Mostrando entradas con la etiqueta Palestina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Palestina. Mostrar todas las entradas

05 marzo, 2025

Diplomacia y gansterismo

Ignoraba cuántas acepciones tenía la palabra ‘diplomacia’ hasta que la busqué en el diccionario el pasado fin de semana. Además de algunas definiciones técnicas sobre asuntos de relaciones internacionales, los lexicógrafos nos han apuntado también una serie de sinónimos, afines y antónimos de la diplomacia sobre los que no dejo de pensar.


Las recientes imágenes de Zelenski en la Casa Blanca me han retrotraído a aquellos días de febrero de 2022, cuando todas las cadenas de televisión colocaban una bandera de Ucrania en una esquina de las pantallas. Incluso en los partidos de fútbol ponían los colores azul y amarillo junto al minuto de juego y el resultado, para que quien estuviera viendo su deporte favorito no perdiera conciencia de lo que estaba ocurriendo en esa zona de Europa. En algún edificio público también colocaron la enseña ucraniana en la puerta principal durante muchos meses, para que nadie olvidara los sufrimientos de aquel país. Sin embargo, no se hizo lo mismo con la bandera de las gentes de Palestina, que a pesar tantos ataques con tintes genocidas no han merecido la misma consideración simbólica.


El episodio de Trump y Vance acorralando a Zelenski se analizará en las escuelas diplomáticas como un antónimo de diplomacia. No hay nada parecido al “respeto”, a la “habilidad”, a la “delicadeza” o a las “buenas maneras”, esas palabras afines que encontré en el diccionario. La escena se parece más a la de una enésima secuela de El Padrino que a un encuentro entre dirigentes de dos estados soberanos.


¿Qué podemos esperar de un mundo en el que los mandatarios más poderosos tienen comportamientos muy parecidos a los del gansterismo y tan alejados de la diplomacia? Pues se lo pueden imaginar: nada bueno para casi nadie en el planeta, independientemente del lugar en el que se viva y las condiciones que se tengan. Trump y el trumpismo no avanzan solos, lo hacen con un apoyo económico y mediático descomunal y muy eficaz, porque consiste en convencer a una buena parte del electorado de que la culpa de no disfrutar de un buen empleo, de un salario decente o una vivienda digna la tienen gentes de otro color de piel, de otra lengua, de otra cultura y que todavía son más pobres y desdichados.


¿Era la diplomacia la panacea para lograr un mundo más justo y más humano? Pues ya sabemos que no. A lo largo de la historia la diplomacia ha fracasado en multitud de ocasiones aunque acabara guardando, relativamente, las formas. Ahora, sin embargo, ya hemos visto que el respeto, la habilidad y las buenas maneras propias de la diplomacia han desaparecido por completo del manual de instrucciones del trumpismo y que sus seguidores en todo el mundo (¡sí, también en Europa!) jalean más a quienes se comportan como matones de los bajos fondos. Europa se prepara para lo peor: para soportar la alianza de intereses entre dos sátrapas, poniendo al viejo continente como campo de batalla y con el estúpido aplauso de un alto porcentaje de europeos que creen que sus gansters favoritos son mejores que ese invento woke llamado diplomacia. Quizá esto sea lo más preocupante y doloroso.


Publicado en el diario HOY el 5 de marzo de 2025 



 

02 octubre, 2024

Los mismos de siempre

No recuerdo la primera vez que tuve conocimiento de las desgracias de la población palestina. Las guerras de mi infancia las veía en telediarios en blanco y negro, hablaban de un conflicto árabe-israelí que pareció terminar con unos acuerdos en Camp David y con posteriores premios Nobel de la Paz para Anwar-Al-Sadat y Menachen Begin. Años más tarde me fui enterando de que a los palestinos, aquellos a los que habían echado de sus casas para crear un Estado judío tras el holocausto, los habían olvidado en aquellos acuerdos y 3.000 de ellos fueron aniquilados en los campos de refugiados de Shabra y Shatila, en tierras libanesas, allá por 1982.

Andaba ya por la Facultad cuando llegó a mis oídos la primera intifada, de la que ya recuerdo imágenes en color de soldados que rompían con pedruscos los codos de unos niños de apenas 11 años, que es el castigo que merecían por apedrear los carros blindados. Aquella imagen se nos grabó a toda una generación que nos abrigábamos los inviernos con pañuelos de aquellas tierras y que veíamos a Arafat con la rama de olivo en una mano y una piedra en la otra mientras hablaba en la ONU.

