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06 agosto, 2025

¿Dónde estabas entonces?


El año que viene se cumplirán ya 40 años desde que Quimi Portet y Manolo García compusieran una mítica canción que definía las barras de bar como vertederos de amor. Hacía tiempo que no la escuchaba, fui a buscar la letra tecleando  las tres primeras palabras de la canción y me di cuenta de que no eran el título. La he vuelto a escuchar después de mucho tiempo, mientras en la televisión estaba sintonizado un canal de esos que están día y noche dando noticias, y me parecía que la letra contenía trazas inconexas de actualidad: nadie es mejor que nadie, si lloré ante tu puerta de nada sirvió, os enseñé mi trocito peor, me siento hoy como un halcón o me quiero defender.

Dentro de dos meses y un día se cumplirán dos años de los injustificables ataques de Hamas que se llevaron por delante a 1200 personas en el sur de Israel y capturaron  a más de 200 rehenes. Desde entonces Netanyahu ha ido respondiendo a ese ataque con un auténtico plan genocidaque pretende exterminar a toda la población gazatí, ya sea con bombas o por medio del hambre e impidiendo la llegada de ayuda humanitaria. 

Son casi dos años en los que hay más de 60.000 muertos entre los que no se hace ningún tipo de distinción: se destruye y se aniquila sin mirar si son adultos o bebés, si son palestinos famélicos, médicos europeos, cooperantes de todos los continentes, ancianos inermes o enfermos entre ruinas de lo que fueron hospitales.

Me pregunto cómo veremos todo esto cuando pase un tiempo, cuando tengamos perspectiva. Tras la segunda guerra mundial en Alemania repitieron hasta la saciedad el nie wieder”, nunca más. Muchos se preguntaron cómo se había llegado hasta el punto de permanecer como meros espectadores de un intento de aniquilación de todos los judíos. Aquel intento de genocidio se repite y el gobierno que dice representar a las víctimas de aquel holocausto es ahora el victimario de un proceso que no es un calco exacto porque se han cambiado las cámaras de gas por bombas y bloqueos de ayuda humanitaria para matar de hambre.

¿Dónde estabas entonces? Es la pregunta que muchos se hicieron entonces y hoy deberíamos preguntarnos, sin excepciones, dónde estamos ahora. ¿Es nuestro silencio y actitud una forma de decir que nos parece bien el genocidio? ¿Nadie es mejor que nadie o son los palestinos peores que los israelitas? ¿Servirá llorar antes las puertas de todas las instituciones? ¿Nos ha enseñado ya Netanyahu su trocito peor o alberga todavía más crueldad? ¿Estamos del lado de los halcones o tenemos herramientas para defender a los más débiles y desprotegidos en este dantesco escenario en el que se ha convertido la Franja de Gaza? 

Este último intento de borrar a la población palestina de los mapas aparecerá pronto en los libros de Historia. Nuestras nietas y nietos nos preguntarán cómo pudimos permitirlo, qué hacíamos para mostrar nuestra solidaridad con las víctimas, de qué manera intentábamos convencer a quienes vivían a nuestro lado y justificaban el genocidio, cuál era nuestra estrategia para que lo humano venciera a la violencia. ¿Dónde estamos ahora?


Publicado en el diario HOY el 6 de agosto de 2025






28 mayo, 2025

Evitar otro genocidio

He estado contando cuántas veces he escrito en estas páginas sobre el genocidio de Gaza desde que los terroristas de Hamás llevaran a cabo una matanza cuyas víctimas se cifran hoy en más de 1500. Hasta en nueve ocasiones he comentado por aquí la situación que se sufre en esa franja bañada por el Mediterráneo y cómo la tragedia de aquel 7 de octubre se ha multiplicado casi por 50 al otro lado del muro.

