En mis tres años de literatura en el bachillerato tuve tres profesores de literatura bien diferentes. Un entrañable pelirrojo salmantino que nos hizo leer La Regenta con quince años; un sacerdote que nos desentrañaba a Garcilaso en el aula que unía el laboratorio y el paraninfo del antiguo Bárbara de Braganza en Badajoz; por último, una enciclopedia andante, con la voz entrecortada y el cigarrillo entre los dedos, que nos hablaba de Pío Baroja y Valle-Inclán en el primer COU de jornada continua, a las 8 de la mañana, cuando todavía no había amanecido.
En una caja deben de estar aquellas libretas de muelle con mucho comentario al margen. En 3º de BUP leí El Quijote por primera vez, pero fue unos años más tarde cuando lo disfruté plenamente. Yo creo que a El Quijote hay que llegar con un bagaje que a veces no se tiene con dieciséis años. Pero hay quien piensa todo lo contrario. No sé.
Me apasionan muchos fragmentos de la segunda parte y recuerdo haber llorado de risa en alguna calurosa noche de verano. Imprescindible, simplemente.
