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25 enero, 2010

Nicotina

Prohibido prohibir ha pasado de ser el lema del 68 a convertirse en la página web de los fumadores tolerantes. Parece ser que los hay y de hecho conozco a alguno, no muchos. Hace diez años, en un restaurante del Pirineo, un señor preguntó si me molestaba que se encendiera un puro después de comer. Dudé en la respuesta. En el comedor había ya una decena de personas fumando a las que les importaba tres pimientos que yo estuviera dando una crema de verduras a un bebé de siete meses. Me dio cargo pensar que estaba en mi mano impedírselo al único fumador educado que había en la sala, pero me armé de sinceridad y respondí que le agradecería mucho que no lo hiciera.

El jueves salí del médico con mi asma y fui a buscar a mis hijos a la puerta del colegio. Se abarrotaban centenares de niños de apenas un metro de altura que iban esquivando cigarrillos, tragando el humo bien de cerca, enganchando trozos de ceniza candente en un chubasquero y, de vez en cuando, llevándose alguna quemadura superficial. Se me ocurrió decirle a una señora que se le estaba quemando un cilindro blanco que llevaba en la mano. No captó la ironía y se sintió indignada cuando le expliqué el motivo de mis palabras. La señora tenía un argumento de peso: estaba al aire libre y de nada servía señalarle con el dedo cómo el humo de su cigarro era claramente visible a la altura de las caras de los niños. Hay situaciones tan lógicas que no necesitarían prohibirse, pero la nicotina debe tener tal capacidad destructora del sentido común que, a veces, se hacen imprescindibles normas para que nos dejen respirar. Incluso en la calle.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 25 de enero de 2010.

06 noviembre, 2007

El humo a la altura de sus ojos


Puerta del colegio. Un centenar de niñas y niños de entre 3 y 5 años salen por una puerta. Los padres y madres se aglomeran. Van saliendo poco a poco y en la distancia les hacemos una señal para que bajen las escaleras. Tienen que sortear a decenas de adultos que quieren acercarse a la puerta. Algunos adultos, en sus manos, llevan unos cilindros blancos lleno de tabaco y otras sustancias. Se llaman cigarrillos. Además, les han prendido fuego a la punta y están humeando. Lo sostienen con dos dedos a la altura de sus cinturas sin darse cuenta de que los están colocando a la altura de los ojos de todas esas niñas y niños de entre 3 y 5 años. He visto cómo se chamuscaban chubasqueros infantiles, cómo los cigarros se apagaban con el pelo de alguna muchacha o con la cara del algún chavalito. Pero no les pidas que no fumen ante esas aglomeraciones de niños porque te llamarán fundamentalista, inquisidor, "que ya está bien de tocar las narices a los que quieren fumar libremente" y cualquier cosa. Necesitamos ayuda humanitaria. Un cargamento de sentido común para miles de adultos, para que no crucen en rojo los semáforos delante de los niños, para que no tiren al suelo las colillas, para que no sean unos cenutrios,... pero es muy difícil. Cada vez está peor.


Nota: Las fotografías son auténticas (no son actores)

Equipos y estrellas

  No sé si las celebraciones mundiales se acabarán esta semana o se prolongarán varios meses, otorgando cada región las oportunas medallas i...