De los pocos conceptos económicos que nos enseñaban en la escuela recuerdo aquel que diferenciaba el valor de uso y el valor de cambio, ejemplificados en el agua y el oro. Cuando toca hablar de paz, los escasos conocimientos económicos pasan a ser inservibles, porque la paz tiene un valor incalculable, tanto de cambio como de uso. Y lo es especialmente para quienes sufren por no tenerla, que no son pocos en el mundo y algunos bien cerca. Quizá por eso resulta incomprensible que las oportunidades para enterrar conflictos violentos mediante soluciones de pacificación estén siendo objeto de impedimentos y bloqueos irresponsables. Enredarse ahora en una disputa sobre lo que unos dijeron en Zúrich hace 10 años, sobre lo que otros dicen que dijeron en 2006, sobre quién fracasó más, quién lo hizo peor o quién causó más daño, no es sino una forma estúpida de perder el tiempo y una ocasión histórica. Hay que conjugar el futuro, que a buen seguro no será perfecto, porque ya sabemos a ciencia cierta que el pretérito fue muy imperfecto. Cualquier extranjero con cierta lucidez y sin los prejuicios y condicionantes que padecemos, nos recomendaría dejarnos de zarandajas, olvidarse de quién se comió el faisán o quién se ha tragado más sapos. Vivimos un tiempo para valientes, para arriesgarse en pos de una paz más o menos segura que, como ya decían los romanos, siempre será mejor que una victoria esperada. Pero a veces da la sensación de que algunos preferirían sacar rendimiento partidario de un conflicto enquistado, antes que una solución en el País Vasco con medallas para el adversario político.
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04 abril, 2011
31 enero, 2011
Hombres buenos
Cuando vi a Morgan Freeman haciendo de Mandela en Invictus pensé que todos los políticos del mundo deberían ver esa película. No es que sea una obra maestra del cine, incluso tiene exceso de melés, pero es capaz de trasmitir muchas enseñanzas imprescindibles para quienes han de lidiar con graves conflictos. A mediados de los años 90 el líder surafricano habría tenido toda la legitimidad del mundo para vengar las afrentas sufridas por él mismo y por los suyos, pero optó por tender la mano a sus más crueles opresores para construir una nueva sociedad. Que cada uno lo lea como quiera, pero la paz y la convivencia, aquí y en China, necesitan inteligencia y generosidad a partes iguales, una fórmula que tal vez no se use demasiado. Es más fácil no tener piedad con el enemigo que huye, aunque el refranero aconseje ponerle un puente de plata, que arriesgarse a poner los pilares de una difícil coexistencia entre quienes fueron víctimas y verdugos. Entraba Madiba en el hospital cuando conocíamos la noticia de la muerte de Samuel Ruiz. Un nombre que tal vez no le diga nada a muchos y que apenas ha aparecido en los periódicos y televisiones. El obispo de Chiapas era de los que no se limitó a prometer el cielo en la otra vida, sino que se preocupó por apagar el infierno terrenal, el que nace de la grave situación de miseria y marginación de los indígenas del sur de México. Se nos apagan los hombres buenos, aquellos que pusieron su propia vida en peligro para mejorar la de los demás. Son ejemplos en desuso en un tiempo en el que no se permiten más heroísmos que el beneficio propio. Ya nos quedan pocos.
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