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29 octubre, 2025

Riadas y catástrofes

Cruzo el Guadiana casi todos los días y desde hace algún tiempo apenas corre el agua en su tramo urbano de Badajoz. No es la primera vez que vemos así el cauce, porque recuerdo aquella sequía de 1995 en la que se podía atravesar de lado a lado sin mojarse los zapatos ni mancharse de barro. Entonces estuvimos a punto de sufrir restricciones y hasta se barajó un corte del suministro nocturno entre la medianoche y el amanecer, para evitar que se perdiera tanta agua en una red de tuberías que, al menos por entonces, tenía grietas por las que se filtraban muchos metros cúbicos.

Tardó en superarse aquella sequía y mi padre nos dijo que había escuchado en la radio que no solo se acabaría, sino que la misma gente que había participado en tantas rogativas de lluvia acabaría pidiendo al cielo que escampara. Y en la noche del 7 de noviembre de 1997 todo se hizo oscuro, los rayos iluminaban todo y los truenos no tenían fin. Amanecimos sin teléfonos para comunicar a nuestros familiares que estábamos bien, mientras nos enterábamos que más de una veintena de personas habían muerto en Badajoz y en Valverde de Leganés.

En un par de semanas se cumplirán 28 años de aquella tragedia y mañana hará un año de la que se llevó a más de 229 personas en tierras valencianas y en la localidad albaceteña de Letur. Importa poco quiénes vayan a asistir a los actos en recuerdo de la tragedia, que no servirán para aliviar ni un gramo de pena a quienes perdieron a sus seres queridos y vieron llenarse hogares, fábricas, tiendas y escuelas con aguas desbordadas, cañas y barro. 

Imagino que sería muy bueno esclarecer responsabilidades y castigar las negligencias, pero hay cosas más importantes: intentar reconstruir todo lo arrasado por las riadas, a sabiendas de que las vidas perdidas no regresarán y que el trauma perseguirá a los supervivientes durante mucho tiempo. En cualquier caso, todavía hay algo mucho más prioritario: comenzar el lento y largo camino de revertir las causas de todas estas catástrofes que antes llamábamos naturales. Hoy hay ciencia, datos e investigaciones suficientes para afirmar que episodios como los vividos hace un año en Valencia o en Alemania y el centro de Europa hace tres años tienen unos responsables que, como ocurre con algunos premios de lotería, suelen estar muy repartidos. Cada vez que un estúpido con micrófono se ríe del cambio climático y niega su existencia, cada vez que un político iletrado se mofa de los objetivos de desarrollo sostenible (ODS) sin haber logrado realizar una lectura comprensiva de los mismos, se está comprando números para el sorteo de las próximas catástrofes: con más víctimas, con más destrozos y con más sufrimiento.

Ayer comenzaron los trabajos para limpiar el cauce del Guadiana a su paso por Badajoz, que no sé si el adelanto electoral acabará posponiendo. Mientras enfilamos el fin de año gastando tanto papel inútil como se gasta en España en cada comicio electoral, quizá haya llegado el momento de tomarse en serio que evitar las catástrofes del futuro requieren hoy un trabajo imprescindible que solo verán, con mucha suerte, nuestros nietos.

 Publicado en el diario HOY el 29 de octubre de 2025

 




 

27 febrero, 2012

La escuela al revés


He comprado ya varios ejemplares de un libro de Eduardo Galeano que tiene el subtítulo de La escuela del mundo al revés. Es el presente más socorrido para regalárselo a quienes están hartos de las explicaciones oficiales de cómo funciona el mundo. Galeano recoge en forma de manual una especie de tratado sobre valores imperantes como la injusticia, el miedo o las desigualdades. Nos están enseñando todo al revés: la semana pasada supimos que podrán ser sostenidos con fondos públicos los colegios en los que se discrimine. Han empezado con el criterio del sexo, separando a chicos y chicas, como si la escuela fuera el lugar donde solo se instruye, sin enseñar también a convivir. Una vez abierta esta puerta, pocos argumentos habrá cuando se quieran hacer diferencias en función de la religión, la raza o el poder adquisitivo de los padres. Mientras tanto, a los jóvenes en Valencia se les reparte jarabe de palo por meterse en líos y preocuparse por la calidad de la enseñanza que reciben. Pocas veces veremos antidisturbios traídos desde otras ciudades y guiados desde un helicóptero para vigilar a los jóvenes que ingieren alcohol un viernes, pero que no se les ocurra saltar a la calle y llamar la atención de la sociedad por la precariedad de la educación. Todavía tengo en mis ojos la imagen de un chaval de unos 14 años, despistado y aparentemente pacífico, que se encontró con las gafas rotas por el golpe de un policía que no merece seguir siéndolo. Si seguimos así, estos jóvenes acabarán dudando de la legitimidad de esta democracia, que parece que los prefiere sumisos antes que con sentido crítico.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 27 de febrero de 2012.

Historia de mi colección de "Fuellas"

Las navidades de 1984 las pasé, como era habitual, en Monzón. Y allí pude ver en el informativo regional de RTVE en Aragón una noticia sobre...