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01 abril, 2026

Trazas de racismo y odio

    Dicen que es necesario leer los prospectos de todo lo que ingerimos. Las normativas han llevado a los fabricantes de alimentos a indicar si cada producto envasado pudiera contener alguna pequeña cantidad de frutos secos u otros derivados lácteos capaces de provocar una reacción de efectos nocivos. En las cartas de los restaurantes también nos colocan iconos para advertirnos de si un plato suculento puede jugarnos una mala pasada al contener cereales con gluten, huevo o marisco.

    Trazas: así es como denominan a esas cantidades pequeñas de determinadas sustancias que pueden pasar a convertirse en un problema grave para la salud. Por eso las normativas de seguridad alimentaria han determinado que cada producto las tenga todas bien identificadas, incluso cuando se trate de alergias raras que afectan a muy pocas personas. Del mismo modo que un quirófano o la cocina de un restaurante deben estar en las mejores condiciones higiénicas y de salubridad, también habría que abordar la eliminación de todos los mecanismos y prácticas de las autoridades que pudieran contener trazas de la existencia de sesgos racistas, animadversiones basadas en prejuicios o prohibiciones tan cargadas de estulticia que pretenden eliminar incluso lo que no existe.

     El 21 de marzo se conmemoraba la jornada mundial contra la discriminación racial, recordando aquel día de 1966 en Shaperville (Suráfrica) en el que la policía del régimen de Pretoria acabó a tiros con más de 250 personas que protestaban contra el apartheid. Desde el pasado 21 de marzo hay en marcha una campaña de Amnistía Internacional para intentar acabar con una práctica habitual en nuestras calles como es la del sesgo racial de las identificaciones policiales en España. ¿Cuántas veces le han pedido las fuerzas del orden que se identifique cuando va por la calle? ¿Saben ustedes que la oscuridad de la piel puede ser un rasgo determinante para ser interceptado en redadas que pudieran contener importantes trazas de racismo?

     Mañana se cumplen once años de la publicación de aquella Ley Orgánica de Seguridad Ciudadana, que acabó con el apodo de “mordaza”, y que en su primer año de vigencia llegó a imponer 34.000 sanciones por ejercer los derechos de reunión, expresión o manifestación. Más de cuatrocientas organizaciones y colectivos se están sumando este año a una campaña destinada a que gobiernos e instituciones se dediquen más a parar el racismo en lugar de parar por la calle a personas que por su aspecto pudieran, simplemente, proceder de otras latitudes.

     Junto a estas trazas de racismo también tenemos las de odio puro y duro. La semana pasada el Ayuntamiento de Badajoz aprobó una moción para prohibir el menú halal de todos los colegios de la ciudad. La propuesta del grupo de extrema derecha salió adelante con los votos a favor del propio gobierno municipal, sin caer en la cuenta de que en Badajoz no hay ni un solo centro educativo en el que se suministre. ¿Nos molestaría que a una niña le facilitaran un menú escolar sin gluten, sin huevo o sin lactosa? ¿Para qué prohibir algo que no existe? ¿Prohibiríamos a alienígenas verdes residentes en Las Vaguadas asistir a los plenos municipales sabiendo que no existen? ¿O sí?





22 marzo, 2023

Mociones, censuras y mordazas

No sé si cuando lean estas letras ya se sabrá el resultado de la moción de censura para convertir a Ramón Tamames en Presidente. He seguido casi todas las mociones, desde la que presentó Felipe González en 1980 hasta la que triunfó en junio de 2018, cuando un Pedro Sánchez renacido mandó a Rajoy al bar mientras Soraya colocaba su bolso en el asiento de Mariano. Sin olvidar la de 1987, la que presentó el extremeño Hernández Mancha y, lejos de catapultarle al estrellato, motivó que Fraga regresara de su retiro gallego para poner orden.

