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01 abril, 2026

Trazas de racismo y odio

    Dicen que es necesario leer los prospectos de todo lo que ingerimos. Las normativas han llevado a los fabricantes de alimentos a indicar si cada producto envasado pudiera contener alguna pequeña cantidad de frutos secos u otros derivados lácteos capaces de provocar una reacción de efectos nocivos. En las cartas de los restaurantes también nos colocan iconos para advertirnos de si un plato suculento puede jugarnos una mala pasada al contener cereales con gluten, huevo o marisco.

    Trazas: así es como denominan a esas cantidades pequeñas de determinadas sustancias que pueden pasar a convertirse en un problema grave para la salud. Por eso las normativas de seguridad alimentaria han determinado que cada producto las tenga todas bien identificadas, incluso cuando se trate de alergias raras que afectan a muy pocas personas. Del mismo modo que un quirófano o la cocina de un restaurante deben estar en las mejores condiciones higiénicas y de salubridad, también habría que abordar la eliminación de todos los mecanismos y prácticas de las autoridades que pudieran contener trazas de la existencia de sesgos racistas, animadversiones basadas en prejuicios o prohibiciones tan cargadas de estulticia que pretenden eliminar incluso lo que no existe.

     El 21 de marzo se conmemoraba la jornada mundial contra la discriminación racial, recordando aquel día de 1966 en Shaperville (Suráfrica) en el que la policía del régimen de Pretoria acabó a tiros con más de 250 personas que protestaban contra el apartheid. Desde el pasado 21 de marzo hay en marcha una campaña de Amnistía Internacional para intentar acabar con una práctica habitual en nuestras calles como es la del sesgo racial de las identificaciones policiales en España. ¿Cuántas veces le han pedido las fuerzas del orden que se identifique cuando va por la calle? ¿Saben ustedes que la oscuridad de la piel puede ser un rasgo determinante para ser interceptado en redadas que pudieran contener importantes trazas de racismo?

     Mañana se cumplen once años de la publicación de aquella Ley Orgánica de Seguridad Ciudadana, que acabó con el apodo de “mordaza”, y que en su primer año de vigencia llegó a imponer 34.000 sanciones por ejercer los derechos de reunión, expresión o manifestación. Más de cuatrocientas organizaciones y colectivos se están sumando este año a una campaña destinada a que gobiernos e instituciones se dediquen más a parar el racismo en lugar de parar por la calle a personas que por su aspecto pudieran, simplemente, proceder de otras latitudes.

     Junto a estas trazas de racismo también tenemos las de odio puro y duro. La semana pasada el Ayuntamiento de Badajoz aprobó una moción para prohibir el menú halal de todos los colegios de la ciudad. La propuesta del grupo de extrema derecha salió adelante con los votos a favor del propio gobierno municipal, sin caer en la cuenta de que en Badajoz no hay ni un solo centro educativo en el que se suministre. ¿Nos molestaría que a una niña le facilitaran un menú escolar sin gluten, sin huevo o sin lactosa? ¿Para qué prohibir algo que no existe? ¿Prohibiríamos a alienígenas verdes residentes en Las Vaguadas asistir a los plenos municipales sabiendo que no existen? ¿O sí?





16 abril, 2025

Breve crónica de derechos y humanos

El pasado fin de semana lo pasé en el Palacio de Congresos de Mérida. Cada año la organización de Derechos Humanos en la que participo celebra su Asamblea General Federal y esta vez estuve colaborando como voluntario para que todo saliera bien. Cuando empecé como activista en Amnistía Internacional, hace ya más de 30 años, iba recorriendo la península cada primavera y juntándome con quienes desde pueblos y ciudades dedican su tiempo a preocuparse por los Derechos Humanos en el mundo y por las personas cuyas vidas corren peligro de ser detenidas, encarceladas injustamente o incluso ejecutadas.

Alguna vez alguien me ha preguntado que por qué lo hago y siempre tengo preparada una larga respuesta. Antes de soltarla como una retahíla suelo interrogar en sentido contrario: ¿y tú por qué no? Es entonces cuando me cae el vendaval de explicaciones que van desde lo pusilánime a lo inadmisible: “pues anda que no hay gente necesitada por aquí”, “a esos que quieres salvar del corredor de la muerte en Texas los fusilaba yo ahora mismo” y cosas por el estilo.

