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15 junio, 2016

Inmunes

Durante el debate electoral del lunes, en el que creo que llegué a dormirme, solo se trató durante veintiséis segundos el tema de la violencia de género (y tras tener que recordarlo por dos veces los moderadores). No hablaron del cambio climático y me imagino que no lo harán hasta que el agua del deshielo polar les fuerce a intervenir desde barcazas en lugar de atriles. La cultura tampoco se mencionó pero, desgraciadamente, ya no aparece ni el capítulo de olvidos.

Se echaron en falta otros asuntos y sobraron reproches, pero lo grave es que en pocas ocasiones se fue al meollo, al origen de los problemas que tiene la gente. Los principales son de índole económica y hay quien cree que todo se soluciona obedeciendo los criterios de déficit que marca Juncker desde Luxemburgo, ese paraíso fiscal creado por él mismo.

Para solventar de raíz los problemas e intentar que no se repitan, no queda más remedio que averiguar por qué se llegó a determinadas situaciones. Si nuestro déficit es el que es, habrá que determinar si la culpa la tienen las medicinas de la abuela, esa autopista vacía o aquellas infraestructuras de lujo que no se pueden permitir ni los países más ricos del planeta. Quienes han echado las cuentas de lo que llevamos gastado en rescatar a bancos o aeropuertos sin pasajeros acaban dictaminando que, si no nos hubieran robado tanto, quizá no las tendríamos que haber pasado tan canutas. El día que se audite nuestra deuda y sigamos la pista a cada céntimo, llegaremos a la conclusión de que nuestra pobreza, angustia y desesperanza tienen un origen cierto y unos nombres y apellidos que, en su momento, se beneficiaron de una corrupción que sobrepasa la vergüenza ética y se deja sentir en nuestros bolsillos.

Ayer tuve la oportunidad de conocer a Hervé Falciani, aquel que desveló que en un banco suizo había cientos de miles de cuentas de evasores fiscales. Fue el hombre más buscado de Suiza, país en el que incomodar a la banca te convierte en enemigo público numero uno. En su recorrido por España suele hablar de la necesidad de hacernos inmunes frente a la corrupción, algo que parece no tener vacuna a corto  plazo. En su conferencia de ayer mencionaba la importancia de tejer redes sociales de la ciudadanía para comenzar a frenar de manera radical ese mundo de mordidas, sobres con billetes, amnistías fiscales, facturas e informes falsos, fraude generalizado en algunos sectores y poder omnímodo de los monopolios para que las leyes se escriban según sus deseos.

Si dentro de once días nos hemos olvidado de que el desorbitado sobreprecio de la casa en que vivimos, esa que tendremos que seguir pagando durante décadas, ha sido lo que ha alimentado centenares de cuentas en Suiza, miles de empresas en Panamá y sobres con sobresueldos en sedes de partidos políticos, entonces será porque tenemos lo que nos merecemos. Y tardaremos mucho en ser inmunes.

Publicado en el diario HOY el miércoles 15 de junio de 2016

06 abril, 2016

No ser académico

He aprovechado los pasados días de fiesta para acercarme a la capital y enseñarle a mis hijos Madrid, ciudad que desconocían y a la que yo llevaba bastante tiempo sin ir, quizá porque no me atraían los relajantes cafés con leche en la Plaza Mayor y he esperado nuevos aires. En uno de mis paseos llegué a la chocolatería de San Ginés, que aparece en el recorrido nocturno de Max Estrella en las Luces de Bohemia de Valle-Inclán. La memoria me llevó a aquel libro de la colección Austral, de color morado, y a algunas frases que todavía estarán subrayadas en mi biblioteca.

“Tengo el honor de no ser académico” fue una de las que pronunció Max Estrella aquella noche, y no sabemos qué habría dicho si hubiera escuchado al académico Félix de Azúa. Aunque soy de los que entro una veintena de veces al día en la página web de la Academia de la Lengua, mis recelos hacia la institución que limpia, fija y da esplendor a la lengua no vienen por las últimas declaraciones del más reciente de los ingresados, sino que se remontan a la afrenta que recibió María Moliner en los años 70, a la que no dejaron ni una silla por el simple hecho de ser mujer. No sé qué tendrán los sillones de la Academia, que parecen infectados de una sustancia que provoca misoginia compulsiva y machismo galopante: jamás escuché arremeter contra un varón con comparaciones similares a las escuchadas recientemente.

