Me gustan más los sustantivos que los adjetivos. Más que nada por la sustancia que tienen. Los adjetivos corren el peligro de ser ñoños, exagerados o injustos. Y además se quedan en nada, en algo subjetivo que puede convertirse en antónimo a los ojos de otra persona. En cambio los sustantivos son siempre tangibles, incluso cuando hablamos de términos abstractos. Un botijo lo es para los de izquierdas y para los de derechas, cristianos y ateos. Calificar es relativo y hasta los colores o formas dependen de si uno es daltónico o padece astigmatismo. Hoy es uno de esos días en los que, puestos a elegir, prefiero el sustantivo y paso del adjetivo, me quedo con la fiesta y dejo a los demás que se repartan lo de nacional. Tampoco soy de los que siguen al pie de la letra los consejos de Brassens y Paco Ibáñez para este tipo de jornadas, porque es mejor madrugar para disfrutar despierto cada minuto de un día que, si no lo interrumpe un desfile, suele ser calmo y silencioso. Un sustantivo puede guardar mucha información, pero no hay nada como un lápiz USB de esos que llaman pendrive. Los niños tratan de epatar a sus abuelos con ellos: “¡Aquí caben mil libros!” Y los abuelos no se lo acaban de creer. También caben 17000 folios de sumario o toda la contabilidad B de un partido político. Antes los registros policiales para detener a los corruptos necesitaban de decenas de funcionarios acarreando cajas de documentación. Hoy todo cabe en la palma de la mano y no es extraño que algunos maldigan a estos aparatitos con adjetivos de cuatro letras. Tanto hablar de la nación que se les ha estropeado la fiesta.
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12 octubre, 2009
Fiesta nacional
07 octubre, 2007
Letra Música
La radio pública extremeña me sorprendió con un programa musical dedicado a himnos nacionales. Te pones a escuchar y te entran ganas de hacerte letón o búlgaro, con unas melodías realmente atractivas. Musicalmente me gustaba el de la RDA, que oíamos en aquellos campeonatos de natación que siempre ganaban unas rubias gigantescas hinchadas de anabolizantes. Me habría hecho portugués si no fuera porque desagrada la llamada a las armas que hay que hacer a grito limpio en el estribillo. Ahora está la SGAE buscando letra para el chunda-chunda, interesada en cobrar cada vez que lo tarareemos, pero nadie se ha parado a pensar que, puesto que la Constitución no incluye partitura, podríamos aprovechar para cambiar la música de ese himno de secano con mucho bombo y ruido metálico. Personalmente me gustaría uno de regadío (concretamente el de Riego) pero reconozco que la apócrifa estrofa dedicada a curas y frailes lo hace inservible para un consenso mínimo. Se acerca la fiesta nacional, que sigo sin saber por qué es el 12 de octubre, y andan algunos con una incontinencia rojigualda que asusta a quienes, como cantaban Brassens y Paco Ibáñez, no nos levanta la música militar. Tampoco entiendo la urgencia que tienen algunos en que cantemos a coro con una música tan horrible. Puestos a ser originales podríamos adoptar como himno la carcajada de un bebé sobre el sonido de las olas del mar: sería universal, lo entenderían desde Laponia a Patagonia e incluso evocaría buenos sentimientos. No nos serviría para ganar marcialidad en un mundial de fútbol, pero para no pasar de cuartos sería más que suficiente. http://javierfigueiredo.blogspot.com/
Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 8 de octubre de 2007.
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