Y es que si no nos ocupáramos quienes vivimos lejos y con cierta seguridad, es muy probable que se quedaran desamparadas todas esas personas cuyas vidas se han convertido en un calvario. El domingo pudimos escuchar a Fariba Ehsan, Fundadora de la Asociación Iraní Pro Derechos Humanos, y a Khadiya Amin, una periodista de la televisión afgana y superviviente de maltrato y de un matrimonio forzado. Sus testimonios nos recuerdan que la igualdad de derechos de las mujeres está a años luz de lo imprescindible. Tampoco nos predijeron un futuro idílico Tarah Demant y Daniel Joly, que desde Estados Unidos nos hablaron de cómo frenar los autoritarismos en tiempos de Trump y de quienes quieren emularlo en otros lares, ya sea de forma mimética o de manera disimulada, que nunca se sabe qué es peor.

Y acabamos escuchando la voz del periodista mejicano Alberto Amaro, al que Antonio Gildado entrevistó anteayer en estas mismas páginas y cuya lectura les recomiendo vivamente. Cada pausa medida de Alberto nos recordaba la heroicidad de informar en un mundo en el que tanto los criminales como las policías corruptas son capaces de poner precio a la cabeza de cualquier profesional de la comunicación.

Donde hay poca justicia, es gran peligro decir verdad y tener razón. No recuerdo ni quién ni cuándo pronunció la frase y solo sé que su contenido sigue más vigente que nunca. Alberto está ahora en España gracias a un programa de Amnistía Internacional que nos ha permitido desde hace décadas proteger y dar a conocer las luchas de quienes se jugaban la vida en Colombia, Sudán, Palestina, Guatemala, Cuba o México.

El año que viene iremos a Lugo a reunirnos de nuevo y durante doce meses seguiremos actuando, día a día, para que aquella Declaración Universal de los Derechos Humanos no pierda sentido ni seguidores. Mientras tanto me quedo con las palabras que nuestra compañera Liliana hizo resonar el Palacio de Congresos de Mérida citando a las madres y abuelas de Plaza de Mayo: la única lucha que se pierde, es la que se abandona. 

 

Publicado en el diario HOY el 16 de abril de 2025

 


 

01 diciembre, 2021

Memoria y amnistía

Hace unos días busqué en el diccionario el verbo saquear. Fue tras haber leído un artículo en el que se comparaba la petición de derogar la Ley de Amnistía de 1977 con un acto de saqueo, un robo con fuerza y violencia para arrasar con todo un lugar. Quiero imaginar que se trataba de un exceso de énfasis retórico, pecado del que casi nadie está libre y en el que, a veces, también caigo.

 

Para cerciorarme de si quienes pretenden derogar una ley de hace más de 40 años eran solo bárbaros y forajidos, me puse a indagar si, por un casual, existían organizaciones independientes e implicadas en la defensa de los Derechos Humanos que ya se hubieran manifestado sobre ese asunto y en el mismo sentido. Y, paradójicamente, hallé algún informe de Amnistía Internacional de 2017 criticando abiertamente algunos efectos nocivos de aquella norma.

 

Así que una organización que lleva amnistía por nombre andaba poniendo en tela de juicio aspectos de una ley con idéntico apellido. Fui a buscar las razones y una de las invocadas era que había servido de subterfugio para no investigar crímenes de lesa humanidad, aquellos que habíamos acordado después de Nürnberg que no debían prescribir jamás.

 

La ley de Amnistía fue reclamada por la izquierda a mediados de los años 70 para que se pusiera en la calle a quienes se habían jugado la piel en su lucha por las libertades, a quienes habían dado con sus huesos en comisarías y cárceles de la dictadura.  Pero los últimos puntos de su artículo segundo exoneraban, precisamente, a agentes del orden y autoridades del régimen dictatorial que hubieran actuado contra quienes reclamaban democracia.

 

Amnesia y amnistía comparten raíces etimológicas. Para construir una sociedad mejor se necesita, en determinadas dosis y momentos, olvidar afrentas que nos impedirían la convivencia. El propio Mandela sabía bien que una nueva Suráfrica sin racismo se tendría que escribir conjugando el verbo perdonar, tanto en activa como en pasiva, y junto a otras palabras como verdad, justicia, reparación y reconocimiento del daño causado.

