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04 septiembre, 2019

Jugando con los tiempos


Erich Scheurmann publicó a principios del siglo XX las supuestas explicaciones que el jefe de una tribu de Samoa dio a sus conciudadanos tras un viaje por Europa, de donde regresó aterrado por la presencia de un dios inventado que nos cambiaba la manera de ver las cosas y que se llamaba tiempo. Los papalagi, nombre que da a nuestros antepasados europeos, habíamos dividido el espacio entre la salida y el ocaso del sol, habíamos inventado aparatos para medirlo, los llevábamos en la muñeca o en el bolsillo, y estábamos obsesionados con la falta de tiempo.



Los escritos de Scheurmann son una delicia llena de humor que te hace reflexionar, especialmente en una semana en la que casi todo el mundo reabre sus agendas y empieza a poner plazos y fechas límite a casi todo, donde la amenaza de timbres o  campanas son una espada de Damocles sobre nuestras cabezas.



Quien anda con mucho apresuramiento, siempre tiene las de perder. Es una de esas frases que nos aconsejan las maestras de la paciencia, las que saben que en la cocina, en el arte, en la literatura o en lo más cotidiano las cosas se rigen por aquello del vísteme despacio que tengo prisa.



Cualquiera que haya vivido un proceso de negociaciones y acuerdos, sabe que jugar con los tiempos es la mejor de las bazas, que dilatar los procesos puede exasperar a quien está enfrente cuando no hay fechas límite. En cambio, cuando hay un día marcado en el calendario en el que se abre otro escenario, quien no aprovecha cada segundo de tiempo es porque ya está pensando en ese otro escenario.



Algo así parece estar ocurriendo con la formación de un nuevo gobierno, para el que quedan menos de 20 días. Se tardó en comenzar a hablar, se vetó al líder del posible socio, éste se quitó de en medio para que no pareciera un escollo y, finalmente, estamos asistiendo a una puesta en escena para que en la campaña del 10 de noviembre se pueda culpar al otro de no haber llegado a ningún acuerdo.



Si las elecciones se repiten, se habrá demostrado que no hemos aprendido nada. Habremos perdido mucho tiempo porque volveremos al 15 de febrero, al día que se convocaron las elecciones del pasado 28 de abril. Y todo por ser incapaces de cumplir con la Constitución y con el sentido común, por no saber imitar la manera de resolver estos enredos en otros países del entorno y desde hace décadas.



Cantaba Manolo García que nunca el tiempo es perdido, pero creo que no se aplica a este caso. De lo que apenas oigo hablar es del dinero perdido, de lo que nos costará repetir innecesariamente unos comicios cuya cifra total, no solo la que sale de los Presupuestos Generales del Estado, no se atreven a calcularla para que no nos escandalicemos. Ya han jugado con los tiempos (unos más que otros) y sería bueno que no jugaran más con nuestro dinero.

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29 mayo, 2019

Trueque


 

El 28 de abril sabíamos que nadie iba a hablar de pactos para la formación del gobierno central hasta después del 26 de mayo. Hoy ya han pasado tres días de esta fecha y lo que parecía más factible antes de las elecciones europeas y municipales puede verse relegado en función de jugadas a tres bandas (o más) en las que se puede intercambiar casi todo.



Tener una posición centrada en el arco parlamentario te permite elegir compañeros de baile a diestra y siniestra, con la salvedad de que hay que intentar mantener cierta coherencia y no proponer un cambalache en Madrid al mismo tiempo que se sigue actuando como si en la Junta de Andalucía no estuviera pasando nada.



La irrupción de la extrema derecha ha supuesto una nueva ruptura en el arco parlamentario del centro derecha, que hasta 2011 era de una sola pieza y ahora se ha partido en tres pedazos que se vuelven a juntar rápidamente, sin apenas remilgos, para evitar gobiernos de izquierda. Ya vimos en Andalucía que la negativa de los partidos democristianos y liberales europeos a compartir poder con quienes abogan por políticas xenófobas no era vigente por estos lares: todo se solucionaba con un pacto con intermediario, donde Ciudadanos no da la mano a Vox y es el PP el que pacta con ambos como si los otros dos no se conocieran de nada



Ahora aquella cantinela de “la lista más votada es la que debe gobernar” se ha dejado de interpretar en los karaokes de Ayuntamientos y Comunidades Autónomas. Es el propio PP, que incluso quiso modificar la legislación cuando le perjudicaba, quien anda buscando tripartitos camuflados que le den alcaldías en Cáceres, Badajoz, Madrid y muchos más sitios.