Mientras explican su afecto o su rechazo a Don Ramón en la carrera de San Jerónimo, me he perdido buceando en la etimología de la palabra censura, luego he ido al diccionario más académico y he tenido que descender hasta la duodécima entrada para encontrar la que encaja con la expresión del día: moción de censura. Nadie ignora lo que es la censura a secas, ni lo que fue la censura previa. Tampoco la más sibilina de todas las censuras, aquella que nos aplicamos por temor a represalias o a consecuencias problemáticas. En el artículo 20 de la constitución escribieron que ninguna censura previa podría restringir la libertad de expresión, pero desde 2015 existe una Ley Orgánica 4/2015 de protección de la seguridad ciudadana, ideada por un ministro como Jorge Fernández Díaz, y que desde sus primeros trámites fue bautizada con el apelativo de mordaza.

La semana pasada, cuando se esfumaban el parlamento las posibilidades de una derogación o una reforma sustancial de esa norma, las organizaciones internacionales e independientes de Derechos Humanos clamaban contra la Ley Mordaza y también contra una “mordaza maquillada”, que no preveía eliminar sus aspectos más nocivos. En los cuatro primeros años de aplicación se impusieron 140.000 sanciones por “resistencia o negativa a identificarse” y “faltas de respeto a la autoridad”, donde la palabra de esa autoridad tiene presunción de veracidad frente a la de la ciudadanía, que ha de probar su inocencia. Esto último se complica si, además, la propia ley prohíbe difundir imágenes de actuaciones policiales, única prueba que le podría servir a una ciudadana de a pie para defenderse de un abuso de poder.

Podría seguir mencionando la negativa a suprimir las pelotas de goma, que tantos ojos han reventado y más de una muerte, pero quiero acordarme de quienes sufren la mordaza directamente para que no sepamos lo que ocurre: del periodista Pablo González, que sigue preso Polonia, o del fotoperiodista Javier Bauluz, aquel que recibió el Pulitzer por su imagen de una playa con veraneantes junto a los cadáveres de las pateras, y que fue multado por intentar captar las condiciones de quienes llegan en cayucos a Canarias.

La moción de hoy es lo de menos. Pero si no impedimos todas las censuras que imponen al periodismo y todas esas mordazas sin juicio y con sanción administrativa, se lo estaremos dejando todo muy fácil a quienes el año que viene podrían ser ministros de Justicia e Interior con mucha mano derecha, con mucha mano dura y con la misma ley que el actual gobierno no ha querido adaptar a los DDHH. Era fácil.

 

Publicado en el diario HOY el 22 de marzo de 2023




22 marzo, 2017

La prensa amenazada


La primera columna que escribí en este periódico se tituló Ser valiente y pretendía ser una alabanza del periodismo que no tiene miedo, que expone los hechos sin más artificios que la pura descripción de lo ocurrido, sin ocultar datos relevantes y sin magnificar los que no lo son. Ahora que llevamos casi dos décadas navegando por los mares de internet, intentando diferenciar lo que son noticias falsas en medios pretendidamente serios de las páginas de humor que simulan ser periódicos, nos asalta la duda de si los peligros del periodismo proceden más de las nuevas tecnologías o vienen de otros lados muy diferentes.

Hay quien dice que las redes sociales o los comentarios en los medios de comunicación constituyen una amenaza para la profesión: no se puede negar que el anonimato se ha convertido, en muchas ocasiones, en un parapeto para tirar la piedra y esconder la mano. Pero quizá haya llegado el momento de analizar las cosas con la ecuanimidad que merecen y distinguir entre los malos modales y las expresiones desafortunadas de lo que son amenazas reales. Cuando solo existía la prensa en papel y te indignaba una noticia del diario había que mecanografiar 20 líneas, meterlas en un sobre, identificarte con tus datos y número de DNI, y esperar a que el responsable de la sección decidiera seleccionarla como carta al director. Hoy todo es más fácil para hacer llegar un mensaje a cualquier lado, ya sea uno de paz y amor al extremo sur de Nueva Zelanda o para descargar bilis sobre la vecina que escribe en la página siete, así que deberíamos empezar a aprender convivir con ciertas pequeñas miserias, casi inevitables, que nos trae este mundo tan global e inmediato.