 

Por eso creo que la ley de Memoria Democrática debe derogar una ley que quizá era la única posible en 1977, años en los que era importantísimo saber cómo respiraba cada capitán general de las regiones militares. Pero han pasado más de 40 años y es hora de ubicar bien en la Historia a los valedores de las libertades y los derechos frente a quienes apostaron por un estado cuartelero y sacaron buen partido de ello.

 

Desde que murió Almudena Grandes no he dejado de pensar en El corazón helado y de una escena que tal vez pudo ocurrir mientras el de Abu Dabi sancionaba aquella ley de amnistía: una niña acompañando a su abuelo, que acaba de volver del exilio, visitando la casa que le habían arrebatado tras la guerra civil. Almudena nos descubrió en sus libros la importancia de la Memoria con mayúsculas y hoy me reafirmo, sin saquear a nadie, que el constructivo efecto de las amnistías solo sirve si antes se han reconocido los errores y se ha distinguido a quien luchó por la libertad frente a quien la aniquiló.
 
Publicado en el diario HOY el 1 de diciembre de 2021



19 mayo, 2021

Los nadie de Oriente Medio

Llevo años dedicando una parte de mi tiempo a preocuparme por gente que sufre injusticias y viven muy lejos de aquí. No tiene demasiado mérito por mi parte: una reunión semanal y un reparto de tareas que nunca sabemos si son de utilidad, pero ya dejé de plantearme si las acciones de solidaridad merecen o no la pena en función de los logros conseguidos, porque lo único inútil en la vida es la pasividad y el lamento.

Hace unos días conocí la historia de Núria Marcet, que tiene 91 años y que todavía aparece por su barrio cada mañana que desahucian a alguien del vecindario. Si admirable me parecen las acciones de Núria, no se pueden imaginar lo que pienso de las cooperantes que están en la franja de Gaza, donde han muerto en los últimos días 198 palestinos, de los que 58 son menores y 34 mujeres, además de 1.300 heridos. Sí, también han muerto ocho adultos y dos menores israelíes a casusa de los ataques terroristas de Hamas, pero la desproporción del sufrimiento que se desprende de las cifras no tiene parangón.

Hoy no se puede hablar de una guerra en esta zona de Oriente Medio. Estamos hablando de una Estado con miles de tanques, una poderosa aviación y el ejército más preparado del planeta, contra una población indefensa y maltratada desde hace décadas, que no consigue tener su lugar en el mundo en el que vivir, que ansía tener el mínimo espacio vital que toda comunidad merece. Una lucha tan desigual debería tener otra palabra para no confundir los términos.

Lo peor, como siempre ocurre en todo enfrentamiento violento, lo encontramos a la hora de justificar lo injustificable. Israel culpa a los propios palestinos de la muerte de sus niños con la misma argumentación que utilizaron los bombarderos americanos que mataron a cientos de criaturas en un refugio de Bagdad en 1991, con la misma siniestra argucia con la que se justificaban las muertes en una casa-cuartel.

Las organizaciones de Derechos Humanos presentes en el terreno hablan ya de crímenes de guerra: destruir los hogares en los que viven familias es una violación del derecho internacional. Y tras la muerte y la destrucción llega la desesperanza, la falta de horizontes por el fracaso de todos los intentos de lograr una paz que cada vez parece más imposible.

Médicos sin fronteras nos cuenta que sus instalaciones en Gaza han sido dañadas, que falta sangre para transfusiones, que reciben 45 heridos diarios con quemaduras graves, que hay matanzas indiscriminadas de civiles y que sin pudor derrumban el edificio donde trabajaban Al-Jazeera y la agencia AP.

Por eso necesitamos gente como Núria Marcet o como Juana Ruiz, la cooperante de origen extremeño detenida. Necesitamos gente que se pongan del lado de los más desvalidos. De ahí mi admiración a quienes trabajan por las personas que piden refugio, por quienes cada verano acogen a niños saharauis o por quienes se juegan la vida en favor de los nadie de Oriente Medio de los que hablaba Eduardo Galeano, aquellos que cuestan menos que la bala que los mata. Esos son, desde hace mucho tiempo, los palestinos.

