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19 agosto, 2013

Criterio



Casi todas las lenguas modernas han tomado del griego un término que conviene analizar con detenimiento. Unos definen criterio como una norma para conocer la verdad y otros asemejan el concepto a la capacidad de discernimiento, pero casi todos estamos de acuerdo en que pocos halagos superan al de “es una persona de criterio”.  Aunque la diversidad es digna de admiración en casi todas las facetas de la vida, la disparidad de criterios no suele ser una buena compañera de viaje hacia la racionalidad y, en ámbitos como el de las relaciones internacionales, los criterios hay que saber mantenerlos frente a las circunstancias coyunturales o los intereses ocasionales.  

Así, habíamos llegado al consenso tácito de que había que respetar más los resultados de las urnas que los golpes de Estado propiciados desde los cuarteles, pero los criterios se disuelven y desaparecen cuando anteponemos los tanques a las papeletas de voto. Luego llega el día en que nuestros apadrinados se salen del tiesto y no sabemos dónde meternos: ya ocurrió hace 30 años con el apoyo de occidente al ejército talibán en Afganistán y parece que vuelve a ocurrir, salvando muchísimas distancias, en Egipto. Son demasiados los ejemplos del pasado y del presente para que, de una vez por todas, occidente anteponga el respeto a los Derechos Humanos  por encima de cualquier otra estrategia o interés geopolítico cortoplacista.

Hoy me pregunto si esta crisis de los criterios se aplica también a asuntos más cercanos. ¿Estamos usando los mismos criterios que los británicos en Gibraltar para defender la españolidad de ciudades en el norte de África o en la raya hispano-lusa? Tengo mis dudas, lo confieso.

Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 19 de agosto de 1013.

22 abril, 2013

Niños de otro mundo




Imagino que a cualquiera de ustedes les ha emocionado todo aquello que han ido sabiendo de Martin Richard, el niño de ocho años que perdió la vida en Boston la semana pasada. A todos nos estremece ver su fotografía, sus vídeos, su cara angelical, y nos impresiona más porque pensamos que el azar se lo ha llevado como podría haber acabado con la vida de nuestros amigos, de nuestros vecinos o de nosotros mismos. Una semana antes también habían muerto diez niños en un ataque terrorista en otro lugar del mundo, pero no he conseguido saber el nombre de ninguno de ellos, ni con la ayuda de los más potentes buscadores de internet. Mientras intentaba averiguar cómo se llamaban, sí descubrí que no eran los únicos niños olvidados y aniquilados por las mismas manos: doce muchachos perecieron en Salam Bazar en mayo de 2011, seis en Kandahar en noviembre del mismo año, y dos más fueron asesinados hace un mes al ser confundidos con insurgentes.

No intenten explicarse por qué sabemos tanto de Martin y tan poco de todos los demás. Y esta vez no es un problema de distancia, que Kabul no está mucho más lejos que Massachusetts.  En el fondo se trata de cuestiones bastante inconfesables y que tienen que ver con la pertenencia o no a la clase dominante en el planeta. Nos duele más que sea blanco, occidental y cristiano a que sea moreno, oriental y musulmán. A muchos nos duelen por igual y condenamos con la misma fuerza a sus autores, ya sean dos locos de origen checheno o se trate de todo un sangriento ejército de cuatro letras y que no sabe distinguir a un niño cuando no es de su mundo.

Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 22 de abril de 2013.

Historia de mi colección de "Fuellas"

Las navidades de 1984 las pasé, como era habitual, en Monzón. Y allí pude ver en el informativo regional de RTVE en Aragón una noticia sobre...