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16 abril, 2025

Breve crónica de derechos y humanos

El pasado fin de semana lo pasé en el Palacio de Congresos de Mérida. Cada año la organización de Derechos Humanos en la que participo celebra su Asamblea General Federal y esta vez estuve colaborando como voluntario para que todo saliera bien. Cuando empecé como activista en Amnistía Internacional, hace ya más de 30 años, iba recorriendo la península cada primavera y juntándome con quienes desde pueblos y ciudades dedican su tiempo a preocuparse por los Derechos Humanos en el mundo y por las personas cuyas vidas corren peligro de ser detenidas, encarceladas injustamente o incluso ejecutadas.

Alguna vez alguien me ha preguntado que por qué lo hago y siempre tengo preparada una larga respuesta. Antes de soltarla como una retahíla suelo interrogar en sentido contrario: ¿y tú por qué no? Es entonces cuando me cae el vendaval de explicaciones que van desde lo pusilánime a lo inadmisible: “pues anda que no hay gente necesitada por aquí”, “a esos que quieres salvar del corredor de la muerte en Texas los fusilaba yo ahora mismo” y cosas por el estilo.

Y es que si no nos ocupáramos quienes vivimos lejos y con cierta seguridad, es muy probable que se quedaran desamparadas todas esas personas cuyas vidas se han convertido en un calvario. El domingo pudimos escuchar a Fariba Ehsan, Fundadora de la Asociación Iraní Pro Derechos Humanos, y a Khadiya Amin, una periodista de la televisión afgana y superviviente de maltrato y de un matrimonio forzado. Sus testimonios nos recuerdan que la igualdad de derechos de las mujeres está a años luz de lo imprescindible. Tampoco nos predijeron un futuro idílico Tarah Demant y Daniel Joly, que desde Estados Unidos nos hablaron de cómo frenar los autoritarismos en tiempos de Trump y de quienes quieren emularlo en otros lares, ya sea de forma mimética o de manera disimulada, que nunca se sabe qué es peor.

Y acabamos escuchando la voz del periodista mejicano Alberto Amaro, al que Antonio Gildado entrevistó anteayer en estas mismas páginas y cuya lectura les recomiendo vivamente. Cada pausa medida de Alberto nos recordaba la heroicidad de informar en un mundo en el que tanto los criminales como las policías corruptas son capaces de poner precio a la cabeza de cualquier profesional de la comunicación.

Donde hay poca justicia, es gran peligro decir verdad y tener razón. No recuerdo ni quién ni cuándo pronunció la frase y solo sé que su contenido sigue más vigente que nunca. Alberto está ahora en España gracias a un programa de Amnistía Internacional que nos ha permitido desde hace décadas proteger y dar a conocer las luchas de quienes se jugaban la vida en Colombia, Sudán, Palestina, Guatemala, Cuba o México.

El año que viene iremos a Lugo a reunirnos de nuevo y durante doce meses seguiremos actuando, día a día, para que aquella Declaración Universal de los Derechos Humanos no pierda sentido ni seguidores. Mientras tanto me quedo con las palabras que nuestra compañera Liliana hizo resonar el Palacio de Congresos de Mérida citando a las madres y abuelas de Plaza de Mayo: la única lucha que se pierde, es la que se abandona. 

 

Publicado en el diario HOY el 16 de abril de 2025

 


 

05 marzo, 2025

Diplomacia y gansterismo

Ignoraba cuántas acepciones tenía la palabra ‘diplomacia’ hasta que la busqué en el diccionario el pasado fin de semana. Además de algunas definiciones técnicas sobre asuntos de relaciones internacionales, los lexicógrafos nos han apuntado también una serie de sinónimos, afines y antónimos de la diplomacia sobre los que no dejo de pensar.


Las recientes imágenes de Zelenski en la Casa Blanca me han retrotraído a aquellos días de febrero de 2022, cuando todas las cadenas de televisión colocaban una bandera de Ucrania en una esquina de las pantallas. Incluso en los partidos de fútbol ponían los colores azul y amarillo junto al minuto de juego y el resultado, para que quien estuviera viendo su deporte favorito no perdiera conciencia de lo que estaba ocurriendo en esa zona de Europa. En algún edificio público también colocaron la enseña ucraniana en la puerta principal durante muchos meses, para que nadie olvidara los sufrimientos de aquel país. Sin embargo, no se hizo lo mismo con la bandera de las gentes de Palestina, que a pesar tantos ataques con tintes genocidas no han merecido la misma consideración simbólica.


