11 febrero, 2015

Falciani y otras listas

Siempre me ha preocupado aquella gente cuya vida descuadra con aquello que predica, y que me parece la primera pista para desconfiar de ella. Recuerdo a un director de instituto público, que vivía a dos pasos del centro de educativo en el que daba clase, pero cuyos hijos asistían a un colegio privado en la otra punta de la ciudad. Más de uno le hizo ver su incongruencia e intentaban ejemplarizárselo de manera más gráfica: es como si tiene usted una panadería y vemos que compra el pan en una tienda de la competencia. La excusas que solía dar eran un tanto vergonzantes, porque en el fondo no se fiaba de la calidad y profesionalidad de sus propios compañeros de trabajo.

Cuando he sabido que Botín tenía un cuenta en un banco suizo con muchas consonantes, el difunto banquero ha pasado formar parte de mi particular lista de gente de poco fiar.  No es que antes tuviera alguna confianza en él, pero no me negarán la pésima publicidad para uno de los primeros banqueros de Europa eso de mandar a tierras tan frías su dinero personal, en lugar de colocarlo en una de sus cálidas sucursales por todo el mundo. A medida que vayamos conociendo los nombres y apellidos de Falciani iremos descubriendo a gente de nombres y apellidos rimbombantes, de los que se daban golpes en el pecho por defender la patria y los colores, pero que no tenían problema en escabullirse de sus obligaciones fiscales entre las montañas de los Alpes.

Estoy esperando que llegue el viernes para escuchar nuevamente a la portavoz del gobierno, para saber si continúa en su lucha hasta que el último español pague en dinero blanco todo lo que debe a Hacienda o si, por el contrario, volverá a no mencionar desde Moncloa los desajustes, desatinos y fraudes de personas bien conocidas. Hay quien piensa que listas como las de Falciani crean una inseguridad jurídica por lo que supone de revelación de datos de índole privada. Como no entiendo demasiado de detalles jurídicos no saldré en su defensa a capa y espada, pero no me negarán que será gracias a personas como él que podremos destapar la podredumbre de quien se escaquea de su compromiso para mantener los servicios públicos.  

No sé la eficacia que podrían tener en nuestra sociedad la publicación de otras listas como las de Falciani, las que agruparan a los que se sirven de recomendaciones para acceder a puestos, a los que cobran más horas extraordinarias públicas de las que la ley permite,  a los que se han beneficiado de fraudes con cursos de formación, a quienes han recibido sobresueldos opacos o a quienes se las ingenian para ser insolidarios con todos. Pero más que listas que parecen inquisitoriales, quizá nos hiciera falta la valentía colectiva para reprochar a nuestro alrededor cada comportamiento corrupto. La picaresca es una maravilla de la literatura, pero carece de gracia tener que soportarla a nuestro lado.

Publicado en el diario HOY, el 11 de febrero de 2015.
  

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