 

En 1990 Kuwait fue invadido, occidente bombardeó a Irak y a sus habitantes, dejó a Saddam Hussein en el poder en 1991 y al final de ese año se fraguó una Conferencia de Paz en Madrid para poner concordia en aquellas tierras. ¿Adivinan quiénes volvieron a ser los olvidados? Pues sí, los mismos de siempre. Más tarde llegaría una ligera esperanza y hubo Nobel de la Paz para Arafat, Rabin y Peres en 1994, pero Isaac Rabin fue asesinado por un ultraderechista judío en 1995 y las cosas se volvieron a torcer para los mismos de siempre.

 

Anteayer se cumplieron 24 años de otras imágenes que quizá recuerden: las de Muhammad al-Durrah y su hijo refugiándose en una pared de los disparos de soldados israelíes, del llanto del niño, de los esfuerzos del padre por cubrir con su cuerpo a su criatura. Tras la guerra de Iraq y la caída de Saddam en 2003 se pensó que ya todo estaba dispuesto para dar una solución digna a la gente de Palestina, pero tampoco.

 

Han pasado 20 años más y el Líbano volvía esta semana a ser objetivo militar israelí, como Shabra y Shatila en 1982. Mientras escribía esta columna la edición digital del periódico informaba de una subida del 4% en el precio del crudo ante los tambores de guerra y de un inminente ataque iraní con misiles balísticos sobre Israel. No se ha cumplido un año desde el fatídico ataque terrorista de Hamás el 7 de octubre de 2023 y el resultado no puede ser más descorazonador: aquellas 364 víctimas civiles israelíes inocentes se han centuplicado con creces del lado palestino, con miles de mujeres y niños encabezando unas estadísticas insoportables.

 

Un escenario de guerra global es lo peor que nos puede pasar y ayer las cosas estaban muy mal. Desgraciadamente, sí hay un pueblo que casi no tiene margen para empeorar su situación, de ahí que sea urgente salvar al pueblo de Palestina de un horror que dura demasiado.

 

Publicado en el diario HOY el 2 de octubre de 2024



 

01 noviembre, 2023

Lamentaremos estos días

La segunda Guerra Mundial nos colocó al borde del abismo. Vimos una ideología totalitaria, racista y antisemita acaparar poder político, que se convirtió en poder militar, que comenzó a ocupar territorio y a involucrar al mundo en una guerra salvaje que duró cinco años. De aquella guerra creímos haber aprendido y se intentó dotar al mundo de una norma universal de derechos para todas las personas, sin distinciones de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole. La llamaron Declaración Universal de los Derechos Humanos y el mes que viene cumplirá 75 años de existencia.

La ciudad de Ginebra ya había visto firmar varias convenciones desde el XIX para que tras las batallas no hubiera ensañamiento con heridos, enfermos o prisioneros de guerra. Mas fue en 1949, tras dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, cuando un cuarto convenio en la ciudad suiza tuvo que abordar también la protección a la población civil en los conflictos bélicos. 

¿Es lo ocurre ahora en Gaza la mayor escabechina jamás vista? Pues me temo que no. Quienes fueron testigos de lo ocurrido en Ruanda en 1994 dicen que aquel genocidio de tutsis a manos de hutus nos habría estremecido. Y mucho más si en aquellos años todo el mundo hubiera tenido una cámara en el bolsillo con capacidad de enviar reportajes hasta Alaska o Australia en apenas tres segundos. O quizá no nos habría impresionado porque las distancias geográficas y culturales nos impedirían sentir el mismo dolor que cuando recibimos a refugiados de la guerra de Ucrania en 2022 y vimos que esos sí se parecían a nosotros.

Se calcula que el ataque de Hamas del 7 de octubre segó la vida de 1400 personas y capturó a más de 200 rehenes. Ninguna de ellas era merecedora de los males sufridos. Las víctimas de Gaza se calculan en más de 7.000 y los heridos podrían rondar los 18.000. Tardaremos en saber los datos exactos y pasará mucho tiempo hasta que se puedan retirar los escombros y se descubra lo injustas que son las acciones militares que actúan sobre la población civil sin importarle que sean ancianos, enfermos, niños o bebés. Quienes consideren como legítima defensa a un acto de terrorismo el bombardeo incesante de viviendas y hospitales de esa prisión a cielo abierto que es Gaza, deberían hacérselo mirar. La población civil palestina no merece este castigo de hoy, ni tampoco aquellos niños a los que unos soldados rompían los brazos a pedradas en 1987, ni tampoco Mohamed Al-Dura, el chico acribillado por más que su padre intentara protegerlo con su propio cuerpo.

