25 febrero, 2015

Cuando aprender es un lujo

En mi familia nadie pudo ni siquiera plantearse la posibilidad de ir a la Universidad hasta que llegó mi generación. Probablemente hubo antepasados mucho más capacitados, pero era algo impensable para la inmensa mayoría de la población hace 40 años. Luego llegó un tiempo, que esperemos que no acabe como un paréntesis en nuestra historia, en el que los jóvenes podían estudiar sin necesidad de que sus padres fueran demasiado ricos. Se extendieron las universidades por el territorio (quizá en demasía) y con algunas becas y mucho esfuerzo las clases medias pudieron cumplir sus ilusiones y dar a sus descendientes una formación superior.

Nos parecían lejanas aquellas historias de películas americanas, en las que el principal ahorro de la vida era para ir a la Universidad y no para comprarse una casa, que es lo que hacíamos por aquí. Pero un día te empiezan a llegar historias de gente conocida cuyos hijos se han tenido que marchar bien lejos para aprender el sueño de sus vidas. Como el caso de Eduardo, que se ha ido a la otra punta de la península para seguir sus estudios superiores de mandolina, y que se encuentra sin ningún tipo de beca - a pesar de cumplir todos los requisitos - debido a kafkianas paradojas rocambolescas que aparecen entre tanta normativa. También me llegaron los lamentos de Paula, que estudia a 400 km. de casa sin ningún tipo de ayuda a pesar de sus brillantes calificaciones: las becas complementarias de movilidad de la Junta requieren ser beneficiaria de beca de matrícula, para la que hay que tener un sueldo tan bajo que sería imposible mandar a una hija a estudiar a otra ciudad.

Han sido tantas historias las que me han llegado en un corto periodo de tiempo que uno empieza a preocuparse si no estaremos volviendo por la senda de un modelo de sociedad elitista, donde el acceso a la enseñanza superior esté vetada a quienes no pertenecen a una clase social bien acomodada. El debate sobre la duración de las titulaciones de grado y de posgrado encierra, según opinión de muchos expertos, un intento de hacer salir del sistema a quienes no puedan pagarse los miles de euros que costarán unos másteres imprescindibles para completar la formación académica.

Hoy se inicia en las aulas una huelga estudiantil, sobre la que no voy a entrar a valorar su eficiencia para lograr sus resultados, y en la que se reclama la derogación de ese decreto denominado 3 + 2 y que amenaza con expulsar a los jóvenes menos pudientes de los Campus Universitarios. La cuestión es si hay que permanecer callados ante el intento de dejar las universidades para quien se las pueda pagar de su bolsillo (como en Estados Unidos) o avanzamos hacia un modelo nórdico en el que las tasas universitarias son insignificantes. Esta no es una decisión de gestores sino de política con mayúscula: ¿queremos que aprender sea un derecho o un lujo?

Publicado en HOY el 25 de febrero de 2015.


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