Mientras Félix de Azúa intentaba menospreciar a Ada Colau mandándola a la pescadería, desde Panamá nos iban llegando los nombres de patriotas, de esos que besarían mil veces la bandera, pero a los que no les importa valerse de empresas pantalla, paraísos fiscales o herramientas como las famosas SICAV, que por muy legales que sean no dejan de ser una patada en el estómago para quienes solo tienen para vivir la fuerza de su trabajo. Como me imagino que el goteo de nombres no ha hecho más que empezar, esperaremos a que aquí alguien haga lo mismo que en Islandia, donde el primer ministro ya ha dimitido tras balbucear delante de medio mundo.

Si Panamá está haciendo temblar muchos cimientos, no quiero ni pensar qué ocurriría si conociéramos todos los nombres de la lista Falciani y sus cuentas en Suiza, o a los acaudalados señores que han llevado sus millones a Andorra, Liechtenstein o las Islas Caimán. Algunos seguimos preguntándonos por qué hay que dar más seguridad jurídica a las fortunas depositadas en fondos y bancos, mientras que las indemnizaciones por despido, las prestaciones para poder subsistir o las pensiones asistenciales no tienen a nadie que las proteja. Al final de Luces de Bohemia aparece un sepulturero, profesión tan digna como la de pescadera, afirmando que “en España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza”. Cien años va a cumplir la obra de don Ramón y no todo ha cambiado como quisiéramos.

Publicado en HOY el 6 de abril de 2016



11 febrero, 2015

Falciani y otras listas

Siempre me ha preocupado aquella gente cuya vida descuadra con aquello que predica, y que me parece la primera pista para desconfiar de ella. Recuerdo a un director de instituto público, que vivía a dos pasos del centro de educativo en el que daba clase, pero cuyos hijos asistían a un colegio privado en la otra punta de la ciudad. Más de uno le hizo ver su incongruencia e intentaban ejemplarizárselo de manera más gráfica: es como si tiene usted una panadería y vemos que compra el pan en una tienda de la competencia. La excusas que solía dar eran un tanto vergonzantes, porque en el fondo no se fiaba de la calidad y profesionalidad de sus propios compañeros de trabajo.

Cuando he sabido que Botín tenía un cuenta en un banco suizo con muchas consonantes, el difunto banquero ha pasado formar parte de mi particular lista de gente de poco fiar.  No es que antes tuviera alguna confianza en él, pero no me negarán la pésima publicidad para uno de los primeros banqueros de Europa eso de mandar a tierras tan frías su dinero personal, en lugar de colocarlo en una de sus cálidas sucursales por todo el mundo. A medida que vayamos conociendo los nombres y apellidos de Falciani iremos descubriendo a gente de nombres y apellidos rimbombantes, de los que se daban golpes en el pecho por defender la patria y los colores, pero que no tenían problema en escabullirse de sus obligaciones fiscales entre las montañas de los Alpes.

Estoy esperando que llegue el viernes para escuchar nuevamente a la portavoz del gobierno, para saber si continúa en su lucha hasta que el último español pague en dinero blanco todo lo que debe a Hacienda o si, por el contrario, volverá a no mencionar desde Moncloa los desajustes, desatinos y fraudes de personas bien conocidas. Hay quien piensa que listas como las de Falciani crean una inseguridad jurídica por lo que supone de revelación de datos de índole privada. Como no entiendo demasiado de detalles jurídicos no saldré en su defensa a capa y espada, pero no me negarán que será gracias a personas como él que podremos destapar la podredumbre de quien se escaquea de su compromiso para mantener los servicios públicos.  

No sé la eficacia que podrían tener en nuestra sociedad la publicación de otras listas como las de Falciani, las que agruparan a los que se sirven de recomendaciones para acceder a puestos, a los que cobran más horas extraordinarias públicas de las que la ley permite,  a los que se han beneficiado de fraudes con cursos de formación, a quienes han recibido sobresueldos opacos o a quienes se las ingenian para ser insolidarios con todos. Pero más que listas que parecen inquisitoriales, quizá nos hiciera falta la valentía colectiva para reprochar a nuestro alrededor cada comportamiento corrupto. La picaresca es una maravilla de la literatura, pero carece de gracia tener que soportarla a nuestro lado.

Publicado en el diario HOY, el 11 de febrero de 2015.
  

Historia de mi colección de "Fuellas"

Las navidades de 1984 las pasé, como era habitual, en Monzón. Y allí pude ver en el informativo regional de RTVE en Aragón una noticia sobre...