Mientras esperaba a que abrieran la óptica para graduarme la vista me paré
a ver las ofertas de una agencia de viajes que había al lado. En muchas de
ellas aparecía una especie de estrella amarilla con la expresión “todo
incluido” en rojo y con más signos de exclamación de los necesarios. También
había otro cartel con cruceros en los que podías elegir cuarto con terraza, con
ventanuco al exterior o simplemente camarote, que es la forma de ocultar en la
publicidad lo que podría parecer otra palabra castellana y que comienza por la
misma letra: calabozo. En la publicidad de algún crucero también resaltaban de
forma llamativa que el todo incluido iba más allá de lo habitual y que también
se extendía a todas las bebidas, para que en caso de que el oleaje natural del
mar no fuera demasiado fuerte se pudiera llegar al mareo mediante la ingesta de
bebedizos.
Como nunca he utilizado este modelo de viajes quizá no debería uno aventurarse a criticarlos. Jamás me he puesto una pulserita que te hace olvidarte de ir pagando cada cosa que consumes y que te lleva a sentirte por unos días a cuerpo de rey, otra expresión idiomático-monárquica que se nos ha quedado en el lenguaje como sinónimo del poderío ilimitado.
Luego comencé a preguntarme si la omnipresencia publicitaria de esa situación tan confortable y en la que nunca falta nada tendría su contrapunto: ¿existirá un concepto del todo excluido? Pues me temo que sí: que el mundo está lleno de zonas de exclusión absoluta, bien separadas de las zonas vips y de lugares en los que se exige una vestimenta inasequible para el 90% de la población mundial, o de locales de ocio donde los porteros te fulminan con la mirada por no reunir los requisitos establecidos.
Pero no son estas las exclusiones importantes de la vida contemporánea. Las más graves, las que resquebrajan la paz y la supervivencia del planeta son las que nos anuncian que en 2030 habrá 590 millones de personas viviendo en la extrema pobreza, que en España ya hay un 26% de la población que se encuentra en riesgo de exclusión social, que la salud debe ser un derecho y no un privilegio de quien tiene dinero, que sin educación de calidad, sin igualdad de género y sin trabajos decentes no se puede construir un mundo justo. Cuidar el planeta, evitar el desastre climático, conservar la vida de los ecosistemas terrestres o construir una paz, una justicia e instituciones internacionales sólidas son esos denostados objetivos para el desarrollo sostenible que tanto critican quienes no los han leído jamás y quienes no creen en otra ley que no sea la del más fuerte.
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