Publicado en HOY el 19 de mayo de 2021

 


 

30 diciembre, 2020

Cuidar y cuidarse

En la oenegé de Derechos Humanos en la que colaboro desde hace casi treinta años nos seguimos reuniendo casi todas las semanas para intentar mejorar el mundo desde un rincón perdido. Estos meses lo hemos seguido haciendo y algunas personas del grupo intervienen desde una isla del Mediterráneo o desde la capital de Europa, tratando de aplicar ese principio tan olvidado de pensar globalmente y actuar localmente. En cada una de las reuniones dedicamos un tiempo a cuidarnos, a preguntarnos qué tal estamos, a contarnos cómo estamos viviendo estos momentos, a darnos ánimos y a no dejar que la tristeza o el pesimismo nos invadan.

Antes de que llegara 2020 solía despedirme y cerrar los mensajes con la palabra salud. No sé si estaba traduciendo ese “vale” que ponían en latín al terminar las cartas y que se ha quedado como la coletilla más inconsciente y utilizada de nuestro idioma, hasta el punto que en algún programa de humor portugués había un personaje español que solo pronunciaba esa palabra. De un tiempo a esta parte he cambiado algo tan genérico como la salud, por un imperativo suave y más personal.

Cuídate, cuidaos y cuídense han pasado a ser las palabras que cierran mis correos electrónicos, mensajes de whatsapp o conversaciones de viva voz. Mientras las escribía al principio de este párrafo he buscado su origen etimológico y se han confirmado mis intuiciones: cuidar viene de cogitare, del pensar que Descartes convirtió en piedra angular de su filosofía, el cogito, ergo sum.

Las prioridades han cambiado tanto en menos de un año, que he llegado a la conclusión de que quienes anteponen cualquier cosa a los cuidados están, en el fondo, abdicando también de su capacidad de pensar. Si no cuidamos es porque no pensamos. Es urgente cuidar la tierra, el planeta entero, los pueblos perdidos, los barrios olvidados, a la gente mayor que está sola, a los niños que pasan horas en casa mientras sus progenitores se ganan la vida con más precariedad que holguras, a los que vienen en pateras, a quienes no tienen techo o a quienes llevan meses o años sin trabajo.

Para algunos virus ya hemos encontrado vacuna y se va inyectando poco a poco entre la población. Pasado mañana empieza un año que todavía va a ser muy duro, pero se atisba una luz en el fondo que debería ser como una vacuna colectiva que nos hiciera pensar y cuidar por encima de cualquier otra tentación cortoplacista.

Todo pasará. El sol brillará, nos descubriremos las caras, viajaremos a lugares soñados, nos abrazaremos con fuerza, recordaremos a quienes nos han dejado, construiremos espacios donde haya más manos tendidas que codazos, tendremos más en cuenta a las personas que a las cuentas de resultados, desconectaremos las pantallas para mirarnos directamente a los ojos, reiremos sin medir el dichoso metro y medio, brindaremos por la parte alta de las copas, cantaremos a grito canciones eternas, estrecharemos nuestras manos sin guantes ni geles hidroalcohólicos.

Un último esfuerzo y que se nos quede como una costumbre para siempre: la de conjugar el verbo cuidar en todos sus tiempos, modos, voces y personas. Piensen, cuiden y cuídense.

Publicado en el diario HOY el 30 de diciembre de 2020.

 


 

16 octubre, 2019

Sentencias de aquí y de allá


La periodista Ayla Albayrak publicó un artículo en 2015 sobre enfrentamientos armados entre fuerzas turcas y jóvenes afiliadas al PKK del Kurdistán. Su nombre apareció más tarde en los informes de Amnistía Internacional, tras ser juzgada y condenada a dos años y un mes de prisión. Ayla fue acusada de un delito de propaganda terrorista en un país como Turquía, que celebra elecciones y pertenece a la misma organización militar que España, pero que acaba de iniciar, con cierto beneplácito occidental, una ofensiva para aniquilar a las mujeres kurdas que se jugaron la vida frente al Daesh.



Las leyes de Erdoğan son claras y hay que cumplirlas a rajatabla. Si una periodista publica un artículo equidistante hacia unas milicianas kurdas, puede acabar con sus huesos en una prisión turca que, como sabemos por El expreso de Medianoche, son lo más parecido al infierno.



