Cuidar y cuidarse

En la oenegé de Derechos Humanos en la que colaboro desde hace casi treinta años nos seguimos reuniendo casi todas las semanas para intentar mejorar el mundo desde un rincón perdido. Estos meses lo hemos seguido haciendo y algunas personas del grupo intervienen desde una isla del Mediterráneo o desde la capital de Europa, tratando de aplicar ese principio tan olvidado de pensar globalmente y actuar localmente. En cada una de las reuniones dedicamos un tiempo a cuidarnos, a preguntarnos qué tal estamos, a contarnos cómo estamos viviendo estos momentos, a darnos ánimos y a no dejar que la tristeza o el pesimismo nos invadan.

Antes de que llegara 2020 solía despedirme y cerrar los mensajes con la palabra salud. No sé si estaba traduciendo ese “vale” que ponían en latín al terminar las cartas y que se ha quedado como la coletilla más inconsciente y utilizada de nuestro idioma, hasta el punto que en algún programa de humor portugués había un personaje español que solo pronunciaba esa palabra. De un tiempo a esta parte he cambiado algo tan genérico como la salud, por un imperativo suave y más personal.

Cuídate, cuidaos y cuídense han pasado a ser las palabras que cierran mis correos electrónicos, mensajes de whatsapp o conversaciones de viva voz. Mientras las escribía al principio de este párrafo he buscado su origen etimológico y se han confirmado mis intuiciones: cuidar viene de cogitare, del pensar que Descartes convirtió en piedra angular de su filosofía, el cogito, ergo sum.

Las prioridades han cambiado tanto en menos de un año, que he llegado a la conclusión de que quienes anteponen cualquier cosa a los cuidados están, en el fondo, abdicando también de su capacidad de pensar. Si no cuidamos es porque no pensamos. Es urgente cuidar la tierra, el planeta entero, los pueblos perdidos, los barrios olvidados, a la gente mayor que está sola, a los niños que pasan horas en casa mientras sus progenitores se ganan la vida con más precariedad que holguras, a los que vienen en pateras, a quienes no tienen techo o a quienes llevan meses o años sin trabajo.

Para algunos virus ya hemos encontrado vacuna y se va inyectando poco a poco entre la población. Pasado mañana empieza un año que todavía va a ser muy duro, pero se atisba una luz en el fondo que debería ser como una vacuna colectiva que nos hiciera pensar y cuidar por encima de cualquier otra tentación cortoplacista.

Todo pasará. El sol brillará, nos descubriremos las caras, viajaremos a lugares soñados, nos abrazaremos con fuerza, recordaremos a quienes nos han dejado, construiremos espacios donde haya más manos tendidas que codazos, tendremos más en cuenta a las personas que a las cuentas de resultados, desconectaremos las pantallas para mirarnos directamente a los ojos, reiremos sin medir el dichoso metro y medio, brindaremos por la parte alta de las copas, cantaremos a grito canciones eternas, estrecharemos nuestras manos sin guantes ni geles hidroalcohólicos.

Un último esfuerzo y que se nos quede como una costumbre para siempre: la de conjugar el verbo cuidar en todos sus tiempos, modos, voces y personas. Piensen, cuiden y cuídense.

Publicado en el diario HOY el 30 de diciembre de 2020.

 


 

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