
No odio casi nada, pero me empieza a causar hartazgo las quejumbre de algunas personas sobre el precio de los libros. No sé si será porque los aprecio y sé lo que cuesta hacerlos, que me agota tener que discutir en ascensores, en las colas, en las salas de espera,... con quienes creen que el precio de los libros es desorbitado y que deberían ser gratis para todos. Uno que tiene como su olor favorito el aroma de los libros en septiembre llega a indignarse con estas cuestiones.
Luego están los que creen que deberían ser gratis para todo el mundo. Yo creo que para las familias con escasos recursos deberían serlo, sin duda, pero no para todo el mundo, porque los libros de texto de todo un curso valen lo mismo que dos días de hotel en cualquier playa. Además, por esa misma regla de tres por qué no ponemos gratis otras cosas.
Los libros de mis dos hijos me han costado 300 euros. Los van a usar desde el 15 de septiembre de 2008 hasta el 22 de junio de 2009. Me sale, más o menos, a 1.1 euro al día (los libros de los dos). Pero es que mis hijos se beben cada día entre los dos un litro y medio de leche, muy necesaria para su alimentación, y me cuesta 1.30 euros al día, con la diferencia de que los libros los puedo ir guardando y de la leche me quedan recipientes para el contenedor amarillo.
Por proponer la gratuidad a lo mejor era más necesario que lo fueran los pañales. En los dos primeros años de vida de un niño (datos que experimenté hace unos años) el gasto de pañales era de unos 800 euros, (¡400 por año y más de un euro al día!). Pero parece ser que las familias pueden asumir fácilmente unos gastos y lo de los libros escuece un poco más: no hay traje de comunión que valga menos de 180 euros (¡¡¡y sirve sólo para un día de la hostia!!!).
Y después de decir todo esto, ahora me planteo por qué narices vamos a tener que usar siempre libro de texto.
Lo que sí que haría es algo para que se pudieran heredar (por ejemplo, que los libros no tuvieran ejercicios para hacer en él sino en otro cuadernillo).
Y otro día hablaré de las librerías, esos lugares maravillosos que subsisten en pueblos y barrios gracias a los libros de texto.