Cuando un mismo hecho es totalmente legal en un sitio y duramente castigado en otro, nos suele dar una pista sobre la falta de libertades en el país que posee el código penal más duro, aunque no siempre sea así. A quienes escribimos nos parece incomprensible que alguien pueda perder su libertad por un artículo, por un hecho que en otro lugar del planeta no supone ningún riesgo para nadie. Hay muchos casos similares en el mundo: desde quienes practican un aborto, consumen drogas o tienen relaciones con personas de su mismo sexo a un lado de la frontera y con todo el amparo de la ley, a quienes corren el peligro de perder la libertad y la vida por hacer lo mismo en otro lado.



Desde el lunes no dejo de pensar en fechas como el 20 de mayo de 1980 y el 30 de octubre de 1995 en Quebec, o el más reciente 18 de septiembre de 2014 en Escocia. Durante esos días no hubo nadie detenido, no hubo actuaciones policiales, no hubo heridos, no se abrieron procesos sumarísimos en tribunales especiales y nadie, absolutamente nadie, tuvo que pasar ni un solo día en la cárcel por intentar dilucidar mediante referéndum si querían seguir siendo canadienses o abandonar el Reino Unido.



Sí, la ley es la ley. Ya lo hemos oído en el Supremo de aquí y en el de Ankara. Si un mismo asunto acaba de buenas maneras en un lugar y de forma trágica en otro, es porque el sentido común se ha quebrado en algún momento. Quien crea que con sentencias ejemplarizantes, desmedidas o vengativas se va a solucionar un problema de siglos, quizá esté ganando réditos cortoplacistas pero se esté equivocando a largo plazo. Se podrá acallar durante un tiempo a Ayla Albayrak pero la realidad seguirá existiendo y Erdoğan, por muchas leyes y elecciones que lo respalden, seguirá sin ser entendido por el mundo que cree en los Derechos Humanos. Nos consuela pensar que aquí es poco probable que nos encarcelen por escribir lo que pensamos y que podemos hablar de todo abiertamente. Espero no estar pecando de iluso. 

Publicado en el diario HOY el 16 de octubre de 2019. 

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09 septiembre, 2015

Dramas que existen


Hay quienes necesitan averiguar que las películas tienen final feliz para empezar a verlas. Es una opción respetable porque se trata de ocio y ahí cada uno es muy libre de elegir drama, comedia o cine de autor. Cuando uno lleva este planteamiento a la vida, evitando cualquier contacto con la realidad que pueda provocar tristeza o desazón, la cuestión toma otro cariz, pues ni el mundo es un plató en el que se rueda de manera continua un “Show de Truman”, ni el escapismo parece una postura ética en estos días.

Entre preocuparse por el mundo y regodearse en el dolor siempre hay un término medio, algo que aprendimos en el año 1993 quienes pudimos ver cómo los medios estiraban hasta el infinito la curiosidad morbosa de los horribles asesinatos de unas niñas en Valencia. Para tener conciencia de los problemas que existen no es necesario abrir en canal todos los detalles de los acontecimientos: nos basta con entender lo ocurrido y saber actuar en consecuencia y racionalmente. 

Las noticias de los últimos días me han recordado una tarde, también de 1993, en la que fundamos el primer grupo de Amnistía Internacional en la ciudad de Badajoz. Han pasado 22 años y muchas cosas han cambiado: ya no recibimos un voluminoso sobre con los casos de personas por las que teníamos que ocuparnos sino que nos llega todo al instante por ese mundo mágico llamado internet. Pero la tarea de sensibilizar a la ciudadanía sobre los males que padecen otros seres humanos no ha sido nunca tarea fácil, especialmente si están a miles de kilómetros, no hablan nuestro idioma, no tienen nuestra cultura y practican religiones extrañas. Durante mucho tiempo aprendimos que, desgraciadamente, las imágenes eran lo que mejor espoleaba la solidaridad: una fotografía de las lesiones de un torturado, el vídeo de un lapidamiento o la imagen de una madre y su bebé pidiendo agua tras una alambrada eran siempre más útiles que explicar minuciosamente lo que pasaba en Timor Oriental, Somalia o Ciudad Juárez.

El miércoles pasado un niño llamado Aylan nos heló el alma y parece que todo el mundo se avergüenza de permanecer inmóvil ante la barbarie. Sé que no es lugar ni momento para analizar quién es el culpable de todo esto, si fue Bashar al-Asad o quienes alimentaron a sus opositores sin caer en la cuenta de que el remedio era peor que la enfermedad. La cuestión es que tenemos a millares de personas huyendo de la muerte y metiéndose en cualquier barquito agujereado con tal de salir de allí. Y lo seguirán haciéndolo porque, aunque no lo sepamos, muchos otros niños como Aylan siguen muriendo cada día sin que su imagen salga en los periódicos.