El episodio de Trump y Vance acorralando a Zelenski se analizará en las escuelas diplomáticas como un antónimo de diplomacia. No hay nada parecido al “respeto”, a la “habilidad”, a la “delicadeza” o a las “buenas maneras”, esas palabras afines que encontré en el diccionario. La escena se parece más a la de una enésima secuela de El Padrino que a un encuentro entre dirigentes de dos estados soberanos.


¿Qué podemos esperar de un mundo en el que los mandatarios más poderosos tienen comportamientos muy parecidos a los del gansterismo y tan alejados de la diplomacia? Pues se lo pueden imaginar: nada bueno para casi nadie en el planeta, independientemente del lugar en el que se viva y las condiciones que se tengan. Trump y el trumpismo no avanzan solos, lo hacen con un apoyo económico y mediático descomunal y muy eficaz, porque consiste en convencer a una buena parte del electorado de que la culpa de no disfrutar de un buen empleo, de un salario decente o una vivienda digna la tienen gentes de otro color de piel, de otra lengua, de otra cultura y que todavía son más pobres y desdichados.


¿Era la diplomacia la panacea para lograr un mundo más justo y más humano? Pues ya sabemos que no. A lo largo de la historia la diplomacia ha fracasado en multitud de ocasiones aunque acabara guardando, relativamente, las formas. Ahora, sin embargo, ya hemos visto que el respeto, la habilidad y las buenas maneras propias de la diplomacia han desaparecido por completo del manual de instrucciones del trumpismo y que sus seguidores en todo el mundo (¡sí, también en Europa!) jalean más a quienes se comportan como matones de los bajos fondos. Europa se prepara para lo peor: para soportar la alianza de intereses entre dos sátrapas, poniendo al viejo continente como campo de batalla y con el estúpido aplauso de un alto porcentaje de europeos que creen que sus gansters favoritos son mejores que ese invento woke llamado diplomacia. Quizá esto sea lo más preocupante y doloroso.


Publicado en el diario HOY el 5 de marzo de 2025 



 

11 enero, 2023

Brasilia y Washington

Los dos países más poblados de América tienen como capitales a ciudades que no son ni las más grandes ni las más famosas del país. Con una diferencia de dos años y dos días, ambas han sido portadas de todos los noticiarios del planeta debido a sucesos casi idénticos en su origen, desarrollo y desenlace, con unas puestas en escena muy similares y donde hasta el vestuario o el maquillaje parecían una imitación deliberada.

 

Estos dos episodios han fracasado al otro lado del Atlántico por varias razones, pero la principal de todas es que tanto Estados Unidos como Brasil, a pesar de sus diferencias, son dos Estados con mayúsculas, dos países en los que fantochadas de este tipo jamás podrían salir victoriosas. Si la legalidad constitucional permitió a Trump y a Bolsonaro vencer en sus elecciones de 2016 y 2018 respectivamente fue porque los sistemas electorales y de garantías funcionaron, tanto cuando ganaron como cuando perdieron.

 

Aunque el pueblo ha descabalgado a estos dos personajes, las ideas de extrema derecha se extienden por el mundo y ya han alcanzado el poder en algunos países europeos o en Comunidades Autónomas y Ayuntamientos cercanos. No necesitan programas muy elaborados para convencer porque la consigna gritada tiene más eficacia. Cuentan, además, con el apoyo de comunicadores de gran audiencia que dulcifican a diario discursos xenófobos, machistas y ultranacionalistas, que extienden la inquietud por todo lo diferente y esparcen entre las clases medias-bajas el miedo y el odio hacia el paupérrimo que viene de fuera, es de otra raza o profesa otra religión

 

Ya pasó en Hungría, en Polonia o en Italia, así que no nos debería extrañar si algún día los tenemos, ya sea en solitario o del brazo de algún hermano mayor, escribiendo en boletines oficiales normas que poco tendrán que ver con el respeto a los Derechos Humanos y con los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad que fundaron nuestra era contemporánea.

 

Anteayer escuché de la voz de un joven brasileiro el devenir histórico de aquel país, desde la huida a Rio de Janeiro de la corte portuguesa en el XIX, hasta la última dictadura militar, la que empezó en 1964 y se extendió hasta 1985. Nos mostró también un vídeo de la toma de posesión de Lula, recibiendo la banda Presidencial de las manos de un niño negro de São Paulo, de un anciano de la Amazonia, de una cocinera de Paraná, de un profesor de portugués o de un activista por los derechos de las personas con discapacidad. Se suponía que era Bolsonaro quien debería haberle entregado la banda, pero andaba ya por Florida divirtiéndose y, sinceramente, creo que hemos ganado con el cambio.

