09 marzo, 2009

Igualdad


Sabemos que desde aquel primer 8 de marzo las cosas han cambiado bastante. Todos nos hemos reído con ese contrato para maestras del año 1923, uno que casi todo el mundo ha recibido por e-mail, y en el que se les prohibía frecuentar heladerías y montar en coche con hombres que no fueran el padre o el hermano. Y nos hace gracia porque hoy nos parece increíble algo que nuestras abuelas vieron como normal. Que se haya avanzado mucho no significa que una tarea esté acabada: todavía estamos lejos de acabar con la discriminación de género incluso en el llamado primer mundo. Lo que debiéramos plantearnos, antes de continuar por rutas equivocadas, es si todo el camino que nos queda por recorrer hacia esa igualdad debe hacerse en el mismo sentido y con los mismos protagonistas. Si la igualdad consiste en que las mujeres asuman papeles que tenían prohibidos y que eran privilegio de los varones, podemos acabar reproduciendo, en otros cuerpos, los mismos errores de los que pretendíamos salir. Maldita igualdad si con ella sólo logramos que las mujeres puedan alcanzar altísimas responsabilidades en las que pasar trabajando 18 horas diarias, manifestando frialdad, incomprensión y falta de sentimientos humanos. Tal vez no sea preciso que las mujeres se parezcan más a los varones sino que éstos muevan ficha y busquen la igualdad haciendo un recorrido inverso que les permita disfrutar de todo lo que el machismo les ha impedido desarrollar plenamente: participar de cerca en la educación de los hijos, mostrar sensibilidad, dar rienda suelta a los sentimientos y adquirir esa virtud que llaman empatía.  No es poco.


Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 9 de marzo de 2009.

4 comentarios:

Nieves dijo...

Me han gustado tus plabras.

No se trata de una guerra entre hombres y mujeres sino de una lucha por la igualdad de oportunidades y de deberes en la que tanto hombres como mujeres debemos caminar juntos y a la par y aprender las/os unas/os de las/os otras/os sin miedo a equivocarnos y rectificar pero unidos.

Abrazos. Nieves.

Amigo de la Dialéctica dijo...

Hola amigo:

Esperemos que en otras dos generaciones el cambio sea tan radical que la situación actual nos parezca tan kafkiana como ahora nos parece ese contrato que citas, dentro de unos pocos años.

Para ello hay que mover ficha como bien dices por parte de los hombres.

Recibe un abrazote amigo.

Sara dijo...

Javier,
me gusta la ùltima parte del mensaje. Yo, como mujer, no quiero ser igual que el hombre, sí quiero los mismos derechos, pero sobretodo quiero que hombres y mujeres tengamos más derechos. Y que los hombres, (algunos ya lo han hecho), se den cuenta de que el mundo que estamos creando es todo un "sin sentido".
De todos modos, aunque sería generalizar, yo no tengo muy claro que las generaciones venideras entiendan el esfuerzo y la lucha que se han venido realizando desde hace años. Y María José Pulido lo explicaba con un ejemplo lastimoso: cinco menores de edad extremeñas están bajo protección policial porque sus parejas, también menores, las han maltratado y amenazado con matarlas.
Besos,
S.

Puntos de vista y ... nada más dijo...

Lamentablemente no, Sara. No aprendemos y en ocasiones desaprendemos. Hace tiempo que vengo anunciando profundos cambios en las relaciones varón-mujer en nuestra región. En 10 años las chicas doblarán en formación a los chicos. Entre éstos sigue siendo un valor positivo tener fuerza física e incluso hacerla valer como forma de marcar territorio. Si unimos mucha fuerza física y escaso bagaje cultural y poca iniciativa intelectual obtendremos un cóctel explosivo. Otro día tengo que escribir sobre ese tema de la violencia porque tengo muchas cosas recogidas. Sólo quería expresar mi preocupación cuando veo que en la legítima lucha por la igualdad las mujeres acaben por sumir incluso aquellos papeles que nosotros deberíamos hacer desaparecer.

Gracias por tus comentarios,