Lamentaremos estos días: quienes sobrevivan en Gaza, los que ya no tienen nada que perder, no olvidarán nunca lo ocurrido y buscarán venganza. El mundo necesita parar a Netanyahu sin medias tintas, que es lo que ha intentado expresar António Guterres. No puede haber demócratas europeos y norteamericanos en silencio cómplice mientras se extermina a población palestina al margen de las convenciones de Ginebra. Ayer, mientras escribía estas líneas, toda la actualidad parecía decimonónica. Volvamos, al menos, al siglo XX, a los Derechos Humanos, a considerar un crimen bombardear a niños en hospitales. 





17 octubre, 2023

En medio de Oriente

Tras la primera guerra del Golfo había muy mala conciencia en Europa por todo lo ocurrido y lo ocultado. Los 408 civiles muertos aquel 13 de febrero de 1991 en el refugio de Al-Amiriyah debieron pesar tanto, que hasta Bush padre se apresuró a participar en una conferencia de Paz en Madrid a finales de ese mismo año. Se abría la esperanza de que todo era posible porque ya habíamos visto en libertad a Mandela y eso significaba que otros conflictos de odio, discriminación y violencia podrían ir superándose con más diálogo que con ejércitos. 

En 1993 llegaron los acuerdos de Oslo, en abril de 1994 todo el mundo pudo votar en Suráfrica, Mandela se alzó con la victoria y Arafat, Simon Peres e Isaac Rabin recibieron el Premio Nobel de la Paz a finales de ese año. No fue nunca un proceso fácil y siempre estuvo lleno de contradicciones, pero no era imposible. Al año siguiente, un aciago 4 noviembre de 1995, la vida de Isaac Rabin se la llevaba por delante un ultrasionista llamado Yigal Amir y muy contrario a los acuerdos de Oslo.

No tardamos en darnos cuenta de que había gente que se sentía más a gusto en la guerra que en la paz, especialmente quienes han consagrado su vida y su profesión a empuñar armas y disparar misiles, sin importarles que sus objetivos estratégicos o militares sean jóvenes que se divierten en un festival o un millón de ancianos, mujeres y niños a los que se les corta el agua y la luz, se les bombardea ciegamente y se les destruyen sus casas.

Se oye con frecuencia eso de que los extremos se tocan y no es del todo cierto. Lo que sí ocurre es que se retroalimentan. A quienes estaban deseando arrojar al mar a la población palestina que malvive en Gaza, los atentados de Hamás les habrán servido como coartada. Y la masacre de estos días en Gaza empujará a los hijos de las víctimas a inmolarse en un futuro no demasiado lejano, porque quienes sobrevivan a esta barbarie seguirán acumulando ira y soltándola, ya sea a gota a gota o a borbotones. 

No sé si volveremos a ver en este siglo una foto como la de Arafat, Peres y Rabin en 1994. Todo hace indicar que tardaremos porque la dinámica del XXI no es nada propicia para pontífices – en el sentido literal de la palabra – y sí para quienes quieren dinamitar todos los puentes de diálogo y centrifugar a toda la población hacia el odio eterno a quienes no son, no piensan, no creen y no viven igual que ellos mismos.  

No dejemos de reclamar la paz para todos los seres humanos, porque tan inmerecedores de la muerte eran quienes cayeron el 7 de octubre a manos de Hamas, como los que desde el día siguiente huyen sin luz ni víveres hacia el sur de Gaza. Y tampoco se debiera olvidar el pasado: una historia en la que hay genocidios vergonzantes para el género humano, desde las poblaciones indígenas de América al esclavismo en África, pasando por el Holocausto o el drama eterno de saharauis y palestinos. 