 

Hay quien teme que lo ocurrido en Brasilia y Washington pueda contagiarse. Yo quiero creer que puede actuar como vacuna: si logramos la condena clara de todas las organizaciones demócratas, si conseguimos que nadie coquetee con los que se alimentan de las ideas de Steve Bannon, entonces sabremos que las capitales de nuestros países, sean grandes o pequeñas, no engrosarán la lista y se salvarán de los ataques de tipos con tantos cuernos, tantas banderas, tantos cartuchos, tanta ignorancia y tanta maldad.

 

Publicado en el diario HOY el 11 de enero de 2023 

 


 

12 enero, 2022

Verdades y porqueros

Mientras muchos empiezan el año con el buen propósito de ingerir alimentos más sanos y de un modo más comedido, una derivada nutricional de este asunto se nos ha colado en todas las televisiones, radios, artículos de prensa y hasta en el debate político. Como ya casi todo el mundo tiene una opinión sobre el tema, no les cansaré con otro análisis de lo ocurrido desde que The Guardian” entrevistara a nuestro ministro de consumo. Como mucho, me atrevería a recomendarles que acudan a la hemeroteca de HOY y lean “Bulo y bula de carne”, de Antonio Chacón, o “Garzón y el chuletón”, de José Ramón Alonso de la Torre: en ambos textos encontrarán una visión más profunda, con más gracia y mucho mejor explicada que la yo podría aportar.

 Pero de todo este asunto, por muy preocupante que sea lo de la profusión de esas granjas gigantescas, quizá debiera inquietarnos la facilidad con la que nos pueden colar, como si fueran auténticos, unos hechos que no han ocurrido o unas declaraciones oportunamente tergiversadas y extendidas, de forma coordinada, por medios con intereses particulares.

La mentira no nació ayer. Desde la prehistoria hasta nuestros días ha formado parte de lo cotidiano y también de lo imaginado: muchas obras de teatro, novelas, películas o series tienen en la ocultación o manipulación de realidades el hilo conductor de las tramas. Cuando nos las encontramos en la ficción, las mentiras pueden ser ingeniosas o intrigantes, pero todo cambia cuando nos inundan la vida, en la que no debiera haber ni trampa ni cartón.

El “Washington Post” se dedicó a contabilizar entre 2017 y 2021 todas las mentiras contrastadas que habían salido de los labios de Donald Trump, de sus asesores y de miembros de su gobierno. La cifra llegaba a las 29.500 tras cuatro años de mandato, con lo que habría que suponer que la maquinaria de la Casa Blanca tenía que inventarse unas 20 trolas cada día, tarea que me resulta agotadora con solo pensarlo. De esa época quedará para la historia aquella portavoz gubernamental llamada Kellyanne Conway, la que habló por primera vez de “hechos alternativos” como sinónimo del engaño construido.

Si trivializamos la mentira, si no salimos al paso de cada una, si no sacamos los colores a quienes las pronuncian y las difunden, estaremos poniendo en juego la democracia y las libertades. Las opiniones han de ser siempre libres pero los hechos necesitan estar apoyados por la realidad y por datos contrastados y verificados. Para gustos se hicieron los colores y los sabores, de manera que cada uno puede considerar su manjar preferido una fruta de temporada, un jamón de la dehesa extremeña o unas salchichas cuya textura no difiere mucho del envoltorio plástico en el que vienen envasadas. El problema es que nos engañen diciendo que los tres alimentos son igual de buenos.

Dicen que la famosa frase en la que aparecen juntos Agamenón, la verdad y su porquero suele estar mal citada, así que me comprometo a leer de nuevo “Juan de Mairena” para no meter la pata. Las verdades, aunque las digan los porqueros, no tienen que convencernos: solo necesitamos que sean verdades.

 

Publicado en el diario HOY el 12 de enero de 2022

 


 

04 noviembre, 2020

Esperanzas de noviembre

Tengo la teoría de que llevamos muy mal las cuentas. No me refiero a las monetarias, sino a una tendencia a generalizar y a poner un siempre o nunca al lado de cada reproche, sin pararnos a pensar si estamos ante una excepción o ante una mala conducta que se ha convertido en norma.

Lo más fácil es echarle la culpa de todo a los demás y decir que los jóvenes están echando todo a perder porque jamás respetan nada, como si los de más edad fueran los que llevan todo a rajatabla y cumplen al dedillo todo lo que se les ordena. Quizá nos pesen demasiado los prejuicios y nos parezcan más peligrosos seis chavales en un banco del parque, que seis señores fumando puros en la terraza de un restaurante de postín, como si esto de la pandemia fuera una cosa de otra galaxia.