¿Las injustificables acciones de Hamás fueron el inicio de todo? Pues no, porque en aquellas tierras la población palestina llevaba ya soportando casi 80 años de desplazamientos, hostigamientos y, en el mejor de los casos, olvido por parte de ese misterioso ente denominado ‘comunidad internacional’, que no sabemos ni qué naciones la componen ni qué tienen en común. La acción de Hamás, además de ser un acto terrorista despiadado, no sirvió para solucionar ni uno solo de los problemas de la población palestina, que sigue padeciendo todos los males inimaginables y que no consiguieron erradicar ni la Conferencia de Madrid de 1991, ni Rabin, Peres y Arafat recibiendo el Nobel de la Paz de 1994.

Han pasado casi veinte meses desde aquel día 7 de octubre y nada ha mejorado en ese rincón del planeta. Se ha tardado en poner nombre a lo que Israel está haciendo en Gaza, porque no hay palabra más certera y ajustada para definirlo que ‘genocidio’: el intento de exterminar a todo un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad. La semana pasada había organizaciones humanitarias que alertaban del peligro de muerte inminente que acechaba a miles de niñas y niños palestinos si no se permitía el paso de la ayuda humanitaria esencial para evitarlo.

Las imágenes de hoy en Gaza no difieren demasiado de las que nos horrorizaban en las películas sobre el holocausto. El genocidio de Gaza se acabará descubriendo: pondrá en su sitio a los que están demasiado callados y también a los descerebrados que anteayer se quejaban de que la División Azul fuera desposeída de sus plazas dedicadas en media España y hoy aplauden a Netanyahu por ser un valiente que aniquila sin remordimientos.  Todo esto lo estudiarán nuestras nietas como el primer gran genocidio del XXI, muy parecido al que sufrieron judíos, armenios o los tutsis en la Ruanda de los 90. Y nuestras nietas nos preguntarán dónde estábamos entonces y algunos - quizá demasiados - no tendrán nada digno que contestar.

Ayer sí salimos del trabajo a guardar un minuto de silencio por la última víctima de violencia asesinada en Aldeanueva del Camino, durante varios años pusimos la bandera de Ucrania en mil sitios y hasta en las esquinas de todas las pantallas de televisión, pero quizá se echa en falta una defensa unánime de la vida de tantas niñas, niños, mujeres y ancianas de Gaza, que no han cometido más delito que ser odiados por quienes tienen mucho poder, mucho dinero, muchas armas y muchos cómplices que se las suministran a buen precio y con pingües beneficios. Quisiera dejar de escribir sobre Gaza. Lo haré en cuanto nos sumemos sin fisuras a evitar otro genocidio.


Publicado en HOY el 28 de mayo de 2025

 




 








01 noviembre, 2023

Lamentaremos estos días

La segunda Guerra Mundial nos colocó al borde del abismo. Vimos una ideología totalitaria, racista y antisemita acaparar poder político, que se convirtió en poder militar, que comenzó a ocupar territorio y a involucrar al mundo en una guerra salvaje que duró cinco años. De aquella guerra creímos haber aprendido y se intentó dotar al mundo de una norma universal de derechos para todas las personas, sin distinciones de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole. La llamaron Declaración Universal de los Derechos Humanos y el mes que viene cumplirá 75 años de existencia.

La ciudad de Ginebra ya había visto firmar varias convenciones desde el XIX para que tras las batallas no hubiera ensañamiento con heridos, enfermos o prisioneros de guerra. Mas fue en 1949, tras dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, cuando un cuarto convenio en la ciudad suiza tuvo que abordar también la protección a la población civil en los conflictos bélicos. 

¿Es lo ocurre ahora en Gaza la mayor escabechina jamás vista? Pues me temo que no. Quienes fueron testigos de lo ocurrido en Ruanda en 1994 dicen que aquel genocidio de tutsis a manos de hutus nos habría estremecido. Y mucho más si en aquellos años todo el mundo hubiera tenido una cámara en el bolsillo con capacidad de enviar reportajes hasta Alaska o Australia en apenas tres segundos. O quizá no nos habría impresionado porque las distancias geográficas y culturales nos impedirían sentir el mismo dolor que cuando recibimos a refugiados de la guerra de Ucrania en 2022 y vimos que esos sí se parecían a nosotros.