Publicado en el diario HOY el 18 de octubre de 2023




19 mayo, 2021

Los nadie de Oriente Medio

Llevo años dedicando una parte de mi tiempo a preocuparme por gente que sufre injusticias y viven muy lejos de aquí. No tiene demasiado mérito por mi parte: una reunión semanal y un reparto de tareas que nunca sabemos si son de utilidad, pero ya dejé de plantearme si las acciones de solidaridad merecen o no la pena en función de los logros conseguidos, porque lo único inútil en la vida es la pasividad y el lamento.

Hace unos días conocí la historia de Núria Marcet, que tiene 91 años y que todavía aparece por su barrio cada mañana que desahucian a alguien del vecindario. Si admirable me parecen las acciones de Núria, no se pueden imaginar lo que pienso de las cooperantes que están en la franja de Gaza, donde han muerto en los últimos días 198 palestinos, de los que 58 son menores y 34 mujeres, además de 1.300 heridos. Sí, también han muerto ocho adultos y dos menores israelíes a casusa de los ataques terroristas de Hamas, pero la desproporción del sufrimiento que se desprende de las cifras no tiene parangón.

Hoy no se puede hablar de una guerra en esta zona de Oriente Medio. Estamos hablando de una Estado con miles de tanques, una poderosa aviación y el ejército más preparado del planeta, contra una población indefensa y maltratada desde hace décadas, que no consigue tener su lugar en el mundo en el que vivir, que ansía tener el mínimo espacio vital que toda comunidad merece. Una lucha tan desigual debería tener otra palabra para no confundir los términos.

Lo peor, como siempre ocurre en todo enfrentamiento violento, lo encontramos a la hora de justificar lo injustificable. Israel culpa a los propios palestinos de la muerte de sus niños con la misma argumentación que utilizaron los bombarderos americanos que mataron a cientos de criaturas en un refugio de Bagdad en 1991, con la misma siniestra argucia con la que se justificaban las muertes en una casa-cuartel.

Las organizaciones de Derechos Humanos presentes en el terreno hablan ya de crímenes de guerra: destruir los hogares en los que viven familias es una violación del derecho internacional. Y tras la muerte y la destrucción llega la desesperanza, la falta de horizontes por el fracaso de todos los intentos de lograr una paz que cada vez parece más imposible.

Médicos sin fronteras nos cuenta que sus instalaciones en Gaza han sido dañadas, que falta sangre para transfusiones, que reciben 45 heridos diarios con quemaduras graves, que hay matanzas indiscriminadas de civiles y que sin pudor derrumban el edificio donde trabajaban Al-Jazeera y la agencia AP.

Por eso necesitamos gente como Núria Marcet o como Juana Ruiz, la cooperante de origen extremeño detenida. Necesitamos gente que se pongan del lado de los más desvalidos. De ahí mi admiración a quienes trabajan por las personas que piden refugio, por quienes cada verano acogen a niños saharauis o por quienes se juegan la vida en favor de los nadie de Oriente Medio de los que hablaba Eduardo Galeano, aquellos que cuestan menos que la bala que los mata. Esos son, desde hace mucho tiempo, los palestinos.

Publicado en HOY el 19 de mayo de 2021

 


 

16 mayo, 2018

Minutos de silencio


El pasado 18 de agosto, a las doce del mediodía, guardé un minuto de silencio en la puerta de mi lugar de trabajo. La tarde anterior habían muerto varias personas en las Ramblas y durante ese minuto de silencio estuve recordando las veces en las que habíamos sido convocados allí para mostrar la repulsa por unos crímenes masivos: por los 56 muertos de Londres en 2005, por los 130 de París en 2015, por los 35 del aeropuerto de Bruselas, por los 23 del concierto de Mánchester y por los 15 que habían muerto en Barcelona la tarde anterior. 


Al terminar me di cuenta de que estos actos simbólicos no se convocaban siempre y que tampoco dependía tanto del número de víctimas como de la cercanía de las mismas. También reparé en que el impacto y la consternación se hacían más visibles en los medios y más presentes en los actos de repulsa si nos podíamos ver reflejados en las víctimas. Así es: todos podríamos haber sido turistas frente al Big Ben, tener a un hijo adolescente en Bataclan o en Mánchester, a una compañera de trabajo en el aeropuerto de Zaventem o a un primo junto a Canaletas.



Quizá por eso nadie convocó ayer un acto de recuerdo frente a Ayuntamientos o en los lugares de trabajo, porque las 60 personas que ayer perdieron su vida en la franja de Gaza nos son tan lejanas como los habitantes de un barrio de Shanghái. E incluso los seis bebés palestinos se nos parecerán más al olvidado Eylan de aquella playa turca, que la niño australiano fotografiado sobre el suelo de las Ramblas.