Mientras unos se enardecían para no tener que preocuparse tanto de la salud de los demás, el fin de semana nos hacía creer en las esperanzas de noviembre. Un joven de 16 años, hijo de una barrendera que sabe lo que es deslomarse limpiando las calles, convocaba a sus amigos de Logroño para recoger los desperfectos causados la noche anterior por descerebrados interesados en arramblar ropa de marca con cocodrilo en la pechera. Y es que siempre ha habido gente joven solidaria, luchadora, responsable, amable y concienciada que apenas sale en las noticias, porque quizá nos entretenga más hacer click en el vídeo del asalto a una tienda de bicicletas, que las historias que no concuerdan con lo que ya pensamos de antemano.

En Portugal han pedido a la ciudadanía que cumpla con el deber cívico de confinarse en casa a quienes habitan en 121 localidades en las que vive el 70% de la población. Antes de crear una ingeniería jurídica compleja para obligar a la gente a permanecer en sus casas y no extender la segunda ola de la pandemia, han optado por hacer una llamada a la conciencia de la gente, a que sean capaces de poner de su parte un esfuerzo en pos del bien común sin que sea necesario articular decretos con sanciones, multas, delitos y faltas.

Alguien me dijo que esto aquí era poco menos que imposible, que en un país donde el refranero nos dice aquello de “hecha la ley, hecha la trampa”, no hay mucho espacio para que la gente no (se) haga trampas sin que exista una norma vigilante y una espada de Damocles encima de cada uno.

A pesar de todo este panorama, me niego a perder las esperanzas en este mes de noviembre que acabamos de estrenar. Quizá a lo largo del día nos lleguen buenas noticias desde los Estados Unidos y Trump no tenga una segunda ola devastadora que contagie a quienes en Europa y en otros continentes quieren emularlo. Pero, en el peor de los casos, siempre nos quedará el ejemplo de Pablo, el chaval de Logroño que sí sabía en qué consistía el deber cívico. Solo así nos libraremos de segundas olas mortíferas y aprenderemos a contabilizar bien las lecciones que nos da la gente más joven.  

 

Publicado en el diario HOY el 4 de noviembre de 2020

 


 

08 enero, 2020

Más difícil todavía


Equilibrista, Dibujo, Mano, Mujer, Balance, Miedo 

Las elecciones son el producto de conjugar el verbo elegir y la vida está llena ellas: nos escogen el nombre, el orden de los apellidos, el color de la ropa, el colegio al que vamos o la religión que profesamos. No siempre podemos optar por aquello que nos gustaría sino por lo que está a nuestro alcance: muchos no han podido irse a vivir a la casa de sus sueños, otros no han podido estudiar su carrera vocacional y algunos tienen ya preseleccionado el menú de cada día, porque el único criterio usado a la hora de hacer la compra es que coincida con lo más barato que haya en el supermercado.

La democracia nos ha permitido votar libremente a quienes nos gobiernen y hemos tenido que hacerlo cuatro veces entre diciembre de 2015 y noviembre de 2019, aunque nos podíamos haber ahorrado la última porque el resultado no modificó casi nada. Ayer fue investido Pedro Sánchez y tiene por delante un desafío complicado y sin precedentes en este periodo democrático: nunca nadie lo logró con tan exigua diferencia y es previsible que la legislatura esté llena de obstáculos que nos impedirán llegar a 2024 con los mismos ministros.

Nada habrían resuelto unas nuevas elecciones porque las dos últimas fotografías nos indican claramente que este país está partido por la mitad. Tendremos que aprender a manejarnos con este escenario, en el que las matemáticas electorales han decantado el fiel de la balanza hacia la izquierda y por muy poco. Lo difícil empieza a partir de mañana, porque el espectáculo de agresividad y mala educación vivido en el Congreso anuncia que no va a haber ni 100 días de tregua. La legislatura de 2004-2008, aquella que empezó con el ocultamiento de los autores de los atentados del 11M,  nos parecerá tranquila comparada con esta.

Ser equilibrista es siempre muy complicado. Y, ¡más difícil todavía!, caminar sobre el más estrecho de los alambres y con medio hemiciclo jugando al pim-pam-pum, es un presagio de caídas y frustraciones. Si este gobierno fuera capaz de revertir las desigualdades que hay en este país, que no dependen tanto de la región en la que vives como del barrio en el que tienes tu casa, quizá conseguiría alejarse de un abismo tenebroso que tiene apellidos lejanos (Trump, Boris Johnson, Bolsonaro, Orban, etc.) y que empieza a tener identificados los nombres de los que ya están por aquí.

