Sentencias de aquí y de allá


La periodista Ayla Albayrak publicó un artículo en 2015 sobre enfrentamientos armados entre fuerzas turcas y jóvenes afiliadas al PKK del Kurdistán. Su nombre apareció más tarde en los informes de Amnistía Internacional, tras ser juzgada y condenada a dos años y un mes de prisión. Ayla fue acusada de un delito de propaganda terrorista en un país como Turquía, que celebra elecciones y pertenece a la misma organización militar que España, pero que acaba de iniciar, con cierto beneplácito occidental, una ofensiva para aniquilar a las mujeres kurdas que se jugaron la vida frente al Daesh.



Las leyes de Erdoğan son claras y hay que cumplirlas a rajatabla. Si una periodista publica un artículo equidistante hacia unas milicianas kurdas, puede acabar con sus huesos en una prisión turca que, como sabemos por El expreso de Medianoche, son lo más parecido al infierno.



Cuando un mismo hecho es totalmente legal en un sitio y duramente castigado en otro, nos suele dar una pista sobre la falta de libertades en el país que posee el código penal más duro, aunque no siempre sea así. A quienes escribimos nos parece incomprensible que alguien pueda perder su libertad por un artículo, por un hecho que en otro lugar del planeta no supone ningún riesgo para nadie. Hay muchos casos similares en el mundo: desde quienes practican un aborto, consumen drogas o tienen relaciones con personas de su mismo sexo a un lado de la frontera y con todo el amparo de la ley, a quienes corren el peligro de perder la libertad y la vida por hacer lo mismo en otro lado.



Desde el lunes no dejo de pensar en fechas como el 20 de mayo de 1980 y el 30 de octubre de 1995 en Quebec, o el más reciente 18 de septiembre de 2014 en Escocia. Durante esos días no hubo nadie detenido, no hubo actuaciones policiales, no hubo heridos, no se abrieron procesos sumarísimos en tribunales especiales y nadie, absolutamente nadie, tuvo que pasar ni un solo día en la cárcel por intentar dilucidar mediante referéndum si querían seguir siendo canadienses o abandonar el Reino Unido.



Sí, la ley es la ley. Ya lo hemos oído en el Supremo de aquí y en el de Ankara. Si un mismo asunto acaba de buenas maneras en un lugar y de forma trágica en otro, es porque el sentido común se ha quebrado en algún momento. Quien crea que con sentencias ejemplarizantes, desmedidas o vengativas se va a solucionar un problema de siglos, quizá esté ganando réditos cortoplacistas pero se esté equivocando a largo plazo. Se podrá acallar durante un tiempo a Ayla Albayrak pero la realidad seguirá existiendo y Erdoğan, por muchas leyes y elecciones que lo respalden, seguirá sin ser entendido por el mundo que cree en los Derechos Humanos. Nos consuela pensar que aquí es poco probable que nos encarcelen por escribir lo que pensamos y que podemos hablar de todo abiertamente. Espero no estar pecando de iluso. 

Publicado en el diario HOY el 16 de octubre de 2019. 

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