14 diciembre, 2016

Ideas y personas

Cuando nos enseñaban aquello del análisis sintáctico nos decían que había que preguntarle al verbo para averiguar quién era el sujeto y qué era complemento directo. La personalización en todos los ámbitos de la vida, especialmente en los mediáticos, nos ha llevado a darle más importancia al sujeto que realiza la acción que a lo que realmente se hace. Buena prueba de ello es que a veces se consigue un mayor éxito de taquilla con el actor o la actriz del momento que con un buen guión. Además, es una tendencia que inunda todos los campos que podamos imaginar: las crónicas dedicarán más minutos a la actuación de la estrella del equipo de fútbol que al trabajo de los otros diez jugadores, por no hablar de los grupos de música en los que la tarea colectiva se ve ensombrecida siempre por la de la voz (del) cantante.

Cuando surgió el 15M los periodistas perdían los nervios cuando el movimiento no tenía portavoces fijos, caras conocidas, nombres y apellidos con los que titular o dirigentes a los que poder investigar, porque no quedaba más remedio que centrarse en el contenido de los mensajes y eso es algo a lo que cada vez nos acostumbramos menos. El hiperliderazgo es lo que vale y el resto pasa a ser accesorio. En los debates cuentan más las miradas, los tonos de voz, los maquillajes, los peinados o los gestos corporales que el discurso en sí. No es de extrañar que estén más cotizados los asesores de imagen que quienes elaboran las propuestas y estamos empezando a darlo como normal. A este paso la crítica gastronómica no se hará probando los platos sino con unas imágenes que, en ocasiones, se confeccionan con elementos incomestibles, donde los suculentos helados no son más que puré de patata coloreado.

En los próximos meses todos los partidos van a celebrar procesos congresuales y van ser examinados con lupa: los que nunca han permitido que sean sus bases las que elijan directamente sus destinos, los que lo hicieron durante algún tiempo y ahora quieren volver al pasado, y los que han llegado nuevos y con la intención de hablar de todo con las puertas abiertas. El veredicto suele ser, paradójicamente, muy benévolo con aquellos partidos con poca democracia, a los que tildan de robustos, mientras que los que cuentan con varios posicionamientos internos son considerados un gallinero.


En el debate interno de Podemos, que está siendo noticia los últimos días, nos encontramos a quienes quieren separar el debate político, estratégico y organizativo de la elección de los dirigentes y a quienes consideran que es mejor votar todo junto. Quizá no se hayan planteado que sería mejor consensuar al máximo qué se quiere hacer y luego elegir a quienes deben intentar ponerlo en práctica. Pero sería poner a las ideas por delante de los personalismos y me temo que eso empieza a ser difícil incluso entre quienes desean cambios profundos.

Publicado en el diario HOY el 14 de diciembre de 2016