A quienes se sienten en el consejo de ministros solo cabe aconsejarles cosas de sentido común, como aquellas que Don Quijote enumeró a Sancho antes de partir hacia su ínsula como gobernador: que cumplan sus compromisos, que no gobiernen contra nadie y que se rodeen de gente sabia y con sentido crítico, porque los aduladores nunca sirven para hacer ver los errores. Pero, sobre todo,  que no se olviden jamás de ponerse en la piel del otro ante cualquier decisión y que, en caso de duda, se decanten por los más indefensos o los más débiles.  

Publicado en HOY el 8 de enero de 2020

07 agosto, 2019

El crimen de salvar vidas




Antes de que Hannah Arendt teorizara sobre la banalidad del mal, ya estaba muy claro que el mal existía, era tangible, mensurable y estaba muy bien documentado, tanto en realidades históricas como en ficciones literarias. No es una ensoñación ni una creación mental: el mal está presente y con desigual reparto por todos los lugares del mundo. Si está fuera del alcance de nuestra vista lo sobrellevamos un poco mejor. Incluso agradecemos que los medios no nos hablen de Guatemala o de Yemen, donde cada diez minutos muere un niño de hambre pero, eso sí, rodeado de países donde el lujo del petróleo se despliega en forma de oro por doquier.



El pasado fin de semana el mal se coló hasta el salón de nuestras casas y descubrimos que un joven era capaz de hacer 1000 km, desde Dallas hasta El Paso, para intentar frenar la invasión de personas que vienen del sur hablando castellano. Podemos culpar a la facilidad para la tenencia de armas o enterrarlo todo como si se tratara de un desequilibrado de esos que hay en todos los lados. Y es que a veces se necesita un tercer elemento, que unos verán como la simple chispa que prende el combustible que lanza la metralla, y que otros describimos como el alimento que fortalece lo monstruoso.



Una bestia llamada intolerancia está siendo amamantada desde los púlpitos, desde las emisoras de radio, desde las tertulias de televisión y desde columnas periodísticas.  Breivik en Noruega y Crusius en Texas se habían creído a pies juntillas que el mundo estaba en peligro porque su raza estaba siendo acorralada por pieles más oscuras. La responsabilidad penal es solo de quien aprieta los gatillos, pero la responsabilidad moral hay que hacerla extensiva a quienes difunden bulos y criminalizan a los diferentes.



Los 22 muertos de El Paso o los 77 de Noruega en 2011 no son nada comparado con otras muertes violentas evitables. Hace unos días murieron 150 personas en el Mediterráneo por culpa del bloqueo a los barcos de Open Arms, mientras que los que han propiciado dicho bloqueo, desde diferentes lugares de Europa, han desayunado plácidamente sin que el pulso les temblara un segundo al remover el café.



Ayer era noticia el nuevo decreto de Salvini. Dicen que habrá duras sanciones para quien se atreva a salvar vidas en peligro sin la autorización gubernamental. Me pregunto si ese permiso previo lo necesitará el bombero que se encarama al viaducto para evitar la caída de un suicida o solo se aplicará cuando la vida que se salve sea de alguien con piel oscura y ni un solo céntimo en los bolsillos.



Cerramos la segunda década del siglo, el de los mayores avances tecnológicos inimaginables, y los códigos penales están a punto de introducir en sus páginas el crimen de salvar vidas. Urge decirle a Trump y sus muchos emuladores que la maldad con la que pretenden gobernar el mundo no tiene nada de banal: parece infinita.

Publicado en el diario HOY el 7 de agosto de 2019 


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06 febrero, 2019

A partir de mañana


Poner el respeto a los Derechos Humanos como principio fundamental para cualquier pensamiento o acción política o económica es la mejor manera de comenzar a entenderse. Todo sería más fácil leyendo los 30 artículos de la Declaración Universal, entendiendo su contenido y convenciéndose de que todo lo demás es discutible y matizable menos esos principios.

A todos nos pueden gustar más unos gobiernos que otros y comprometerse con los derechos humanos te lleva a muchas contradicciones que hay que saber resolver. Se puede ser muy de izquierdas y criticar los fusilamientos de Fidel Castro en 1989, y ser un ultraliberal conservador y abominar del bombardeo de Al Ameria en 1991 o del asesinato deliberado de periodistas serbios en abril de 1999.  Esa es la grandeza de espíritu que necesitamos en momentos como estos, la de ser capaces de quitarnos la venda ideológica y partidista y saber poner fin a unos problemas sin crear otros mayores.

Cuando Trump ganó las elecciones a finales de 2016 muchos pensamos que no pasaba nada, que un fantoche de ese calibre no iba a tener seguidores por todo el mundo. Y es que se nos olvidó pensar que el fantoche tiene hilos y que esos hilos son dirigidos por intereses que se pueden contabilizar en dólares, rublos, yuanes, o barriles de crudo. Si alguien ha pensado por un momento que son los derechos humanos y las libertades de los venezolanos lo que preocupan a gran parte de la clase política occidental, que sepa que le están engañando.