Junto a esas pequeñas miserias que rodean a la prensa, al periodismo y a la comunicación también están las grandes miserias, las que sí que constituyen una auténtica amenaza a la libertad y al derecho a la información. Y no me refiero, obviamente, a desagradables e injustificados rifirrafes entre plumillas y jefes de prensa, sino a las presiones de verdad, a las que no ponen tuits ni comentarios, a las que van al grano y hacen que se descuelguen los teléfonos importantes en cualquier hora y lugar, a las que con solo un par de palabras ponen firmes y acallan al más bregado de los profesionales. Y es contra esas amenazas contra las que el periodismo está cada vez más inerme.


El viernes pasado abandonaba la región un joven periodista de esos que no dejan indiferente a casi nadie, rodeado del cariño y de la admiración de gran parte de la profesión. Se nos iba con el sabor agridulce de ver cómo se nos va marchando lejos la materia gris y la savia joven de nuestra sociedad extremeña. Y tuve que recordar de nuevo aquel deseo de que ser valiente no salga tan caro y que ser cobarde no valga la pena. Espero que sea la última vez.

Publicado en el diario HOY el 22 de marzo de 2017


17 diciembre, 2014

Derechos civiles

Antonio Muñoz Molina vuelve a Lisboa, como aquel invierno que lo lanzó al estrellato literario, y gracias a esta novedad en las librerías hemos sabido que el asesino de Martin Luther King recaló durante su huida en la capital portuguesa. Así, recordando las luchas del reverendo asesinado en Memphis, nos hemos despertado esta semana con su misma inquietud, con la preocupación por unos derechos civiles que vuelven a estar en peligro.

No sé si fue el Conde de Romanones el que dijo que prefería que otros hicieran las leyes si le dejaban a él los reglamentos. Ha calado tan profundamente esa máxima, que se puede afirmar que no hay libertad de las grandes que no esté mermada o restringida, a la hora de la verdad, por alguna norma de rango inferior o incluso por una ordenanza municipal. Hace poco más de un año vimos un ejemplo en Plasencia, donde a una acción tan típica de ejercer la libertad de expresión como es repartir una octavilla venía acompañada de una multa de cien euros amparada en una ordenanza de limpieza.

Podríamos nombrar cientos de ejemplos similares donde la libertad es la primera en sucumbir a manos de concejales chusqueros o bajo esa negación absoluta de la justicia que es la presunción de veracidad otorgada a la administración en detrimento del ciudadano de a pie.  Pero es que la aprobación de una Ley de Seguridad peor que la de Corcuera se está convirtiendo en una vergüenza a los ojos de cualquier observador objetivo y experto en la materia: no se podrá grabar a la policía en la calle y protestar ante un desahucio podrá dejarte hipotecado para toda la vida.

Quienes han ideado esta ley puede que tengan un alto concepto del ordeno y mando, pero unas escasas dotes para apreciar los derechos civiles. Amnistía Internacional y otras organizaciones internacionales llevan meses denunciando la deriva de esta ley que elimina el derecho de reunión pacífica espontánea, que abre la puerta a las expulsiones en caliente y que, en definitiva, pone en tela de juicio la condición de ciudadanos de pleno derecho a quienes no tienen poder suficiente para constituirse en un poderoso lobby.

Va circulando por internet un vídeo rodado en la capital de Francia en el que se explican a los viandantes artículos de esta ley y se les dan a elegir los posibles países en los que se van a implantar. Y mientras nombran Corea del Norte, China, Venezuela o Irán, a esos parisinos se les queda cara de póquer cuando descubren que es en España donde se van a aplicar unas normas que cualquier europeo normal considera impropias de un país democrático. No sé si algunos tendremos que acabar viviendo en las capitales de nuestros países vecinos o en el exilio interior, como tanta gente en el pasado. Nos queda la esperanza de que esta ley tenga una vida muy corta, tan corta como el aprecio a los Derechos Humanos de sus promotores.

Publicado en el diario HOY el 17 de diciembre de 2014



Historia de mi colección de "Fuellas"

Las navidades de 1984 las pasé, como era habitual, en Monzón. Y allí pude ver en el informativo regional de RTVE en Aragón una noticia sobre...