Se calcula que el ataque de Hamas del 7 de octubre segó la vida de 1400 personas y capturó a más de 200 rehenes. Ninguna de ellas era merecedora de los males sufridos. Las víctimas de Gaza se calculan en más de 7.000 y los heridos podrían rondar los 18.000. Tardaremos en saber los datos exactos y pasará mucho tiempo hasta que se puedan retirar los escombros y se descubra lo injustas que son las acciones militares que actúan sobre la población civil sin importarle que sean ancianos, enfermos, niños o bebés. Quienes consideren como legítima defensa a un acto de terrorismo el bombardeo incesante de viviendas y hospitales de esa prisión a cielo abierto que es Gaza, deberían hacérselo mirar. La población civil palestina no merece este castigo de hoy, ni tampoco aquellos niños a los que unos soldados rompían los brazos a pedradas en 1987, ni tampoco Mohamed Al-Dura, el chico acribillado por más que su padre intentara protegerlo con su propio cuerpo.

Lamentaremos estos días: quienes sobrevivan en Gaza, los que ya no tienen nada que perder, no olvidarán nunca lo ocurrido y buscarán venganza. El mundo necesita parar a Netanyahu sin medias tintas, que es lo que ha intentado expresar António Guterres. No puede haber demócratas europeos y norteamericanos en silencio cómplice mientras se extermina a población palestina al margen de las convenciones de Ginebra. Ayer, mientras escribía estas líneas, toda la actualidad parecía decimonónica. Volvamos, al menos, al siglo XX, a los Derechos Humanos, a considerar un crimen bombardear a niños en hospitales. 





17 octubre, 2023

En medio de Oriente

Tras la primera guerra del Golfo había muy mala conciencia en Europa por todo lo ocurrido y lo ocultado. Los 408 civiles muertos aquel 13 de febrero de 1991 en el refugio de Al-Amiriyah debieron pesar tanto, que hasta Bush padre se apresuró a participar en una conferencia de Paz en Madrid a finales de ese mismo año. Se abría la esperanza de que todo era posible porque ya habíamos visto en libertad a Mandela y eso significaba que otros conflictos de odio, discriminación y violencia podrían ir superándose con más diálogo que con ejércitos. 

En 1993 llegaron los acuerdos de Oslo, en abril de 1994 todo el mundo pudo votar en Suráfrica, Mandela se alzó con la victoria y Arafat, Simon Peres e Isaac Rabin recibieron el Premio Nobel de la Paz a finales de ese año. No fue nunca un proceso fácil y siempre estuvo lleno de contradicciones, pero no era imposible. Al año siguiente, un aciago 4 noviembre de 1995, la vida de Isaac Rabin se la llevaba por delante un ultrasionista llamado Yigal Amir y muy contrario a los acuerdos de Oslo.

No tardamos en darnos cuenta de que había gente que se sentía más a gusto en la guerra que en la paz, especialmente quienes han consagrado su vida y su profesión a empuñar armas y disparar misiles, sin importarles que sus objetivos estratégicos o militares sean jóvenes que se divierten en un festival o un millón de ancianos, mujeres y niños a los que se les corta el agua y la luz, se les bombardea ciegamente y se les destruyen sus casas.

Se oye con frecuencia eso de que los extremos se tocan y no es del todo cierto. Lo que sí ocurre es que se retroalimentan. A quienes estaban deseando arrojar al mar a la población palestina que malvive en Gaza, los atentados de Hamás les habrán servido como coartada. Y la masacre de estos días en Gaza empujará a los hijos de las víctimas a inmolarse en un futuro no demasiado lejano, porque quienes sobrevivan a esta barbarie seguirán acumulando ira y soltándola, ya sea a gota a gota o a borbotones. 

