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29 mayo, 2024

Justicia social


    Me siguen resonando las palabras de un presidente sudamericano en contra de la justicia social. No me habrían impactado tanto si no fuera porque he pasado unos días como acompañante en un gran hospital público extremeño, un lugar que te permite reflexionar y donde también se aprende que quienes vienen de ciudades se cruzan sin apenas saludarse, mientras quienes proceden de pueblos dan los buenos días sonoros, lo que me hace pensar que la ruralidad nos está superando, paradójicamente, en aquello que llamaban urbanidad.

    A veces no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que nos falta, que es lo que también pasa con la salud. En Europa, con muchos defectos, hemos alcanzado un estadio básico de esa justicia social y que consiste en poner en común servicios públicos que atienden a todos los seres humanos sin preguntarles cuánto tienen en el bolsillo. Imagino que a los que les sobran los millones les fastidia pagar impuestos para sufragar hospitales en los que no se dignarían a poner el pie para no tener que compartir habitación con un pobre de solemnidad.

   Reconozco que la teoría de reducir lo público a la mínima expresión, de disminuir los impuestos directos que gravan a los que más ganan y que cada uno se pague lo que quiera en función de su poder adquisitivo es la mejor opción cuando te sobran billetes. Si te puedes pagar un tratamiento en Houston a 3.000 dólares diarios, ¿para qué vas a querer sufragar un hospital comarcal al que no irías salvo que te llevaran inconsciente? Así que se puede entender que los muy ricos aboguen por esta teoría destructiva de lo público porque están defendiendo sus intereses más egoístas. Lo que no se comprende es que una parte de la población más depauperada del continente esté aplaudiendo estas propuestas que, en caso de implementarse, acabarían por dejarles en las calles, como ya ocurre en algún país que dice liderar el primer mundo.

    Creo que Europa se encuentra ante uno de esos momentos claves de su Historia, porque los avances de poner en común servicios y prestaciones universales se pueden ver en peligro gracias a los votos de una buena parte de quienes serían los principales perjudicados. Pero no hay nada como enfervorecer al pobre dándole una bandera, hablando de patrias, culpando al inmigrante o al paupérrimo de sus males y expandiendo con bulos un discurso racista, xenófobo, machista y aporofóbico.

  Olvidar la Historia, la que se escribe con mayúscula, es la enfermedad mental más peligrosa que podríamos estar incubando como sociedad. Mucho más que esas otras que nos impiden recordar dónde estamos o cómo se llaman nuestros seres queridos. Conocer bien lo que empezó a engendrarse hace cien años en Europa sería la mejor medicina preventiva para no cometer los mismos errores.

  Salí del hospital la semana pasada agradeciendo el trato dispensado por quienes allí trabajan, apreciando lo que tenemos y temiendo que algún día la salud y la vida de los seres humanos sea un valor bursátil que cotice en Wall Street: que apuesten por ello los muy ricos puede entenderse por su codicia, pero que lo hagamos quienes estamos muy lejos de serlo sí que sería muy preocupante.

 

 Publicado en el diario HOY el 29 de mayo de 2024

 


 


 


16 noviembre, 2022

  ¿Qué le pasa o cuánto tiene?  

Hace dos semanas acudí a mi centro de salud para unos análisis. Todo fue rápido: diez minutos de cola y me realizó la extracción una estudiante de enfermería en prácticas, que lo hizo de manera impecable. Mañana me verá los resultados el especialista, como cada seis meses, en un gran hospital de la región. El lunes tengo que acercarme de nuevo al centro de salud para una vacuna y la cita para el médico de familia me la dan para dentro ocho días.

 

Sé que no todo el mundo puede contar la misma historia. Quienes viven en las zonas rurales de nuestra región lo tienen muchísimo más complicado y hay comunidades autónomas en las que el personal sanitario y los pacientes, en el más amplio sentido del término, han salido a la calle a defender una sanidad pública y de calidad.

 

Los que hasta hoy hemos tenido tanta suerte a la hora de tratar con nuestro sistema de salud y sus profesionales, podemos entender la desesperación de quien no tiene cita para la pediatra hasta dentro de veinte días, o la de quienes han de esperar un año hasta que los vea un especialista. Habrá quién pueda permitírselo y pagará de su bolsillo una consulta privada, pero me temo que hay millones de personas cuyas economías familiares quebrarían si no existiera un sistema público de salud donde al llegar solo te preguntan cómo te encuentras.