Por su parte el PSOE, una vez conocidos los resultados del 26M, se plantea no hacer caso del “con Rivera no” de la noche electoral y formar Gobierno con el apoyo del mismo Rivera de la canción, aquel que no dejaba hablar a Sánchez en el segundo de los debates televisados.  Habrá que imaginar que el precio de girar a la derecha en contra de su electorado será gracias a una recompensa golosa, como devolver a Susana Díaz la Presidencia de la Junta de Andalucía u otro tipo de canje allí donde las cifran cuadren.



Imagino que es un dilema para los de Albert Rivera, porque son conscientes de que su electorado procede de aquellos mismos que en 2011 dieron el poder en casi toda España al Partido Popular, y que un respaldo a Sánchez les podría convertir, a medio plazo, en una repetición de la UPyD de Rosa Díez.



De momento solo hemos escuchado ruido sobre el tablero, los movimientos de pequeñas piezas de colores, como los quesitos del Trivial, que se van juntando aquí y allá para ver si se consigue la mitad más uno. De las propuestas todavía no hemos escuchado nada porque esto, en definitiva, parece más trueque que política con letras mayúsculas.

Publicado en HOY el 29 de mayo de 2019.

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17 abril, 2019

Luego no te quejes

Desde la más tierna infancia hemos escuchado advertencias, generalmente de personas más experimentadas, y que pretendían avisarnos de las consecuencias de nuestras decisiones o de nuestra dejadez para tomarlas. “Ya lo verás”, “ya te enterarás” o “después no vengas con que no te lo advertí”, son algunas de esas expresiones que no soportamos que nos mencionen cuando somos demasiado jóvenes y que un día nos sorprendemos cantándoselas a los demás, en ese momento en el que el reposado bagaje de lo vivido pesa más que el ímpetu de adolescencias prolongadas en el tiempo.

He vuelto a escuchar esas frases e imagino que volveré a oírlas durante los once días que restan hasta las próximas elecciones generales. Reconozco que alguna vez las pronuncio pero que hago un esfuerzo deliberado por no sermonear, porque las personas adultas tienen derecho a equivocarse, a estar hartas y a mostrar su frustración o indignación en forma de papeletas o de abstención, una forma tan legítima de actuación política ciudadana y que en ningún caso inhabilita para reclamar derechos posteriores.

En infinidad de ocasiones he escrito sobre situaciones paradójicas como que un folleto publicitario de una carnicería o de una agencia de viajes tenga valor contractual y que, en cambio, un programa electoral no lo tenga. Si me reparten un papel en la calle con una oferta de viaje a Menorca por 300 euros o dos kilos de chuletas por 9 euros, puedo ir a la oficina de consumo y me acabarán dando la razón. En cambio, si un partido me promete una tarifa plana para autónomos o un aumento del SMI a 1000 euros no puedo ni acercarme a un juzgado en caso de incumplimiento porque en esa publicidad sí está permitido engañar.

Así que, mientras se legisla para que los partidos políticos no puedan mentir impunemente, es recomendable estudiar por encima las medidas que vamos a votar para que no nos cojan desprevenidos. Si crees que los sueldos están demasiado altos, vota a quien prometa bajarlos; si piensas que hay demasiados impuestos, confía en quien quiera quitarlos; si no te llega ni para pagar impuestos, a lo mejor no te interesa tanto que quiten tributos y que te hagan pagar la próxima vez que vayas al médico; si quieres que estudiar en la Universidad sea casi gratis como en Alemania o te endeude para media vida como en Estados Unidos, seguro que tienes opciones en las papeletas para optar por un modelo u otro.

Aún así, también nos pueden acabar defraudando incluso aquellos con los que estamos plenamente de acuerdo. De esa no nos va salvar nadie. Pero dejarse llevar por la ira o el hartazgo a la hora de depositar un voto puede tener contraindicaciones que no caben en el mayor de los prospecto. Que no te cieguen el color de las banderas porque esto no es una final de fútbol, y mira bien si aquello que apoyas es lo más justo y lo que más te beneficia. Y en ese orden.

Publicado en HOY el 17 de abril de 2019

Historia de mi colección de "Fuellas"

Las navidades de 1984 las pasé, como era habitual, en Monzón. Y allí pude ver en el informativo regional de RTVE en Aragón una noticia sobre...