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Juegos de niñas
10 octubre, 2011
Revoluciones pendientes
09 marzo, 2009
Igualdad
Sabemos que desde aquel primer 8 de marzo las cosas han cambiado bastante. Todos nos hemos reído con ese contrato para maestras del año 1923, uno que casi todo el mundo ha recibido por e-mail, y en el que se les prohibía frecuentar heladerías y montar en coche con hombres que no fueran el padre o el hermano. Y nos hace gracia porque hoy nos parece increíble algo que nuestras abuelas vieron como normal. Que se haya avanzado mucho no significa que una tarea esté acabada: todavía estamos lejos de acabar con la discriminación de género incluso en el llamado primer mundo. Lo que debiéramos plantearnos, antes de continuar por rutas equivocadas, es si todo el camino que nos queda por recorrer hacia esa igualdad debe hacerse en el mismo sentido y con los mismos protagonistas. Si la igualdad consiste en que las mujeres asuman papeles que tenían prohibidos y que eran privilegio de los varones, podemos acabar reproduciendo, en otros cuerpos, los mismos errores de los que pretendíamos salir. Maldita igualdad si con ella sólo logramos que las mujeres puedan alcanzar altísimas responsabilidades en las que pasar trabajando 18 horas diarias, manifestando frialdad, incomprensión y falta de sentimientos humanos. Tal vez no sea preciso que las mujeres se parezcan más a los varones sino que éstos muevan ficha y busquen la igualdad haciendo un recorrido inverso que les permita disfrutar de todo lo que el machismo les ha impedido desarrollar plenamente: participar de cerca en la educación de los hijos, mostrar sensibilidad, dar rienda suelta a los sentimientos y adquirir esa virtud que llaman empatía. No es poco.
Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 9 de marzo de 2009.
08 marzo, 2009
8 de marzo
17 junio, 2007
La cara de la moneda
Si alguna vez van a una sala de espera de pediatría o a una reunión de padres de alumnos del colegio se darán cuenta de que, salvo excepciones, sólo hay mujeres acompañando a los niños u ocupándose por los asuntos escolares. Volvía a reparar en ello el lunes pasado, cuando llevaba a mi hijo a unas pruebas de alergia y el médico, al verme entrar, se asombró y preguntó dónde estaba la madre. Le contesté que había pedido yo el permiso y que nos turnamos para estos menesteres. Me atreví a decirle si hacía la misma pregunta sobre el padre cada vez que venía un niño con la sola compañía de la madre y, con cierto malhumor, me respondió que eran las madres las que le servían para algo en estas situaciones. No andaba desencaminado en su apreciación porque en los minutos siguientes me preguntó por toda la vida, obra, milagros y enfermedades de mi hijo, algo que un padre que no hubiera estado acostumbrado a ir al pediatra habría sido incapaz de responder. Fue entonces cuando constaté que permanece en muchos subconscientes un concepto de normalidad sobre los papeles de varones y mujeres que cuesta mucho eliminar. El machismo no se tapa con las leyes y que sean hombres o mujeres quienes aparecen en la cara de las monedas es poco importante, pero precisamente esa irrelevancia nos debiera hacer reflexionar sobre qué llevó a ignorar a los personajes femeninos a la hora de acuñar nuestras recientes monedas: ¿no existían o no se pensó en ellas porque hasta el lenguaje las hace invisibles? Cuando en la sala de espera de pediatría haya tantos varones como mujeres estaremos empezando a salir del túnel de la desigualdad. Historia de mi colección de "Fuellas"
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