¿Se respetan los derechos humanos en Venezuela? Pues no. Las organizaciones internacionales independientes publican desde hace años informes fidedignos y reveladores al respecto. Y no solo de Venezuela sino de muchos lugares: de toda África, de Oriente Medio sin excepción, de muchos países de la propia Europa y de todo el continente americano, desde Alaska hasta el cabo de Hornos.  La cuestión es si torcer la legalidad con una torcedura mayor es el camino para desenredar la situación que se vive en uno de los países con mayores reservas de crudo.

Pero todo se está complicando: China y Rusia, que ocupan el pódium mundial de violaciones de derechos humanos, quizá no estén dispuestas a dejar a caer a Maduro con todas esas reservas de petróleo en manos del nuevo Monroe y su “América para los americanos”. Venezuela requiere diálogo, mediación, cirugía de mínima invasión y no un loco con una sierra eléctrica. Por eso es preocupante que sensatos europeos hayan apostado por Trump y seguido su estela, porque significa que aquel fantoche no está solo, va sumando adeptos y un tal Steve Bannon recorre el mundo asesorando por doquier.

A partir de mañana hay que preguntarse lo mismo que una vez “liberado” Kuwait en 1991 o Iraq en 2003.  ¿Cuando caiga Maduro van a comenzar a asediar a Arabia Saudí hasta que la monarquía abandone el trono y se permita votar a las mujeres en un régimen de libertades? Sí, yo también me sé la respuesta. 

Publicado en HOY el 6 de febrero de 2019

31 octubre, 2018

Personas como Pepe Álvarez


Mientras en el mundo comienzan a manifestarse sin rubor los que dejarían morirse en el mar a quienes huyen de la muerte, y los que venderían armas a quienes las usarán para matar inocentes, se nos marchaba Pepe Álvarez. A muchas personas no les dirá nada ese nombre pero quienes en Badajoz tuvieron la oportunidad de conocerlo saben que era una persona de una humanidad incomparable, de un enorme sentido de la justicia y de un inquebrantable compromiso con los más débiles.

Algunos lo conocimos hace 25 años, cuando las tiendas de campaña se instalaron en el Paseo de la Castellana de Madrid y en otros lugares de España y de Extremadura. Se pedía algo tan revolucionario como que cada país del mundo desarrollado dedicara un 0’7 de su PIB al desarrollo de los países empobrecidos, aquellos que siguen llamando del tercer mundo. A veces me pregunto por qué casi ningún país llevó a cabo ese pequeño esfuerzo que nos habría evitado infinidad de problemas posteriores. Pero Pepe, además de mirar por los que están muy lejos,  era también una persona entregada a su colegio, al barrio humilde en el que estaba situado y a las familias más necesitadas del entorno.

Dos días después de la muerte de Pepe leí un tuit irónico que parecía haber sido escrito en pleno 1933: ¿a mí qué me importa el ascenso de Hitler si yo vivo en Polonia?  Releer esta pregunta con la perspectiva que da la Historia nos haría ver a quien pronunció esas palabras como a un incauto, alguien incapaz de ver lo inútiles que son las fronteras terrestres para impedir la propagación de virus, bacterias, epidemias, ideas malévolas o intenciones totalitarias. En cambio, esas palabras podrían tener toda lógica en un ciudadano de Varsovia que en 1933 vivía ajeno a lo que ocurría en la casa del vecino.

Desde el pasado domingo Trump tiene otro gran aliado en América. El norte y el sur del continente ya tienen a sus gobernantes más poderosos cortados con el mismo patrón, con la diferencia de que en Brasil los contrapoderes posibles están ya en manos de Bolsonaro y que muchas de las bravuconadas de Donald sí que serán puestas en práctica por Jair.

¿Todavía vemos muy lejos el horror del racismo, de la homofobia y de la aporofobia? ¿Aún pensamos como aquel polaco que veía imposible la invasión de 1939? Quizá deberíamos apresurarnos a buscar explicaciones a la ola de ideas intolerantes que ganan terreno en muchos sitios y, sobre todo, a buscar antídotos contra los que creen que la culpa de nuestra pobreza la tienen los paupérrimos que han venido de más lejos.

Instalar la bondad en el sistema operativo de los humanos puede ser una de las mejores opciones porque de maldad vamos sobrados. Algo tan sencillo como enseñar a todos, y desde muy pequeños, que somos iguales, que tenemos los mismos derechos y que hay pan para todos si lo repartimos bien. Eso sabía hacerlo muy bien Pepe.

