28 diciembre, 2016

Jerigonzas y engendros



En Portugal hay un término que hace un año casi nadie conocía y que ha pasado a estar en los periódicos todos los días. La geringonça no es lo mismo que nuestra jerigonza, porque en portugués tiene una acepción que se refiere específicamente a aquel artefacto complejo, compuesto de piezas diferentes y escasa consistencia. La palabra volvió a ser puesta en circulación por un comentarista político llamado Vasco Pulido Valente para identificar al gobierno formado por el socialista António Costa con el apoyo del resto de partidos de izquierda. Los medios han hecho el resto y han conseguido extender el vocablo, que es muy probable que consiga el título de palabra del año.



Conseguir que una palabra se imponga para definir una realidad nueva se ha convertido en una prioridad política y mediática. Si, además, el término elegido tiene ya una carga despectiva, entonces la tarea de echar por tierra cualquier nueva iniciativa tiene posibilidades de hacerse fuerte. En Portugal el llamado gobierno de la geringonça está consiguiendo, contra viento y marea, cambiar el rumbo de una ruta marcada por la troika y ejecutada por la coalición de conservadores y liberales. A la hora de hacer balance del primer año de gobierno, desde la prensa económica -que no suele estar escorada a la izquierda- se afirmaba que se había conseguido demostrar que hay una alternativa al austericidio, y que era posible afrontar subidas de salarios mínimos, de pensiones y del poder adquisitivo de las clases medias y bajas. No se puede ocultar que se trata de un gobierno con sus contradicciones y que va a tener que hilar muy fino para lograr acuerdos duraderos entre fuerzas con puntos de vista diferentes, aunque no antagónicos. Pero ha conseguido que muchos de los que esperaban que el artefacto se viniera abajo tengan que comerse algunas de sus palabras.



Ocurre, en ocasiones, que lo que pudiera parecer un engendro con dificultades de mantenerse en pie llegue a convertirse en una solución posible y con capacidad de mejorar lo existente. Además, las diferencias desde el punto de vista ideológico son más fáciles de superar cuando hablamos del ámbito local, donde el nivel de conocimiento entre las personas es mayor y donde determinadas líneas dejan de ser insalvables. Quizá por ese motivo sería posible que, por poner un ejemplo, tres formaciones de la oposición pudieran consensuar otra manera de gobernar una ciudad. Tal vez sin tener perfectamente consensuado un modelo de ciudad, pero con la capacidad de ponerse de acuerdo en cómo regir un consistorio con criterios de transparencia y poniendo por delante los intereses de los ciudadanos más desfavorecidos. Y lo que ha ocurrido aquí al lado, en Portugal, con obstáculos pero con logros tangibles para las personas, puede atravesar fácilmente la frontera sin necesidad de provocar el pánico. Si demonizamos a los partidos cuando no se ponen de acuerdo y también cuando lo intentan, tal vez deberíamos preguntarnos si nos está fallando algo en nuestro sentido crítico.

Publicado en el diario HOY el 28 de diciembre de 2016 

Ilustração de Hélder Oliverira no Expresso do 5 de maio de 2016