 

También conozco a quienes padecen enfermedades crónicas y no podrían costearse individualmente los tratamientos que necesitan, si no fuera porque se los pagamos entre todos a través de ese fondo común -alguna lo llamaría “comunismo”- que son los impuestos. A quien le sobra el dinero para pagarse un seguro médico privado que le evite colas y esperas, pensará que todos esos impuestos para construir hospitales públicos se los están robando de su bolsillo. Eso llevan años pensando hace mucho tiempo en Estados Unidos y es una política que provoca casos como los de Alec Smith. Este diabético de Minnesota falleció con 26 años al comenzar a usar menos insulina de la necesaria, porque la subida del precio en 2017 le suponía gastar 1300 dólares al mes, una cantidad que no tenía. En 2020 se ha aprobado allí una ley que lleva el nombre de Alec y que garantiza que esa sustancia vital no sea un lujo para nadie.

 

Los enemigos de los sistemas públicos, ya sean de salud o de otras cosas, saben bien cómo salirse con la suya. Thatcher fue una maestra en dejarlos sin medios, propiciar su deterioro y esperar a que todo el mundo aplaudiera cualquier privatización. El domingo ocuparon las calles de Madrid quienes desean mejorar el servicio público de salud, algo que aplaudiría el más liberal del universo si necesitara un trasplante de órganos o un tratamiento de esos que cuestan más de seis cifras.

 

Se puede y se debe mejorar nuestra sanidad pública, pero seguiré pagando a gusto más impuestos para que en nuestros hospitales y centros de salud curen y atiendan a quien llegue a la puerta pidiendo auxilio, para que solo le pregunten qué le pasa y no cuánto tiene. 

 

Publicado en HOY el 16 de noviembre de 2022




13 junio, 2018

Seres comunes



En este mundo siempre ha sido más fácil impartir justicia a granel que hacerlo de forma selectiva. Todo depende de si perteneces a la aristocracia de los Lores o eres uno más de esos seres comunes que andan por ahí. En eso no nos diferenciamos demasiado de los animales, cuyos tratamientos veterinarios se hacen de forma individual en el caso de valiosas reses y se sacrifica sin distinción a rebaños y piaras menores.



No quisiera entrar en la polémica surgida con motivo de la repetición de unos exámenes en Extremadura y que, como cabía esperar, se ha zanjado con un castigo colectivo a varios miles de inocentes por culpa de un descuido o negligencia del que se habrían podido ver favorecidas algunas personas.



¿Cree alguien que se habría actuado de la misma manera si no fuera porque las personas perjudicadas son jóvenes que apenas han cumplido los 18 años? Mucho me temo que no, que se ha optado por hacer tabula rasa y cortar con sierra mecánica lo que debería haber sido tratado con delicadas técnicas de mínima invasión.



Olvidarse de los seres comunes es lo más sencillo en cuanto se tiene algo de poder. Esos seres comunes de los que hablo pueden ser congéneres que huyen de la muerte en barcazas y que son tratadas como apestados, pero también lo son los neorurales condenados por dar vida a pueblos abandonados de Guadalajara porque no tienen cláusula legal que les ampare. Para eso fue más listo el potentado empresario que se aseguró un pingüe beneficio guardando gas bajo un castor mediterráneo: funcionara el invento o no, él nada perdía. Eso, sí que es jugar con ventaja.



Me temo que el desprecio a los que están más abajo está más extendido de lo que parece: grandes bancos reclaman seguridad jurídica para evitar nuevos impuestos que graven sus beneficios y lo hacen porque saben que pueden cambiar la ley con dos llamadas de teléfono, sin necesidad de bajar a la calle con pancarta, y porque, en el peor de los casos, tienen en su mano pasarle esa pelota a los clientes con menos recursos en forma de comisiones bancarias.