Son los dramas que existen y que no dejarán de acontecer tapándonos los ojos. Ahora lo urgente es salvar a los que mueren en las playas, pero lo más importante es ir preparando un mundo en el que quepamos y convivamos todos. Nada fácil.

Publicado en el diario HOY el 9 de septiembre de 2015.

10 febrero, 2014

Juegos de guerra

Ayer entregaron los premios Goya y dentro de tres semanas tendrá lugar la ceremonia de los Oscar. A veces, en una de esas galas de lujo y glamour, aparece una historia que te llega a lo más profundo, como nos ha pasado a muchos cuando hemos visto el cortometraje de Esteban Crespo titulado Aquel no era yo. Este documental, que ya recibió el Goya el año pasado y que el día 2 de marzo puede hacerse con la más preciada estatuilla de Hollywood, cuenta una historia cruda, con imágenes muy impactantes y demasiada realidad detrás. En diecinueve países hay todavía muchos niños con un fusil entre sus manos, que participan en guerras y acciones violentas inimaginables. Pasado mañana el mundo ha marcado en el calendario la fecha para que nos acordemos de ellos y son muchas las organizaciones que se dedican a intentar salvar a estas pequeñas víctimas del horror en el que viven. Y el primer paso que hay que dar es conseguir que el mundo sepa que existen, algo que no siempre es fácil.

Los veinticuatro minutos que dura la película de Esteban Crespo son una herramienta eficaz para que pensemos en la crueldad de un mundo en el que los más pequeños y las más indefensas, quienes deberían estar jugando y aprendiendo, acaban siendo actores principales de un género bélico que, desgraciadamente, no es de cartón piedra como en el cine. Pero tampoco olvidemos que las armas que blanden estos chavales no han sido fabricadas en sus países sino, quizá, al lado de nuestras propias casas. Luchar contra estas hipocresías sí que empieza a ser una tarea propia de otros géneros cinematográficos, el fantástico o la ciencia ficción.

Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 10 de febrero de 2014.

El miércoles 12 de febrero, a las 19 horas, se celebra en la residencia universitaria Hernán Cortés de Badajoz un vídeo-fórum con la proyección del cortometraje Aquel no era yo. La entrada es libre.

10 diciembre, 2012

DD.HH.



Un día escribí DD.HH. y alguien pensó que me había equivocado, que la cercanía de las letras “d” y “r” en el teclado me habían provocado un desliz y que lo que estaba abreviando eran recursos humanos. Hoy, que se cumplen 64 años de la más importante declaración para las personas, aquella que pretendía convertir en ley unos derechos básicos y universales para cada rincón del planeta, tiene uno la sensación de que nos están arrebatando lo humano con sustantivos cargados de ideología. Los encargados de seleccionar y despedir a las personas en empresas e instituciones pertenecen a un área denominada de recursos humanos. Cuando se lee la segunda acepción de esa palabra en el diccionario acaba uno por entender muchas cosas de las que pasan a nuestro alrededor, ya que definen recurso como “el medio de cualquier clase que, en caso de necesidad, sirve para conseguir lo que se pretende”. El sistema no necesita personas, se basta y se sobra con recurrir a medios. Hay quien dice que necesitamos una nueva Declaración Universal de Derechos Humanos, que intente tener en cuenta la diversidad cultural del mundo y que sitúe en un mismo plano los derechos sociales, económicos, culturales y medioambientales, sin olvidar a las mujeres, que siguen teniendo obstáculos añadidos. Mientras llega o no, siempre nos cabe hacer un esfuerzo, como los que hacen desde Amnistía Internacional, para que se respete a la población civil en Gaza, no se ejecute en China o en Texas, y no se encarcele a disidentes como en Rusia. En nuestra mano está que los Derechos Humanos no sean cuatro letras que se olvidan. 

Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 10 de diciembre de 2012.

Historia de mi colección de "Fuellas"

Las navidades de 1984 las pasé, como era habitual, en Monzón. Y allí pude ver en el informativo regional de RTVE en Aragón una noticia sobre...