No sé si volveremos a ver en este siglo una foto como la de Arafat, Peres y Rabin en 1994. Todo hace indicar que tardaremos porque la dinámica del XXI no es nada propicia para pontífices – en el sentido literal de la palabra – y sí para quienes quieren dinamitar todos los puentes de diálogo y centrifugar a toda la población hacia el odio eterno a quienes no son, no piensan, no creen y no viven igual que ellos mismos.  

No dejemos de reclamar la paz para todos los seres humanos, porque tan inmerecedores de la muerte eran quienes cayeron el 7 de octubre a manos de Hamas, como los que desde el día siguiente huyen sin luz ni víveres hacia el sur de Gaza. Y tampoco se debiera olvidar el pasado: una historia en la que hay genocidios vergonzantes para el género humano, desde las poblaciones indígenas de América al esclavismo en África, pasando por el Holocausto o el drama eterno de saharauis y palestinos. 

Publicado en el diario HOY el 18 de octubre de 2023




16 mayo, 2018

Minutos de silencio


El pasado 18 de agosto, a las doce del mediodía, guardé un minuto de silencio en la puerta de mi lugar de trabajo. La tarde anterior habían muerto varias personas en las Ramblas y durante ese minuto de silencio estuve recordando las veces en las que habíamos sido convocados allí para mostrar la repulsa por unos crímenes masivos: por los 56 muertos de Londres en 2005, por los 130 de París en 2015, por los 35 del aeropuerto de Bruselas, por los 23 del concierto de Mánchester y por los 15 que habían muerto en Barcelona la tarde anterior. 


Al terminar me di cuenta de que estos actos simbólicos no se convocaban siempre y que tampoco dependía tanto del número de víctimas como de la cercanía de las mismas. También reparé en que el impacto y la consternación se hacían más visibles en los medios y más presentes en los actos de repulsa si nos podíamos ver reflejados en las víctimas. Así es: todos podríamos haber sido turistas frente al Big Ben, tener a un hijo adolescente en Bataclan o en Mánchester, a una compañera de trabajo en el aeropuerto de Zaventem o a un primo junto a Canaletas.



Quizá por eso nadie convocó ayer un acto de recuerdo frente a Ayuntamientos o en los lugares de trabajo, porque las 60 personas que ayer perdieron su vida en la franja de Gaza nos son tan lejanas como los habitantes de un barrio de Shanghái. E incluso los seis bebés palestinos se nos parecerán más al olvidado Eylan de aquella playa turca, que la niño australiano fotografiado sobre el suelo de las Ramblas.



Nos urge alcanzar un criterio común a la hora de calibrar el dolor, para que no parezca que nos importan más las vidas de los blancos, occidentales y de buen estatus económico, que las de los seres de tez más oscura y sin suelo en el que caerse muertos. Además de esto, nos hace falta valor para llamar de la misma manera a quienes causan el mismo terror: porque no puede ser que algunas matanzas sean, con toda lógica, tildadas como “actos terroristas”, mientras que a idénticas acciones se las denominen como “enérgicas respuestas armadas en defensa del Estado”.



No confundamos con antisemitismo lo que es una defensa de los Derechos Humanos y una crítica a la violencia de los gobiernos israelíes. De hecho, a muchos nos encanta la cultura hebrea y creemos que el mayor intelectual vivo es un judío estadounidense llamado Noam Chomsky. Pero, lamentablemente, el estado de Israel lleva mucho tiempo cometiendo graves crímenes y la propia ONU acusaba ayer tarde al gobierno de Netanyahu de ordenar “matanzas indiscriminadas”.  



Deseo que no vuelvan convocar minutos de silencio y que esto ocurra no solo por la desaparición de los ataques terroristas, sino porque el pueblo palestino tenga su lugar en el mundo y en el que vivir con paz y dignidad. Hasta entonces no quiero más silencios porque empiezan a parecerme cómplices.