Una sociedad o un colectivo que se precie de valores morales es aquel que se preocupa por sus seres más débiles e indefensos. En los últimos días hemos podido ver gobiernos capaces de dejar morir a centenares de personas con argumentos xenófobos y a poblaciones civiles con agallas para superar esa miseria criminal que se esconde bajo el odio a todo extranjero pobre que huya de la muerte.



Nunca es tarde para ponerse del lado del bien común, para estar junto a esos seres comunes que jamás pisarán una alfombra, que tampoco serán recibidos en palacio y que difícilmente serán escuchados por quienes creen que el estrado institucional en el que están subidos es una garita (o un garito) del que hay que apartar a los que nada tienen. Poco tenemos que recuperar de los errores del pasado y mucho que hacer por el bien común.

Publicado en HOY el 13 de junio de 2018

*La imagen es de José Manuel Puebla y se publicó en ABC el 4 de septiembre de 2015
 

16 abril, 2012

No somos todos


El martes se abrían las puertas virtuales de Hacienda para hacer las declaraciones de renta y una avalancha bloqueaba los sistemas informáticos. Podría interpretarse como una señal del alto nivel de concienciación ciudadana por cumplir con su deber, pero hay quien cree que no es así: más que el deseo ferviente de apoquinar y arrimar el hombro por el bien común, las prisas eran por cumplimentar las declaraciones lo antes posible, con la esperanza de que las devoluciones sirvan para vivir un pequeño desahogo. No hay nada como pagar impuestos en una sociedad que es capaz, con el apoyo de los que más tienen, de crear servicios que pueden ser utilizados por todas las personas sin que se les mire su cartera antes de entrar. Por eso no me duele ni un céntimo de mis impuestos cada vez que me encuentro con gentes muy humildes en la consulta del centro de salud de mi barrio, donde el médico las llama por su nombre. Tampoco me duele ese dinero pagado cuando veo los esfuerzos que hacen la mayoría de los profesores en un mundillo lleno de dificultades, o la amabilidad de esa funcionaria del registro que siempre está de buen humor y trasmite calma a los de la cola. Cuando Paco Fernández Ordóñez inventó aquello de que la Hacienda con mayúsculas éramos todos, nunca pensó que algún día se daría una puñalada trapera a los que dependen de una nómina, mientras una puerta legal daba la absolución a los defraudadores, evasores, especuladores y detentores del dinero negro. Me temo que Hacienda no vamos a ser todos: unos seguirán siendo hacendados y otros solo lo seremos comprando la marca blanca de Mercadona.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 16 de abril de 2012

31 agosto, 2009

Yo pago mis impuestos


En las películas americanas de mi infancia siempre había un personaje que usaba esa frase para apuntalar sus quejas y exigencias. Confieso que entonces no la entendía y tuve que preguntar qué eran impuestos y por qué decían esa frase. El tiempo me acabó explicando todo y me enteré, no sin dificultad, que las calles, las escuelas y los hospitales se pagan con el dinero de esos impuestos. En teoría paga más el que tiene más, aunque he leído que en Extremadura los asalariados apoquinamos mucho más que los empresarios. Paradójicamente, son éstos los que tienen mejores casas, lujosos coches y visten mejores galas, pero será por alguna razón que ignoro, porque entre gente tan patriota no creo que haya defraudadores. La verdad es que no comprendo a los que se quejan de los impuestos. A mí me gustaría pagar más y envidio a los que tienen que soltar cada año cientos de miles de euros al fisco. Cuando llega la época de la declaración de la renta hasta me suelen devolver dinero y añoro aquel año que gané mucho y tuve que pagar. En cambio, hay quien preferiría reducir los impuestos para que cada uno se pague la educación, la sanidad y hasta la seguridad privada. En el fondo lo que no quieren es tener que pagar servicios públicos que no utilizan para no juntarse con los pobres en las piscinas municipales, en la sala de espera del centro de salud o en el patio del colegio. A lo mejor no es necesario subir los impuestos y todo se resolvería si cada uno pagara lo que le corresponde en justicia y se persiguiera el fraude. Así podríamos decir sin rubor la frasecita de las películas americanas.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 31 de agosto de 2009.

Equipos y estrellas

  No sé si las celebraciones mundiales se acabarán esta semana o se prolongarán varios meses, otorgando cada región las oportunas medallas i...