Publicado en el diario HOY el 31 de octubre de 2018

27 junio, 2018

Lecciones de humanidad




La llegada al poder en los Estados Unidos y en algunos países europeos de políticos y partidos abiertamente xenófobos, racistas y llenos de odio a los pobres no es una novedad en el planeta. Todo el mundo recuerda lo ocurrido en Europa en los años 30 del pasado siglo y sus consecuencias: la Segunda Guerra Mundial, el holocausto, la persecución de judíos y gitanos hasta el exterminio  y millones de víctimas civiles.



El más sangriento y brutal acontecimiento histórico provocado por los humanos del que se tiene conocimiento tuvo sus consecuencias. Una de ellas fue la Declaración Universal de los Derechos Humanos, firmada en 1948, y que nació para evitar lo ocurrido, para sentar las bases de un futuro en el que jamás se pudiera jugar con las vidas humanas como si fueran ratas de laboratorio.



Todo el mundo sabe que la declaración ha sido violada y ninguneada por gobiernos de todos los colores en sus 70 años de vida, pero lo que ahora está en juego es algo todavía más grave porque las barbaridades que se apuntan no proceden de dictaduras aisladas sino de democracias consolidadas. Y es entonces cuando tenemos que preguntarnos, como hacíamos con la gallina y el huevo, si llegaron primero los políticos xenófobos para alentar los bajos instintos de parte de la ciudadanía o ha sido al revés, que Orban, Trump o Salvini son los oportunistas que van a pescar en las enfangadas aguas de la intolerancia porque saben que allí hay un caladero.



Hace unos días supimos que entre quienes aconsejaron a Pedro Sánchez a traer al buque Aquarius a Valencia estaba el mismo que asesoró en Badalona a un político de altura (física) con un lema que alentaba a “limpiar” la ciudad, y no precisamente de papeles en el suelo. La mercadotecnia de la política es un mundo cada vez más inexplicable para algunos o excesivamente sencillo para otros. Tan simple, quizá, como vender crecepelos a los calvos por la mañana y cremas depilatorias por las tardes para quien las necesita. No hay problema ético y todo consiste en saber qué demanda la gente.



La diferencia entre el político responsable y aquel que no lo es radica en ser capaz de convencer del error a quienes le demandan soluciones inhumanas, en lugar de dejarse llevar por los sentimientos más intolerantes y regalar los oídos a los que creen que el mundo sería maravilloso eliminando a los pobres que golpean las vallas de las fronteras. Pero de nada servirán los muros, ni las concertinas, ni la crueldad de separar a los niños y meterlos en jaulas. La gente viene porque huye de la muerte. Y mientras no atajemos las causas que obligan a tantos miles de personas a meterse en pateras o cruzar desiertos nos quedan dos opciones: dejarlos morir o salvarles la vida. Yo quiero ser de estos últimos, cueste lo que cueste, porque la historia nos dice que la primera opción es incompatible con la humanidad. 

Publicado en HOY el 27 de junio de 2018.

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18 abril, 2018

Oriente Medio



Me aficioné a estar al tanto de las noticias demasiado pronto. En 1973, con apenas siete años y recién llegado a la ciudad donde vivo, la televisión no paraba de hablar de un conflicto bélico en Oriente Medio en el que estaban implicados Israel, Egipto y Siria. Era tal el miedo con el que se pronunciaba la palabra guerra, quizá porque aún permanecía en la memoria reciente de nuestros mayores, que el temor se contagiaba fácilmente entre quienes no levantábamos dos palmos del suelo.

Han pasado 45 años de todo aquello y escuchar Oriente Medio nos sigue trayendo a la mente, de forma instantánea, una asociación de ideas con bombardeos, matanzas, explosiones, deportaciones, refugiados, ataques, dictaduras, bloqueos, muros, terrorismos, torturas, humillaciones y todo tipo de violencias. A quienes tenemos cierta edad nos siguen sonando los nombres propios de la guerra del Yom Kipur, de los acuerdos de Camp David, del Nobel de la Paz a Anuar el-Sadat y Menahem Begin, de las matanzas de Sabra y Chatila, de los Altos del Golán, de las dos guerras del golfo, de los atentados en Israel, de la Intifada, del incidente de  Ariel Sharon en la explanada de las mezquitas o de las matanzas continuas, bombardeos y asedios hacia la población Palestina.