Publicado en HOY el 16 de mayo de 2018 
La fotografía es de Mahmud Hams / AFP

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08 enero, 2009

Gaza según Pilar Galán



Mi vecina de los jueves lo borda casi siempre, pero hoy no tiene desperdicio. La podéis leer en EL PERIÓDICO EXTREMADURA 

( Hay que abrir la pestañita "Más Secciones"  y luego " Sociedad")

Gaza

Lo malo de la vida es que las instrucciones de uso se aprenden con la edad. No sirve de nada un consejo hasta que no tenemos experiencia suficiente para aceptarlo, por eso huimos de los abuelos cebolleta como de la peste. Cuántas veces hemos escuchado que la Navidad es de los niños, que solo se disfruta si no hay ausencias, o eso tan alegre de que se debe vivir cada día como si fuera el último, porque nunca se sabe si lo será. Cada uno de nosotros lleva una carga de advertencias transmitidas de padres a hijos: los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una mano (cómo nos molestaba este consejo de adolescentes) o no se puede ir uno a la cama sin haber pedido perdón a quien se haya ofendido. De hecho, nos hacemos adultos en el preciso instante en que nos sorprendemos transmitiendo a otro lo que hemos aprendido. Y eso es lo malo, que los años te hacen ver lo que hubieses deseado no haber visto. Acaban de pasar estas fiestas, y sí, tienen sentido por los niños, son alegres si no hay ausencias y no puedes acostarte sin reconciliación. Mientras explicamos esto a nuestros hijos, entre anuncio y anuncio, el telediario nos muestra un poco de lo que está pasando en Gaza, solo un poco, no sea que nos siente mal entre tanta dulzura. Y no puedes evitar preguntarte qué narices estás contando, para qué mundo preparas, si a unas horas en avión, habrá casas en las que siempre faltará alguien, donde no hay reconciliación posible y los niños son víctimas de gobiernos que no toman partido porque cuentan a sus amigos con los dedos de la mano, y cada día se vive como si fuera el último, porque se sabe de cierto que lo será.


05 enero, 2009

Pañuelos palestinos


Hace poco encontré en un armario mis viejos pañuelos palestinos, aquellos que llevé a modo de bufanda durante los años 80 y 90. Entonces eran un símbolo de solidaridad con un pueblo y una seña de identidad del activismo de izquierda. Llevar el pañuelo te podía costar no entrar en una discoteca o peticiones de identificación por parte de las fuerzas de seguridad. Dejé de usarlos hace un par de años, cuando vi que empezaban a ponerse de moda, que se llevaban de todos los colores y en combinación con ropas de marca. Pensaba sobre este cambio semántico de la prenda cuando, por asociación de ideas, me vino a la memoria aquella tarde del 12 de marzo de 2004, frente a la Delegación de Gobierno en Extremadura, con mi hija de 15 meses en una mochila a mis espaldas y soportando una lluvia incesante junto a miles de personas. Teníamos la obligación moral de estar en la calle tras la muerte de 200 personas en aquellos crueles ataques a la población civil de Madrid. El lunes pasado volví al mismo lugar, de la mano de mi hija de seis años. El motivo era el mismo pero sólo estábamos un centenar de personas. Mientras escuchábamos las palabras de los convocantes pasaban con sus bolsas de regalos muchas personas ataviadas con su kefia de última moda, quizá ignorantes del significado primigenio de lo que llevaban al cuello, asombradas por ver allí a un grupo de manifestantes y, probablemente, sin saber que en Gaza mueren personas tan inocentes como las de aquellos trenes de cercanías. Uno se contentaría con que en este año que empieza consiguiéramos que hechos similares nos produjeran igual repugnancia. Quizá sea mucho pedir.

 

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 5 de enero de 2009 

04 enero, 2009

30 soldados israelíes heridos

Me imagino que tras el titular Intensos combates en Gaza, lo más importante que quiere señalarnos el más prestigioso diario en lengua castellana es que hay 30 soldados israelíes heridos en la "Operación Plomo Sólido". Yo no hago comentarios, pero invito a que se hagan.

27 diciembre, 2008

Historia de mi colección de "Fuellas"

Las navidades de 1984 las pasé, como era habitual, en Monzón. Y allí pude ver en el informativo regional de RTVE en Aragón una noticia sobre...