando se quiere ensalzar la bondad de alguien se dice que sería incapaz de matar una mosca. Así que el tamaño del animal se establece como vara de medir y se logra la santidad cuando uno no se atreve ni a eliminar un insecto. Esta lógica se va perdiendo por el camino: si unos cuantos amigos nos hiciéramos de una cabra, le diésemos pases con arte y le clavásemos con gracia y temple una espada, seríamos llevados a la cárcel y considerados unos energúmenos. Pero si hacemos lo mismo con un toro podríamos incluso ser tratados como héroes y ganar dinero. Parece ser que no es cuestión de tamaño sino de tradición. Si nuestros abuelos y tatarabuelos hubieran lidiado cabras u ovejas hoy lo podríamos disfrazar de costumbre ancestral y no nos pasaría nada. Pero las costumbres se crean y se destruyen, como la materia. Hace 10 años que los quintos de un pueblo de Zamora dejaron de tirar cabras desde el campanario sin que el mundo se haya resquebrajado. Por eso no pasará nada si en Cataluña decidieran prohibir eso que llaman corridas de toros. Lo que resulta incomprensible, desde un punto de vista racional, es que hayamos tenido que esperar al siglo XXI para poder empezar a plantear estas cosas. Los animales no son personas, pero sí son seres vivos que no se merecen ni la crueldad ni el capricho de los bípedos. Es fácil obsequiar a un niño con un cachorrito rodeado de espumillones navideños y acabar dejándolo en la cuneta camino del hotel de la playa. Hoy es un buen momento para pensar, antes de hacer un regalo, qué será de esos animales dentro de unos meses. Ellos nunca nos abandonarían y lo mínimo es corresponder.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 28 de diciembre de 2009.

29 diciembre, 2007

Los paseos habituales por blogs y bitácoras te hacen encontrar joyas y tesoros. Unaexcusa, a donde llegué de casualidad, se ha convertido en un lugar de visita obligada, como la viñeta de Forges o la columna de Manuel Vicent de cada domingo. Ahora será más fácil encontrar esos tesoros en Descubierto y es de agradecer. Para muestra un botón.


—Deberíamos ser todos seres del tacto y no de la vista —dijo la chica extraña.

—¿Por qué? —contestó el chico extraño.

—Porque la vista es exigente. Los ojos son como dos críticos literarios a los que casi nada les gusta. Siempre tienen algo que objetar: esta oreja es demasiado grande, el pelo no está bien cortado, los ojos deberían tener un color más vivo. La vista, en lugar de mirar, impone formas a lo que ve, y así no puede recibirlas. La vista es fascista.

—¿Entonces quieres que seamos todos ciegos?

—Bueno, ciegos que ven. El tacto no es tan exigente como la vista. 

—Pero, ¿en qué sentido?

—El tacto disfruta las formas, la vista las juzga. La mano disfruta despeinándo el pelo, lo encontrará duro, áspero; o frágil y sedoso. El tacto es juguetón, una especie de niño inocente (o, al menos, más inocente que la vista). Los dedos repasan el contorno del cuerpo y no lo juzgan: siguen sus curvas y sus recodos; notan el calor o el frío, el vello erizado o el corazón, allá adentro, bombeando sangre sin descanso. El tacto disfruta del cuerpo y la vista de todo lo demás, de lo que no es importante. Los ojos poco saben de calor y de frío.

—No sé si acabo de entenderte —dijo el chico extraño.

—La vista, no sé, cómo te lo explicaría, la vista es del espíritu y el tacto del cuerpo. No tengo nada en contra del espíritu, está muy bien y todo eso. Pero no me gusta eso de que sea un juez, prefiero el tacto. Prefiero el cuerpo. 

El chico extraño asintió un par de veces y cerró los ojos:

—Así que seres del tacto.

—Es extraño que, ahora en Navidad, todos queramos ser un poco seres del tacto. Como en mi casa, con la flor de pascua.

—¿Tu madre la compra?

—Sí. La pone al lado de la ventana, para que los pocos días que haga sol le dé un poco y las hojas rojas se mantengan unos días más. En realidad, no sabe si ese es el cuidado que debe darle, pero ella lo hace igual —la chica extraña hace una pausa para soplarse el pelo de la frente—. Mientras tiene las hojas rojas, mi madre está encantada. Luego, después de Navidad, cuando se vuelven verdes, tira la planta, o la regala, o se olvida de regarla. Sólo le interesa cuando las hojas son rojas. A mí me gusta su tacto, es áspero y suave a la vez. Deberías venir a casa y tocarlo, no sabría explicártelo. No cambia a pesar de que las hojas estén verdes.

El chico extraño sonríe. Aún tiene los ojos cerrados. Extiende la mano y toca el pelo de la chica extraña. Y dice:

—Yo no sé si todos deberíamos ser seres del tacto, pero creo que acabo de darme cuenta de que de verdad tengo dos manos.

Todo excluido

     Mientras esperaba a que abrieran la óptica para graduarme la vista me paré a ver las ofertas de una agencia de viajes que había al lado...