Poco o nada se consiguió en aquella conferencia de Madrid de 1991: el magnicidio de Isaac Rabin y la desaparición de Arafat acabaron por volver a truncar un proceso que apenas había dado sus primeros pasos. Cambian los actores protagonistas pero el problema sigue siendo el mismo. Ya no es Irak, ahora es Siria, ya no hay Saddam Hussein y ahora es el hijo de Háfez al-Ásad. La posible utilización de armas químicas ha desatado el ataque de Trump, May y Macron, saltándose la legalidad internacional de las Naciones Unidas y sin esperar verificaciones de ningún tipo. A quienes hemos seguido lo ocurrido en Siria nos escandalizan muchas cosas y la primera es la falta de respeto a los Derechos Humanos de todos los gobernantes de la zona, sin excepción. Tampoco se acaba de comprender la apresurada reacción de EE.UU. Gran Bretaña y Francia ante unas imágenes de víctimas de armas químicas, mientras que las del niño Aylan en una playa turca apenas les hizo inmutarse. Todo lo contrario: vallas más altas, apresamiento de los buques que rescatan a quienes buscan refugio huyendo de la muerte y lanzamiento de 100 misiles para que parezca que se hace algo. 

Hay quienes creen que cualquier líquido ayuda a apagar un incendio, sin pararse a pensar si es agua o gasolina. Lo último que necesitamos en este momento es solventar con hachazos lo que requiere de una sofisticada microcirugía. Con Putin y Trump al mando, con tanta testosterona y tan poca materia gris, podemos esperarnos lo peor. Seguiremos oyendo hablar de Oriente Medio, pero ni los refugiados, ni las víctimas del gobierno sirio, ni las niñas palestinas encarceladas verán mejorar sus maltrechas vidas. A veces, uno preferiría no estar al tanto de noticias como estas.

Publicado en el diario HOY el 18 de abril de 2018.

24 enero, 2018

Noticias falsas

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Parece que una de las grandes preocupaciones de los gobernantes de muchos países es la proliferación de noticias falsas, esas que los ingleses llaman fake news. Salvo algún personaje que quiera crearse (y creerse) un mundo paralelo y de ficción, imagino que todo el mundo preferirá que le cuenten las cosas tal y como han ocurrido, sin mensajeros que tergiversen, inventen o manipulen los hechos. Así que en unos tiempos en los que es difícil lograr la unanimidad, parece que está fuera de toda duda la bondad de la verdad a la hora de elaborar y difundir la información.



Tampoco es ninguna novedad que la mentira y la manipulación son tan antiguas como la propia humanidad, e incluso sabemos que algún político e historiador romano ya narraba las guerras magnificándose a sí mismo y ocultando sus propios fracasos. Me temo que va a ser difícil poner puertas al campo a la capacidad que hoy existe para propagar cualquier cosa, incluso la más inverosímil, e imagino que todos habremos recibido ya mensajes de amigos a los que les han colado malintencionadas noticias inventadas o bromas benignas para echar unas risas. Quizá la solución no vaya a estar tanto en intentar censurar lo imposible como en repartir sentido crítico a raudales y enseñar a la gente a distinguir fuentes fiables de las que no lo son. No cabe duda de que una de las mejores herramientas para defendernos de las informaciones falsas es la existencia de un periodismo serio y honrado, que no tenga más ataduras que cumplir con unos códigos éticos. Lástima que, en ocasiones, el que paga es el que manda y esos códigos pasen a un cuarto o quinto plano en el mejor de los casos.



La historia más reciente está plagada de fakes de todo tipo: desde la guerra de los mundos de Orson Wells hasta al reportaje sobre el 23F de Jordi Évole, pasando por el cormorán impregnado de petróleo y que juraban que era obra del malvado Saddam y resultó ser víctima del petrolero Exxon Valdez. La diferencia entre el pasado y el presente es que antes las noticias falsas estaban en manos de gobiernos y de un centenar de dueños de medios de comunicación, mientras que ahora hay cuatro mil millones de seres humanos con un teléfono en el bolsillo y con la capacidad de propagar en 24 horas que la candidata presidencial dirige una red de trata de seres humanos desde la trastienda de una pizzería.



Si preocupante es la proliferación de “hechos alternativos”, que así es como llamó a las mentiras una asesora de Trump,  no lo es menos el intento de atenazar la libertad de expresión aprovechando el paso de este Pisuerga. Me inquieta que ahora pretendan ponerse firmes con un tuitero que imita a los de www.elmundotoday.com aquellos mismos que abrieron el telediario con una caída de árbol en Holanda, el mismo día que el principal imputado de la Gürtel cantaba La Traviata.

Publicado en el diario HOY el 24 de enero de 2018.


Historia de mi colección de "Fuellas"

Las navidades de 1984 las pasé, como era habitual, en Monzón. Y allí pude ver en el informativo regional de RTVE en Aragón una noticia sobre...