Nos urge alcanzar un criterio común a la hora de calibrar el dolor, para que no parezca que nos importan más las vidas de los blancos, occidentales y de buen estatus económico, que las de los seres de tez más oscura y sin suelo en el que caerse muertos. Además de esto, nos hace falta valor para llamar de la misma manera a quienes causan el mismo terror: porque no puede ser que algunas matanzas sean, con toda lógica, tildadas como “actos terroristas”, mientras que a idénticas acciones se las denominen como “enérgicas respuestas armadas en defensa del Estado”.



No confundamos con antisemitismo lo que es una defensa de los Derechos Humanos y una crítica a la violencia de los gobiernos israelíes. De hecho, a muchos nos encanta la cultura hebrea y creemos que el mayor intelectual vivo es un judío estadounidense llamado Noam Chomsky. Pero, lamentablemente, el estado de Israel lleva mucho tiempo cometiendo graves crímenes y la propia ONU acusaba ayer tarde al gobierno de Netanyahu de ordenar “matanzas indiscriminadas”.  



Deseo que no vuelvan convocar minutos de silencio y que esto ocurra no solo por la desaparición de los ataques terroristas, sino porque el pueblo palestino tenga su lugar en el mundo y en el que vivir con paz y dignidad. Hasta entonces no quiero más silencios porque empiezan a parecerme cómplices.

Publicado en HOY el 16 de mayo de 2018 
La fotografía es de Mahmud Hams / AFP

-->

18 abril, 2018

Oriente Medio



Me aficioné a estar al tanto de las noticias demasiado pronto. En 1973, con apenas siete años y recién llegado a la ciudad donde vivo, la televisión no paraba de hablar de un conflicto bélico en Oriente Medio en el que estaban implicados Israel, Egipto y Siria. Era tal el miedo con el que se pronunciaba la palabra guerra, quizá porque aún permanecía en la memoria reciente de nuestros mayores, que el temor se contagiaba fácilmente entre quienes no levantábamos dos palmos del suelo.

Han pasado 45 años de todo aquello y escuchar Oriente Medio nos sigue trayendo a la mente, de forma instantánea, una asociación de ideas con bombardeos, matanzas, explosiones, deportaciones, refugiados, ataques, dictaduras, bloqueos, muros, terrorismos, torturas, humillaciones y todo tipo de violencias. A quienes tenemos cierta edad nos siguen sonando los nombres propios de la guerra del Yom Kipur, de los acuerdos de Camp David, del Nobel de la Paz a Anuar el-Sadat y Menahem Begin, de las matanzas de Sabra y Chatila, de los Altos del Golán, de las dos guerras del golfo, de los atentados en Israel, de la Intifada, del incidente de  Ariel Sharon en la explanada de las mezquitas o de las matanzas continuas, bombardeos y asedios hacia la población Palestina.

Poco o nada se consiguió en aquella conferencia de Madrid de 1991: el magnicidio de Isaac Rabin y la desaparición de Arafat acabaron por volver a truncar un proceso que apenas había dado sus primeros pasos. Cambian los actores protagonistas pero el problema sigue siendo el mismo. Ya no es Irak, ahora es Siria, ya no hay Saddam Hussein y ahora es el hijo de Háfez al-Ásad. La posible utilización de armas químicas ha desatado el ataque de Trump, May y Macron, saltándose la legalidad internacional de las Naciones Unidas y sin esperar verificaciones de ningún tipo. A quienes hemos seguido lo ocurrido en Siria nos escandalizan muchas cosas y la primera es la falta de respeto a los Derechos Humanos de todos los gobernantes de la zona, sin excepción. Tampoco se acaba de comprender la apresurada reacción de EE.UU. Gran Bretaña y Francia ante unas imágenes de víctimas de armas químicas, mientras que las del niño Aylan en una playa turca apenas les hizo inmutarse. Todo lo contrario: vallas más altas, apresamiento de los buques que rescatan a quienes buscan refugio huyendo de la muerte y lanzamiento de 100 misiles para que parezca que se hace algo. 

