29 julio, 2020

La profe de latín


Hay muchas palabras largas que las hemos acortado a la mitad. La televisión acabó siendo la tele, del hipermercado se nos ha caído el sustantivo y el insti está lleno de profes. De ellos se habla mucho ahora y de la manera que tendrán que afrontar la vuelta al cole en septiembre, buscando la cuadratura de un círculo consistente en aumentar las distancias en las mismas aulas en las que se apiñaban infantes y adolescentes.

El recogimiento casero nos ha permitido a muchos ser testigos directos del esfuerzo del profesorado por sacar adelante el curso y también, que todo hay que decirlo para no caer en el maldito corporativismo, la poca dedicación de unos cuantos. Se atribuye a Max Aub la frase de que uno es de allí de donde hace el Bachillerato y no sé si estaba en lo cierto, tal vez me inclino a pensar que son las personas, y no los espacios, los que acaban por ser más influyentes e incluso determinantes.

Todos tenemos un maestro al que admiramos y en mi caso estoy siempre nombrando a la profe de latín. Se llamaba Isabel y también le tenían acortado el apellido tetrasílabo, de manera que coincidía con el adverbio que los romanos usaban para decir bien. No dejaba indiferente a nadie y eran muchas las compañeras que sentían cierto temor al nivel de exigencia y exactitud que nos demandaba. Nos obligaba a razonar todo, nos encadenaba preguntas para hacernos descubrir nuestros errores, nos impedía utilizar muletillas o palabras imprecisas y nos desveló una cultura milenaria que sentimos cada vez que leemos o admiramos cualquier obra de arte en buena parte del mundo.

Se ha vuelto a hablar una vez más de la desaparición de las lenguas clásicas de nuestros institutos. Ni es la primera vez que ocurre, ni será la última: llevamos toda la vida dejando que se desperdicie la masa madre de nuestras culturas y civilizaciones, apostando por saberes con los que hacer caja lo más rápidamente posible. Pero creo que hay esperanza: un periódico gallego titulaba que la chica con la máxima puntuación en la EBAU había elegido una carrera humanística para la que solo necesitaba un cinco. Esto significa que hay gente que, teniendo capacidad para cualquier cosa, de ha decantado por profundizar en lo que han creado los seres humanos, aunque sea a costa de tener que luchar mucho para obtener empleos que no siempre estarán bien remunerados, pero en los que se puede ser muy feliz.

Este verano he podido hablar con algunas de las que tuvimos a Isabel como profe de latín. El año que viene habría cumplido cien años y, aunque sus catedráticos de instituto coetáneos (y varones) ya tienen una calle que les honra en la ciudad, ella todavía la espera. Nos hizo amar nuestro idioma enseñándonos la lengua madre. A veces nos escenificaba lo que había tenido que oír mil veces, que “el latín no vale para nada”. Nos preguntaba si se podía vivir sin madre y le contestábamos que sí, que no era imposible. Entonces replicaba: ¿puede alguien decir que una madre no vale para nada? Y entonces callábamos, se giraba y ya no había más preguntas.

Publicado en el diario HOY el 29 de julio de 2020 



P.S. Doña Isabel Benedicto Ceinos celebraba el día del libro rifando un ejemplar en  cada grupo a los que daba clase. En 3º de BUP pidió una mano inocente para sacar el nombre de la bolsa y me presté voluntario. Fue la casualidad que saliera mi propio nombre y ahí tengo la Antología de los Poetas del 27.  

Un año despúes, en COU, volvió a pedir una mano inocente para el sorteo pero dijo "no sé si la de Javier es una mano inocente". Buscó otra voluntaria y recuerdo que fue Mª José Ayuso la encargada de sacar el papelito. Y sí, volvió a salir mi nombre. La Metamorfosis de Ovidio en aquellas ediciones verdes de Bruguera.
 



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