Hay quienes creen que cualquier líquido ayuda a apagar un incendio, sin pararse a pensar si es agua o gasolina. Lo último que necesitamos en este momento es solventar con hachazos lo que requiere de una sofisticada microcirugía. Con Putin y Trump al mando, con tanta testosterona y tan poca materia gris, podemos esperarnos lo peor. Seguiremos oyendo hablar de Oriente Medio, pero ni los refugiados, ni las víctimas del gobierno sirio, ni las niñas palestinas encarceladas verán mejorar sus maltrechas vidas. A veces, uno preferiría no estar al tanto de noticias como estas.

Publicado en el diario HOY el 18 de abril de 2018.

04 enero, 2010

Décadas


Los veinte primeros años de cada siglo son siempre los peores. Luego todo se hace más fácil y podemos hablar de los revolucionarios años 60 o de los movidos años 80. ¿Pero cómo llamamos a la década que se ha terminado y a la que acaba de empezar? ¿Podremos hablar de los inquietos cero y pico o de la desoladora década de los diez y tal? Mientras nos aclaran esta duda, echamos la vista atrás y parece que fue ayer cuando Álvarez Cascos nos preparaba para el caos del año 2000. Pero el milenarismo que había anunciado Fernando Arrabal once años antes no llegó esa noche. Lo que sí que parece relevante es la cifra mágica del nuevo siglo, ese once que marcó un día de septiembre de 2001 para convertirse en un símbolo del memento mori de la minoría dominante. De vez en cuando un tipo con un mechero en un avión nos recuerda nuevamente que podemos morir y nos reafirma que somos el centro del mundo. La década empezó con tres mil muertos occidentales en las torres gemelas y que, para la prensa independiente e imparcial, son mucho más importantes que el millón de fallecidos violentamente en Irak o los 1434 palestinos que eran aplastados hace justamente un año. La década que viene será clave para poner los sistemas económico-productivos al servicio de la ciudadanía y de la tierra, para llevar los Derechos Humanos a todos los rincones y hacer que los mil millones de occidentales tengan en consideración a los otros cinco mil millones. Sólo así lograremos volver a tener unos felices años 20. Si no fuera por la etimología podríamos llegar a pensar que algunas décadas provienen directamente del término decadencia.

05 enero, 2009

Pañuelos palestinos


Hace poco encontré en un armario mis viejos pañuelos palestinos, aquellos que llevé a modo de bufanda durante los años 80 y 90. Entonces eran un símbolo de solidaridad con un pueblo y una seña de identidad del activismo de izquierda. Llevar el pañuelo te podía costar no entrar en una discoteca o peticiones de identificación por parte de las fuerzas de seguridad. Dejé de usarlos hace un par de años, cuando vi que empezaban a ponerse de moda, que se llevaban de todos los colores y en combinación con ropas de marca. Pensaba sobre este cambio semántico de la prenda cuando, por asociación de ideas, me vino a la memoria aquella tarde del 12 de marzo de 2004, frente a la Delegación de Gobierno en Extremadura, con mi hija de 15 meses en una mochila a mis espaldas y soportando una lluvia incesante junto a miles de personas. Teníamos la obligación moral de estar en la calle tras la muerte de 200 personas en aquellos crueles ataques a la población civil de Madrid. El lunes pasado volví al mismo lugar, de la mano de mi hija de seis años. El motivo era el mismo pero sólo estábamos un centenar de personas. Mientras escuchábamos las palabras de los convocantes pasaban con sus bolsas de regalos muchas personas ataviadas con su kefia de última moda, quizá ignorantes del significado primigenio de lo que llevaban al cuello, asombradas por ver allí a un grupo de manifestantes y, probablemente, sin saber que en Gaza mueren personas tan inocentes como las de aquellos trenes de cercanías. Uno se contentaría con que en este año que empieza consiguiéramos que hechos similares nos produjeran igual repugnancia. Quizá sea mucho pedir.

 

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 5 de enero de 2009 

04 enero, 2009

30 soldados israelíes heridos

Me imagino que tras el titular Intensos combates en Gaza, lo más importante que quiere señalarnos el más prestigioso diario en lengua castellana es que hay 30 soldados israelíes heridos en la "Operación Plomo Sólido". Yo no hago comentarios, pero invito a que se hagan.

27 diciembre, 2008

Crisis humanitarias y de humanidad

Desde hace más de 30 años colaboro con varias organizaciones que se dedican a ayudar a seres humanos. Con algunas de ellas mi contribución s...